Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

KIMBERLY

Agachada detrás de la roca en el oscuro túnel, Kimberly contuvo la respiración y se concentró en el sonido de los pasos que se acercaban. Flora permanecía medio derrumbada a su lado, incapaz de correr o luchar. A eso se reducía todo: una pistola contra un rifle.

Como solían decir sus instructores del FBI, para eso era para lo que entrenaban.

Las sombras junto a la roca comenzaron a moverse, a tomar forma. Se convirtieron en la tenue silueta de un hombre. «Vamos —pensó—, dos pasos más» . Solo tenía una oportunidad para hacerlo bien.

Él se detuvo y Kimberly estuvo a punto de soltar un gemido.

Flora tanteó la tierra a sus pies, buscando otra piedra que lanzar. Pero...

La sombra giró bruscamente. Había descubierto su artimaña. Un rápido paso hacia un lateral, el rifle armado frente a él.

Pop, pop, pop.

Kimberly no dudó. Tres disparos al centro del cuerpo. El hombre cayó. El rifle cayó. Entonces Kimberly se lanzó hacia delante y apartó el rifle de una patada, antes de desplomarse, temblando sin control por la adrenalina y el terror acumulados.

—Ha estado cerca —dijo Flora.

Pero entonces oyeron más pasos en la oscuridad, a su espalda. En esa ocasión no se acercaban andando, sino corriendo.

—Mierda.

No tenían tiempo para buscar un nuevo refugio. Kimberly rebuscó a tientas en la tierra y cogió el rifle que su primer adversario había intentado usar contra ellas. Flora volvió a empuñar su navaja.

Una luz irrumpió en su campo de visión. Y luego otra.

Kimberly estaba a punto de apretar el gatillo cuando una voz gritó: —¡Sheriff! ¡Suelta el arma!

Un destello de luz la golpeó directamente en los ojos. El segundo haz iluminó a Flora, con su sonrisa feroz y la frente ensangrentada.

—¿Estáis bien? —gritó Keith desde la oscuridad.

Kimberly podría haberlo besado allí mismo, incluso con Flora presente.

Keith examinó la herida en la cabeza de Flora mientras el sheriff Smithers les explicaba el hallazgo de la puerta secreta que los había conducido a la antigua mina.

Keith y el sheriff habían pasado los últimos veinte minutos recorriendo un laberinto de túneles en busca de una salida.

Entonces oyeron los disparos y empezaron a correr.

Ahora, el sheriff Smithers iluminó con su linterna el cuerpo del hombre que las acechaba.

—Es Bill Benson —dijo Keith, sorprendido—, el tipo del alquiler de quads. ¿Por qué intenta matarnos?

—Ha disparado a Walt —añadió Kimberly—. Está muerto, al otro lado del pasadizo.

—Pero ¿por qué? —volvió a preguntar Keith.

El sheriff Smithers parecía preocupado.

—Bill no tiene antecedentes penales que yo sepa.

Es un hombre tranquilo, la verdad. Se casó con Penny Johnson hace cuarenta años.

Una chica guapa. Por desgracia, resultó que no estaba del todo bien de la cabeza.

Tuvieron un hijo, pero la enfermedad de Penny empeoró.

Hasta donde yo sabía, Bill se ocupaba de su negocio y luego se iba a casa a cuidar de su mujer.

—Walt nos ha traído aquí —apuntó Flora—. Nos ha dicho que podía demostrarnos que el bosque gritaba por las noches. Supuse que había descubierto que los sonidos provenían de la entrada de esta mina. Y, si está conectada con el hotel, tiene sentido.

—Hemos encontrado el cuerpo de la cocinera a quince metros de la puerta secreta —dijo el sheriff con severidad—. Murió de forma violenta. Esos gritos no se volverán a oír.

Flora seguía con el ceño fruncido.

—Pero ¿qué hacía Bill Benson aquí? ¿Cómo sabía que íbamos a venir? Nos ha tendido una emboscada, y Keith y yo nunca le dijimos que íbamos a venir aquí. Ni siquiera sabíamos que existía este túnel.

Kimberly negó con la cabeza. Ella tampoco lo entendía.

—¿Dices que Bill y su mujer tenían un hijo? —le preguntó al sheriff.

Smithers asintió. A Kimberly no le gustó la expresión de su rostro.

—Un tipo grande —confirmó—. En su juventud, era conocido por sus peleas y por los altercados que causaba yendo hasta arriba de alcohol.

No era el tipo de persona con la que querías tener problemas.

Pero, después del instituto, se mudó al oeste.

Lo último que supe es que regentaba un negocio en Nuevo México, o cerca de allí.

Parecía que le iba bien. Sé que últimamente ha estado más en casa.

Supongo que para ayudar a su madre, o quizá para ver si se hace cargo del negocio de su padre.

Pero Clayton siempre ha sido difícil de localizar.

Al ser su propio jefe, puede ir de un lado a otro cuando le plazca.

Kimberly y Flora se miraron. La frente de esta tenía muy mal aspecto.

—Es decir, que tiene oportunidades de sobra de secuestrar chicas, establecer contactos con otras personas y luego volver aquí con la nueva mercancía.

—Sinceramente, hace años que no veo a ese hombre. Ni siquiera he pensado mucho en él. Pero entonces... —El sheriff cerró los ojos de repente y bajó los hombros—. Hijo de... su madre.

—Suéltalo, sheriff —exigió Kimberly.

—No suelo prestar mucha atención a los cotilleos, pero Bill... Se rumorea que él y Franny tienen una aventura desde hace años. Ella está soltera y él no tiene un matrimonio de verdad.

—¿Franny, tu recepcionista, está saliendo con el hombre que ha intentado matarnos?

—Franny ha dicho que Bill ha ido a la comisaría esta mañana. Ha armado tal alboroto que el agente que vigilaba al alcalde Howard ha tenido que intervenir. —La voz del sheriff se había vuelto ronca—. Howard se ha ahorcado. Entonces Franny... Franny ha venido conmigo al hotel.

—¿Franny está en el Mountain Laurel? —preguntó Flora con brusquedad, y luego hizo una mueca de dolor—. ¿Con D. D.? ¿Y con Bonita ?

—¿Franny, la mujer altísima y con unos hombros como un armario empotrado? —preguntó Kimberly con más insistencia, mirando fijamente al sheriff—. Porque Bill Benson no es precisamente un tipo grande. Y, según Bonita, su monstruo es enorme.

Era difícil saberlo en la oscuridad, pero era posible que el rostro del sheriff se hubiera tornado pálido.

—La mujer de Bill es una mujer menuda.

—Vimos una foto en su tienda —confirmó Keith—. No es que sea la mujer más grande que he visto.

—Dijiste que Franny estaba embarazada, que perdió a su bebé —continuó Kimberly—. ¿Y si eso fue solo la historia que ella te contó y la verdadera razón por la que se quedó en el pueblo y consiguió un trabajo en el Departamento del Sheriff fue para permanecer cerca de su hijo?

—Pobre chico —murmuró el sheriff—, atrapado en casa todo el día con una loca.

—Abandonado por otra loca —añadió Flora con sequedad.

—Tenemos que volver. —Keith ya se había levantado—. Seguro que Bill y Franny estaban trabajando juntos. Por eso Bill estaba en la entrada del túnel. Estaba esperando a que Franny nos metiera ahí. Iba a acabar con nosotros uno por uno.

—Ayúdame a levantarme —dijo Flora, que permanecía apoyada contra la roca.

Tenía la mitad de la cara cubierta de sangre seca. Levantó un brazo, pero incluso ese simple gesto le supuso un esfuerzo considerable. Keith se acercó de inmediato a ella y le ofreció su hombro como apoyo mientras se ponía de pie.

Flora hizo un gesto de dolor y estuvo a punto de caerse, pero Keith la volvió a sujetar.

—¿Por qué hay dos tú? —preguntó ella.

—¿El doble de diversión?

—Dios mío, qué malo. Pero gracias por animarme.

Kimberly miró su teléfono.

—No tengo señal. ¿Y tú? —le preguntó al sheriff.

Él negó con la cabeza.

—Prueba con la radio. Necesitamos refuerzos. Todos los agentes del maldito condado, del estado, no me importa. Y difunde la descripción del hijo de Bill Benson...

—Clayton.

—Va armado y es peligroso. Extremad la precaución.

Yo me encargaré de la Administración Federal de Aviación.

Emitiremos un aviso para detener a cualquiera que coincida con la descripción de Franny o Clayton; cancelaremos vuelos chárter si es necesario.

Pueden acceder a la dark web, así que no sabemos cuántos recursos tienen a su alcance.

Pero no tengo dudas de que deben haber preparado algún plan de escape después de tenderle una emboscada a una unidad especial federal.

—Estoy de acuerdo.

—Eh, chicos —era Flora otra vez—, creo que deberíais adelantaros vosotros dos. Yo no... no me muevo muy bien.

Incluso con Keith rodeándole la cintura con un brazo, Flora apenas podía mantenerse en pie. Entonces la justiciera le ofreció su navaja mariposa a Kimberly.

—Para que te dé buena suerte.

—Quédatela. Aún no sabemos cuántas personas hay merodeando por estos túneles. Además, tal y como están las cosas —Kimberly miró a Flora y Keith con severidad—, puede que tengáis que venir a salvarnos.

—Hecho —dijo Keith.

Todos estuvieron de acuerdo con el plan de acción. Kimberly dio un paso adelante con decisión. El sheriff se colocó a su lado.

—Tened cuidado —ordenó Kimberly a Flora y Keith.

—Vosotros también.

Kimberly y el sheriff se adentraron corriendo en la oscuridad.