CAPÍTULO 38
KIMBERLY
Kimberly se sentía inquieta. Después de que Walt anunciara que podía demostrar que los árboles de verdad gritaban por las noches, el ermitaño cruzó su extensa propiedad y desapareció en uno de los edificios.
—¿Siempre lleva la escopeta a todas partes? —le preguntó Kimberly a Flora en cuanto este se marchó.
—Sí.
—Yo tengo mi veintidós de repuesto. ¿Y tú qué tienes, tu brillante cuchillo?
—Es un buen cuchillo.
—Una navaja mariposa y una pistola de pequeño calibre no son suficiente protección contra una escopeta de caza.
—Entonces, será mejor que no nos dispare.
—¿Crees lo que dice? —preguntó Kimberly con seriedad—. ¿Crees que de verdad intentó salvarte? ¿Que no es tan malvado como Jacob Ness y que ahora, como por arte de magia, va a compensar toda una vida de martirio llevándonos hasta los malos?
—No lo sé. Suena raro decirlo, pero... Jacob tenía una parte buena. Le gustaba jugar. Me traía DVD de mis series favoritas. Podía ser agradable. En ocasiones. Quizá su padre también tenga una parte buena.
Kimberly no estaba convencida del todo, pero entonces oyó el sonido de un motor de cuatro tiempos arrancando.
Un momento después, Walt reapareció conduciendo un quad rojo salpicado de barro con neumáticos gigantes.
Aparcó la bestia delante del porche y luego dio media vuelta, presumiblemente para ir a por otro vehículo.
Sus medios de transporte, según dedujo Kimberly.
Flora y Keith habían dicho que los lugareños preferían la red de senderos forestales a las carreteras comarcales. Mejor acceso y mejor cobertura.
Es decir, Walt podía llevarlos a cualquier parte y nadie se enteraría.
Kimberly sacó el teléfono del bolsillo para enviarle un mensaje a D. D. No tenía cobertura. Maldita sea. Curioso, porque habría jurado que antes sí tenía señal.
Walt apareció de nuevo con un ruidoso segundo quad, aún más sucio que el primero. Las miró expectante. Kimberly lo tomó como una indirecta para seguir a Flora hasta el primer quad. Flora ya se había subido y agarraba el manillar con los dedos.
—¿Sabes lo que estás haciendo?
—Pan comido. Ayer solo me choqué contra cuatro o cinco árboles. Agárrate fuerte.
Con una sacudida, se pusieron en marcha.
Hicieron una breve pausa mientras Walt se ocupaba de la verja que protegía su propiedad: candado, abrir, cerrar, candado otra vez.
Mientras esperaba, Kimberly creyó ver un destello de luz en el bosque.
¿Un reflejo metálico? Pero entonces desapareció y Walt emprendió la marcha entre una nube de gravilla.
Kimberly sintió un cosquilleo en la nuca. Como si los árboles tuvieran ojos y estuvieran empeñados en guardar sus secretos.
Walt se desvió de la carretera hacia un camino estrecho y lleno de baches que Kimberly no habría sabido reconocer. Flora no tuvo ningún problema en seguirlo; tal vez eso era lo que habían estado haciendo ayer.
Derecha, izquierda, derecha, izquierda. Una curva cerrada, otra aún más cerrada. Luego, el rugido de los motores mientras subían, subían y subían, y Kimberly tuvo que agarrarse a Flora para mantener el equilibrio.
De repente, llegaron a un claro cubierto de hierba. Walt apagó el motor. Flora hizo lo mismo.
El viejo se bajó de su quad y cogió su omnipresente escopeta.
—Ahora, caminamos.
Flora y Kimberly empezaron a seguirlo otra vez. Y, de nuevo, Kimberly sintió que un escalofrío de inquietud le recorría la espalda.
Cruzar la pradera fue una tarea ardua. Ninguno de ellos tenía agua, pero Walt no parecía darse cuenta. Las condujo hasta la línea de árboles del bosque colindante, deslizándose entre estos con la facilidad de un hombre de montaña que lleva haciendo eso toda su vida.
Kimberly agradeció la sombra y aprovechó para volver a comprobar su teléfono. Seguía sin haber señal. Se fijó en que Flora hacía lo mismo. Intercambiaron miradas, pero no dijeron nada.
Pasara lo que pasara a continuación, estaban solas.
Ellas eran dos; él, solo uno. En una pelea justa, Kimberly apostaría por ella y Flora.
Pero Walt no le parecía el tipo de hombre que peleaba limpio.
Ya se había fijado en cómo sostenía la escopeta, con un dedo permanentemente cerca del gatillo.
Lo primero era quitarle el arma. Porque en cualquier momento podía girarse, amartillar, disparar, amartillar, disparar...
De repente, la tarde se le antojaba cada vez más aciaga.
Más giros y vueltas. Según le parecía a Kimberly, Walt podía desaparecer en cualquier momento, y ella y Flora estarían tan muertas como si hubiera usado su arma. Siguieron dando vueltas y vueltas, y los árboles se hacían cada vez más densos y espesos a su alrededor.
Walt redujo la velocidad.
Flora casi chocó con él antes de darse cuenta de que la marcha de la muerte había terminado.
Kimberly se colocó al lado de Flora. Justo delante de ellas vieron lo que parecía ser un montón de rocas.
Excepto que, cuando los ojos de Kimberly se ajustaron a la luz, pudo distinguir varios objetos oxidados, casi enterrados entre la hierba crecida del prado y la maleza.
Flora avanzó primero, moviéndose junto a la carcasa oxidada de una vieja carretilla, una pila de cajas de madera hechas polvo y algo similar a un viejo pico.
—Kimberly —la llamó.
Kimberly se acercó y siguió el dedo de Flora hasta el pico. El mango parecía antiguo, envejecido hasta ese gris apagado de la madera que ha estado mucho tiempo expuesta a los elementos. La cabeza metálica, por otro lado...
—¿No dijeron tus compañeros que las tumbas se habían excavado con un pico? —murmuró Flora.
—Sí.
—Pues este parece un pico ideal para eso.
Kimberly asintió y se agachó para inspeccionarlo con mayor detalle.
La cabeza metálica no solo parecía nueva, sino que tenía restos de barro seco y algo...
más oscuro. Sacó el teléfono y tomó una foto rápida.
Aún no tenía suficiente cobertura para compartirla, pero al menos podía empezar a documentar el descubrimiento.
—¿Qué es este lugar? —le preguntó Flora a Walt.
—Una antigua mina. Hay muchas en estas colinas.
Kimberly siguió a Flora hasta el montón de rocas, desde donde pudo ver una abertura detrás de las primeras piedras caídas.
—¿Es seguro? —le preguntó Kimberly a Walt.
Él se encogió de hombros.
—¿Son seguras las montañas?
Tenía razón.
Flora ya estaba explorando la abertura. De cerca, era sorprendentemente grande.
Parecía que parte de la pared rocosa se había derrumbado con el paso de los años, dando lugar a un amasijo de grandes rocas que ocultaban parte de la entrada.
Pero incluso esas rocas habían caído a unos tres metros de distancia, lo que significaba que un quad u otro vehículo podría atravesar la abertura.
Quizá incluso un vehículo equipado con un pequeño remolque cargado con un cuerpo sin vida; el conductor se habría detenido para añadir el pico a la carga, y luego habría continuado descendiendo la montaña hasta un lugar donde a ningún ser humano se le ocurriría mirar.
A menos, claro está, que fueras un excursionista inexperto con unas ampollas terribles y necesitaras un bastón.
Un leve gemido sonó desde la entrada de la mina. Aumentó en intensidad, y luego se apagó de nuevo.
—El viento —murmuró Flora—. La forma en que atraviesa las rocas.
—Claro —murmuró Kimberly—. El viento.
Kimberly se giró hacia Walt.
—¿Quién conoce esta mina?
—Los del pueblo. La gente de la montaña. No es ningún secreto.
—¿La gente sigue entrando?
—Cuando era niño, veníamos aquí a beber. Pero hace veinte o treinta años, un grupo de adolescentes entró y solo dos salieron. El condado bloqueó la entrada después de eso.
—Ahora no está bloqueada.
—No.
Kimberly observó el suelo. No era experta, pero creyó distinguir lo que parecían ser huellas de neumáticos, anchas, relativamente cercanas, como las que dejaría un quad.
—¿Por qué nos ha traído aquí, Walt? —Kimberly se dio cuenta entonces de que ya no llevaba la escopeta a un lado. La había colocado delante de él, apuntando al suelo pero lista para disparar.
—Seguí los gritos —le dijo—. Pensé que si encontraba los árboles y les decía que me había arrepentido, dejarían de atormentarme. Me llevó mucho tiempo. Deambulé por estos bosques, noche tras noche.
«Al final, los gritos me trajeron hasta aquí. Pero, cuando regresé durante el día, el bosque se había vuelto a quedar en silencio. Tuve que esperar. Entonces, anoche, los árboles volvieron a empezar. Pude oírlos, tan claros como un silbido, aquí mismo.
—¿Quién grita, Walt?
—Las personas a las que he hecho daño. Quizá las chicas a las que Jacob hizo daño. Espera y verás. Pronto entenderás lo que quiero decir.
Se oyó un ruido por encima de ellos, seguido de una pequeña lluvia de piedras. Kimberly dio un salto cuando un puñado de guijarros cayeron por la entrada de la mina. Flora, que estaba sobre el montón de rocas de la entrada, saltó a un lado.
Walt levantó la vista súbitamente. Estaba de pie, relajado, y un segundo después tenía la escopeta apoyada contra el hombro y gritaba:
—¡Te veo, demonio! ¡Te veo justo ahí!
Kimberly se agachó en busca de su arma, que llevaba en una funda en el tobillo. Walt apuntaba esa maldita escopeta directamente hacia ella y Flora. Gritaba a las sombras, sumido en una especie de neblina, dispuesto a disparar sin contemplaciones.
Kimberly pudo ver que Flora, a seis metros de distancia, estaba echando mano de su mariposa. Una nueva lluvia de piedras cayó, seguida de una roca particularmente grande. Golpeó en la cabeza a Flora, que se desplomó con brusquedad sobre una mancha borrosa de sangre y sombras.
Mientras, Walt seguía agitando la escopeta como un loco hacia Kimberly, la única persona que se interponía ahora entre él y la mina.
—¡Fuera de aquí, te digo! ¡Fuera!
Mierda. Kimberly sacó el arma y apuntó, todavía agachada.
Bombeo, disparo.
Walt descargó su primera ráfaga. Demasiado alta.
Kimberly fijó el objetivo. Pero justo cuando estaba a punto de apretar el gatillo...
Crac.
El ruido que siguió no fue el de un disparo de escopeta, sino de un rifle.
Provenía de algún punto por encima y por detrás de Kimberly.
La agente especial agachó la cabeza instintivamente y cayó hacia atrás, en dirección a Flora, mientras una nueva avalancha de rocas se estrellaba contra la entrada de la mina.
Delante de ella, Walt se tambaleaba. Una brillante mancha de sangre roja se extendió por su camiseta sucia.
Accionó la corredera de la escopeta para cargar otro cartucho; apuntó hacia arriba, arriba, arriba.
El aire volvió a estallar. Un segundo círculo de sangre se unió al que ya había en su pecho.
Pese a todo, siguió intentando apuntar con el arma.
Entonces las piernas le flaquearon. Aflojó el agarre de su escopeta. Cayó de rodillas.
Sus labios se movían. Una última plegaria a Dios, quizá, o a los fantasmas que lo atormentaban de noche.
Pero entonces Kimberly lo comprendió. Walt Davies no estaba suplicando clemencia. Le estaba dando una orden.
«Vete».
Sus labios ensangrentados se movieron de nuevo.
«¡Vete, vete, vete!».
Más ruido desde arriba. Pasos que arañaban la pared rocosa.
Kimberly miró hacia delante, al claro soleado, donde Walt yacía desplomado sobre la hierba.
Miró hacia atrás, a la boca abierta de la peligrosa y antigua mina, donde Flora yacía desplomada, sangrando profusamente.
No fue una decisión difícil. Corrió hacia la entrada, consciente del peligro que la acechaba desde las rocas de arriba.
Hizo un quiebro a la derecha, luego a la izquierda, saltando por encima de un montón de piedras sueltas y luego de otro cuando el rifle volvió a detonarse.
La tierra le salpicó los tobillos, las astillas de roca le rasgaron los pantalones.
Se dejó caer tras la primera piedra lo bastante grande como para servirle de cobertura, respirando con dificultad.
Flora había caído detrás de una roca cercana a su posición y estaba inconsciente por una herida en la cabeza que le cubría la cara de sangre.
No había tiempo para comprobar si tenía más lesiones. Era ahora o nunca.
Kimberly se lanzó hacia delante y, empleando todas sus fuerzas, levantó a Flora sobre sus hombros con una carga de bombero.
Luego, Kimberly avanzó como pudo hacia las entrañas de la tierra, más que consciente de que el hombre armado recorría el campo de rocas que había dejado atrás y acortaba distancias con una rapidez aterradora.