Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

La casa está agitada .

Los demás no lo sienten. Miran fijamente el panel secreto que se abre para revelar una repentina abertura, como una herida en el sótano. Están sorprendidos y perplejos.

La casa está asustada.

Pongo la mano en la pared más cercana a mí. Intento decirle al edificio que no pasa nada. Sé que aquí han ocurrido cosas malas. No es culpa de la mansión, como tampoco es culpa mía. Ambas somos víctimas.

La casa está avergonzada.

Una vez más, intento tranquilizarla, pero la casa no me cree. «Vete», se mueve, gime. «Vete, vete, vete».

La casa tiembla profundamente sobre sus cimientos. Un siniestro crujido emana de sus viejas juntas de madera, algo que los demás también oyen.

—Es el cambio repentino de temperatura —dice Keith—. Provoca que las vigas se contraigan.

Las personas inteligentes a menudo dicen tonterías. Pero luego me muerdo el labio inferior. El edificio debe estar muy alterado. Nunca antes lo había oído hacer eso.

—Alguien debería entrar —dice Keith de nuevo. Su voz no suena asustada, sino más bien insegura.

D. D. da un paso alrededor de la enorme mesa que nos separa del túnel. Luego se detiene y me mira. No necesito palabras para entender lo que está pensando. No puede entrar en ese túnel. Tiene una responsabilidad conmigo; debe mantenerme a salvo.

«Vete», gime la casa de nuevo, y puedo sentir cómo se me estremecen los dedos.

El sheriff avanza.

—Ya voy yo. —Desengancha una linterna de su cinturón y enciende el haz de luz.

—Yo te acompaño —dice Keith.

Su decisión no me sorprende. Lo dibujaría en tonos naranjas, verdes y amarillos, con una tenue sombra negra. Podría tener más oscuridad a su alrededor, pero su curiosidad no se lo permite.

Saca el teléfono y empieza a juguetear con él.

—¿Alguna noticia de Flora? —pregunta D. D. con sequedad.

Él niega con la cabeza. No dicen nada en voz alta, pero se nota que están preocupados.

La mujer mayor me mira con preocupación. La señora Counsel no aprobaría su físico, sorprendentemente grande, pero le gustaría su bonito jersey azul. En cuanto a mí, no me gustan los desconocidos. Necesito quedarme con D. D. Es muy importante que me quede con D. D. Lo sé, aunque no sé por qué lo sé.

—Quizá deberíamos subir, querida —me dice la mujer con tono tranquilizador—. Vamos a dejar que hagan lo que tengan que hacer. ¿No te apetece un vaso de limonada?

Niego con la cabeza mientras la casa tiembla con tristeza.

El sheriff rodea la mesa de roble y se acerca a la puerta secreta.

El haz de luz de su linterna atraviesa la oscuridad e ilumina el túnel sombrío.

Keith se une a él; su teléfono brilla con menos intensidad que la potente linterna del sheriff.

La abertura es lo bastante ancha como para que puedan caminar uno al lado del otro.

Lo bastante alta como para que puedan permanecer erguidos.

Y, sin embargo, incluso con dos fuentes de luz...

Lo único que tienen delante es oscuridad. Dan el primer paso, y luego otro. Busco la mano de D. D., pero ella se ha alejado de mi lado y ha rodeado la mesa para poder ver mejor el avance del sheriff y Keith.

—No es un mal túnel. —La voz del sheriff resuena desde algún lugar más adelante—. Está reforzado con vigas de madera. Y lo han usado hace poco, además. Algunos de estos puntales no son tan antiguos.

—Una entrada secreta a un club secreto —murmura D. D.

Junto a la chimenea, la mujer que acompañaba al sheriff retuerce la cruz de oro que lleva alrededor del cuello. A ella le gusta el túnel tan poco como a D. D.

Recorro con los dedos la pared que tengo al lado. Un toque suave que busca ser tranquilizador.

Me doy cuenta de que estoy esperando. La casa también está esperando.

Luego, la voz del sheriff suena de nuevo, más distante.

—Hemos encontrado a la cocinera —dice con voz pesada.

—¿Necesitáis ayuda? —D. D. tiene que ahuecar las manos alrededor de la boca para amplificar su voz.

—Ya no hay nada que hacer. El túnel sigue durante un buen trecho. Vamos a seguirlo para ver si podemos llegar al final.

—Pediré refuerzos.

D. D. alcanza su teléfono en el bolsillo trasero.

La mujer mayor se mueve. Se agacha. Levanta algo. De repente, tiene un atizador en sus gigantescas manos.

D. D. sigue concentrada en su teléfono, tecleando.

Abro la boca, pero, por supuesto, no sale ningún sonido.

La corpulenta mujer acorta la distancia entre ellas.

D. D. pulsa otro botón de su teléfono.

La mujer levanta el atizador por encima de su cabeza.

Demasiado tarde, me doy cuenta de que sus colores no son azules y grises. En cambio, se arremolinan en abismos de negro y gritos de rojo. Ella es tristeza, dolor, rabia.

Ella y el demonio tienen los mismos colores.

Intento gritar. Silenciosa. Horrorizada. En el último segundo, mi cerebro se activa. Dejo de malgastar esfuerzos con mi garganta inútil y golpeo la pared. Tres golpes. Fuertes, urgentes.

D. D. alza la vista. Justo cuando el atizador de la chimenea cae con un silbido.

D. D. levanta el antebrazo e intenta girarse. Percibo un crujido repugnante cuando el metal golpea el hueso, y su brazo derecho cae flácido a un costado.

El atizador vuelve a levantarse, y la mujer que parecía una abuela ya no se parece en nada a una abuela.

Me muevo. Me lanzo contra el borde de la enorme mesa de roble y la empujo contra D. D. y la mujer, porque no hay forma de golpear a una sin golpear a la otra.

D. D. sale disparada hacia delante, directamente al túnel, mientras que la corpulenta amiga del sheriff cae de lado, y el atizador golpea el suelo mientras ella intenta recuperarse.

Entonces lo siento. Algo frío y oscuro se acumula detrás de mí.

La casa intentó advertirme.

«Vete», gimió. «Vete, vete, vete».

Pero no le hice caso, igual que no le hice caso a mi madre tantos años atrás.

Y ahora...

Me giro. Él está de pie bajo el marco de madera de la puerta. Sostiene su cuchillo dentado favorito frente a él.

Sonríe.

Y sé exactamente lo que va a pasar a continuación.