Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 40
88%

CAPÍTULO 40

FLORA

Estoy soñando con Jacob. Sé que es un sueño porque me está sonriendo.

—Así que conociste a mi viejo, ¿eh? Es un cabrón duro. De tal palo, tal astilla, supongo. Microvegetales, ¿eh? Eso sí que no me lo esperaba.

Estamos sentados en la parte exterior de la cabaña en la que me retuvo.

En el prado, sobre un mantel a cuadros rojos y blancos.

Ante nosotros hay un bufé de comida rápida: pollo frito, hamburguesas, pizza, gofres.

Pero Jacob no está comiendo. Parece más joven, más relajado; lleva su camiseta favorita, manchada de kétchup, que apenas le cubre la barriga flácida.

—Hogar, dulce hogar —dice, señalando la cabaña en ruinas que hay detrás de nosotros—. ¿Lo echas de menos?

Abro la boca, pero no me salen las palabras. Entonces me doy cuenta de que ya no estoy sentada en la manta de pícnic. Estoy de vuelta en la caja. La luz del día se filtra a través de los burdos agujeros de ventilación, burlándose de mí.

—No te pongas así. Ya te dije lo que pasaría si me desobedecías. Te escapaste una vez, Flora. No deberías haber vuelto.

No, no estoy en la caja. Porque puedo verlo, lo cual sería imposible.

Pero todo a mi alrededor está oscuro, solo hay algunos puntos de luz.

Intento levantar la mano para empujar la tapa, pero descubro que no puedo mover los dedos.

Ni los brazos. Ni las piernas. Estoy atrapada.

Agobiada, una presión terrible me oprime el pecho.

Estoy en una tumba. Una tumba poco profunda de la que solo sobresale mi cara, observando a Jacob desde el borde de la manta de pícnic.

—Siempre pensaste que morirías aquí —me dice este nuevo y feliz Jacob—. Te escuchaba lloriquear en la caja. «Voy a morir, voy a morir, voy a morir» —se burla—. Nunca fuiste de las fuertes.

Intento mover los dedos de los pies, levantar al menos un solo dedo, girar la cabeza. Nada. Siento un gemido formándose en mi garganta, tal y como él dice. Entonces siento humedad en mi cara. Una solitaria lágrima me resbala por la mejilla.

Jacob se mueve para inclinarse sobre mí.

—Nunca debiste volver aquí.

No puedo moverme.

—Pero me echabas de menos, ¿verdad, Flora? Tenías que verlo, tenías que saberlo. Porque cuanto más sabes, más cerca estás de mí. Y ahora vas a morir en mi casa. Tal y como lo había planeado.

Me sonríe.

Lo odio. La historia se repite, incluso se inclina y me seca suavemente la lágrima de la mejilla.

—Te quería —susurra—. Y siempre serás mía, porque en lo más profundo de tu corazón sabes que tú también me quieres.

Entonces Jacob desaparece y la cara de Kimberly se materializa ante mí.

—¡Despierta! ¡Despierta, joder!

Me da una bofetada en la cara.

Me despierto.

El mundo está oscuro y, una vez más, estoy desorientada. No veo nada, pero me doy cuenta de que puedo moverme. Brazos, pies, cabeza. Dios mío, ¿qué demonios me ha pasado en la cabeza? Gimo, y a Kimberly le falta poco para darme otra bofetada.

—¡Shhh!

Su tono urgente me devuelve a la realidad, al igual que el dolor punzante en la sien.

Está agachada detrás de una roca de tamaño considerable, asomándose para ver algo que tiene delante.

Yo estoy tirada en el suelo, donde aparentemente me ha arrojado como si fuera un saco de patatas.

Tengo la cara húmeda y pegajosa. Me toco la mejilla con suavidad. No son lágrimas: es sangre.

Tengo un vago recuerdo: piedras que caen y un rifle que se dispara. No estoy segura de cuál de las dos cosas me ha alcanzado, pero al menos estoy viva. Más o menos.

Intento incorporarme. El mundo da vueltas, y mi estómago también. Probablemente tenga una conmoción cerebral. Kimberly tiene su arma del calibre 22 en las manos y está en guardia, atenta a una posible amenaza inmediata. Voy a tener que hacer algo más que quedarme tumbada a sus pies.

—Cuchillo —murmura. No es una pregunta, sino una orden.

Busco a tientas hasta encontrar mi navaja mariposa. Muevo la muñeca para abrirla, pero mi esfuerzo es tan pobre que casi se me cae con el mango plegado.

Por primera vez, registro unos pasos. Son pesados y provienen del otro lado de la roca donde Kimberly nos ha parapetado. Donde me ha traído a cuestas. Alguien se acerca lenta y sigilosamente. Nos acecha.

Esta vez, consigo abrir el mango de dragón de mi navaja. La oscuridad me nubla la vista, y sigo sintiendo la remota presencia de Jacob, aplastándome.

Esa sensación me da fuerzas. Ya no soy una superviviente recién liberada de su cautiverio, y el Jacob del sueño no es tan irresistible como cree.

Yo soy mi propia dueña. Y he venido aquí por elección propia para ayudar a otras personas, incluido a este variopinto equipo de investigadores en el que he depositado mi confianza.

Ahora tengo que cubrirle las espaldas a Kimberly, pues ella está haciendo lo mismo por mí. Y, esta noche, las dos volveremos a casa sanas y salvas. Luego, voy a coger a Keith y vamos a pasar más tiempo de calidad exorcizando demonios.

Los pasos se acercan. No sé quién está al otro lado de esa roca.

Supongo, a juzgar por la implacable oscuridad, que nos encontramos en la mina.

Kimberly ha cargado conmigo y ha realizado una retirada estratégica.

¿Ha sido Walt quien nos ha atacado al final?

¿Nos ha engañado, tal y como habría hecho su hijo?

Pero recuerdo el estallido de un rifle, y Walt es fiel a su escopeta.

Luego me llega una nueva imagen: Walt cayendo sobre la hierba, con el pecho manchado de rojo. Eso me hace recordar una habitación de motel en particular, en la que apunté con un arma a la cabeza de su hijo y, un momento después, sentí el calor de la sangre y los sesos que me salpicaban.

Me pregunto si Jacob era consciente, cuando me secuestró en la playa de Florida, de que se estaba condenando a sí mismo y a su familia. Esa rubia borracha e inocente, que daba vueltas en la arena al ritmo de una música que solo ella podía oír, los mataría a todos algún día.

Kimberly se tensa más a mi lado. El sonido de los pasos se ha detenido.

¿Dónde está nuestro cazador? ¿Justo al otro lado de la roca, esperando a que los conejos salgan corriendo?

¿O buscando un saliente que le proporcione una posición más elevada, el lugar perfecto para un francotirador? Podría matarnos en dos segundos.

Deberíamos movernos. Pero hacerlo significaría revelar nuestra posición.

Por no mencionar que, ahora mismo, estoy tirada contra una roca como si llevara cuatro días borracha, y tengo más o menos la misma coordinación.

Podríamos pasar a la ofensiva, pero ¿cómo?

En el momento en el que Kimberly se levante para disparar, quedará expuesta al fuego enemigo.

Y en cuanto a mi navaja, bueno, hay poco que añadir : a nadie se le ocurre llevar un cuchillo a un tiroteo.

Tengo una idea. No es la mejor, pero tampoco la peor.

Es algo típico de mí, aprovechar al máximo los recursos disponibles.

Hundo los dedos en la tierra a mi lado hasta encontrar una roca de tamaño decente.

Luego golpeo a Kimberly en la pierna hasta que me presta atención.

Mediante gestos, le explico mi intención.

Si está deslumbrada por mi brillantez, no lo demuestra.

Más bien se encoge de hombros, como diciendo «¿ Qué tenemos que perder? ».

Exacto.

Respiro hondo. Me duele la cabeza. Tengo el estómago revuelto. Mi corazón... Una parte de Jacob vive ahí; en eso no se equivoca. Pero yo no soy él; es solo una herida del pasado que por fin estoy aprendiendo a curar. Razón de más para sobrevivir y descubrir el futuro que tengo por delante.

Lanzo la piedra con todas mis fuerzas hacia el oscuro vacío que hay detrás de nosotras. Apunto a la pared del otro lado del túnel, trazando una larga diagonal. Se oye un leve golpe sordo en la distancia, nada más.

No es suficiente para que nuestro perseguidor muerda el anzuelo.

Así que cojo otra piedra, y otra más, y las lanzo en una rápida sucesión. Una de ellas golpea con fuerza, y la lluvia de guijarros que sigue al impacto produce el ruido adecuado: dos personas arrastrándose en la oscuridad.

Los pasos se reanudan. Cada vez más cerca.

Kimberly estabiliza su arma.

Ambas esperamos.