Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

— Marketing —intervino Keith—. Un grupo como este debe tener presencia en la dark web . Lo que significa que tienen a algún friki informático en algún sitio.

Kimberly lo consideró.

—Hay una pega. De todos los puestos de la empresa, por seguir con tu metáfora, ese no tiene por qué ser local. El soporte técnico podría vivir en cualquier lugar y seguir gestionando el negocio a través de Internet.

—Es cierto —reconoció Keith—, pero Bill Benson, el dueño de la tienda de alquiler de quads, mencionó a una secretaria municipal, Dorothea, que gestiona la página web y las redes sociales del pueblo.

—Así es —asintió el sheriff—. Lleva haciendo eso... mucho tiempo.

—Diez años —apuntó Keith.

El sheriff lo miró fijamente.

—Si tú lo dices.

—Es muy posible que todo eso sea una tapadera.

¿Recordáis a los turistas fantasma de los que hablamos anoche?

Puede que sean clientes de esta red. Puede que llegaran hasta aquí a través de las páginas de Dorothea, que tienen algún enlace oculto a la dark web, donde se llevan a cabo las transacciones reales.

—Iré a buscar a Dorothea —dijo el sheriff de inmediato.

—¡No! —exclamó Keith, pero luego pareció darse cuenta de que se había pasado de la raya cuando el sheriff hinchó el pecho—.

Lo siento. Pero lo peor que podemos hacer es dejar que el administrador del sitio sepa que lo estamos investigando.

Muchos de estos sistemas tienen un mecanismo de emergencia: un código que el administrador introduce dos veces, y todo se borra automáticamente.

Tenemos que encontrar el portal de la dark web, acceder al sitio del negocio y descargar toda la información que podamos antes de alertar a nadie de nuestras intenciones.

El sheriff Smithers no parecía contento.

—¿Y cómo se hace eso?

—El alcalde y su mujer tenían varios ordenadores en el hotel, ¿verdad?

—Dos ordenadores de sobremesa, un par de tablets y un portátil —enumeró Kimberly.

—De acuerdo. Los Counsel forman parte de esta organización. Estamos seguros de ello. Lo que significa que deben acceder al portal del grupo desde al menos uno de sus ordenadores.

—Podría hacer que viniera Su Chen —comenzó Kimberly.

—No hay tiempo. Déjame a mí. Sabes que puedo hacerlo.

Keith la miró fijamente, sin pestañear. Podía hacerlo. Kimberly lo había visto en acción el año anterior, cuando trabajó con la copia del disco duro del viejo portátil de Jacob Ness. Pero no dejaba de ser un civil.

—Puedo hacerlo —repitió Keith. Entonces, sin esperar su respuesta, se giró hacia el sheriff Smithers—. La forma más rápida de acceder al sitio de la dark web es con el nombre de usuario y la contraseña de los Counsel. Puedo hackearlo, pero eso llevará tiempo. También podemos...

—Quieres que vuelva a ver al alcalde Howard. Que me la diga él.

—Dile que si quiere vengar a su mujer, esta es la forma de hacerlo.

El sheriff asintió.

—Ya que estás, podrías pedirle el nombre de su líder —intervino D. D. con sequedad.

El sheriff Smithers la miró.

—El alcalde está aterrorizado. Pedirle que nos dé un nombre sería exigirle demasiado. Pero que nos suelte una clave informática, quizá no tanto.

Keith asintió.

Así que, por lo visto, la opinión de Kimberly no hacía falta.

—Quiero hablar con Walt Davies —anunció Flora.

—Dios mío, esto es un motín en toda regla.

—Piénsalo. Hace muchos viajes a Atlanta para transportar sus microvegetales. Quizá lo que trae de vuelta sean chicas.

—¿Y crees que va a confesarlo por arte de magia? —preguntó Kimberly.

—Creo que soy la más indicada para detectar si miente y presionarlo para que diga la verdad.

—¿Porque conociste a su hijo?

—Algo así. Él también es... No creo que su locura sea completamente fingida.

Creo que Walt está paranoico y escucha voces en su cabeza.

Si aparecen demasiados polis, se esconderá, se encerrará en su cobertizo y nunca saldrá de ahí.

Pero si yo voy... Él quiere hablar conmigo.

Soy la única conexión que le queda con su hijo.

Kimberly consideró el asunto.

—No puedes ir sola. Y no solo porque sea peligroso, sino porque si confiesa algo útil, necesitarás corroboración. Keith va a encargarse del ordenador y el sheriff Smithers tiene que regresar a la cárcel del condado para presionar a Howard Counsel... Yo iré contigo.

—¡Pero no te vistas como una federal! Walt te disparará en cuanto te vea.

—Gracias, no soy tan idiota. —Kimberly se giró hacia D. D.—. Quizá puedas conseguir que Bonita te dé más detalles, el paradero del cuerpo de Stacey o el de las otras chicas. El sheriff Smithers tiene a varios ayudantes vigilando el Mountain Laurel.

El sheriff asintió.

—Si no es mucho pedir —Kimberly miró a Bonita—, ¿estarías dispuesta a volver al hotel? Para ayudar a la sargento Warren a comprender lo que presenciaste mientras estabas allí.

La chica la observó durante un largo rato. Luego asintió.

D. D. levantó el último dibujo, el que aún tenía en la mano.

—Bonita, ¿has hecho esto hoy?

Asintió.

—¿Quién es?

D. D. extendió el brazo para que todos lo vieran.

Rojo, esa fue la primera impresión de Kimberly.

Inmediatamente le siguió una punzada de dolor tan real, tan poderosa, que casi le cortó la respiración.

Una mancha blanca difuminada sobre un fondo rojo polvoriento.

Un halo negro alrededor de una forma caída, que se transformaba en un charco de un color rojo más oscuro.

Otra víctima mortal. Pero no era una compañera de trabajo, era alguien más. Alguien a quien Bonita había amado.

Entonces a Kimberly se le disiparon todas las dudas. Se dio cuenta de que D. D. también lo entendía. Ninguna madre podría mirar ese dibujo y no comprender qué era.

—Es tu madre, ¿verdad? —preguntó Kimberly, apenada.

Un único y triste movimiento de cabeza.

Flora estudió la imagen con renovado interés; sus rasgos se oscurecieron formando una expresión que Kimberly conocía bien.

—¿El demonio hizo esto? —preguntó D. D.

Asintió con la cabeza. Tras una breve pausa, Bonita levantó la mano y se tocó la cicatriz que se le adentraba en la línea del cabello.

—¿También hizo eso? —D. D. estaba sorprendida.

Otro asentimiento.

—Es una herida de bala —explicó Flora—. Fíjate en la trayectoria. La bala no dio en el blanco, sino que le rozó la sien izquierda.

Causándole daños permanentes.

D. D. se agachó hasta quedar a la altura de los ojos de la niña.

—¿Cuántos años tenías?

Encogimiento de hombros.

—¿Eras un bebé? —preguntó Kimberly. Bonita sacudió la cabeza—. ¿Eras así de alta? —Colocó la mano sobre el suelo, emulando la altura de un niño de unos tres años. Otra negación—. ¿Así de alta? —Subió un palmo.

Bonita contempló la distancia durante un momento. Asintió una vez, como si la altura le pareciera correcta.

D. D. y Kimberly intercambiaron una mirada. Entonces, más de tres años, pero sin llegar a ser preadolescente. ¿Quizá cinco años? ¿Siete?

—¿Y has estado con los Counsel desde entonces?

Sí.

—Lo siento —dijo Kimberly, porque alguien le debía una disculpa a esa chica.

La vida le había fallado desde muy temprano y nadie en el sistema se había dado cuenta. Primero, vio morir a su madre; luego, le dispararon y, después, tuvo que pasar el resto de su vida como sirvienta.

Kimberly miró al sheriff Smithers, que contenía un enfado imposible de explicarse con palabras. No era necesario que hablara para saber cómo se sentía. Todo eso había ocurrido delante de sus narices.

—No mates a Howard antes de sacarle la contraseña —le advirtió ella.

—Intentaré controlarme —prometió el sheriff con rudeza.

Kimberly respiró hondo y observó al variopinto grupo. Flora había recuperado su cuchillo y se lo estaba guardando en la bota.

—Todos tenemos misiones que cumplir.

El equipo le dio la razón.

—Sobra decir que el asesino que buscamos está armado y es peligroso, que no sabemos en quién podemos confiar en este pueblo y que esta organización criminal no piensa rendirse sin luchar.

Más asentimientos.

—Tened cuidado. Estad alerta. Hemos acumulado al menos tres cadáveres en el tiempo que llevamos aquí. —Kimberly tomó aire—. Asegurémonos de que el próximo no sea uno de nosotros.