CAPÍTULO 33
Mi mami está cocinando. La observo levantar tapas, remover ollas. La escucho tararear alegremente. Yo no estoy aquí. Incluso en mis sueños, lo sé. Ella tampoco está aquí. Pero estoy tan agradecida de verla que no me importa.
Mi mamita.
Como si me hubiera oído, se gira y me sonríe.
—Chiquita —susurra, y el amor que desprenden sus ojos me llena el pecho de un dolor tan agridulce que creo que me va a estallar.
Su rostro está más suave. Sus mejillas ya no están demacradas, las ojeras han desaparecido. Está radiante con su blusa blanca y su falda de campesina roja, rematada con su delantal favorito. Veo manchas de queso desmenuzado cerca de su bolsillo.
Entonces miro hacia abajo y me doy cuenta de que estoy sentada a la mesa de la cocina, con un trozo de queso blanco en la mano.
Una sombra se desliza por la cocina. Sé lo que va a pasar a continuación.
—No —intento decirle a mi mami.
—No pasa nada, mi amor.
La sombra se vuelve más oscura...
—Me llama Bonita. ¿Tú me pusiste Bonita? —Mi voz es urgente, frenética.
En cualquier momento la puerta se abrirá de golpe. En cualquier momento, el Hombre Malo volverá a aparecer.
—Para mí, siempre has sido bonita. Muy bonita.
—No me dejes.
—Sigo contigo. Siempre estoy contigo. Pero eso ya lo sabes, chiquita. Por mucho que se pierda, siempre se gana algo. Tus palabras se han ido, pero ahora tienes otros dones.
Ella sonríe y se limpia las manos en el delantal. Antes de que pueda levantarme. Antes de que pueda cruzar la habitación volando y rodearla por la cintura.
La puerta se abre con un estrépito.
Aparece el Hombre Malo.
Ahora estamos fuera, mi madre arrodillada sobre la tierra roja. No se acobarda ni suplica. Esta vez no hay ruegos pese a que el Hombre Malo se cierne sobre ella. Su voz es suave y serena cuando me dice:
—Corre.
Pero, una vez más, no puedo hacerlo.
—Chiquita, no pasa nada. Por mucho que se pierda, siempre se gana algo.
El Hombre Malo apunta con su arma.
Ahora soy yo quien suplica.
—Déjala ir. Llévame a mí. Seré tu sirvienta para siempre. Llévame a mí.
—Ella debe pagar —gruñe el Hombre Malo.
Mi madre se limita a sonreírle. Parece calmada cuando dice:
—No me arrepiento. Volvería a hacerlo todo. Se merecían la oportunidad que les di. Y tú nunca las recuperarás. Yo solo soy una. Ellas son muchas. Así que haz lo que debas hacer. Ambos sabemos que, al final, yo he ganado.
Un aullido, como el de los coyotes en la distancia, pero peor.
—Chiquita, corre.
—¡No!
—Recuerda: por mucho que se pierda, siempre se gana algo.
El dedo del hombre se cierra sobre el gatillo. Mi mamita lo mira fijamente, desafiándolo a quitarle la vida.
—Te quiero —grito con histeria.
—Lo sé, mi chiquita. Lo sé.
Entonces aprieta el gatillo. La bala explota. Estoy demasiado lejos para protegerla. Solo puedo ver cómo la bala atraviesa la pálida garganta de mi mamita.
Excepto que, de repente, ella ya no es mi mamita.
Es la sargento rubia, que cae hacia delante sobre la tierra roja como la sangre. Es Hélène, es Stacey, es una chica tras otra tras otra.
Y el Hombre Malo ya no gruñe; se ríe siniestramente.
—Ahora te toca a ti —me dice—. Ya no hay nadie que pueda salvarte.
—Me salvaré yo misma —le respondo.
Y eso solo lo hace reír más fuerte.
—¡Soy Bonita y tengo el amor de mi madre y el dolor de mis hermanas, y te reduciremos a cenizas! —Intento sonar feroz.
Él se dobla de risa.
—¿Sabes lo que no puede detener el fuego, Niña Estúpida? —dice mientras se endereza.
Niego con la cabeza.
—Una bala.
Luego recarga el arma y, con mucha calma, me apunta a la cabeza.
—Chiquita, corre —me susurra mi madre al oído.
Y la siento de nuevo, envolviéndome como un cálido abrazo. Chiquita y mamita, la manada de dos. Ella es mía y yo soy suya, por siempre.
Y eso solo aumenta mi agonía cuando la bala se clava en mi sien y me separa de ella otra vez.
Me despierto de un sobresalto. El reloj marca las seis de la mañana.
Aún queda una hora para el amanecer. Me sorprende haber dormido tanto, sobre todo en una cama tan blanda y desconocida.
Tardo un momento en orientarme. La extraña habitación desprende un fuerte olor a químico.
Un suave ronquido al otro lado de la pared.
La policía, que se ha autoproclamado mi nueva protectora.
Escucho el sonido de pasos en el pasillo. El Hombre Malo se acerca. Entonces cierro los ojos y puedo sentirlo. Mi madre tiene razón: cuando se pierde algo, se gana otra cosa.
Este motel no es como la casa. No suspira de dolor ni se mueve inquieto por la tristeza. Es solo un edificio. Quizá sea demasiado joven para sentir. Quizá no haya visto suficiente horror humano como para saber cómo llorar.
No siento al Hombre Malo. No siento nada en absoluto.
Me levanto de la cama y avanzo hasta la consola. Me quedan dos hojas de papel. Enciendo la lámpara. Cojo las ceras de colores y, con la imagen de mi hermosa mamita en la mente, empiezo a dibujar.
Tierra roja. Cabello negro como un río. Ojos marrones tan suaves como un abrazo. Dibujo el amor de mi madre. Luego, dibujo su dolor.
—No, chiquita —me susurra al oído.
Pero no me detengo. Derramo nuestra historia en la página. Ya no estoy soñando. Ahora estoy completamente despierta.
Por eso soy yo la primera en oír los gritos.
La sargento rubia se levanta de un salto de la cama. En un momento está roncando, sumida en un profundo sueño, y al siguiente está erguida, poniéndose la ropa y cogiendo su pistola de la mesita de noche.
—Quédate aquí —me ordena. Luego se marcha.
Ahora oigo más ruidos. Pasos que retumban por el pasillo.
—¿Qué pasa? —pregunta la mujer del FBI.
—No lo sé. Flora, quédate con Bonita.
—Ni hablar.
—Maldita sea.
Más gritos, agudos y estridentes. Las voces y los pasos resuenan en el pasillo.
Me levanto, dejo las ceras de colores en la consola. Luego hago lo mismo que la sargento. Me pongo la ropa, abro la puerta y recorro el pasillo, lenta y dolorosamente.
Me encuentro con la primera persona en el vestíbulo. Es el dueño del motel, el que dijo que debíamos irnos anoche. Está observando con horror a través de las puertas de cristal.
Me mira.
—No salgas ahí fuera —me dice.
Pero él no sabe todo lo que he visto.
Avanzo cojeando. Decidida, incluso pese a sentir el brillo plateado de mi madre bailando delante de mí.
Afuera, el sol acaba de salir por el horizonte, bañando el aparcamiento de un color rosado.
Se ha reunido una multitud de personas. Distingo a la sargento, a la mujer del FBI, a Flora —que lleva un cuchillo— y al hombre que siempre está a su lado.
Hay otras personas. Huéspedes del motel a los que el ruido ha despertado.
Extraños que pasaban por allí. No sé quiénes son.
Entonces levanto la vista y lo que veo hace que me detenga en seco.
Hélène. La pobre, asustadiza y encantadora Hélène. Todavía lleva puesto su uniforme de sirvienta. Y ahora su cuerpo cuelga inerte de un árbol plantado al borde del aparcamiento. Tengo la sensación de que ya he visto esto antes. Azul fluyendo como un río hacia un charco rojo.
Él la ha cortado. La sangre le gotea por las manos y las piernas. No le basta con matar. Al Hombre Malo le gusta destruir primero. Hasta el punto de que, cuando asesta el golpe final, sus víctimas levantan la barbilla en señal de gratitud.
A mi lado, mi madre permanece muy quieta.
Miro alrededor del aparcamiento, pero no lo percibo. El Hombre Malo vino. Montó esta escena espantosa. Se fue.
—Llamaré al sheriff Smithers —le dice la agente del FBI a D. D.
—Tenemos que bajarla.
—Al forense no le gustará eso. Destruye las pruebas.
—Lo sé, pero no se trata solo del asesinato de una joven. Es un mensaje.
—¿Otra indirecta de que deberíamos largarnos del pueblo? Porque, francamente, cuantos más cadáveres aparezcan, más tiempo nos quedaremos.
—No —dice D. D., girándose hacia la agente del FBI—. Es un mensaje para la gente del pueblo: mirad lo que pasa si habláis con la policía.
—Mierda —murmura la agente del FBI.
—Bonita puede comunicarse mediante dibujos. No puede hacer una representación fidedigna del rostro del sudes, pero reveló que otra chica había sido asesinada en el hotel, probablemente el día antes que Martha Counsel.
—Dios mío. ¿Y dónde está ese cadáver?
D. D. mira a su alrededor.
—Es una cordillera enorme, con cientos de kilómetros de senderos.
Flora se ha acercado a ellas.
—Puedo cortar la cuerda —dice en voz baja. Sostiene su elegante navaja, con un intrincado diseño tallado que me fascina y me repele a partes iguales.
—Yo te ayudo —dice D. D.—. Es importante conservar el nudo para el análisis forense. Vamos a necesitar una escalera.
—Puedo subir a Flora a hombros —dice el compañero de Flora—, así ella podrá bajar el cuerpo para que lo cojáis vosotras.
—Tenemos que controlar este circo —murmura la agente del FBI.
—Tenemos que encontrar al hijo de puta que ha hecho esto —afirma D. D. Se da la vuelta y me ve. Abre mucho los ojos. Mira a su alrededor frenéticamente, como si el Hombre Malo estuviera aquí, como si estuviera observando.
Pero yo ya sé que no está. Se ha ido; Cocinera también se ha ido. Solo quedamos Hélène y yo. Otra vez.
Avanzo cojeando. Ignoro a la sargento, que me sisea para que me detenga. Ignoro a los curiosos, que miran a una mujer que nunca fue mi amiga, sino mi hermana de dolor.
Me acerco hasta quedar justo debajo de su cuerpo. Hasta que puedo mirar hacia arriba y ver lo que le hizo. Pobre Hélène. La hermosa Hélène, que estaba siempre tan asustada. Si no hubiera huido de la cocina ayer. Si se hubiera quedado conmigo.
Ahora me estiro. No me importa la sangre. La he visto, la he limpiado, la he sentido correr por mi propia muñeca. La sangre no da miedo. Las personas sí.
Poso la mano suavemente sobre el pie desnudo de Hélène; lo único de ella que puedo alcanzar.
Y le prometo, igual que les he prometido a las demás, que no descansaré y que no retrocederé.
Voy a matar al Hombre Malo. No sé cómo. Soy débil, tullida y pequeña. No sé manejar los cuchillos como él. Nunca he empuñado una pistola. No tengo ni idea de cómo pelear. Solo soy yo. Indefensa, sin voz.
Pero tengo una cosa a mi favor. No me importa si vivo o muero. ¿Qué futuro me espera en realidad? No necesito sobrevivir. Solo necesito arrastrarlo a la muerte conmigo.
Por mi madre. Por mí. Por todas nosotras.
Le haré pagar.