CAPÍTULO 34
KIMBERLY
Kimberly deambulaba inquieta por el motel. Mientras el forense y sus ayudantes llegaban para llevarse el cuerpo, ella interrogaba sin descanso al propietario del alojamiento.
¿Había cámaras?
Sí, pero solo enfocaban la puerta principal, no el borde del aparcamiento.
¿Había oído algo, visto algún tipo de altercado?
¡Por supuesto que no!
Pero el hombre sudaba profusamente. La táctica del sudes de intimidar a los lugareños estaba funcionando, era evidente.
Siguió interrogando al hombre durante otros diez minutos y luego se dio por vencida. Tenía demasiado miedo para hablar.
La muerte de la criada la había destrozado.
Había hablado con ella justo el día anterior.
Estaba de acuerdo con D. D. cuando dijo que tenían que sacar a Bonita y a Hélène del Mountain Laurel.
Sin embargo, Hélène había sido secuestrada de alguna manera.
Y lo que era peor, había sucedido mientras Kimberly, el sheriff Smithers y D.
D. estaban presentes en el establecimiento.
Se la habían llevado delante de sus narices.
Maldita sea.
Ese caso había comenzado como un intento de dar cierre a un caso de desaparición de hacía quince años. ¿Y ahora? Tenían cadáveres apareciendo por todas partes, y Kimberly no podía quitarse de la cabeza la sensación de que todo era culpa suya.
Las puertas de cristal del motel se abrieron. D. D. entró, con una expresión que imitaba la de Kimberly. Detrás de ella iba Bonita, con el rostro pálido, pero por lo demás serena. La chica conocía a Hélène, pero no parecía afligida, sino abatida.
A continuación llegaron Flora, Keith y el sheriff Smithers. Eso fue suficiente para Kimberly.
—Reunión. En la habitación de D. D. Necesitamos un nuevo plan de ataque.
Todos se dirigieron en silencio por el pasillo, dejando atrás al angustiado recepcionista del motel.
D. D. abrió la puerta de la habitación doble y dejó paso al resto. Nadie abrió la boca hasta que ella la cerró y echó el cerrojo. Incluso entonces, Flora se acercó a la ventana, hizo un barrido visual del exterior y luego corrió las cortinas.
«Mentalidad de asedio», pensó Kimberly. Sin embargo, ¿no era esa exactamente la situación en la que se encontraban?
—No podemos seguir reaccionando a lo que sea que esté ocurriendo en este pueblo —comenzó Kimberly.
—Tienes toda la razón —dijo Smithers.
El sheriff ya no parecía tan afable. Ni agotado; tampoco abrumado. Ni, para el caso, culpable o evasivo. Parecía cabreado, lo cual era bueno. Según la experiencia de Kimberly, los policías cabreados conseguían resultados. Era una de las razones por las que respetaba tanto a D. D.
—Keith tiene una idea —intervino Flora.
Kimberly miró fijamente al analista informático.
Este se sonrojó, luego enderezó la espalda y comenzó con su perorata sobre organizaciones criminales, la dark web y los papeles clave que podrían estar desempeñando ciertos miembros no identificados del pueblo, pero que, dadas las habilidades necesarias, podrían tener la oportunidad de localizar.
Todos asimilaron la información en silencio.
Kimberly estaba sumida en sus pensamientos, al igual que D.
D. y el sheriff. Flora seguía mirando a través de una pequeña rendija en las cortinas, como si el sudes pudiera aparecer en cualquier momento al otro lado de la ventana. O estuviera allí, esperándolos.
Solo Bonita mantenía la compostura. Estaba sentada en el borde de la cama, observando a Flora. O eso parecía. Un momento después, Kimberly se dio cuenta de que, en realidad, estaba contemplando el mango plateado de la navaja mariposa que asomaba por la bota de Flora.
Kimberly se giró hacia el sheriff.
—Digamos que compro la teoría de Keith. El pan de cada día del FBI es el crimen organizado, y Keith tiene razón: funcionan de la misma manera que cualquier gran empresa comercial.
Teniendo esto en cuenta, empecemos por el supuesto cerebro.
Siempre es mejor cortar la cabeza de la serpiente.
¿Quiénes son las personas más influyentes por aquí, los líderes de la comunidad?
El sheriff se balanceó sobre sus talones, pensativo.
—El alcalde Howard —respondió por fin—. Pero después de haberlo visto ayer... El hombre lo está pasando realmente mal. Además, no tiene ningún motivo para encargar el asesinato de su propia mujer, sobre todo teniendo en cuenta su grado de implicación.
—¿Lo has visitado esta mañana? —preguntó D. D.
—No, he venido directamente aquí cuando me he enterado de la noticia. Pero le hice una visita en su celda alrededor de las once de la noche.
—¿Cómo estaba?
—Destrozado.
—No creo que sea nuestro cerebro —dijo Kimberly.
D. D. y el sheriff asintieron con la cabeza. La reacción emocional que había tenido el alcalde el día anterior había sido demasiado sincera, demasiado real.
—¿Y el sudes? ¿El misterioso asesino? —Kimberly se giró hacia D. D.—. Has dicho que Bonita había hecho un dibujo suyo.
La niña levantó la vista al oír su nombre y luego volvió a centrar la atención en la bota de Flora.
D. D. pasó a la segunda habitación y regresó un instante después con tres dibujos en una mano y un cuarto folio en la otra. Mostró los tres primeros al grupo y se quedó con el restante.
El equipo se reunió para estudiarlos.
—Que me parta un rayo —dijo el sheriff—. Si eso no es una imagen de la maldad pura, no sé qué es.
Kimberly tuvo que darle la razón. En cuanto a rasgos específicos, el colorido no les ayudaba mucho. Sin embargo, el dibujo era perfectamente capaz de hacer que los recorriera un escalofrío.
—Nunca pensé en dibujar a Jacob —murmuró Flora en voz baja—, pero, si lo hubiera hecho, habría sido algo así.
Kimberly pasó a la segunda imagen. Azul y rojo. Le costó un momento entenderla. D. D. tenía razón: Bonita era una impresionista con mucho talento.
—Es otra criada —añadió D. D.—. Murió justo antes que Martha Counsel. Bonita lo vio, pero dice que no fue el demonio quien lo hizo.
—¿La cocinera? —preguntó Kimberly mirando a Bonita.
La chica negó con la cabeza.
—¿Sabes cómo se llama esta mujer?
Asintió.
Kimberly pensó en los archivos que había descubierto en la oficina de Martha Counsel. Una de las carpetas tenía un nombre, pero estaba vacía.
—¿Stacey? —Intentó recordar—. Stacey... —El apellido no le venía a la mente.
Dos rápidos movimientos de cabeza.
Kimberly frunció los labios y luego suspiró.
Una fuerte palmada. Todos levantaron la vista. Bonita volvió a chocar las manos.
—¿Qué pasa? —preguntó D. D.
La niña tenía cara de concentración y movía las manos. Era evidente que quería comunicar algo, pero no sabía cómo hacerlo. Finalmente, señaló la bota de Flora. La navaja mariposa. Quería el cuchillo.
—¿Estás segura? —le preguntó Flora.
Asintió con la cabeza.
Flora se mostró reticente, pero sacó la hoja plegada y se la entregó. Bonita se tomó un momento para examinarla. Se la pasó de una mano a otra, sintiendo su peso, y luego recorrió con los dedos el intrincado diseño de un dragón grabado en la superficie.
—Tiene muy desarrollado el sentido del tacto —aportó D. D.
Al parecer, D. D. estaba haciendo un buen trabajo conectando con su nueva protegida. Ahora, Bonita intentaba abrir los bordes cerrados con las uñas. Fruncía el ceño con fuerza, con una esquina de la boca apretada.
—Devuélveselo. Te vas a hacer daño.
Bonita le entregó a regañadientes su nuevo juguete a Flora. Con un certero movimiento de muñeca, Flora transformó el instrumento de un abanico cerrado a una hoja letal. Bonita abrió mucho los ojos con admiración. Cogió el cuchillo y cerró los dedos con cuidado alrededor del mango.
—La hoja está afilada, no te cortes —ordenó Flora.
La niña la miró y luego volvió a levantar la vista para asegurarse de que todos la estaban observando. Despacio, colocó el cuchillo justo encima de su muslo. Luego, con un movimiento brusco y violento, simuló cortarse la pierna.
—Alguien le cortó la arteria femoral a la chica —dijo D. D.
Asintió. Bonita volvió a extender la mano. En esa ocasión, para coger el dibujo. Kimberly se lo entregó, confundida.
Los dedos de Bonita bailaron suavemente sobre la forma que había coloreado de azul. Luego dio un golpecito sobre la imagen una sola vez y los miró expectante.
—Se cortó la pierna ella misma —añadió Kimberly en voz baja—. Se suicidó, eso es lo que intentas decir.
Bonita asintió con tristeza.
—Para escapar de ellos —dijo Flora, porque ella, más que nadie, sabía lo que se sentía.
La chica asintió de nuevo.
—¿Sabes qué pasó con el cuerpo? —preguntó D. D.
Asintió.
—¿Está en el bosque? —D. D. señaló otro de los dibujos.
Kimberly se dio cuenta de que era una ladera llena de sutiles trazos negros.
Encogimiento de hombros.
D. D. se giró hacia Kimberly.
—Esas líneas negras representan a otras víctimas.
—Pero... —Kimberly se quedó sin palabras. Había decenas de ellas.
El sheriff y los demás se agolparon a su alrededor para inspeccionar la imagen.
—Santa madre de Dios —exhaló el sheriff Smithers—. ¿Cómo...? ¿Durante cuánto tiempo...? Santa madre de Dios.
—Bonita, ¿podrías llevarnos al lugar donde viste por última vez el cuerpo de Stacey? —preguntó D. D.
Otra vez asintió con la cabeza.
Kimberly empezaba a sentirse abrumada. Harold creía haber descubierto otra tumba antigua; además, ahora también tenían ese nuevo cadáver.
Iba a tener que llamar a Atlanta y pedir que movilizaran a la mitad de la oficina inmediatamente.
Es más, su supervisor iría en el siguiente vehículo que partiera hacia allí.
—Plan —dijo Kimberly en voz alta, tanto para sí misma como para los demás—.
Encontraremos los restos de Stacey, procesaremos el cadáver de Hélène y enviaremos al ERP para que comience a exhumar la tumba que encontró ayer Harold, si es que es eso.
Pero ya basta de reaccionar . Vamos siempre un paso por detrás, cuando lo que tenemos que hacer es adelantarnos a sus movimientos.
Si no tenemos ninguna teoría sobre el supuesto cerebro y ninguna pista sobre el asesino, ¿en qué nos centramos ahora?