CAPÍTULO 44
No puedo hablar. Soy lenta. Soy débil .
Lo que necesito es ser inteligente.
Cuando oigo el rugido del Hombre Malo detrás de mí, pienso en darme media vuelta, en enfrentarme a él. Invocaré el amor de mi madre y la aflicción de mis hermanas asesinadas, y lo incineraremos con nuestra ira.
Ahora, mientras me tambaleo por el pasillo, reconozco que estas fantasías son solo eso: los sueños vívidos de una niña demasiado débil para defenderse.
Él se acerca. Me agarrará por el hombro y me girará. Y, tras un segundo de dolor insoportable, todo habrá terminado. Estaré con mi mamita. En el fondo, no puede ser tan malo. Nuestra manada de dos, juntas de nuevo.
Pasos, cada vez más cerca.
El pasillo es demasiado largo. No lo conseguiré.
Podría desviarme hacia una de las muchas habitaciones, pero ¿y luego qué? Son pequeñas y están vacías. No seré más que un ratón atrapado en una caja. Tengo que subir las escaleras. La cocina. Tiene cuchillos, rodillos y todo tipo de armas que una cosita como yo podría emplear.
Los pasos se hacen cada vez más fuertes. Sin embargo, el pasillo nunca termina.
Le transmito mi súplica más desesperada a la casa. Sé que está triste y compungida. Sé que nunca quiso ser utilizada de esta manera. «Ayúdame —le suplico—. Te veo, te oigo. Por favor, por favor, ayúdame».
Y, de repente, las luces del pasillo parpadean y luego se apagan, sumiendo todo el corredor en la oscuridad.
Un nuevo rugido de frustración. El Hombre Malo se detiene en algún punto del largo pasillo, desorientado por la repentina falta de luz.
En cambio, yo... Llevo años vagando por estos pasillos al amparo de la noche. Soy el ratón que corre de un lado a otro, siempre fuera de la vista. No necesito luz para ver. Reconozco cada centímetro del pasillo por el tacto de las piedras contra mis pies.
Más rápido. Tan rápido como puede moverse una chica coja como yo.
El Hombre Malo vuelve a avanzar. Más despacio esta vez; se oyen golpes y blasfemias cuando choca contra una pared o el marco de una puerta. Sus piernas son más largas que las mías. Aunque vaya más lento, acortará la distancia entre nosotros en un santiamén.
Las escaleras. Las siento antes de vislumbrar el primer peldaño. En mi mente, gimo de alivio. En la vida real, sigo tan silenciosa como siempre.
Ahora me arrastro. Arriba, arriba, arriba. La puerta está justo ahí, casi puedo alcanzarla.
—¡Alto, policía! —oigo una nueva voz retumbar a mis espaldas.
¡D. D. está viva! Me giro justo a tiempo para ver un rayo de luz atravesar el pasillo. D. D. lleva una linterna sujeta entre las costillas y su brazo herido.
Lo que significa que, con la mano izquierda, D. D. sostiene su arma. Sin demasiada fuerza.
El Hombre Malo se da media vuelta. El rayo de luz ilumina un lado de su cara. Sonríe mientras observa a una policía herida, maltrecha, que se atreve a desafiarlo.
El Hombre Malo se abalanza sobre la sargento.
Bam. Bam . Bam.
La pistola de D. D. Pero al Hombre Malo no parece importarle. Derriba a D. D. como si no fuera más que una muñeca de trapo.
Veo el destello del cuchillo.
Luego, no puedo seguir mirando.
La casa se retuerce, agitada, cuando finalmente irrumpo por la puerta del sótano. Tropiezo en la moqueta del pasillo, caigo de rodillas y luego me levanto de nuevo. Estoy llorando. Los mocos me gotean por la nariz y las lágrimas me bañan las mejillas.
Estoy aterrorizada, enfadada y vacía. Tantos años, tantas ambiciones, y aquí estoy otra vez, viendo cómo el Hombre Malo se lo lleva todo. Lo odio más allá de toda racionalidad. Me duele más allá de toda posibilidad.
¿Por qué tiene que morir tanta gente por una niña estúpida como yo?
Corro hacia la cocina. El edificio vuelve a gemir. El viento azota mi cabello enredado, aunque las puertas están cerradas y la casa es impenetrable. Las chicas, mi madre. Puedo sentirlas a todas. El Hombre Malo está festejando. Y ellas están tan enfadadas como yo.
Cruzo el vestíbulo de mármol y llego al comedor. A través de la ventana veo a un policía haciendo guardia. Capta la sombra de mis movimientos, balanceándome arriba y abajo mientras arrastro la pierna derecha. Sus ojos se agrandan.
Intento sacudir la cabeza para advertirle que se aleje, pero no lo entiende.
Atraviesa el porche y entra deprisa por la puerta principal ubicada detrás de mí.
—Eh, oye...
Justo en ese momento, la puerta del sótano se abre de golpe, estrellándose contra la pared lateral. El agente se da la vuelta, atrapado entre una niña que llora y un demonio corpulento armado con un cuchillo. No necesita ayuda para darse cuenta de lo que está ocurriendo.
—¡Alto! ¡Policía!
¿Saca su arma? ¿Consigue esquivar los primeros golpes? No tengo el valor necesario para girarme y mirar. El Hombre Malo vuelve a atacar. El agente cae al suelo.
Oigo un gorgoteo que conozco demasiado bien. El joven se está muriendo. En este momento está vivo, pero dentro de un instante dejará de existir. El Hombre Malo no es solo un monstruo: es el mismísimo diablo.
Me abalanzo contra la puerta batiente de la cocina. Más viento azota mi cara, me despeina. Quiero enfadarme con ellos, que dejen de atormentarme, ser yo quien ataque.
Pero lo entiendo. Incluso en la muerte, tienen miedo. Yo también lo tendría.
Enciendo el lavavajillas industrial. Cuando alcance la temperatura adecuada, llenará la cocina de vapor, ya que la campana escupirá el agua hirviendo a borbotones. He trabajado con el lavavajillas. Sé cómo soportar sus salpicaduras. ¿Él también?
Quiero un cuchillo, pero ya he intentado eso antes. Le apunté con un cuchillo de mantequilla. Él se me echó encima, me desarmó y luego me hizo trizas con su hoja, mucho más grande.
Es tan grande, tan fuerte. Se colocó detrás de la señora Counsel y le quitó la vida sin sudar ni una gota. Ha derribado a mi protectora rubia de un solo golpe, dejándola destrozada en el suelo. Luego ha subido corriendo las escaleras y ha matado a un segundo agente armado en cuestión de minutos.
Siento un nuevo nudo en la garganta; el pánico me invade y me ahoga.
Desesperada, abro de un tirón la puerta del armario de las escobas.
Ahí encuentro la fregona, cuyo largo mango sobresale del cubo amarillo con ruedas.
Quizá pueda usar el mango de madera para golpearlo, del mismo modo que la anciana ha usado el atizador para atacar a D.
D. El mango es bastante largo, quizá pueda mantenerme fuera del alcance de su cuchillo.
Entonces veo la garrafa de lejía y se me ocurre una segunda idea.
Agarro la botella, desenrosco el tapón y empapo generosamente el cabezal de la fregona. Acabo de vaciar la garrafa cuando la puerta de la cocina se abre, causando un estrépito. El Hombre Malo se materializa ante mí, con la cara salpicada de sangre y el cuchillo de caza goteando líquido rojo.
La habitación se queda en silencio. Ya no hay viento ni espíritus inquietos. Todos, vivos y muertos, estamos igual de aterrados.
—¿Me has echado de menos? —pregunta.
Aprieto las manos sobre el mango de la fregona y me preparo para lanzar mi último ataque.