Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

FLORA

Anoche tuve relaciones sexuales.

Eso le da un toque surrealista a mi mañana. Después de tantos años creyendo que nunca volvería a ser esa mujer, que nunca volvería a tener esa experiencia...

¿Me veo diferente?

¿ Soy diferente?

Estoy agradecida de que Kimberly sea mi compañera hoy. D. D. me estudiaría. Averiguaría lo que pasó. Kimberly y yo no tenemos ese tipo de relación.

Keith me ha besado con suavidad antes de marcharse.

Luego ha apoyado su frente contra la mía, un momento de silencio que lo ha dicho todo.

No hemos sufrido la temida mañana incómoda.

En cambio, hemos pasado del dormitorio a la escena del crimen.

No sé cuántas parejas hacen eso, pero con Keith no me parece nada extraordinario. Es solo un día más en la vida.

Ahora intento recomponerme. Tal vez haya tenido una noche sublime.

Tal vez esté aún más emocionada por lo que pueda pasar esta noche.

Pero algunas cosas no han cambiado. Todos esos cadáveres.

Un pueblo donde nada es lo que parece. Y ahora una llamada matutina a un hombre que no está bien de la cabeza y que nos recibirá a punta de escopeta.

Hemos intercambiado vehículos con D. D.; ella se ha quedado el coche oficial de la policía federal, mientras que nosotras nos hemos llevado el de alquiler.

Kimberly se ha tomado muy en serio lo que le dije: Walt no es el tipo de persona que recibe de buen grado a la policía.

Kimberly ha abandonado tanto su placa como su arma.

Sin embargo, no creo ni por asomo que vaya desarmada.

Supongo que lleva una funda en el tobillo. Encaja bien con mi navaja.

Dos mujeres armadas y paranoicas, visitando a un hombre aún más paranoico. ¿Qué podría salir mal?

La verja que delimita la propiedad de Walt está bien cerrada.

Kimberly aparca a un lado y ambas salimos del coche.

Dada la afición de Walt por las cámaras, mi rostro luce una expresión tranquila.

Kimberly parece un poco aburrida. Lleva una camiseta negra ajustada y unos vaqueros.

Es fuerte y atlética. En una pelea, no apostaría en su contra.

Me acerco a la puerta y localizo la cámara montada en el poste. Me coloco justo delante, saludo con la mano y espero.

Pasa un minuto. Luego otro. La puerta no se abre por arte de magia, pero esta casa no es ese tipo de bestia mecánica. La propiedad de Walt es una extraña mezcla de novedosa tecnología de seguridad, edificios antiguos y vallas. Tendrá que bajar y abrir el candado él mismo. La pregunta es: ¿lo hará?

Kimberly bosteza y se estira. Se adapta bien a su papel de amiga desinteresada.

No oímos llegar a Walt, pero aparece de repente al otro lado de la verja metálica. Tanto Kimberly como yo nos sobresaltamos.

Por primera vez, veo un destello de inquietud en la expresión de Kimberly. Sobre todo cuando ve la escopeta corredera de Walt.

—Has vuelto —dice él.

—Tengo algunas preguntas más.

—Has traído a una amiga.

—Esta es Kimberly.

—¿ATF, FBI, policía estatal? —Walt mira fijamente a Kimberly—. No eres una civil, eso está claro.

Kimberly lo mira con frialdad.

—FBI —dice por fin—. Pero esta mañana he venido aquí por Flora.

Walt, sin embargo, no es tonto.

—Te he visto antes.

Caigo en la cuenta al tiempo que Walt ata cabos.

—Saliste en la televisión. Dirigiste la redada en la que mataron a mi hijo.

Kimberly no dice nada.

—Has librado al mundo de una bestia —le dice con tono seco. Luego abre el candado y nos deja entrar.

Seguimos a Walt por el bosque hasta su cabaña, con su porche delantero abarrotado de trastos y su fachada exterior oscurecida por el paso del tiempo.

Lleva la escopeta suelta a su lado. No puedo evitar mirarla con recelo.

¿Sobrevivimos Keith y yo a este hombre solo para que yo pudiera entregarle en bandeja a la agente federal que estuvo involucrada en la muerte de Jacob al día siguiente?

Walt tiene muchas razones para usar esa escopeta.

Aunque Kimberly y yo no estamos indefensas, él tiene una clara ventaja.

Su propiedad, su arma, sus motivos. Enderezo los hombros, me obligo a prestar atención y me concentro en cada línea de su cuerpo.

Si hay algo que he aprendido a lo largo de los años, es que todos los depredadores revelan sus intenciones justo antes de atacar.

A mi lado, Kimberly hace todo lo posible por memorizar las distintas dependencias, al tiempo que aparenta no mirar nada en absoluto.

Ni Walt ni yo nos lo tragamos. Formamos un curioso trío de desconfiados.

Además, todos tenemos algo en común: a Jacob.

Y supongo que, si de verdad podemos creer a Walt, todos teníamos nuestras razones para quererlo muerto.

Walt toma posición en una silla de madera rígida, en el porche delantero.

Parece ser su asiento favorito, desde donde puede relajarse y vigilar sus dominios.

Esto nos obliga a Kimberly y a mí a sentarnos en el destartalado sofá de dos plazas que hay frente a él, de espaldas al jardín.

Kimberly está claramente incómoda. A mí no me gustaba ayer y tampoco me gusta ahora.

La mayoría de los depredadores en serie acaban siendo capturados debido a su propia arrogancia. Cuantas más fechorías cometen sin que los pillen, más descuidados se vuelven. Me pregunto si les ocurre lo mismo a los justicieros.

—¿Conoce a Howard y Martha Counsel, del hotel Mountain Laurel? —le pregunto a Walt.

Él se encoge de hombros.

—¿El alcalde Howard? Todo el mundo lo conoce.

—A Martha la encontraron ahorcada ayer. Y hoy, una de las criadas del hotel ha aparecido colgada justo enfrente de nuestro motel. No solo la han asesinado: alguien se ensañó con ella con un arma blanca primero.

La expresión de Walt no cambia. Tampoco mueve las manos de la escopeta que descansa en su regazo.

—Estos bosques son un lugar aterrador —dice por fin.

Me inclino hacia delante y lo miro fijamente.

—Puede que los árboles griten por la noche, Walt, pero los árboles no asesinan a mujeres jóvenes. Los hombres, sí. Hombres como Jacob.

—Jacob está muerto.

—Pero este pueblo no se ha detenido. Estas montañas, el bosque, la comunidad. Hay cadáveres y huesos por todas partes. Usted no vive en la naturaleza, Walt: vive en un cementerio.

Walt mira a lo lejos. No sé qué está pensando o qué está oyendo.

¿El aullido del viento, los gritos de las chicas?

Inteligente y loco. Un viejo que, según él mismo admite, se fundió el cerebro a base de drogas y alcohol hace años.

Aun así, creo que sabe más de lo que dice.

Pero también me inclino a creer que ni siquiera está seguro de lo que es real a estas alturas.

El aislamiento puede ser muy cruel con la mente, algo que Walt y yo entendemos muy bien.

—Hable conmigo —le susurro—. Usted y yo, Walt. Hable y yo lo escucharé.

A mi lado, Kimberly no se mueve. No tengo ni idea de si aprueba mi estrategia o no. Pero deja que yo lleve las riendas, y agradezco esa muestra de confianza.

—Los Counsel son poderosos —dice Walt por fin.

—¿Los conocía?

—En un pueblo tan pequeño, es difícil no conocerse.

—Los Counsel nos dijeron que le buscáramos. Dijeron que estaba loco y que era violento. Le señalaron como al culpable de los cadáveres del bosque.

Walt se encoge de hombros.

—La gente me culpa de muchas cosas. Eso les facilita la vida.

Kimberly interviene por primera vez.

—¿Cree que el alcalde Howard es una persona agresiva? ¿Podría haber matado a su mujer?

—No. Howard solo es un charlatán, no tiene agallas para hacer esas cosas.

—Hay alguien matando gente en este pueblo.

Una vez más, Walt tarda un momento en responder.

—¿Lleva usted mismo los microvegetales a Atlanta, Walt? —pregunto inocentemente.

Esta vez, su mano se retuerce sobre el cañón de su escopeta.

—La mayoría de las veces.

—¿Alguna vez trae algo de vuelta?

—¿Como qué?

—Dígamelo usted.

—Ya no hago cosas malas. Te lo dije ayer. Los bosques me cambiaron.

Me toca a mí encogerme de hombros.

—Mucha gente jura haberse reformado, haber renunciado a la violencia, a la ira, a la necesidad de... sucumbir a esa oscuridad interior. Es difícil hacerlo. Lo sé, Walt, lo sé.

—Mi hijo era malvado.

No digo nada.

—Cuando volvió, cuando lo vi en esa taberna... No creí ni por un momento que hubiera regresado para ver a su viejo. No tenía ninguna razón para hacerlo, no después de tantos años.

—Quizá quería ver cómo estaba su pueblo natal.

—El chico tenía cinco años cuando se marchó de aquí. ¿Recuerdas muchas cosas de cuando tenías cinco años?

Niego con la cabeza. Un momento después, creo que lo entiendo.

—Siempre supuse que me había traído aquí porque se sentía cómodo, porque conocía la zona. Pero usted dice que no podía conocer estas montañas, este pueblo, ya que era demasiado pequeño cuando se marchó.

Walt asintió.

—Entonces, ¿cómo sabía lo de la cabaña abandonada? ¿Cómo sabía que podía traerme aquí?

Otro encogimiento de hombros. Pero ahora entiendo que Walt no está ocultando información.

No sabe las respuestas a estas preguntas, y él mismo se las ha planteado antes.

¿Qué fue lo que en realidad trajo a Jacob de vuelta a Niche, Georgia?

Porque, según la opinión de Walt, no pudo haber sido la nostalgia o un deseo repentino de conectar con su querido padre.

Kimberly toma la palabra.

—Jacob no era el tipo de persona que se juntaba con los Counsel. Al menos, yo no me lo imagino así.

—No.

—Entonces, ¿con quién salía? ¿Quién lo trajo aquí, Walt?

—No siempre conduzco yo hasta Atlanta —dice Walt de repente.

Kimberly y yo esperamos.

—Desde finales de primavera hasta principios de otoño, las temperaturas pueden ser muy altas. El aire acondicionado de mi vieja furgoneta no funciona muy bien. Me preocupaba que mis plantas se marchitaran antes de llegar.

Asiento con la cabeza para animarlo a continuar.

—Una noche, estaba sentado en la taberna...

—Pasa mucho tiempo en bares para ser alguien que dice que no bebe.

—Tengo que comer. En fin, estaba en la taberna y se me acercó un tipo.

Empezamos a charlar. Me contó que tenía un negocio de reparto.

Transportaba flores, pescado fresco y de todo en su camión frigorífico, desde Atlanta hasta hotelitos y restaurantes de pueblo.

El tipo alardeaba de lo bueno que era su camión.

—Vale.

—Seguimos hablando un rato más y se me ocurrió una idea. En los meses calurosos, él podría llevarse mis verduras y traerme pescado y flores. Bueno para mí, bueno para él. Nos dimos la mano y cerramos el trato. Hemos trabajado así los últimos años.

—¿Le confió sus microvegetales a un desconocido? —Esto no me lo creo.

—Esa es la cuestión. No debería haberlo hecho, no había ninguna razón para ello, pero ese tipo consiguió convencerme. Más tarde, me puse a pensar y me pareció que él ya lo sabía. Lo de mis verduras. Mi negocio. Lo sabía todo antes de conocerme. No fue una coincidencia. Más bien, fue una trampa.

—Pero ¿continuó con el acuerdo?

—No había razón para no hacerlo. El hombre recoge y entrega; hace su trabajo. Puede que esté medio loco, pero no soy estúpido. Y los negocios son los negocios.

—¿Quién es ese hombre, Walt? —preguntó Kimberly, con un tono de voz un tanto impaciente.

—Clayton. Creció por aquí. No sé dónde vive ahora. Es uno de esos tipos que van y vienen a su antojo.

—¿Clayton es su nombre o su apellido?

—No me molesté en preguntárselo.

—¿Cómo le paga?

—En efectivo. —Walt la mira fijamente—. Como si fuera a confiarle mi dinero a un banco.

—¿Qué aspecto tiene Clayton?

—Es un tipo grande. Pelo oscuro, ojos marrones. Ni muy joven ni muy viejo. Joder, tampoco es que lo conozca tanto.

Hay algo que todavía no nos está contando.

—Vamos, Walt.

Tras un momento de vacilación, añade: —Lleva un cuchillo. Uno grande, con una hoja dentada horrible. Pero no lo lleva escondido. Quiere que todo el mundo lo vea. Quiere que lo sepas.

—¿Saber qué?

—Que es uno de los nuestros. Como Jacob. Como yo antes. Un hijo de puta sin escrúpulos que no pide perdón. Ese cuchillo no es solo para lucirlo. Y todos esos viajes a Atlanta con su camión frigorífico... Se pueden llevar muchas cosas en un camión así.

—¿Dónde podemos encontrar a Clayton? —pregunta Kimberly.

—Por ahí. Como he dicho, no tiene una dirección fija. Pero tarde o temprano volverá a aparecer.

—¿Cómo se pone en contacto con él cuando tiene una entrega?

—No lo hago. Él viene cada dos semanas. No se le puede reprochar que no sea puntual.

—¿Cuándo es la próxima recogida?

—Dentro de cinco días.

—No tenemos cinco días, Walt —digo con sinceridad—. Ni siquiera sé si tenemos cinco horas.

—¿Cómo se llama la taberna donde lo conoció? —insiste Kimberly.

Vuelve a haber una leve vacilación por parte de Walt. Luego, un suspiro. Largo, irregular. Me recuerda un poco al estertor de la muerte, pero tal vez esté sugestionada por nuestra conversación.

—Hay algo que debo enseñaros —dice Walt.

Se levanta, con la escopeta en la mano. Un segundo después, Kimberly y yo nos ponemos de pie—.

Ya te he hablado de los bosques. Sabes lo que creo, sobre la oscuridad, sobre los árboles.

Que todos esos gemidos y crujidos no son solo el viento azotando las ramas.

Asiento con la cabeza.

—La gente cree que estoy loco por hablar así. Lo sé. Los he oído. Durante años. —Walt me mira fijamente—. No te salvé.

No es una pregunta, así que no respondo.

—En realidad, nunca salvé a nadie. Solo hice daño al mundo y luego engendré a un niño que hizo cosas aún peores. Ese es mi legado. Muerte y microvegetales.

Sigo sin decir nada.

—Sé por qué grita el bosque por las noches —murmura—. Y, si no os importa dar un pequeño paseo, os lo puedo enseñar.