Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1) UNO
1%
Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1)

Cuando nadie mira (Saga en las sombras 1)

Por Anais Serrada

© inepub.com

UNO

No veo nada.

La oscuridad es tan cerrada que al principio no sé si tengo los ojos abiertos de verdad, pero enseguida noto otras cosas: el frío pegado a la ropa, la humedad contra la piel y el olor a tierra mojada y madera vieja.

Levanto una mano y mis nudillos chocan contra algo blando a pocos centímetros de mi cara.

Paso los dedos por la superficie con cuidado. Tela acolchada. Debajo hay madera.

Palpo hacia un lado hasta encontrar una esquina y después hago lo mismo al otro. Apenas tengo espacio para mover los hombros y, cuando intento incorporarme, la frente casi roza aquello que tengo encima. La conclusión tarda poco en aparecer.

Un ataúd.

La alarma me recorre el cuerpo de golpe. La respiración se acelera y tengo que obligarme a pensar en lugar de desperdiciar el poco espacio disponible golpeando sin saber siquiera qué tengo sobre la cabeza.

—Ayuda —grazno.

Mi voz suena áspera, amortiguada por la caja.

Espero una respuesta, unos pasos, cualquier señal de que alguien esté cerca, pero no llega ninguna voz.

Lo extraño es que sí escucho otras cosas: hojas agitándose con el viento, una rama crujiendo, pequeños desplazamientos de tierra y un murmullo lejano que podría ser agua.

Todos parecen sonidos de fuera, y yo estoy encerrada bajo tierra, así que no entiendo cómo puedo distinguirlos con tanta claridad.

Apoyo una mano sobre el pecho por puro instinto y tardo un momento en comprender qué me resulta extraño.

No noto ningún latido.

Busco el pulso en el cuello y después en la muñeca. Nada. Dejo la palma extendida sobre el pecho, esperando algún golpe bajo el esternón que confirme que simplemente estoy demasiado alterada para percibirlo.

No llega.

Sigo respirando, sin embargo. Inspiro, exhalo y repito antes de contener el aire. Mi cuerpo tarda demasiado en protestar. Cuando vuelvo a respirar, lo hago porque la inmovilidad resulta incómoda, no porque los pulmones parezcan necesitarlo.

—Vale…

Intento recordar cómo he llegado hasta aquí y entonces aparece un problema bastante peor que despertarse dentro de un ataúd.

Mi cabeza no responde.

Sé cosas. Tengo una madre. Esa es la única certeza que parece pertenecerme.

El resto son conceptos, palabras y la forma básica en que funciona el mundo.

Sé qué es una carretera, para qué sirve una llave y que las personas necesitan aire.

Hablo español, francés e inglés. También sé que un corazón debería latir.

Pero cuando intento encontrarme a mí dentro de todo eso, no hay nada.

Ni una cara. Ni una conversación. Ni mi propio nombre.

Eso me preocupa bastante más que el ataúd.

Recorro la tapa con ambas manos hasta convencerme de que no hay ningún cierre al que pueda llegar y empujo. La madera cruje y una pequeña cantidad de tierra se cuela por una rendija, deslizándose sobre mi frente y metiéndose entre el pelo.

Me quedo quieta.

Estoy enterrada de verdad.

Encojo las piernas todo lo que permite el espacio y golpeo la tapa.

La primera patada hace vibrar toda la caja; la segunda abre una grieta y, a la tercera, la madera cede.

La tierra entra de golpe, cubriéndome las piernas, el vientre y parte del pecho.

El peso aumenta tan deprisa que el miedo por fin se impone, pero no me sirve para nada, así que entierro las manos en la tierra húmeda y la aparto.

Las raíces se rompen entre mis dedos con una facilidad que no esperaba. La tierra también cede demasiado deprisa. Empujo, araño, aparto y sigo subiendo guiándome por el aire que se filtra entre los huecos y por esos sonidos que continúan llegando con una nitidez imposible.

No sé cuánto tarda una persona en salir desde el interior de una tumba.

Yo tardo menos de lo que debería.

Una mano rompe la superficie y el aire frío me golpea los dedos. Después sale la otra. Aparto más tierra, asomo la cabeza y me detengo mientras la noche recupera forma delante de mí.

Hay tumbas por todas partes.

El cementerio se extiende dentro de un muro antiguo de piedra, atravesado por senderos estrechos entre mármol, granito, cruces y cipreses enormes que se recortan contra el cielo.

Busco algo reconocible entre las lápidas, los caminos y el muro.

No aparece nada. Ningún nombre, ninguna imagen, ninguna certeza que me explique por qué estaba enterrada aquí.

Miro el agujero del que acabo de salir.

—Esto tiene que ser una pesadilla.

Termino de sacar las piernas y me pongo en pie.

Tengo barro en el pelo, debajo de las uñas y por toda la ropa.

Voy descalza y el frío debería molestarme bastante más de lo que lo hace.

Lo noto, igual que noto la humedad de las prendas y las piedrecillas bajo los pies, pero mi cuerpo parece considerarlo información y poco más.

No pienso quedarme allí averiguando por qué.

Cruzo el cementerio por uno de los senderos hasta llegar a la verja. Está cerrada, así que apoyo una mano en el muro lateral, retrocedo y salto con intención de agarrarme al borde.

Paso por encima. Aterrizo al otro lado y me giro. Eso ha sido raro, pero no me detengo a analizarlo.

Sé dónde vive mi madre.

La certeza aparece tan limpia que me aferro a ella y echo a andar.

Las calles me resultan familiares de una forma irritante.

Mis pies reconocen esquinas antes que yo, toman una cuesta, cruzan una plaza pequeña y continúan entre fachadas de piedra y balcones de hierro sin que tenga que decidir demasiado.

Dejo de intentar entender de dónde sale ese conocimiento. Lo único que me importa es llegar.

Durante el trayecto descubro que la noche está llena de sonidos que no deberían alcanzarme: una televisión detrás de una ventana cerrada, agua circulando por una tubería, un perro moviéndose en un patio, una persiana golpeando suavemente contra el marco.

También percibo olores separados con una precisión absurda.

Piedra húmeda. Humo. Madera. Comida cocinada en alguna casa.

Sigo caminando.

La plaza aparece poco después.

Y con ella, la casa de mi madre.

Sé que es su casa sin ninguna duda. Fachada color tierra, balcones estrechos de hierro, ventanas altas. Me quedo quieta solo un momento, observándola, con una sensación incómoda instalada debajo de las costillas.

Subo hasta el portal y localizo los telefonillos. Los nombres escritos junto a los botones no despiertan nada en mí, así que termino pulsando el que mi mano parece escoger antes de que yo pueda pensarlo.

El zumbido se pierde dentro del edificio.

Espero.

Nada.

Vuelvo a llamar.

Esta vez escucho movimiento varios pisos más arriba. Una luz se enciende detrás de una ventana y, pocos segundos después, se abre la puerta de uno de los balcones.

Una mujer aparece envuelta en una bata granate.

La reconozco en el acto.

El golpe es tan extraño que durante un segundo dejo de notar hasta el frío bajo los pies.

Mi madre.

Tiene el pelo rubio, liso y algo más largo que los hombros.

Sé que sus ojos son marrones aunque desde abajo apenas pueda distinguirlos.

Hay cosas en ella que me resultan indiscutibles y otras que no encajan.

Las ojeras. Las pequeñas arrugas alrededor de los ojos y de la boca.

La edad que parece haber avanzado demasiado sin que yo sepa compararla con nada.

Se inclina sobre la barandilla.

—¿Sí?

Abro la boca y la palabra sale sola.

—Mamá.

Ella frunce el ceño.

—¿Perdona?

—Soy yo. Ábreme.

Se queda mirándome desde arriba.

—Te has equivocado de casa.

—No.

—Pues has bebido demasiado, cariño, porque yo no te conozco.

La respuesta me desconcierta más de lo que debería.

—No sé quién eres.

—Mamá…

—No vuelvas a llamarme así.

El silencio que sigue es distinto.

Su expresión cambia.

No de golpe. Primero desaparece la irritación. Después se queda demasiado quieta. La mano con la que mantiene cerrada la bata se tensa contra su pecho y la otra se aferra a la barandilla.

La miro sin entender.

Ella retrocede medio paso.

—Mi hija murió hace más de cinco años.

Todo se detiene.

El ruido de la plaza. El viento. Incluso esa cantidad absurda de sonidos que llevo escuchando desde que salí de la tierra parece alejarse.

—¿Qué?

—Si esto es una broma, es una broma muy cruel. —La voz se le rompe al final y eso resulta peor que si hubiera gritado—. Vete de aquí o llamo a la Guardia Civil.

La puerta del balcón se cierra.

La cortina cae detrás del cristal.

Yo sigo mirando hacia arriba.

Cinco años.

No siento que la idea entre en mi cabeza. Solo está ahí, ocupándolo todo sin significar nada.

Doy un paso atrás.

Después otro.

Y echo a andar.

No sé hacia dónde voy y durante un rato tampoco me importa.

Cruzo la plaza, bajo una calle, giro cuando aparece una esquina y continúo porque detenerme parece exigir algo que ahora mismo no tengo.

Los edificios terminan espaciándose hasta que las últimas casas quedan detrás y alcanzo la carretera que sale del pueblo.

El asfalto se extiende entre muros de piedra, árboles y terrenos oscuros.

El aire se mueve entre la vegetación y, poco a poco, el silencio vuelve a llenarse de todos esos sonidos demasiado claros.

Sigo la carretera y la música aparece primero, amortiguada por los árboles.

Después escucho voces, una carcajada, una lata golpeando contra algo duro y a alguien protestando porque otro está fumando demasiado cerca.

Un merendero surge a un lado de la carretera, recogido entre árboles altos y pequeños muros de piedra.

Hay bancos y mesas repartidos bajo las ramas, una farola cerca de la entrada y zonas de tierra húmeda cubiertas de hojas.

Más adentro, donde la iluminación apenas llega, una caravana está aparcada junto a uno de los claros.

Cinco jóvenes han ocupado una de las mesas: tres chicos y dos chicas. Tienen latas de cerveza, bolsas de comida y un pequeño altavoz del que sale música. Uno fuma un porro mientras otro cuenta algo que hace reír a los demás.