CAPÍTULO 35
D. D.
D. D. llevó a Bonita y a Keith de vuelta al Mountain Laurel. Kimberly había encontrado una gorra del FBI en su equipaje y se la habían calado a Bonita lo más baja posible en la cabeza para ocultarle el rostro. No era un gran disfraz, pero era algo.
De todos ellos, Keith era el que más relajado parecía. Pero, por lo que D. D. podía deducir, para el analista informático todo aquello solo era una gran aventura. Además, también estaba tarareando esa mañana. Si no lo conociera, sospecharía que...
Sentada al volante, D. D. abrió mucho los ojos. Decidió que era hora de dejar de pensar en la vida personal de los demás y centrarse en el trabajo.
Al acercarse a la carretera principal, donde la hermosa casa victoriana se asomaba por la esquina, D.
D. redujo la velocidad. Vio a un agente del sheriff justo delante, junto a la cinta amarilla de la escena del crimen que bloqueaba el acceso a las escaleras del patio que daban paso al porche que rodeaba la casa.
D. D. apretó los labios, pensativa. No le gustaba la idea de acercarse por la parte delantera.
Estaba demasiado expuesta, sobre todo teniendo en cuenta el clima actual.
D. D. dio la vuelta al edificio, donde descubrió un segundo vehículo policial. Pero, cuando aparcaron, no vieron a ningún agente del sheriff.
Sintió que algo no iba bien. La puerta trasera estaba parcialmente oculta por un laurel silvestre gigantesco, de ahí el nombre del hotel.
Lo que significaba que, si el sospechoso había decidido volver, esa puerta sería su mejor opción.
No tendría problemas para acercarse con sigilo a un agente agotado y somnoliento y...
Un hombre uniformado entró en su campo de visión. Estaba apagando un cigarrillo y levantó la vista con timidez cuando vio el coche de D. D.
Ella soltó una bocanada de aire que ni siquiera se había dado cuenta de que estaba conteniendo. Estaban alterados. Demasiado. Pero iban a dejar a un lado los nervios y a atrapar a esos cabrones.
Con eso en mente, abrió la puerta de golpe. Keith y Bonita la imitaron.
D. D. le mostró su identificación al agente del sheriff, que se mostró más que avergonzado por haber sido sorprendido fumando mientras estaba de servicio.
Después de todas las cosas que se le habían pasado por la cabeza a D.
D. un instante atrás, eso no le podía importar menos.
Dejó que el agente abriera la puerta y los acompañara al interior, y luego le dijo que volviera a su puesto.
Lo último que necesitaba era que el demonio de Bonita irrumpiera en la casa mientras D. D. tenía a dos civiles a su cargo.
Entrar en la antigua y majestuosa casa era desorientador. Para empezar, las luces estaban apagadas, lo que sumía el vestíbulo trasero en la penumbra. Para continuar, el silencio. El edificio victoriano permanecía en reposo, como si estuviera esperando.
D. D. se fijó en que Bonita había colocado la mano en la pared. Habría jurado que la chica estaba acariciando el revestimiento de madera para tranquilizar a la casa.
D. D. no conseguía orientarse. El lugar era un laberinto y nunca antes se había adentrado en él desde ese ángulo. Se giró hacia Keith.
—Necesitas los ordenadores, ¿verdad?
—Sí. El primer paso es averiguar cuál de los ordenadores tiene el navegador Tor. Ese es el que habrán utilizado para acceder a la dark web.
—De acuerdo. Bonita, ¿puedes guiarnos hasta la oficina?
La chica asintió y emprendió el camino cojeando. Si le daba miedo o le resultaba incómodo volver a ese lugar, no lo demostró en absoluto.
Doblaron una esquina y la gran entrada apareció justo delante de ellos, con las amplias escaleras a su derecha y otro pasillo que se perdía a su izquierda.
Al final de ese pasillo estaba la habitación donde habían descubierto el cuerpo de Martha Counsel.
Y, al parecer, la primera puerta a la derecha era la oficina.
D. D. miró a su alrededor y vio carpetas y archivos desperdigados por el suelo y una caja fuerte vacía. Las paredes de la habitación y el escritorio estaban cubiertos de polvo revelador de huellas dactilares. Lo que hubiera habido en la caja fuerte había sido embolsado, etiquetado y requisado.
La habitación aún conservaba un leve olor metálico a residuos químicos: pruebas forenses de sangre, fluidos corporales y a saber qué más.
Se fijó en una sección de la moqueta que se había cortado y retirado, al igual que habían hecho con un trozo enorme de tela de un sillón orejero que en su día había estado magníficamente tapizado con seda a rayas.
Lo que significaba que, quizá, algunos de los resultados de las pruebas habrían dado positivo.
Keith no se fijó en nada de eso. Se dirigió directamente al escritorio, encendió la elegante lámpara con vidrieras y contempló la pantalla del ordenador.
—Guantes —ordenó D. D.
Un ligero rubor. El analista informático asintió y se sacó un par de su bolsillo.
No eran de látex barato, sino de una fina tela negra.
Justo lo que un fanático de los crímenes reales pediría por Internet.
D. D. resistió el impulso de poner los ojos en blanco.
Las intenciones de Keith podrían ser cuestionables, pero su trabajo hablaba por sí solo.
Si alguien podía rastrear las actividades de esa operación criminal secreta, era él.
Encendió el ordenador, adoptando su papel de genio informático.
—Cuando el sheriff Smithers me dé el nombre de usuario y la contraseña, te lo haré saber —le informó D. D.
Keith asintió distraído, con los dedos enguantados volando por el teclado.
Bonita y ella se quedaron a solas.
Una vez en el pasillo, D. D. preguntó:
—¿Tienes algún lugar favorito en este hotel?
Bonita pareció pensarlo un momento. Finalmente, señaló las escaleras.
—Enséñamelo.
Tardaron un poco. Las escaleras ralentizaban a la chica y tuvieron que subir dos tramos. En la última planta, Bonita condujo a D. D. por un amplio pasillo con una alfombra de color carmesí. Se volvió más indecisa a medida que avanzaban. Por fin, llegaron a una puerta al fondo del pasillo.
Bonita miró a D. D. y llamó con suavidad. Al no oír ningún ruido en el interior...
La chica abrió la puerta con cuidado y se asomó.
La habitación era preciosa; estaba en la parte alta de la torre y era impresionante por sí misma, con su pared curva de ventanas y su techo abovedado.
Los Counsel la habían convertido en una suite nupcial, con una cama king size sobre una alfombra circular.
Preciosos objetos de decoración antiguos enmarcaban el espacio.
Arriba, el techo puntiagudo estaba pintado de un tono azul oscuro con un estallido de estrellas nocturnas, mientras que las paredes a su alrededor tenían el profundo rubor del atardecer.
Bonita entró despacio en la habitación. D.
D. pensó que se dirigiría a las ventanas o se sentaría en el precioso sofá.
En cambio, la chica se dirigió al centro de la alfombra, donde se dejó caer con torpeza en el suelo.
Luego, después de colocarse en línea recta, con las manos entrelazadas sobre el estómago, levantó la vista.
Qué demonios. D. D. se colocó en el suelo junto a Bonita e hizo lo mismo.
Ahora podía ver que las estrellas no se habían pintado de forma aleatoria. Con un poco de concentración, D. D. logró distinguir la Osa Mayor, la Osa Menor, la Estrella Polar y algunas otras constelaciones.
Bonita señaló hacia arriba. Tras ese primer patrón, había otro. D. D. ladeó la cabeza para imitar la línea de visión de la niña, pero seguía sin entenderlo.
—¿Qué ves? —preguntó.
Por supuesto, era una pregunta abierta y Bonita no podía responderla. Giró la cabeza hasta que ella y D. D. quedaron casi nariz con nariz. Sus ojos estaban tristes. La expresión de una niña que había perdido demasiado.
D. D. no pudo evitar que sus pensamientos la llevaran por otro camino.
¿Le gustaría a Jack tener una hermana mayor?
No debía plantearse esas preguntas. Sería una grave extralimitación asumir la custodia de esa niña.
Pero cuando aquello terminara... La madre de Bonita estaba muerta.
Su vida había sido una servidumbre forzada.
¿De verdad tenía que olvidarse de ella y entregarla a los servicios sociales? No soportaba la idea.
—¿Estás pensando en tu madre? —preguntó D. D. en voz baja.
Un gesto de asentimiento. Bonita había pintado a su madre en un desierto. En esos lugares, las estrellas se veían con mucha claridad por las noches. Quizá mirar esas estrellas la hacía sentirse más cerca de su antiguo hogar.
—¿Estás pensando en las otras chicas? —preguntó D. D.
Otra vez asintió con la cabeza. Luego volvió a señalar. Aquí, aquí y aquí.
D. D. lo pensó un momento.
—¿Le has puesto los nombres de las chicas a esas estrellas? ¿Alguien que estuvo aquí y luego desapareció?
Asintió de nuevo. Así que el techo de la torre era como el sistema de contabilidad de Bonita. En vista de lo poco que tenía, parecía lógico.
Bonita se acercó. Tomó la mano de D. D., la apretó ligeramente y esta sintió que se le volvía a romper el corazón. Se suponía que era una profesional, pero lo único que quería hacer era abrazar a esa niña y mantenerla a salvo.
—Me gustaría saber más sobre tu madre —dijo D. D. en voz baja—. Cuando hayamos encontrado un sistema de comunicación mejor, quizá puedas hablarme de ella.
Sí.
D. D. sonrió.
—Gracias por enseñarme esta habitación. Veo cuánto significa para ti. Pero, por ahora, creo que tenemos que regresar al sótano, cariño.
El teléfono de D. D. sonó mientras bajaban las escaleras. Reconoció el número del sheriff del condado y contestó. Oyó ciertos ruidos preocupantes de fondo.
—Tenemos un problema —anunció el sheriff Smithers con severidad.
—¿Howard Counsel?
—Acabamos de encontrarlo muerto en su celda.
—Lo siento mucho, sheriff —D. D. podía oír a la recepcionista, Franny, de fondo—, pero ese señor estaba armando mucho alboroto y no se marchaba. No tuve más remedio que llamar al agente Chad...
—Lo entiendo, Franny —dijo el sheriff—. Lo entiendo. —Pero D. D. pudo oír cómo exhalaba un largo suspiro.
D. D. se imaginó lo que había ocurrido: una distracción en la parte frontal de la comisaría del sheriff había atraído al agente que vigilaba la celda de Howard Counsel.
—¿Puede Franny describirte al hombre que causó el alboroto? Cualquier detalle. Que se siente y repase lo que ha pasado.
—¿Crees que fue una trampa?
—Creo que otra cosa sería demasiada coincidencia. Están haciendo limpieza, ¿recuerdas? Primero, Martha; luego, Hélène; ahora, Howard. Hasta donde sabemos, la cocinera también podría estar muerta.
Aunque D. D. dudaba de esa última afirmación; esa mujer era demasiado mala para morir. Si alguien podía plantarle cara a su despiadado sospechoso, e incluso trabajar como su mano derecha, esa era ella.
—¿Cómo consiguió la maldita manta? —preguntaba ahora el sheriff Smithers a alguien.
—Dijo que tenía frío, señor. No lo pensé. Lo siento, señor. Lo siento muchísimo. —Era la voz de un joven, probablemente la del agente Chad. Era el tipo de error que atormentaría a un policía durante el resto de su vida.
Otro suspiro, seguido de más ruidos de fondo.
—No he podido a hablar con Howard. —El sheriff Smithers volvió al teléfono—. Cuando he llegado aquí, ya estaba muerto y se había desatado el caos.
—No sabemos el nombre de usuario ni la contraseña —añadió D. D.
—No.
Ahora le tocó suspirar a D. D.
—Se lo diré a Keith. Pero, sheriff, no seas demasiado duro contigo mismo. He visto a Keith en acción antes. La muerte de Howard nos ralentiza, pero no estamos fuera de juego todavía.
—Lo siento mucho.
A esa disculpa se le unieron otras tantas en segundo plano. Franny otra vez, probablemente retorciéndose las manos o agarrando su cruz dorada.
—Ya sabíamos que iban un paso por delante de nosotros —dijo D.
D.—, razón de más para seguir avanzando.
Quizá deberías unirte a nosotros en Mountain Laurel.
Los nombres de usuario y las contraseñas suelen basarse en información personal.
Es posible que encontremos alguna nota, una foto en la oficina o algo en el dormitorio que nos pueda ayudar.
—Déjenme ayudar —dijo Franny de fondo—. Por favor, tengo que hacer algo. ¡Me siento fatal!
D. D. puso los ojos en blanco. No le importaba quién fuera, pero que fuera alguien.
—Dame una hora más o menos —dijo el sheriff—. Tenemos que ocuparnos del cadáver y luego iremos.
—Gracias, sheriff. —D. D. colgó el teléfono. Bonita la miraba expectante—. Howard Counsel ha muerto —le dijo D. D.
Una expresión fugaz cruzó el rostro de la chica, y luego nada.
¿Odiaba a los Counsel por tratarla como a una esclava?
¿O estaba agradecida por que la hubieran acogido cuando no le quedaba nada?
Quizá un poco de ambas cosas. Era posible amar y odiar a tus captores, solo había que preguntarle a Flora.
Bonita terminó de bajar las escaleras. Se detuvieron en la oficina el tiempo justo para darle la noticia a Keith.
Ya no estaba trabajando en el ordenador de sobremesa, sino que tenía un portátil abierto delante de él. Se encogió de hombros filosóficamente.
—He encontrado el navegador Tor. Este es el ordenador que buscamos.
—Al menos hemos avanzado algo esta mañana. El sheriff vendrá más tarde para ver si puede ayudarnos a dar con el nombre de usuario y la contraseña.
Otro encogimiento de hombros.
—Hay muchos datos en esta oficina. Puedo empezar con fechas de nacimiento, fechas de aniversario, el nombre de su gato favorito, ese tipo de cosas. Al final daré con la clave.
—Eso es exactamente lo que le he dicho.
—¿A dónde vais?
—Al sótano. Era donde vivían las criadas.
Keith frunció el ceño.
—En estas grandes casas antiguas, las habitaciones del servicio solían estar en el ático.
Los propietarios aprovechaban las temperaturas más frías del sótano para almacenar verduras y otros productos perecederos.
Además, ahí abajo tenían un espacio lo bastante grande como para almacenar todo el carbón y la leña necesarios para calentar una casa de este tamaño, así como una habitación mucho más pequeña y cerrada para tirar los despojos de la cocina y otros...
productos de desecho. —Keith arrugó la nariz—.
En resumen, no podían desperdiciar una bodega perfectamente funcional con los sirvientes.
D. D. no tenía muy claro de qué estaba hablando.
—Este sótano tiene una docena de habitaciones y pasillos diminutos. Quizá los Counsel lo construyeron más tarde.
A Keith no le gustó su respuesta.
—Tengo que hacer una copia de seguridad del disco duro original antes de empezar a trabajar —dijo lentamente—. Mientras espero, creo que iré con vosotras.
—¿En serio quieres bajar al sótano?
—Sí, en serio.