CAPÍTULO 42
El Hombre Malo está frente a mí en la sala de piedra.
No: está sentado a la mesa de mi madre, atiborrándose de su comida casera. Me mira lascivamente desde la puerta de madera, tallada con elaborados diseños, mientras juega con su cuchillo favorito.
No: se alza en el desierto, disparando una bala que atraviesa la garganta de mi madre.
Él es ahora. Él es entonces.
Está aquí.
Y yo solo soy yo: sin pistola, sin cuchillo, sin poderes mágicos. No puedo gritar. No puedo correr. Lo único que puedo hacer es quedarme quieta mientras él se acerca.
El Hombre Malo y la mujer mayor van juntos. Y ahora, esa mujer está de pie junto a D. D., con el atizador en la mano, lista para asestar un nuevo golpe. D. D. está en el suelo junto a la entrada del túnel. No se mueve.
Tengo que hacer algo. Proteger a mi amiga. Escapar del Hombre Malo. Hacerle pagar.
Siento tanta ira y frustración dentro de mí. Siempre ha sido él. Mató a mi madre. Me robó la voz. Me esclavizó, obligándome a llevar una vida de servidumbre y a ver cómo destruía a otras chicas.
No hay nada bueno en este hombre, solo capas y capas de maldad.
—¡Clayton, date prisa! —insta la anciana—. No creo que esté muerta.
Eso significa que tal vez D. D. pueda ponerse bien. Si soy capaz de encontrar una manera de alejar al Hombre Malo.
Él vuelve a sonreír. Sabe que soy una lisiada, pero eso no le inspira compasión. Solo desprecio.
Intento retroceder, pero mi cadera choca contra la pared. Estoy atrapada, sin posibilidad de escapar. Así que pruebo otra cosa. Él cree que estoy indefensa, y yo alimento esa idea.
Doy un pequeño paso hacia un lado, pasando sobre una piedra irregular. Gruño mientras finjo torcerme el tobillo. Caigo al suelo en cuclillas.
Uno, dos, tres, cuatro...
Él avanza con paso firme, seguro de sí mismo, mientras blande su cuchillo de caza.
Cinco.
Llega hasta mí. Me levanto torpemente y le doy un golpe tan fuerte como puedo con mi pierna buena. Le golpeo en el lateral de la rodilla. Grita sorprendido y se tambalea un poco, lo que hace que la mujer desvíe su atención de D. D. Bien.
Le doy otra patada, directa a los testículos. Grita, se agarra su partes y cae al suelo.
—¡Clayton! —grita la anciana, angustiada.
Salgo disparada hacia la puerta.
En el último segundo, él me lanza un tajo con el cuchillo, cortándome el tobillo expuesto.
Poseída por la furia, vuelvo a abalanzarme sobre él.
Le doy una patada en la cabeza y veo cómo rebota contra el duro suelo.
Lo vuelvo a hacer, salpicando con la sangre que sale de mi tobillo.
Mi sangre, sobre la piedra; la de mi madre, sobre la tierra roja.
Las dos hemos sangrado demasiado por este hombre.
—¡Basta! —chilla la anciana, pero está atrapada detrás de la mesa. No puede llegar hasta mí y parece haber olvidado momentáneamente a D. D.
No quiero dejar a la sargento rubia a su suerte, pero, si me voy, el Hombre Malo me seguirá. Quiero creer que D. D. sabrá cómo zafarse de la mujer gigante. Pero el Hombre Malo... Nadie que se haya enfrentado a él ha salido victorioso.
«Despierta, despierta, despierta», le digo mentalmente a D. D. Y luego, otra orden: «Sobrevive».
Porque no creo que sea capaz de soportar otra pérdida. Por otra parte, no creo siquiera que sea capaz de llegar viva al final del día.
Salgo como puedo de la habitación, arrastrando la pierna por el pasillo. He tenido años para aprender a cojear con rapidez. No voy a rendirme ahora.
Detrás de mí oigo palabrotas; luego, un estruendo. El Hombre Malo se pone de pie a duras penas.
Vendrá a por mí.
No puedo gritar. No puedo correr.
Avanzo hacia la oscuridad tan rápido como me permite mi cojera.