CAPÍTULO 31 #3
—Pero temes que le haya ocurrido algo malo.
Asintió.
—Crees que el demonio la tiene. ¿Es él...? ¿Es él quien ha hecho todo esto? —D. D. volvió a señalar la imagen, todas esas líneas oscuras entremezcladas con los hermosos tonos azules y verdes.
Otro solemne asentimiento con la cabeza.
—¿Y tu brazo? —D. D. lo señaló, pero no se atrevió a tocar las elaboradas cicatrices—. ¿También te lo hizo él?
Asintió.
D. D. tragó saliva con dificultad.
—¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo lleva sucediendo esto?
La chica se encogió de hombros, como indicando que ella no podía saber algo así o como si nunca hubiera conocido otra cosa.
—¿Puedes dibujarme su cara? —preguntó D. D.—. ¿Del hombre que te hizo esto?
Bonita suspiró y se mostró realmente angustiada. Cogió una cera, luego otra. Miró a D. D. con ojos suplicantes, como si necesitara ayuda, pero esta no sabía qué hacer.
—Solo inténtalo —dijo D. D.—. Hazlo lo mejor que puedas. Cualquier cosa que puedas mostrarme será de gran ayuda.
La niña la miró por última vez. Reacia, se arrodilló y se puso manos a la obra. D. D. volvió a sentarse. Pero ahora no cogió el teléfono. Estudió en profundidad el primer dibujo de Bonita.
Esta vez, cuando escuchó los golpes, estaba preparada.
Bonita le tendió el nuevo dibujo. Le temblaba la mano.
A primera vista, a D. D. le llamó la atención un mar de negro revuelto.
Trazos duros que se entrelazaban unos con otros.
No solo había negro. Rojos, azules y marrones, pero todos cubiertos de nuevo por el negro.
Había superpuesto los colores, y probablemente había gastado el lápiz negro hasta dejarlo reducido a una simple punta.
D. D. alejó el dibujo. Bonita veía las cosas en términos de colores y estados de ánimo, no de detalles. De ahí su renuencia a hacer un retrato, supuso D. D., porque en realidad no era el rostro de un hombre, sino el reflejo de un espíritu: violento, oscuro, opresivo.
Un demonio.
La representación era muy buena a la hora de expresar miedo, pero no tanto como herramienta de investigación.
D. D. se puso el dibujo en el regazo.
—Gracias por esto. Sé que no debe ser fácil.
Bonita asintió. Tenía una mano conscientemente aferrada a su muñeca cicatrizada, con el antebrazo girado hacia dentro. D. D. se dio cuenta entonces de que ambas criadas llevaban uniformes de manga larga. Se preguntó qué otros daños ocultaban.
Todavía no estaba claro qué le había sucedido a Martha Counsel, pero D.
D. había dejado de sentir pena por ella.
Tampoco le guardaba ninguna simpatía al alcalde, con sus lágrimas de cocodrilo.
Por lo que ella sabía, ambos habían hecho un pacto con el diablo.
Al parecer, la noche anterior, el diablo había ido a cobrar su deuda.
«Se recoge lo que se siembra», pensó. Pero ¿cómo estaban relacionados un demonio con una fijación con los cuchillos y la tortura y la operación ilegal de riñón de Martha?
Habían descubierto muchas cosas en las últimas veinticuatro horas, pero aún no era suficiente.
Bonita había vuelto a la consola. Estaba dibujando de nuevo.
Ahora, más despacio. Su postura había cambiado.
Tenía los hombros hundidos y el cabello negro le caía por los lados como una cortina.
Cada poro de su cuerpo supuraba tristeza.
D. D. casi habría jurado que las ceras lloraban en la mano de la niña, derramando lágrimas de colores sobre la página.
Azul y luego rojo, mucho rojo.
D. D. contuvo la respiración cuando Bonita se levantó y presentó su tercera interpretación.
Un río azul que fluía hacia un mar rojo. A D. D. se le hizo un nudo en la garganta con solo mirarlo. Dolor, sufrimiento y tristeza.
Bonita quizá no pudiera hablar, pero sus dibujos no ocultaban nada.
D. D. tomó el papel con dedos temblorosos. Lo alejó, dejó que sus ojos se desenfocaran y volvieran a enfocarse. Repitió la operación.
El río azul tenía forma. Poco a poco, pudo discernirla. El cuerpo de una mujer con un vestido azul, tendido en el suelo. Sobre un charco rojo. Sangre.
D. D. levantó la vista.
—¿Es Hélène?
Negó con la cabeza.
—¿Es esto lo que temes que le pase?
Volvió a negar.
D. D. hizo una pausa y reflexionó.
—¿Es otra chica? ¿Otra criada?
Asintió.
—Una chica que murió.
Asintió.
—Tú lo viste.
Doble asentimiento.
—¿Lo hizo el demonio?
Negó con la cabeza.
—¿La señora Counsel, el alcalde Howard? —Más gestos de negación—. ¿La cocinera? —Otra negativa.
D. D. frunció los labios, sin saber qué más decir. Dios Santo, ¿cuántos asesinos había en esa comunidad?
—Pero ¿la viste morir?
Sí.
—¿Hace poco?
Asintió enérgicamente.
—¿Ha ocurrido en los últimos días? —probó D. D.
Asintió con firmeza.
D. D. volvió a hacer una pausa. Tenían otro asesinato. Esta vez, el de una criada del hotel. Pero antes que el de Martha Counsel. Así que primero mataron a una trabajadora y luego, a la propietaria. Todo hacía unos pocos días. Es decir, justo después de la llegada de la unidad especial.
Colocó el dibujo sobre su regazo. Recorrió la forma azul con la misma delicadeza con la que Bonita había acariciado las sombras.
Si lo que decían esos dibujos era cierto, ese pueblo era un cementerio de mujeres jóvenes. ¿Cuántos cadáveres ocultaban esos bosques?
¿Y cuántos asesinos? ¿Hasta dónde se extendía esa red maligna?
—Gracias, Bonita —dijo D. D. en voz baja—. Creo que... voy a ver cómo va nuestra pizza. Después, las dos necesitamos dormir.