Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

Odiaba dejar a Bonita sola en la habitación.

No quería que la niña saliera del baño y se sintiera abandonada.

Pero D. D. necesitaba información y, con suerte, suministros, del reacio propietario del motel.

Lo encontró sentado detrás del mostrador.

Parecía estar concentrado en su teléfono móvil, pero D.

D. estaba segura de que había registrado el sonido de sus pasos desde el pasillo.

Alguien no quería que la unidad especial se quedara en la ciudad.

El alcalde Howard estaba en la cárcel del condado.

Lo que dejaba... ¿al misterioso demonio de Bonita?

¿A alguien aún mayor en la pirámide alimenticia?

D. D. no era propensa a ponerse nerviosa, pero habría dado cualquier cosa por tener el nuevo juguete de Flora, esa navaja mariposa, guardada en el bolsillo en ese momento.

En cambio, mantuvo la mano derecha en la culata de su pistola reglamentaria mientras se acercaba al mostrador.

—Buenas noches —dijo con falsa alegría.

El hombre no dejó el teléfono, solo la miró con aire hosco desde debajo de su espesa melena oscura.

—¿Usted es el propietario y le toca el turno de noche?

—Mi motel. Mi responsabilidad.

Eso, o le habían ordenado que vigilara a los forasteros.

—Estaba pensando en pedir una pizza. Me vendría bien una recomendación —dijo ella.

—No sé.

—Vamos, este motel es su responsabilidad. Lo que significa que sus huéspedes también lo son. No puedo creer que lleve dirigiendo este lugar desde hace... ¿cuántos años?

—Veinte.

—Y nunca nadie ha pedido pizza.

—Somos un pueblo pequeño...

D. D. se inclinó sobre el mostrador y se acercó mucho para que el hombrecillo pudiera apreciar la seriedad de sus ojos.

—Mi buen hombre, no me obligue a hacerle daño. Porque puedo hacer algunas cosas usando tan solo mi pulgar...

El hombre la miró con ira. Finalmente, extendió la mano, cogió unos folletos de la mesa que tenía delante y los dejó de mala gana sobre el mostrador elevado que los separaba.

Un folleto de una pizzería de Dahlonega, con la promesa de reparto a domicilio en un radio de cincuenta kilómetros. Perfecto.

—Me vendría bien papel en blanco y un bolígrafo. El papel reciclado me vale. Cualquier bolígrafo servirá, aunque si tiene rotuladores de colores, sería excelente.

—No tengo rotuladores de colores.

D. D. suspiró e hizo un gesto con el pulgar derecho.

—Tengo ceras de colores. Para niños. Actividades infantiles.

—Qué amable por su parte.

Más revoloteo sobre el escritorio. Un pequeño paquete de cinco ceras fue arrojado sobre el mostrador. Luego, el hombre giró la silla hacia la impresora que tenía detrás y sacó la bandeja para coger papel.

D. D. cogió las ceras de colores. Conocía esos paquetes de cuando intentaba salir a comer fuera con su familia.

Cuando Jack tenía dos años, solía comerse la cera de color verde.

Solo la verde. Ella y Alex nunca habían averiguado por qué.

Ahora, a sus seis años, Jack tenía más autocontrol a la hora de masticar crayones.

No le iba demasiado lo de colorear; el niño era demasiado activo para eso.

No obstante, no rechazaba una emocionante partida de tres en raya mientras esperaban que llegara la comida.

Una vez más, D. D. sintió una punzada de nostalgia.

¿Se estaba ablandando con la edad? O tal vez era solo que estaba en un motel desierto, frente a un hombre que ya había dejado claro que no eran bienvenidos allí, y no tenía ni idea de si algún otro establecimiento los acogería ni en quién podían confiar en ese pequeño pueblo.

Eran forasteros. Los policías siempre se sentían así. Había pasado un día en una fosa común, seguido de una madrugada investigando el ahorcamiento de una mujer, y ahora eso...

Bonita no había dibujado a un hombre. Había dibujado a un demonio.

A D. D. no le gustaba.

El dueño regresó con un escaso puñado de papeles. Quizá cinco folios. Ella lo miró de malas maneras.

—Un poco pasivo-agresivo, ¿no? —preguntó D. D.

—Por favor —dijo el hombre.

Y la forma en que lo dijo le llamó la atención.

El propietario se humedeció los labios y miró a su alrededor, al vestíbulo vacío.

—Por favor, sea lo que sea que estén haciendo, terminen y váyanse. Váyanse y ya está. Es mejor así.

—¿Mejor? —insistió D. D.—. ¿O más seguro?

El hombre se limitó a mirarla.

—Por favor —repitió en voz baja.

Y, si D. D. no estaba asustada antes, ahora sí.

Al regresar a la habitación —y tras asegurarse de cerrar el pestillo—, descubrió a Bonita de pie junto a la cama, con su largo cabello negro goteando sobre la camiseta de D.

D. Bonita se había enrollado los pantalones de chándal por la cintura y los tobillos.

Aun así, le quedaban grandes, aunque D. D. no era precisamente enorme.

La chica tembló un poco cuando D. D. apareció.

Tenía los brazos cruzados con fuerza alrededor del torso, como buscando consuelo.

D. D. se sintió fatal. Debería haberle dicho a Bonita a dónde iba.

Debería haber... Se le pasaron infinidad de pensamientos por la cabeza.

A duras penas sabía cómo criar a Jack, y mucho menos cómo ocuparse de una adolescente asustada y herida. Tendría que proceder con más cautela.

—He pedido pizza. La traerán aquí. ¿Tienes hambre?

Bonita se encogió de hombros.

—También he conseguido algunas cosas. —D. D. levantó sus preciados tesoros—. Papel y ceras de colores.

El rostro de Bonita se iluminó. Dio un paso adelante y tomó las ceras de colores de la mano de D.

D. casi con reverencia. D. D. pudo ver por primera vez los antebrazos descubiertos de la chica.

Uno de ellos tenía un intrincado patrón de cicatrices, como si hubiera atravesado un cristal con el puño y se hubiera hecho decenas de cortes.

Excepto que su mano estaba completamente intacta. Solo su antebrazo presentaba daños.

D. D. se dio cuenta por fin de que era un patrón. Como de encaje. Un patrón que había sido grabado a propósito en la piel de la niña.

Bonita se dio cuenta de que la estaba mirando. Se cubrió deprisa las cicatrices con la otra mano, sin soltar las ceras de colores.

—¿Te gusta dibujar? —preguntó D. D. para romper el hielo.

Asintió con rapidez.

—También tengo papel. No mucho, pero puedo conseguir más.

D. D. se acercó al espacio vacío que había en la consola de la televisión y dejó allí los folios.

No había escritorio en la habitación. D.

D. solía sentarse con su ordenador portátil en medio de la cama.

Pero a Bonita no pareció importarle. Se arrodilló delante de la consola, en una postura un tanto destartalada por culpa de su pierna derecha, y luego abrió el paquete de ceras de colores.

Sacó las ceras una por una y las recorrió con los dedos, explorando el envoltorio de papel y la punta afilada. D. D. se dio cuenta de que a la niña le gustaba sentir las cosas. ¿Quizá el hecho de que no pudiera hablar había conseguido desarrollar más el sentido del tacto?

—¿Puedes hacerme un dibujo? —le preguntó D. D.—. Algo que te guste.

Bonita se giró y la miró fijamente durante un largo rato.

De nuevo, esos ojos oscuros, como dos enormes pozos imposibles de penetrar.

La niña era preciosa, pensó D. D. Incluso con la gruesa cicatriz que se adentraba en la línea del cabello y la boca caída.

Sus delicados rasgos y su suave piel almendrada contrastaban con la huella irregular.

La marca no la hacía menos, sino que demostraba que era más.

Más fuerte, más dura. Una superviviente, como Flora.

Si lograba romper la barrera de la comunicación, tal vez Flora pudiera ayudarla.

Dirigía una especie de grupo de apoyo en Boston.

De sobrevivir a prosperar, como le gustaba decir a Flora.

Bonita parecía alguien que había aprendido por las malas cómo sobrevivir. Sin embargo, aún no sabía cómo prosperar.

La niña volvió a centrar su atención en la hoja de papel. Cogió una cera y se puso a trabajar.

Sus trazos eran seguros y rápidos. Sin duda, la niña tenía experiencia dibujando. ¿Quizá el alcalde y su mujer le regalaban material artístico como recompensa por su buen comportamiento? ¿O es que la chicha robaba ceras y lápices de colores cuando nadie la veía?

D. D. se sentó en una silla cercana. Dejó que la niña se explayara en su obra y aprovechó el tiempo para revisar los mensajes de su teléfono y preguntarse cómo iría la reunión informativa.

Escuchó unos golpes sobre la madera.

D. D. miró de inmediato hacia la puerta y se llevó la mano a su pistola. Entonces se dio cuenta de que Bonita estaba delante de ella. La niña volvió a golpear la superficie de la consola, exigiendo la atención de D. D. Bonita le tendió el primer trozo de papel.

D. D. parpadeó sorprendida.

Era precioso. Bonita había llenado todo el folio con verdes, azules y marrones.

D. D. se dio cuenta de que representaba un paisaje forestal.

O la esencia de una montaña. Al parecer, su nueva pupila era impresionista.

De cerca, los colores se difuminaban formando un remolino abstracto.

Sin embargo, al alejarse, las formas emergían lentamente. Árboles, arbustos, tal vez un arroyo.

Luego, alejando aún más el dibujo, sombras. Entre los árboles, detrás de los arbustos, escondidas junto a las rocas. Infinidad sombras. Una vez más, D. D. sintió una oleada de inquietud.

Encontró una ondulante columna negra y la señaló.

—¿Es esto un demonio? ¿Todas estas sombras son personas malas?

Bonita negó con la cabeza. Miró a D. D. con tristeza.

La niña recuperó su dibujo. Acarició con el dedo una de las manchas negras, luego otra. Su tacto era afectuoso. No estaba enfadada ni asustada. Estaba triste.

—Bonita, ¿son fantasmas? ¿Son... otras niñas? ¿Niñas como tú?

Un único y solemne asentimiento con la cabeza.

D. D. volvió a mirar el dibujo. No podía hablar. Había más de diez sombras esbeltas escondidas en el dibujo. Quizá incluso más.

—¿Sabes qué le ha pasado a Hélène?

Negó con la cabeza.