CAPÍTULO 32
FLORA
Keith y yo no hablamos durante el camino de vuelta al motel.
Kimberly va al volante. Ha caído una noche densa y oscura, pero, al mirar por la ventana, juraría que veo la silueta de los imponentes árboles elevándose.
«Los bosques gritan por la noche», dijo Walt.
Me pregunto si sabe más de lo que cree. O si nos está engañando con su papel de ermitaño loco y su cobertizo lleno de brotes.
Jacob siempre fue aterradoramente inteligente; no hay razón para pensar que su padre sea distinto.
Kimberly aparca y entramos en el motel. Sentado en la recepción, el propietario nos mira con mal humor, pero no intenta echarnos de nuevo. Lo que significa que Keith y yo tenemos una habitación para pasar la noche. Una habitación que tendremos que compartir, gracias a D. D.
Kimberly es la primera que llega a su habitación y nos hace un gesto con la cabeza a modo de despedida.
Su expresión es distraída; sus pensamientos se encuentran a millones de kilómetros de distancia, en la sirvienta desaparecida, en las dos —posiblemente tres— tumbas y, cómo no, en un misterioso y peligroso sujeto desconocido, o sudes, como le gusta decir al FBI, que anda suelto por el pueblo.
Quizá el dueño del motel no estaba cediendo a la presión de nadie cuando ha intentado echarnos. Quizá simplemente estaba tratando de mantenernos a salvo.
Keith llega primero a nuestra puerta. La abre y ambos entramos.
Antes de la reunión de la unidad especial, solo hemos tenido tiempo de recoger nuestras cosas y dejarlas en esta habitación.
No hay rastro de la cama supletoria prometida, lo que no nos sorprende a ninguno de los dos.
Ahora nos encontramos con una única cama de matrimonio con dos maletas encima.
La de Keith es una maleta rígida plateada, con ruedas, que parece sacada de un transbordador espacial.
La mía es una sencilla bolsa de viaje negra que ha visto días mejores.
No nos parecemos en nada. Keith tiene su lujosa casa adosada, una mezcla de estilo retro de los años sesenta y vanguardia moderna.
Yo vivo en un tercer piso sin ascensor, lleno de encanto antiguo, por así decirlo, poco espacio y demasiados cerrojos.
Él siempre viste como si saliera de un catálogo de ropa masculina.
Mis looks parecen diseñados por una persona sin hogar.
Keith se acerca a la cama, coge las maletas y las deja con cuidado en el suelo.
—Debes estar agotada —dice.
Lo miro fijamente. Es estable. Es recto. No sé si podré vivir en su mundo, pero él ha demostrado con creces que es capaz de desenvolverse en el mío. ¿Es eso suficiente para una relación? ¿Acaso quiero una relación?
—Yo dormiré en el suelo —añade.
No respondo.
—No hay problema. Tú eres la que más necesita dormir.
No respondo.
Mueve constantemente las manos. Me doy cuenta entonces de que está nervioso.
—A veces —me oigo susurrar—, siento que toda mi vida gira en torno a Jacob.
Keith se queda quieto.
—No. Antes de que él llegara, tú eras una persona...
—No recuerdo a esa chica.
—Eres una superviviente.
—Soy lo que él hizo de mí.
—No, Flora. Esa es la cuestión. Él intentó romperte. La persona que eres ahora la has forjado tú misma. No te rendiste. Es todo mérito tuyo. No hay nada de él en eso.
—Bésame —susurro.
—Vale.
Pero él no se mueve y yo tampoco.
—No sé qué haré. No sé cómo responderé.
—¿No lo has hecho... desde que regresaste?
—No. Otros supervivientes lo hacen. Otros lo superan. Yo... Ni siquiera soporto los abrazos de mi madre.
Él asiente con la cabeza, pensativo. Siempre está pensando. ¿Me gusta esta parte de él o la detesto? No puedo decidirme.
Da un paso adelante. Luego otro. Una última zancada y está justo delante de mí. Cerca, pero sin tocarme. Siento su calor. Oler el jabón de la ducha rápida que se ha dado antes de la reunión. Veo las tenues líneas que enmarcan sus intensos ojos azules, puedo anticipar el tacto sedoso de su cabello.
Me mira como si fuera lo único que siempre ha deseado. Nadie me ha mirado así nunca. Como si yo importara tanto. Como si yo valiera tanto.
Me doy cuenta de que no va a besarme. Está esperando a que yo lo bese. Otro acto de consideración, supongo. Deja que yo marque el ritmo, que yo lleve el mando.
Pongo ambas manos sobre su fina camisa azul.
Es fresca al tacto y se adapta a la perfección a su torso largo y esculpido.
Este tejido de la era espacial probablemente cueste más que mi alquiler, pienso, pero entonces me alegro de que la haya comprado, porque la sensación que deja en mis dedos es agradable, como si ya estuviera tocando su piel desnuda.
Él inhala con brusquedad, pero no se mueve. Espera, espera, espera.
Una espera exquisita.
¿Alguna vez alguien me ha esperado antes?
Tengo que ponerme de puntillas para acortar la distancia que nos separa. Muevo las manos desde su pecho a sus hombros, luego a su nuca. Por último, acerco sus labios a los míos.
Sus dedos encuentran mi cintura mientras nuestros labios se unen en un beso.
Despacio, con cuidado, exploro su boca. Lo saboreo, lo siento, dejo que las sensaciones me invadan.
Y, como ninguna sombra oscura y siniestra se asoma en mi mente, voy más profundo, con más avidez, hasta que siento que algo se enciende dentro de mí, una chispa que llevaba mucho tiempo apagada.
Quizá esa chica que solía ser, la de la sonrisa radiante, los vestidos bonitos y las miradas coquetas, no estaba tan lejos después de todo.
Porque, de repente, empujo a Keith hacia atrás, hasta que sus piernas golpean la cama y él se derrumba sobre el colchón.
¿Qué estoy haciendo? ¿Qué es lo que quiero?
Quiero dejar de pensar. Escapar de mi cabeza, tener un momento en el que no sea Flora Dane, víctima, superviviente y justiciera.
No quiero ser.
Quiero sentir.
Me quito la sudadera gris. Me arranco la camiseta descolorida. Empiezo a desabrocharme los botones de mis pantalones cargo, pero entonces me doy cuenta de que debo hacer una pausa y quitarme las botas primero.
Keith no se mueve de la cama. Permanece medio recostado, mirándome con deseo.
Lo miro a los ojos. Me quito las botas. La ropa. Las bragas insulsas, el sujetador deportivo. Mi ropa interior no tiene nada de erótico. Pero, por la forma en que Keith me mira ahora mismo, casi me permito creer que soy embriagadora.
¿Soy atractiva desnuda? No tengo ni idea.
Antes me ponía delante del espejo y admiraba mi bronceado veraniego y mi vientre firme.
Ahora probablemente luzca pálida y huesuda, cubierta de moratones recientes y viejas cicatrices.
Una boxeadora en horas bajas que ha dado demasiadas vueltas al cuadrilátero. Debería taparme, apagar la luz, algo.
Pero no me muevo. Me quedo ahí, totalmente expuesta, y dejo que me vea. Dejo que me vea por completo.
Se levanta despacio de la cama. ¿Listo para huir? ¿Ha cambiado de opinión ahora que ha visto los daños?
Sus dedos encuentran el dobladillo de su camisa.
Se la quita por la cabeza y la tira al suelo.
A continuación, se quita los zapatos, los calcetines y los pantalones.
Lleva unos Calvin Klein. Lo sabía. Un instante después, también se los ha quitado, y solo quedamos él y yo, desnudos, uno frente al otro, esperando.
Es precioso. Músculos marcados, extremidades largas y definidas. Su piel es suave; su pecho, más pálido que sus brazos después de los últimos días bajo el cálido sol de Georgia. Tiene un ligero vello oscuro en el pecho, que forma una fina línea que baja por su estómago hasta...
Hasta donde está claro que él me encuentra tan atractiva como yo a él.
Tengo un momento de rechazo. Otras imágenes se erigen ante mis ojos. Otros recuerdos. Un hombre odioso, gordo, maloliente, vil. Agarrándome del pelo. Haz esto, haz aquello. Me veo a mí, con náuseas, repugnada, asqueada.
Tiemblo. Cierro los ojos. Expulso los recuerdos.
Cuando los vuelvo a abrir, Keith sigue aquí, desnudo, mirando, esperando.
Y entonces decido dejar eso atrás. No seré débil. No seré una víctima. No viviré en el pasado.
Estoy viva. Estoy sana. Y este hombre...
Mis dedos están impacientes por recorrer su piel desnuda.
Por sentir su calor. Quiero besar su cuello, arrastrar mi pierna por la suya.
Quiero que sus manos agarren mi cuerpo con fuerza.
Quiero que sus ojos azules se oscurezcan a consecuencia del deseo, que su cuerpo se tense de necesidad.
Quiero saber que tengo ese poder. Quiero volver a sentir .
Yo soy Flora. Él es Keith.
Y quiero que los dos ardamos.
Doy un paso adelante. Levanto una mano. Lo empujo de nuevo sobre la cama.
Él se deja caer y yo me subo encima de él, con las piernas a horcajadas sobre sus caderas.
Siento calor. Muchísimo calor. Un infierno que amenaza con consumirnos.
Y qué guapo es, joder. Un cuerpo perfectamente esculpido.
Mío, pienso, todo mío. Entonces encuentro sus labios y sus manos me agarran la cintura con frenesí y la chispa se enciende.
Somos jóvenes. Somos fuertes. Somos salvajes.
Rodamos y forcejeamos, luchando en nuestro fervor por conectar. Lo siento, por todas partes. Mis caderas se mueven solas y, por primera vez en mucho tiempo, solo deseo una cosa.
Deseo a este hombre.
Sus labios en mis labios, mi cuello, mis pechos. Volvemos a rodar y entonces estoy encima. Él acepta y da. Yo tomo, tomo y tomo. Echo la cabeza hacia atrás.
Y, por un momento, vuelvo a ser yo misma. Segura, hermosa, atractiva. Soy la chica que debería haber conocido a Keith hace años y que está agradecida de haberlo encontrado ahora. Entonces él mueve las caderas. Jadeo. Se mueve más y todos mis pensamientos se esfuman.
Lo agarro por los hombros y siento que ambos explotamos.
Después, nos quedamos desnudos tirados en la cama, jadeando con fuerza. No estoy segura de qué ha pasado con las sábanas. No estoy segura de que me importe.