CAPÍTULO 37 #2
—Si las mismas personas se presentaran constantemente en este hotel para celebrar sus reuniones secretas, la gente acabaría por darse cuenta. Y habríamos escuchado algunos rumores sobre eso. Pero ¿y si no tuvieran que entrar nunca en el hotel? ¿Y si hubiera otra forma de llegar?
D. D. miró a su alrededor. Lo que decía Keith tenía cierto sentido.
—Esa pared, la de la chimenea, es original —apuntó.
Se giró hacia la izquierda—. Esa pared también es de piedra antigua.
—Detrás de ella se encontraba la puerta, enmarcada en yeso.
Lo cual tenía sentido. Las bodegas solían ser espacios abiertos, pero los Counsel habían cerrado ese espacio a posteriori.
Lo que los dejaba con la pared ubicada detrás de la mesa de roble, donde estaba Bonita.
Esa pared no era de piedra antigua y oscura.
Era de pladur, cubierta con un papel pintado de estilo histórico, de un color carmesí intenso con pequeños rombos dorados.
Su tono oscuro absorbía la luz, haciendo que la pared fuera mucho más difícil de ver.
Como si el papel pintado no fuera simple decoración, sino camuflaje.
Keith había vuelto junto a la chimenea; pasaba los dedos por el borde superior de piedra.
Una palanca. D. D. se dio cuenta de que estaba buscando algún mecanismo oculto que revelara una puerta secreta.
Algo que, a esas alturas, no parecía tan descabellado.
Y, sin duda, explicaría por qué habían bajado un cadáver hasta allí.
Ella se colocó al otro lado de la chimenea. Justo entonces, ambos oyeron pasos que retumbaban sobre sus cabezas.
D. D. se quedó paralizada. Keith también.
«La puerta es de madera maciza», pensó D. D. Podrían atrancarla con las sillas. ¿Y seguir buscando el túnel de huida mientras esperaban a que un demonio gigantesco irrumpiera desde el otro lado?
¿Por qué diablos aún no había respondido Kimberly al mensaje? ¿Ni Flora?
D. D. volvió a sentir esa sensación de vacío e histeria.
Tenía que actuar. Identificar la amenaza y neutralizarla.
Pero lo único que tenía era el sonido de pasos pesados y una habitación sumida en la oscuridad.
—¿Sargento Warren? —sonó de repente una voz desde el fondo del pasillo.
La voz del sheriff. D. D. casi se cae al suelo de alivio. Menos mal, él venía a ayudarla.
—¿Hola, hola? —La voz de Franny, haciendo eco de la de su jefe.
D. D. carraspeó.
—¡Estamos aquí abajo, en el sótano! —gritó.
Keith pudo relajarse por fin y volvió a centrar su atención en la intrincada mampostería de la chimenea.
El sheriff apareció en la puerta. Tenía los ojos muy abiertos.
—Nunca había bajado aquí. Ni siquiera sabía que existía una habitación como esta.
—Bienvenido al cuartel general del mal —dijo Keith.
Franny siguió al sheriff al interior de la habitación. La señora llevaba un jersey azul claro, que ahora se apretaba contra el pecho.
—No sé... No estoy segura...
Divisó a Bonita, con su sudadera extragrande y su gorra del FBI.
—¿Habéis metido a una niña aquí abajo? ¡Eso es horrible!
Franny le lanzó a D. D. una mirada de evidente desaprobación.
—Estábamos a punto de subir —dijo D. D. a la defensiva, incluso mientras se preparaba para pasar al ataque—. Bueno, ¿qué ha ocurrido exactamente en la cárcel esta mañana?
Franny se sonrojó de inmediato.
—No lo sé con certeza. El señor Benson se ha presentado diciendo que un miembro de la unidad especial se había aprovechado de su negocio.
—¿Quién es el señor Benson? ¿A qué se dedica?
—Bill Benson. Tiene un local de alquiler de quads.
—Un momento —intervino Keith—. Flora y yo hemos visitado a Bill Benson dos veces. Le alquilamos unos quads, pero pagamos de forma justa y honrada. ¡Todavía tengo los recibos!
Franny extendió las manos.
—He intentado preguntarle a qué se refería, pero se ha puesto más y más furioso. Antes de que me diera cuenta, me estaba gritando.
Keith frunció el ceño.
—¿En serio? No me pareció un tipo agresivo.
—No puedo decir que lo haya hecho antes —admitió Franny—. Y espero que no lo vuelva a hacer. Pero se ha puesto tan nervioso... He tenido que pedir ayuda. No sabía qué otra cosa hacer.
—Ha llamado al agente del sheriff que vigilaba la celda de Howard —añadió D. D.
—El agente Chad era el único que estaba en el edificio. Era muy temprano, ya sabe, y todo el mundo llevaba mucho tiempo trabajando...
D. D. lo entendió. Esos miserables necesitaban eliminar a Howard y, una vez más, habían actuado estratégicamente.
Habían encargado a ese tal Bill Benson, alguien que estaba al tanto de parte de la investigación que llevaba a cabo la unidad especial gracias a Keith y Flora, que se dirigiera a la comisaría de policía a primera hora de la mañana.
Él había servido de distracción, mientras que una segunda persona se había colado para motivar a Howard a acabar con su vida.
O, por lo que sabían, la persona número dos ya estaba en la comisaría.
Qué diablos, tal vez incluso trabajara en el Departamento del Sheriff del condado, que empleaba a decenas de civiles además de a los agentes. En ese momento, todo era posible.
D. D. se encontró mirando al sheriff de nuevo.
Por un lado, un sheriff corrupto le parecía demasiado obvio.
Por otro lado, los clichés se formaban a partir de una realidad.
El sheriff Smithers desempeñaba bien su papel como figura paterna que se preocupaba por su comunidad.
Pero también era una de las pocas personas que sabían que necesitaban averiguar la contraseña del alcalde Howard.
Nadie más en el Departamento del Sheriff —y, por su puesto, ningún civil— había participado en esa conversación.
Solo D. D., Kimberly, Flora, Keith y Bonita.
D. D. confiaba ciegamente en su equipo. Por lo tanto...
—Lo siento —dijo D. D. por fin.
Franny parecía muy afligida y el silencio se hacía cada vez más tenso.
La mujer asintió con rigidez.
—Le he pedido disculpas al sheriff Smithers.
También le pido disculpas a usted. Ha sido culpa mía y de nadie más.
Nunca antes habíamos vivido una... situación así.
Me temo que vi al señor Benson como a un simple vecino, nunca se me pasó por la cabeza que pudiera ser una amenaza.
Me avergüenzo de ello. Pero lo hecho, hecho está.
Estoy aquí y quiero ayudar. ¿Qué puedo hacer?
D. D. miró a Keith, que estaba trabajando en la chimenea.
—¿Qué estás buscando? —preguntó el sheriff Smithers, fijándose en los movimientos de Keith.
—Un túnel secreto.
—¿Un túnel secreto?
—No te miente —le aseguró D. D. al sheriff.
—Y tampoco me equivoco —afirmó Keith con aire triunfal—. Mirad esto.
Sus dedos se cerraron alrededor del borde de una de las piedras. Tiró de ella. Se movió. Y en el extremo opuesto de la habitación, justo detrás de la enorme mesa de roble, la pared carmesí cobró vida lentamente con un rugido. Un panel oculto se deslizó hacia la derecha.
Bonita dio un salto hacia atrás y se refugió con rapidez junto a D. D.
D. D. no pudo culpar a la chica. Una corriente de aire frío entró en la habitación, golpeándole la cara. Traía consigo un olor a tierra y pino, pero también algo más sutil, más inquietante.
El olor de la muerte.
La compuerta secreta se abrió por completo con un estruendo y todos se quedaron mirando hacia el abismo.