Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

D. D.

D. D. dejó que Bonita tomara la delantera al salir de la oficina.

Esperaba que la chica se dirigiera directamente a las escaleras del sótano, pero, en lugar de eso, se desvió hacia el vestíbulo y luego cruzó la preciosa sala de desayunos hasta la cocina.

Bonita se detuvo frente al gran lavavajillas industrial de acero inoxidable. Simuló coger algo y cortarse la pierna.

—Aquí es donde Stacey cogió el cuchillo y se suicidó —explicó D. D.

Asintió enérgicamente.

Bonita se desplazó hacia la derecha, abrió la puerta de un armario de limpieza y señaló una fregona que había en un cubo.

Era el turno de Keith.

—Alguien utilizó la fregona para limpiar.

Bonita se tocó el pecho.

—¿Tuviste que limpiarlo? —D. D. sintió náuseas al imaginárselo.

Otro gesto de asentimiento. Luego, Bonita salió tambaleándose de la cocina. En esa ocasión se dirigieron al sótano. D. D. y Keith ajustaron su ritmo al de Bonita, que bajaba despacio por la estrecha escalera hacia la fría y oscura planta que aguardaba en el subsuelo.

Al llegar abajo, D. D. encontró el interruptor de la luz, aunque, una vez más, las viejas lámparas apenas alcanzaban a iluminar el espacio.

Bonita avanzó cojeando y ellos la siguieron.

La chica se dirigió directamente a la pesada puerta de madera al final del pasillo, con su intrincado diseño, que permanecía abierta desde el día anterior.

Del interior de esa habitación de piedra emanaba el mismo olor a químico de la oficina de arriba.

A D. D. no le habría sorprendido que los técnicos forenses se hubieran pasado la noche rociando el suelo de la habitación con luminol para revelar posibles marcas de sangre.

Kimberly recibiría el informe oficial. D.

D. apostaba a que los hallazgos incluirían hechos truculentos y macabros.

En esa habitación, Bonita se movía con menos seguridad.

Pasó de cojear a arrastrar los pies, con los hombros levantados y la barbilla baja.

Había adoptado una postura defensiva, como si las sombras pudieran atacarla en cualquier momento.

Se acercó a una de las paredes de piedra y apoyó la mano contra ella. ¿Para estabilizarse? ¿Para algo más?

Keith fue quien encontró el interruptor de la luz de la habitación. Encendió una lámpara colgante, una rueda de madera suspendida por cadenas de metal oscuro y coronada con candelabros titilantes. Al igual que las luces del pasillo, a duras penas conseguía disipar la oscuridad.

—¿Qué es esto? —susurró Keith.

—No lo sé. Supongo que es una sala de reuniones.

—¿Te refieres a la sede mundial de la empresa del mal?

—Desde luego, eso parece.

Bonita se arrastró hasta la enorme chimenea de piedra. Miró dentro, pasó la mano por la colección de pesados atizadores de hierro forjado y luego se acercó a la enorme mesa de roble, con aire pensativo. Por último, señaló un punto en el suelo de piedra entre la mesa y la pared del fondo.

Miró a D. D. con expectación.

—¿Ahí es donde viste por última vez el cuerpo de Stacey?

Asintió con la cabeza.

—¿Sabes qué le pasó después? —Porque ¿qué motivo había para llevar un cadáver al sótano?

Se encogió de hombros.

Era el turno de D. D. de inspeccionar la chimenea.

—¿Intentaron quemarlo? —se preguntó en voz alta.

Un fuego normal y corriente no habría bastado.

Un crematorio tiene que alcanzar una temperatura de más de mil grados para reducir los huesos a cenizas.

Incluso en una chimenea tan grande como esa, se encontraría con un montón de huesos ennegrecidos, por no hablar del olor remanente a carne quemada.

Si trabajabas en incendios de ese tipo con la suficiente frecuencia, lo último que te apetece es hacer una barbacoa.

D. D. volvió a mirar a Bonita.

La chica se encogió de hombros de nuevo.

Al parecer, eso era todo cuanto sabía. D.

D. se acercó al lugar que Bonita había indicado en el suelo.

Era el punto más alejado de la puerta de entrada.

Además, el demonio de Bonita habría tenido que cargar con un cadáver desde la cocina, atravesar el vestíbulo, bajar las escaleras y recorrer un sótano increíblemente grande.

No tenía sentido. Los criminales eran perezosos por naturaleza.

¿Por qué no había sacado el cuerpo de la criada por la puerta trasera bajo el amparo de la noche?

Llevar un cuerpo hasta allí suponía mucho esfuerzo adicional. Esfuerzo y riesgo.

A D. D. no le gustaba.

Keith deambulaba por la habitación, pasando las manos de una pared a otra y frunciendo el ceño con intensidad. «Estos frikis», pensó D. D. Justo entonces, sonó su teléfono móvil.

Lo levantó, sorprendida de tener cobertura en el sótano. No reconoció el número, pero el prefijo de área coincidía con el de Kimberly.

—Disculpadme un momento —dijo D. D., y salió de la sala de piedra al pasillo—. Sargento D. D. Warren.

—¿Sargento Warren? Soy la agente especial Rachel Childs. Estoy al mando del ERP.

—Te recuerdo.

—Estoy tratando de localizar a la agente especial Quincy, pero no contesta al teléfono.

—Ya veo. —Quizá Kimberly no se sintiera cómoda contestando el teléfono delante de Walt. Por otra parte, el hecho de que la líder de una unidad especial no contestara una llamada...

—Tenemos novedades que comunicar —dijo Childs—. Como no puedo localizar a Kimberly, he pensado que lo mejor sería informarte a ti.

—¿Es cierto que habéis descubierto otra posible tumba?

—Hemos encontrado cinco tumbas más.

El tono de la jefa de equipo era seco. Incluso después de ver el dibujo de Bonita, incluso sabiendo que habría más cadáveres en el bosque, D. D. sintió que se mareaba.

—Es un número muy elevado —continuó Childs—, necesito contactar con la sede para pedir refuerzos. Vamos a necesitar varios equipos, quizá incluso varios antropólogos forenses, para trabajar en una escena de este tamaño.

—Puede que haya decenas de tumbas —logró decir D. D.

Hubo un momento de silencio.

—Entonces, voy a recomendar que traigan perros de búsqueda otra vez.

En realidad, no era decisión de D. D., ya que ella era una policía de otro estado, pero aun así dijo: —Estoy de acuerdo.

—Estos restos parecen más recientes que los primeros que encontramos. No somos expertos, pero, basándonos en la flora, la fauna y otras cosas... —la voz de Childs sonaba seca—, Harold cree que tienen como mucho cinco años.

—Tengo la sensación de que vamos a encontrar restos de muchas épocas.

Otra vez esa pausa. Pero D. D. no dio más explicaciones. Prefirió no revelar el papel que estaba cumpliendo Bonita en la investigación. La chica ya corría suficiente peligro. Cuanto menos supieran de ella, mejor, incluso entre los miembros de la unidad especial.

—Le he enviado un mensaje de texto a la agente especial Quincy y le he dejado un mensaje de voz —dijo Childs.

—¿Y aun así no has recibido respuesta? ¿Ni siquiera un mensaje de texto?

—Negativo.

—Yo me pondré en contacto con ella.

—Te lo agradezco. Volveré a informarte esta tarde. Vamos a acordonar y a asegurar lo que hemos encontrado hasta ahora mientras Harold y Franklin continúan con la búsqueda.

«Más tumbas —pensó D. D.—, más cadáveres».

—Me parece bien.

—Estaré en contacto. Si tienes noticias de Quincy...

—Te lo haré saber. —D. D. colgó el teléfono. Regresó a la sala de reuniones—. Keith, cuando Flora y tú fuisteis a la casa de Walt ayer, ¿teníais cobertura?

—Sí. Y también había wifi. Todo su sistema de seguridad depende de ello.

D. D. asintió distraídamente.

—¿Te importaría enviarle un mensaje a Flora?

—¿Por qué?

—Solo... para ver cómo van. Yo haré lo mismo con Kimberly.

Keith no se dejó engañar. Pero siguió la mirada de D. D. hacia Bonita. La chica estaba cerca de la mesa, con los brazos cruzados con fuerza alrededor de la cintura.

—De acuerdo.

Keith sacó el teléfono y empezó a teclear. D. D. también envió otro mensaje. Tenía una sensación de vacío en la boca del estómago. Pero no podía determinar si se debía al efecto de la mazmorra en la que se encontraban o a un instinto detectivesco real.

Keith guardó el teléfono y retomó su examen de las paredes.

—¿Qué estás buscando? —preguntó D. D.

—No estoy seguro, pero hay algo que no cuadra en esta habitación.

—¿Qué quieres decir?

—Las casas antiguas suelen tener sótanos con suelos de tierra y pilares de piedra en el centro para ayudar a sostener la casa. Este sótano, con un pasillo tan estrecho, las habitaciones pequeñas y esta estancia... El conjunto me parece bastante elaborado.

—Quizá los Counsel construyeran todo esto con el tiempo, para tener espacio adicional para el personal del hotel. Es decir, en algún momento añadieron la fontanería y la electricidad.

—Puede que a los cuartos pequeños. Pero esta habitación...

—Se acercó a la chimenea—. Esta pared forma parte de los cimientos originales.

—Pasó los dedos por las líneas irregulares de los enormes bloques de piedra, apilados unos contra otros.

Sin duda, una proeza de ingeniería en una época en la que no disponían de maquinaria pesada—. Ojalá estas piedras pudieran hablar.

D. D. arqueó una ceja.

—¿De analista informático a susurrador de piedras?

—Qué va, solo un friki que leyó la historia de esta ciudad mientras veníamos de camino.

—En Dahlonega se inició la fiebre del oro. «Hay oro en esas colinas». Eso fue lo que nos dijiste.

Keith asintió.

—¿Adivinas qué más hay en esas colinas?

—Supongo que minas de oro. —D. D. hizo una pausa y añadió más despacio—: Túneles. Estas colinas estarían llenas de túneles, donde los mineros buscaban oro.

—Y después de la fiebre del oro, ¿adivinas por qué otra cosa se hizo famosa esta zona?

—No tengo ni idea.

—Un importante punto neurálgico del ferrocarril subterráneo clandestino. Los abolicionistas ricos acogían a los esclavos fugitivos. Los escondían en sus sótanos y luego los transportaban a través de una enorme red de túneles subterráneos.

D. D. entendió a dónde quería ir a parar.

—Crees que hay algún túnel aquí abajo. Esta sala es un punto de encuentro por una razón.