Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

D. D.

Por un momento, D. D. nadaba en un mar de oscuridad, desorientada.

De repente, abrió los ojos de golpe, justo a tiempo para ver el atizador que se abalanzaba hacia su cráneo por segunda vez.

Instintivamente, trató de levantar el brazo derecho, pero el dolor punzante que sintió le cortó la respiración.

Rodó hacia un lado, medio segundo antes de que el atizador se estrellara contra el suelo de piedra, junto a su hombro.

Una voz feroz resonó sobre ella: —Muere, maldita sea. ¡Muere de una vez!

Franny, la recepcionista del sheriff, se cernía sobre ella.

La delicada cruz de oro aún colgaba de su cuello, pero el resto de su ser apenas era reconocible.

Su cabello rubio ceniza, cuidadosamente peinado, se había revuelto hasta convertirse en una maraña informe.

Su jersey azul claro estaba cubierto de suciedad y hollín, y una línea de manchas negras le recorría la cadera, donde algo la había golpeado.

Sin embargo, algunas cosas seguían igual.

Sus anchos hombros, su sorprendente altura, la impresionante fuerza en la parte superior del cuerpo.

El atizador, levantándose de nuevo.

«Muévete, sargento, muévete».

Tumbada bocarriba, con la mitad del cuerpo dentro del túnel y la otra mitad fuera, y con el brazo derecho presa de un dolor horrible, D. D. se quedaba sin opciones. Podía seguir rodando por el oscuro túnel; eso podría darle cobertura, ganarle algo de tiempo, pero...

Bonita.

¿Qué le había pasado a Bonita? Tenía que proteger a la chica. Con un rápido giro, D. D. sacó el torso por la puerta del pasadizo y entró en la cámara de piedra. Su brazo decía que no, pero el resto de su cuerpo ordenaba que sí, y rodó bajo la gigantesca mesa de roble, bufando de dolor.

Franny gritó furiosa al darse cuenta de que acababa de perder a su objetivo.

«No pienses. No sientas. Muévete».

D. D. apareció por el otro lado. Sufría una lesión evidente en el brazo derecho.

Podía girar la muñeca y mover los dedos, así que tal vez no estuviera roto, pero en ese momento no estaba capacitada para desenfundar su arma.

Sin embargo, ella sabía algo que Franny ignoraba: D.

D. había sufrido una lesión grave en el brazo izquierdo años atrás.

Y, como parte de su recuperación, había aprendido a disparar con una sola mano, en lugar de emplear el preceptivo agarre con ambas.

Empezó la práctica con su brazo derecho, que no había sufrido lesiones; más tarde, por pura paranoia y cuando su brazo izquierdo se hubo recuperado, perfeccionó también el disparo con dicha mano, para no volver a estar nunca más en desventaja.

La mujer la miraba ahora con ira, aferrada aún a su arma improvisada. Sin embargo, la enorme mesa le bloqueaba el paso hacia su objetivo. Franny entrecerró los ojos con astucia, dejando claro que, al igual que D. D., iba a pasar al plan B.

Kimberly le había mencionado algunas cosas sobre la mujer.

Era más dura de lo que parecía, una superviviente nata que había tenido que reconstruir su vida tras perder a un hijo recién nacido, y muy hábil a la hora de superar obstáculos.

Eso explicaba la determinación con la que miraba ahora a D.

D. desde el otro lado de la mesa, con el atizador en ristre.

Mierda.

D. D. echó un diligente vistazo a la habitación.

No había rastro de Bonita. Con suerte, la niña había subido las escaleras y se había escondido en algún lugar seguro.

Entonces D. D. se agarró el brazo derecho y fingió tambalearse sobre sus talones.

En un enfrentamiento de pura fuerza, era imposible que D.

D. saliera victoriosa. No contra una oponente tan grande y agresiva.

Su mejor baza era... ganar tiempo. Tiempo para que Bonita escapara, para que llegaran refuerzos, para que el campo de visión de D.

D. se despejara lo suficiente como para poder ejecutar un disparo certero.

—¿Por qué? —preguntó. No tuvo que actuar para hacer que su voz sonara áspera a causa del dolor.

—No deberíais estar aquí. ¡Lo teníamos todo bajo control!

—¿Te refieres a la trata de niñas para usarlas como empleadas domésticas? ¿Donantes de órganos? ¿Esclavas sexuales?

—Solo ofrecemos el mejor producto a los mejores clientes —respondió Franny con naturalidad—. No aceptamos envíos de inmigrantes enfermas. Atendemos los pedidos y buscamos personalmente lo que mejor se adapta a las necesidades de nuestros usuarios.

D. D. pudo leer entre líneas. La mayoría de las operaciones de tráfico de personas consistían en importar contenedores llenos de chicas, que luego eran trasladadas a «salones de masajes» y lugares similares. Un producto en masa para su distribución en masa.

En esas montañas, tan al norte, habría sido demasiado llamativo llevar a un montón de chicas extranjeras. Pero personas concretas que llegaban como supuestas empleadas domésticas hasta que se encontrara al cliente adecuado... D. D. sintió ganas de vomitar.

—Pero ¿ por qué ? Después de todo por lo que has pasado... la pérdida de tu hijo... ¿Ahora te dedicas a secuestras niñas?

—No lo perdí.

D. D. miró sorprendida a la mujer. Franny sonrió, pero su expresión era de todo menos agradable.

—Sabía que tendría que dar al bebé en adopción una vez que naciera.

En aquellos días, era la única opción para una mujer soltera como yo.

Sobre todo en un pueblo pequeño como este.

Está lleno de idiotas intolerantes y prejuiciosos.

Me miraban por encima del hombro ¿y por qué?

; porque solo era una camarera, y además joven, estúpida y embarazada.

Oía sus cuchicheos. Lo acepté. Me convencí a mí misma de lo que tenía que hacer.

Pero entonces cogí a mi bebé en brazos. Y... no pude hacerlo.

—Te quedaste con tu bebé..., pero le dijiste a todo el mundo que había muerto.

—Siempre he sido más inteligente de lo que la gente piensa.

—No se puede ocultar a un niño —dijo D. D.

—Se puede si el padre está dispuesto a acogerlo.

—Un momento, ¿quién es el padre?

Franny seguía con el atizador en alto, en posición de bateadora.

No obstante, con la enorme mesa que se interponía entre ella y D.

D., se encontraban en un punto muerto. Sin embargo, la mirada de la mujer no dejaba de centrarse en algún lugar por encima del hombro de D.

D. ¿Esperaba compañía? ¿El demonio de Bonita?

D. D. estaba ganando tiempo, buscando la oportunidad perfecta. ¿Acaso Franny estaba haciendo lo mismo?

D. D. se desplazó poco a poco hacia la derecha, más cerca de la chimenea, donde tendría, al menos, una visión parcial de la puerta de madera entreabierta.

—¿Quién crio a tu hijo, Franny? —preguntó D. D. en voz baja, aunque ya se hacía una idea.

Franny sabía todo sobre las actividades de la unidad especial en los últimos días, ya que había participado en las reuniones. Pero había otra persona a la que se le había concedido un asiento en primera fila. Keith y Flora lo habían puesto al corriente sin saber quién era.

—No importa —respondió Franny con rigidez.

Así que D. D. lo dijo por ella: —Bill Benson, el dueño de la tienda de quads.

Habló en varias ocasiones con Keith y Flora.

Y hoy has dicho que ha sido él quien ha entrado en la comisaría y ha armado un escándalo para distraer al agente de guardia.

Estabais compinchados. Le dijiste cuándo tenía que ir, cuándo habría un solo vigilante allí.

Y, mientras el agente Chad se ocupaba de Bill, tú has ido a ver al alcalde Howard.

Dios mío, tú estás metida en todo esto. Pero ¿por qué ?

—Lo amo. Lo he amado casi toda mi vida —dijo Franny con sencillez—. Y él también me ama.

—Entonces, deberíais haberos casado. Deberíais haber criado juntos a vuestro hijo. En lugar de eso... —D. D. hizo un gesto con la mano buena en el aire— habéis construido toda una vida basada en mentiras.

—Es complicado.

—¿En serio?

Franny frunció el ceño a D. D. Su mirada regresó a la puerta abierta, detrás de D. D. No había duda de que la mujer estaba esperando a alguien. D. D. maldijo en voz baja. Porque aunque pudiera disparar con el brazo izquierdo, solo podía apuntar en una dirección.

—Bill está casado, pero su mujer no está bien. Es esquizofrénica. Es una lástima, la verdad. La mayoría de los días, Bill la mantiene encerrada en su habitación.

—¿Porque eso es mejor que tenerla hospitalizada?

—¿Has visto esos sitios? Son horribles. Simplemente horribles.

D. D. dio otro paso hacia la derecha. Algo estaba ocurriendo. La disposición de Franny a hablar, a ganar tiempo... D. D. podía sentir la amenaza inminente, solo que no podía verla.

—Así que tu amante casado con una mujer enferma mental crio a tu hijo. ¿Y tú qué hacías? ¿Lo visitabas haciéndote pasar por una amiga de la familia para ver cómo crecía?

—Tía Franny —aclaró ella—. Pero mi hijo se dio cuenta, es un chico muy inteligente.

Además, no se parece en nada a esa mujer frágil y desconsolada que vive en su casa.

Un día quiso saber la verdad. Bill y yo se la contamos.

Como era de esperar, se sintió agradecido al enterarse de que yo era su madre, y no la loca que había encerrada en la habitación de al lado.

—Yo no estaría tan segura de que solo hubiera una loca en esa casa.

—Tú no sabes nada —respondió Franny con tono áspero.

—Sé que tu hijo es un monstruo —replicó D.

D.—. Bonita lo dibujó como el mal puro. Ese es el hijo al que rechazaste, diste en adopción y luego intentaste recuperar.

¿Y ahora justificas su comportamiento aunque sea cada vez peor?

Él mató a esas chicas, ¿verdad? Y luego Bill se deshizo de los cadáveres.

—Martha necesitaba un riñón. Bill y yo lo estábamos hablando una noche cuando Clayton estaba en casa, y dijo que podía ayudar.

—¡Secuestró a unas chicas para usarlas como donantes de órganos!

—Tenía una empresa de servicios domésticos en Nuevo México. Contrataba a muchas chicas. No era muy difícil averiguar si alguna de ellas tenía el grupo sanguíneo adecuado.

—¡Era un proxeneta ! —gritó D. D.—. Y apuesto lo que sea a que la madre de Bonita fue una de sus primeras víctimas.

—¡Le salvó la vida a Martha!

—Pero no se detuvo ahí. Le gustaban las chicas. Le gustaba secuestrarlas, le gustaba torturarlas. En un pueblo pequeño, algo así podría llamar la atención. Pero si las importaba, si las compartía con otros... Dios mío, ¡tu hijo convirtió su violenta obsesión en un negocio y tú lo ayudaste !

—¡Esta comunidad lo necesita! Nuestro pueblo se estaba muriendo.

Los negocios se hundían, mucha gente honrada estaba a punto de perder sus hogares.

Clayton es inteligente. Vio la oportunidad.

Empezó a suministrar mano de obra más barata, lo que fue de gran ayuda a la comunidad.

Y siempre había algún que otro huésped que buscaba servicios adicionales.

Martha y Howard..., bueno, no podían decir que no, ¿verdad?

Y con el aumento de la oferta, llegaron más y más personas a la comunidad, dispuestas a gastar dinero.

—¿Como Jacob Ness?

—Fue idea mía que Dorothea creara la página web, con su portal a la dark web, donde se podían hacer negocios aún más importantes. Una vez que se corrió la voz, bueno... Los últimos diez años han sido una bendición para esta comunidad. Todos han salido beneficiados. ¡Todos!

—¿Cuántos cadáveres vamos a encontrar en el bosque, Franny? ¡Cuántos!

—Todo iba tan bien...

—¿Con Bill cavando tumbas y tú encubriéndolo todo en el Departamento del Sheriff para que nadie atara cabos sobre todas las chicas que aparecían y desaparecían? Vais a ir a la cárcel, Franny. Y tu hijo, así como Bill, Dorothea y todas las personas de este pueblo si es necesario. Todos vais a caer.

La mujer resopló.

—¿Quién es la loca ahora? El sheriff y ese joven no van a volver. Esos túneles son interminables. Hace falta un guía. Por no mencionar que Bill estará a punto de alcanzarlos desde el otro lado. Cuando cierre esta puerta secreta, nadie sabrá nunca nada.

—Yo sí. Y tú no estás en posición de detenerme.

Franny sonrió. Una vez más, la expresión de su rostro no era nada agradable.

—Clayton se encargará de ti. Justo después de acabar con la chica.

—¿Tu hijo está aquí?

—Vamos un paso por delante.

—Por eso Bonita ha huido.

—No tiene ninguna posibilidad.

—Franny —dijo D. D. con frialdad—, me has herido el brazo derecho de gravedad. Eso significa que has atacado a una agente de policía, por lo que puedo responder con fuerza letal.

—Con esta mesa entre nosotras, ahora mismo no supongo ninguna amenaza para ti.

—¿Y dónde están los testigos que lo corroboren?

La mujer hizo una pausa. Seguía empuñando el atizador, pero, por primera vez, parecía insegura. Su mirada se dirigió una vez más hacia la puerta abierta. Buscaba a su hijo, esperaba a su hijo. Por eso se había mostrado tan dispuesta a hablar como D. D.

Pero D. D. no podía permitirse seguir perdiendo el tiempo. No con ese monstruo de Clayton persiguiendo a Bonita.

D. D. levantó el arma con la mano izquierda. Todos esos años de práctica... No tenía nada que dudar. Nada que temer.

Su dedo izquierdo rodeó el gatillo. Apretó ligeramente. Disparó.

La bala impactó en el hombro derecho de Franny. El atizador cayó al suelo con un fuerte estrépito; la mujer se tambaleó hacia atrás, agarrándose la herida, con la sorpresa reflejada en el rostro.

—Te habría apuntado al corazón —la informó D. D.—, si tuvieras.

La mujer se derrumbó en el suelo, dirigiendo una mirada de perplejidad hacia D. D.

—Esa herida no te matará de inmediato. Pero, si no recibes tratamiento médico pronto, muchas cosas podrían salir mal. Te sugiero que empieces a expiar tus pecados cuanto antes.

D. D. se tomó un segundo para volver a examinar su brazo derecho, lo giró despacio y flexionó los dedos.

Tenía un dolor de mil demonios, pero no parecía estar roto.

Quizá fuera un hematoma óseo. No importaba, podía soportar el dolor.

Haría lo que fuera necesario para cumplir lo que le había prometido a Bonita.

Se inclinó sobre la mesa hasta poder mirar a Franny a los ojos.

La mujer tenía la frente cubierta de sudor y su cuerpo comenzaba a temblar a medida que el dolor se apoderaba de ella.

—Oye, Franny —dijo D. D., adoptando el tono más amable que pudo—. Voy a encontrar a tu hijo. Y luego lo mataré.