DOS
El hombre al volante me observa mientras termino de subir a la cabina.
Debe de rondar los cuarenta. Tiene el pelo castaño corto, algo más claro en las sienes, barba de varios días y una mandíbula ancha. Bajo la iluminación tenue del salpicadero sus ojos parecen marrones.
—¿Adónde vas?
Termino de acomodarme y cierro la puerta.
—Lo más lejos que puedas llevarme.
—Voy hacia Montblanc —dice mientras pone el camión en marcha—. Tarragona.
—Me vale.
El motor ruge bajo nuestros pies y el camión vuelve a incorporarse a la carretera.
Desde la altura de la cabina todo parece todavía más vacío: campos negros a ambos lados, algunos puntos de luz muy lejos y los faros devorando una franja de asfalto que desaparece bajo nosotros.
El conductor comprueba los retrovisores antes de volver a hablar.
—Óscar.
Tardo un segundo en entenderlo.
—¿Qué?
—Mi nombre. Óscar.
—Ah. Encantada.
—¿Y tú?
La pregunta me encuentra completamente desprevenida.
Abro la boca y no sale nada. Busco mi nombre del mismo modo que antes he intentado encontrar caras, habitaciones o recuerdos, pero vuelvo a toparme con el mismo espacio vacío.
Sé qué es un nombre y sé que tuve uno. Alguien habrá pronunciado el mío miles de veces; yo misma debo de haberlo escrito, rellenado formularios con él, respondido al escucharlo desde otra habitación.
—Sarah.
Óscar asiente y vuelve la vista a la carretera.
—Ponte el cinturón, Sarah.
Miro la cinta junto al asiento. Hace unas horas he salido de debajo de una cantidad considerable de tierra, he corrido durante kilómetros sin cansarme. Sospecho que salir despedida por un parabrisas ha bajado varios puestos en mi lista de preocupaciones, pero me abrocho el cinturón.
Óscar baja un poco la radio.
—¿Te has escapado de casa?
—No.
Respondo demasiado deprisa. La imagen que aparece no pertenece a una vida olvidada, sino a hace unas horas: la cortina cerrándose sobre mi madre después de mirarme como a una desconocida.
—Es complicado —añado.
—La vida lo es.
No continúo y él tampoco insiste. Eso debería resultarme tranquilizador, pero noto su atención sobre mí varias veces durante el trayecto. A veces lo veo en el cristal, en esos segundos breves en los que sus ojos abandonan la carretera para recorrerme antes de volver al frente.
Hasta que dejo de mirar su reflejo y entiendo qué me está molestando.
En el retrovisor está Óscar. Está la carretera detrás de nosotros, una parte de la cabina, el respaldo de mi asiento.
Yo no.
Tardo unos segundos en procesarlo. Muevo la cabeza, después un hombro, convencida de que será el ángulo, pero el cristal sigue devolviendo todo menos mi cuerpo. Se me enfría algo por dentro que no tiene nada que ver con la temperatura de la cabina.
Aparto la mirada antes de que Óscar note algo. Su atención sobre mí me incomoda, aunque no lo suficiente como para preferir la cuneta a una cabina caliente que continúa llevándome lejos de cuatro cadáveres.
Puedo escuchar su pulso bajo el cuello del jersey si me concentro.
Lento, regular y lo bastante cerca como para que en el merendero hubiera bastado para anular cualquier otro pensamiento.
Ahora, sin embargo, estoy sentada a menos de un metro de él y no siento ninguna necesidad de acercarme a su garganta.
No sé si sigo saciada ni cuánto tarda algo como yo en volver a sentir hambre. Tampoco Óscar parece distinto de las cuatro personas que he matado en ningún sentido evidente. Está vivo. Tiene sangre. Puedo olerla si presto atención y escuchar cada latido sin dificultad.
Y, aun así, nada.
Seguimos durante horas. La escarcha blanquea los márgenes mientras los campos permanecen rígidos bajo el frío de febrero.
Las pocas gasolineras y poblaciones que dejamos atrás aparecen como islas de luz suspendidas en la oscuridad y desaparecen enseguida detrás de nosotros.
Dentro de la cabina apenas cambia nada salvo las canciones de la radio, el ruido constante del motor y las manos de Óscar alternándose entre el volante y la palanca de cambios.
Después abandonamos la carretera principal y entramos en un área de servicio.
Una gasolinera permanece abierta bajo una iluminación blanca demasiado intensa.
A un lado hay una cafetería con grandes cristaleras empañadas y, junto a ella, un pequeño hostal de dos plantas cuya fachada color crema ha envejecido peor de lo que seguramente pretendía quien lo construyó.
Un letrero azul anuncia habitaciones sobre la entrada.
Al fondo del aparcamiento se alinean varios camiones con las cabinas apagadas, grandes masas oscuras separadas por las luces amarillentas de las farolas.
—Hasta aquí.
—¿Qué pasa?
—Que si sigo conduciendo me cae una multa bastante seria. Tengo que hacer el descanso.
En cuanto bajo me alcanzan el olor del diésel, el café recién hecho y el asfalto húmedo. Óscar cierra la puerta del camión y señala con la barbilla un edificio bajo al otro lado del aparcamiento, pegado a la cafetería.
—Ahí tienes un hostal. Los camioneros paramos bastante aquí.
Miro el cartel iluminado sobre la entrada.
Cruzo hasta el hostal y entro. La recepción es pequeña, demasiado caliente y tiene ese aspecto gastado de los sitios que sobreviven junto a una carretera: paredes beige, un par de sillones de polipiel y un mostrador de madera con varias llaves colgadas detrás.
Una mujer joven levanta la vista cuando me acerco.
—Buenas noches.
—Quiero una habitación.
Teclea algo en el ordenador.
—Me queda una individual interior.
—Perfecto.
—Necesito un documento de identidad y el pago por adelantado.
Mierda.
Me quedo mirándola.
La petición es normal. Ese es precisamente el problema. No tengo documentación, cartera ni nada que demuestre que soy una persona que existe. Ni siquiera tengo un apellido que darle.
—No llevo el DNI.
La mujer deja de teclear.
—Sin documentación no puedo registrarla.
Fantástico.
Podría explicarle que he salido de una tumba, que llevo más de cinco años muerta y que técnicamente tampoco estoy segura de seguir necesitando un DNI, pero sospecho que no solucionaría el problema.
—Ponla conmigo.
La voz de Óscar llega desde la entrada.
Tiene café en la mano y se acerca al mostrador como si no acabara de aparecer justo cuando más falta me hacía.
—No hace falta —digo.
Óscar me mira de reojo sin perder la calma.
—Vamos, acepta una mano amiga.
Saca la cartera. La recepcionista mira primero a Óscar y después a mí.
—¿Viajan juntos?
—Sí —responde él.
No me entusiasma la facilidad con la que lo dice, pero tampoco tengo demasiadas alternativas. La mujer pide su documentación, completa el registro y le entrega una llave después de cobrarle.
Óscar recoge la tarjeta y me la tiende.
—Toma.
La miro sin cogerla durante un segundo.
—No tenías por qué hacer eso.
—Lo sé.
Acepto la llave.
Resoplo, aunque no puedo evitar que se me escape una sonrisa mínima.
—Gracias —murmuro al final.
—Vamos.
Subimos por una escalera estrecha cubierta por una moqueta marrón gastada en el centro.
Las paredes del pasillo mantienen el mismo beige de la recepción, aunque aquí la pintura está marcada por roces de maletas y pequeñas manchas alrededor de los interruptores.
A intervalos regulares, unos apliques de cristal esmerilado proyectan círculos amarillentos sobre las puertas de madera oscura.
El aire está demasiado caliente y ese perfume indefinible de los lugares por los que pasa demasiada gente sin quedarse nunca.
La habitación está al final del pasillo y parece haberse quedado atrapada varias décadas atrás.
Al entrar encuentro un pequeño espacio rectangular dominado por una cama individual que ocupa casi todo el centro.
Las paredes están cubiertas por un papel pintado color crema con un dibujo vegetal apenas visible y una cenefa más oscura cerca del techo.
La cama lleva una colcha gruesa de flores desvaídas en verdes y granates; a ambos lados hay mesillas de madera oscura con lámparas de pantalla amarillenta.
Frente a ella, un escritorio estrecho sostiene una televisión pequeña y un mando sujeto con cinta adhesiva en uno de los extremos.
Junto a la puerta hay un armario empotrado y una silla tapizada con un estampado que parece haber sido elegido en la misma época que la colcha.
—Gracias, Óscar. En serio.
Estoy pensando en entrar al baño y darme una ducha cuando el cuerpo se me apaga.
No sé explicarlo al principio. El cansancio no llega poco a poco; cae sobre mí de golpe. Los párpados pesan tanto que tengo que parpadear para mantenerlos abiertos y un hormigueo extraño se extiende bajo la piel, seguido de una debilidad que me vacía las piernas.
Frunzo el ceño.
El suelo parece desplazarse debajo de mis pies. Intento agarrarme al borde del escritorio, pero calculo mal la distancia y mi mano solo encuentra aire.
—Eh.
Óscar me sujeta, me sostiene por la cintura mientras intento recuperar el equilibrio.
Después intento apartarme.
No puedo.
—Tranquila.
Quiero decirle que me suelte, mi boca se abre pero no sale nada. Óscar baja la mirada hacia mí. Lo veo entender que algo no va bien. Se inclina y noto primero su respiración, después el roce breve de su boca contra mi cuello.
Entonces las piernas vuelven a fallarme.
Cuando vuelvo a abrir los ojos estoy tumbada en la cama.
Desnuda.
La habitación está oscura y el reloj digital de la mesilla marca las siete y media de la tarde. Entonces llega el olor. Está en las sábanas, en la almohada y sobre mi piel.
Óscar me ha violado.
La certeza me atraviesa con una claridad brutal y esta vez sí llega algo capaz de llenar todo el espacio que deja detrás.
Me incorporo de golpe. Aprieto la sábana entre los dedos y la tela cruje dentro de mi puño antes de que consiga soltarla.
Tengo la mandíbula tan tensa que me duelen los dientes y solo puedo pensar en él entrando aquí mientras yo no podía moverme, aprovechándose de un cuerpo que ni siquiera era capaz de despertarse.
Hijo de puta.