Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) UNO #2
2%

UNO #2

Me quedo entre los árboles y descubro que puedo oírlos respirar.

No como un sonido indistinto, sino como cinco ritmos diferentes.

Uno de los chicos sigue jadeando ligeramente por la risa, la chica sentada sobre la mesa tiene la nariz congestionada y otro mueve un pie constantemente contra la tierra.

El roce de la suela llega hasta mí con una claridad absurda.

Entonces escucho algo todavía más extraño: sus corazones.

Y huelo sangre.

El olor me golpea con tanta fuerza que se me tensan las mandíbulas. Las encías empiezan a doler y, cuando paso la lengua por los dientes, encuentro dos puntas demasiado largas.

Una gota de sangre avanza lentamente desde el pulgar hacia la muñeca.

Me muevo antes de pensarlo.

Conservo fragmentos: una silla cayendo, alguien gritando, grava saltando bajo mis pies, un cuerpo golpeando contra la mesa.

Recuerdo unas manos intentando apartarme y el olor de la sangre volviéndose tan intenso que borra todo lo demás.

No sé cuánto dura ni en qué momento dejo de entender la secuencia de mis propios movimientos.

Cuando consigo ordenar de nuevo lo que sucede, estoy arrodillada junto a la caravana con un chico entre los brazos. Su cuerpo cuelga sin resistencia y mi boca sigue pegada a su cuello. Una mano le sujeta la nuca y la otra se ha cerrado alrededor de su camiseta.

Estoy bebiendo.

Trago y la sangre baja caliente por mi garganta. El ardor desaparece a medida que bebo y un alivio brutal se extiende por el pecho. Cierro los ojos, vuelvo a tragar y no hay nada desagradable en lo que estoy haciendo.

Me siento increíblemente bien.

Limpio mi boca con el dorso de la mano y miro alrededor.

Hay un cuerpo junto a una mesa volcada, otro cerca de los árboles, una de las chicas yace junto a la caravana y el cuarto está a mis pies.

Me quedo inmóvil mientras el olor a sangre llena el merendero, demasiado intenso, pegándoseme a la garganta junto al recuerdo del alivio que todavía siento después de beber.

Espero que aparezca algo capaz de competir con eso: asco, miedo, culpa.

Solo llega una presión desagradable bajo las costillas.

—Joder…

Un ruido se pierde a lo lejos, carretera abajo.

Pasos. Alguien ha conseguido escapar y eso basta para sacarme del bloqueo.

No puedo quedarme allí. Reviso deprisa encontrando unas llaves para entrar en la caravana.

Rebusco entre armarios y cajones hasta encontrar ropa y me quito las prendas cubiertas de barro y sangre para sustituirlas por un pantalón de chándal, una camiseta, una sudadera demasiado grande y unas zapatillas que me aprietan un poco.

No miro los cuerpos otra vez. Regreso a la carretera y continúo en dirección contraria al pueblo.

Durante un buen rato solo camino, con tierra seca entre el pelo, sangre en las manos y el sabor de un desconocido todavía pegado a la lengua.

Detrás de mí quedan cuatro personas muertas y la idea debería detenerme, provocar algo más que esa presión desagradable que sigo notando bajo las costillas, pero no lo hace.

Eso me inquieta más de lo que quiero admitir.

Sigo avanzando hasta que la carretera se abre entre campos y el tráfico se hace algo más frecuente.

Un coche pasa a mi lado, después una furgoneta y, más tarde, escucho a lo lejos el sonido pesado de un camión.

Mientras camino, mi cabeza por fin une cosas sin que tenga que obligarla: he salido de una tumba, mi corazón no late, el frío apenas me afecta, escucho cosas que están demasiado lejos, he roto madera y raíces como si no pesaran nada, me han crecido colmillos y acabo de beberme a cuatro personas.

Bueno, probablemente tres y pico. Hago una mueca y vuelvo a limpiarme la boca con la manga de la sudadera.

Hay una palabra bastante obvia para todo eso. Una palabra completamente estúpida y, por desgracia, también la única que encaja.

Vampira.

Decirlo en voz alta no suena menos ridículo, pero tampoco cambia los cadáveres, la tumba ni el sabor a sangre que todavía conservo en la boca.

Así que decido aceptarlo hasta que aparezca una explicación menos absurda.

Si soy una vampira, tiene que haber más; y, si existen más, alguno tendrá que saber qué demonios me ha pasado.

Pienso en todo lo que sé sobre vampiros y descubro que la mayor parte parece proceder de películas, libros o historias que ni siquiera recuerdo haber visto o leído. Colmillos, sangre, muertos que caminan, castillos… Europa del Este. Rumanía. Me detengo en mitad del arcén y frunzo el ceño.

No puede ser tan fácil.

El viento mueve las ramas sobre mi cabeza, pero ninguna idea mejor aparece.

Rumanía, entonces.

El frío ha aumentado y la carretera discurre entre árboles y terreno oscuro, iluminada solo a intervalos, pero veo con una claridad sorprendente.

Distingo las piedras del margen, las ramas más finas y el movimiento de pequeños animales entre la vegetación.

Las deportivas prestadas son incómodas; mis piernas, en cambio, parecen no tener ningún problema.

Camino deprisa durante un rato y termino acelerando sin darme cuenta. Primero alargo el paso y después echo a trotar. Espero que aparezca el cansancio, pero la respiración sigue igual de estable y las piernas continúan ligeras, así que aumento el ritmo por curiosidad.

El asfalto pasa cada vez más rápido bajo mis pies.

El viento me aparta el pelo castaño, ondulado y húmedo de la cara, cada desnivel parece llegar a mis ojos antes que a mis pies.

Mantengo el ritmo durante bastante tiempo y, cuando finalmente reduzco la velocidad, lo hago porque quiero comprobar si soy capaz de detenerme con la misma facilidad.

No estoy jadeando, no me duelen las piernas y ni siquiera noto el pecho agitado.

Un motor aparece detrás de mí y me vuelvo justo a tiempo para ver pasar un coche sin reducir la velocidad. Lo sigo con la mirada hasta que desaparece y decido que quizá haya una opción bastante más inteligente que intentar llegar andando hasta otro país.

Escucho el camión mucho antes de verlo. Las luces aparecen tras una curva y me quedo junto al arcén con el pulgar levantado.

Esta vez el vehículo reduce la velocidad, los intermitentes empiezan a parpadear y termina deteniéndose unos metros más adelante con un siseo profundo de los frenos.

Lo observo un instante. Subirse con un desconocido debería parecerme una pésima idea; hace unas horas probablemente lo habría sido.

Ahora, en cambio, soy yo la razón por la que un desconocido debería pensárselo dos veces.