CAPÍTULO 31
D. D.
D. D. observó cómo su nueva protegida inspeccionaba cuidadosamente la habitación del motel.
Bonita, todavía ataviada con su uniforme de criada, parecía agotada, pero también llena de curiosidad; cojeaba por la habitación mientras pasaba la mano por el colchón de matrimonio, abría las puertas del armario y jugaba con los grifos del baño.
D. D. tenía la sensación de que aquel alojamiento barato no tenía nada que ver con las magníficas habitaciones del Mountain Laurel.
Pero, claro, a Bonita nunca se le había permitido disfrutar de aquellas estancias; dormía en un armario del sótano.
Finalmente, la chica dejó de juguetear con la lámpara y se puso a examinar el reloj despertador.
Se sentó en el borde de la cama y miró a D.
D. con expectación. Tenía la barbilla levantada.
«Desafiante», pensó D. D. O firme en su determinación de no ceder al terror y al cansancio que debían estar invadiéndola.
—De acuerdo —dijo D. D. en voz alta—. Supongo que yo tendré que hablar por las dos.
Bonita asintió con la cabeza.
—Lo primero es lo primero. Creo que deberíamos buscarte algo de ropa que no sea ese uniforme de sirvienta.
Bonita bajó la mirada hacia su vestido azul claro y se estiró la falda.
—Ya es tarde para ir de compras y, de todos modos, no tengo ni idea de a dónde ir. Si no te importa parecer una agente, te puedo dejar una camiseta de la policía de Boston y unos pantalones de chándal.
Bonita se limitó a mirarla.
—Puesto que yo hablo por las dos, diré: «Es un plan excelente, D. D». Ojalá tuviera a mano todo mi equipaje, y no solo una bolsa de viaje.
D. D. se levantó de la silla de la esquina de la habitación de Bonita —que, en realidad, era la antigua habitación de Keith— y cruzó la puerta comunicante hacia el que había sido el alojamiento de Flora.
¿Habrían dejado Keith y Flora la puerta comunicante abierta cuando se hospedaban en esas habitaciones?
Por alguna razón, D. D. lo dudaba. A Keith no le habría importado, eso está claro. Pero ¿a Flora? Solo el tiempo lo diría.
D. D. dejó la maleta negra sobre la cama y rebuscó en ella hasta que dio con una camiseta azul marino y unos pantalones de chándal grises. Cuando se dio la vuelta, Bonita estaba justo a su lado.
—Ropa limpia. Te quedará un poco grande, pero es mejor que nada. ¿Quieres darte una ducha y asearte primero?
Bonita no respondió. Cogió la ropa de D. D. y la examinó del mismo modo que había examinado la habitación. D. D. no tenía ni idea de lo que se le pasaba por la cabeza a la chica.
Bonita volvió a levantar la vista. Sus ojos oscuros parecían enormes en su rostro. «Tristes», pensó D. D. O quizá más bien resignados. Había pasado de conocer al diablo a encontrarse ante una situación completamente desconocida.
—Estás a salvo —dijo D. D. en voz baja—. Te lo prometo.
La chica se dio la vuelta y volvió a entrar en su habitación. Un momento después, D. D. oyó el sonido de la ducha.
Exhaló un largo suspiro que no sabía que había estado conteniendo y se desplomó en el borde de la cama.
Muy bien, ducha y ropa limpia. La comida parecía el siguiente paso lógico.
Podía pedir pizza. ¿A quién no le gustaba la pizza?
Luego, a la cama. Tanto ella como Bonita estaban agotadas. ¿Y por la mañana?
Santo Dios, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
Buscó su teléfono y llamó a casa. Alex contestó al segundo tono.
—¿Cómo va todo? —Sonaba alegre, incluso feliz.
De fondo se oían ladridos. Kiko, jugando con Jack. Los sonidos de una familia. Por un momento, una punzada de nostalgia se apoderó de D. D. Apretó el teléfono con más fuerza y se sorprendió al descubrir que brotaban lágrimas de sus ojos.
—Hola —dijo por fin. Su voz sonaba áspera.
Su marido no se dejó engañar ni por un momento.
—Así de bien, ¿eh?
—Ahora tenemos un nuevo asesinato que se suma a los cuatro casos sin resolver.
Y un hombre misterioso que se ha esfumado y una cocinera malvada que ha desaparecido, por no mencionar a una joven que podría estar en peligro, y, ah, sí, tengo un nuevo proyecto: una adolescente.
No puede hablar, leer ni escribir. Pero creo que sabe cosas muy importantes.
Creo que, en este momento, necesita a alguien en quien pueda confiar.
Alex se quedó en silencio mientras asimilaba la noticia.
—¿Cómo puedo ayudar? —preguntó.
—¿Conoces a algún experto de la Academia, o de cuando estabas en el cuerpo, en entrevistar a menores sin capacidad de habla?
—Sinceramente, no estoy seguro de que exista esa categoría. Pero ¿y si lo dividimos? ¿Qué te parece un experto en menores sin capacidad de habla o un experto en entrevistar a menores?
—Creo que el mayor obstáculo es que no pueda hablar —dijo D. D.
Respiró hondo y soltó el aire. Esto le sentaba bien. Alex siempre había sido la calma en su tormenta.
—¿Qué tal un experto en el espectro autista? Muchos niños con autismo tienen dificultades para hablar, ¿no?
—Ella no es autista. Sufrió algún tipo de lesión cerebral cuando era pequeña. Eso la dejó sin habilidades comunicativas, además de otros problemas físicos.
—Pero la cuestión es que no puede hablar a fin de cuentas, ¿verdad? La causa no importa. Lo que importa es cómo sortear el obstáculo.
—Tienes razón.
—Espera. Estoy buscando en Google.
D. D. podía buscar en Google, pero tampoco estaba mal dejar que Alex lo hiciera.
Oyó un estruendo de fondo y luego a Alex murmurándole «con tranquilidad» a su hijo.
A juzgar por el ruido que escuchó segundos después, no pareció que la actividad disminuyera, lo que hacía que todo fuera como de costumbre.
Dios, cómo echaba de menos su hogar. ¿Cuándo se había vuelto tan sentimental?
Siempre había sido una orgullosa adicta al trabajo.
Pero sí, daría cualquier cosa por estar con su marido y su hijo en ese momento.
—Imágenes —anunció Alex de repente. D. D.
se recompuso y se enjugó rápidamente los ojos—.
O, para el caso, aplicaciones de iPhone o tabletas con imágenes agrupadas por categorías.
Por lo que he visto, parece que algunas personas que no pueden reconocer o pronunciar palabras sí que pueden identificar imágenes.
De modo que la chica no puede decir «manzana», pero eso no significa que no pueda señalar una imagen de una manzana.
—Imágenes —murmuró D. D. Cerró los ojos, sintiéndose como una idiota—. Por supuesto. Me dio un dibujo del demonio. Puede comunicarse con imágenes. ¿Cómo consigo una de esas aplicaciones?
—Se pueden comprar, pero la página web en la que estoy me pide que inicie sesión como logopeda o algo así. ¿Sabes qué? Empieza con tu móvil. Usa los emojis del chat de texto.
—Que ya están agrupados por emociones, objetos, comidas, animales. Interesante.
—O busca papel y rotuladores de sobra. Tú no sabes dibujar...
D. D. asintió. No tenía ni una pizca de talento artístico.
—... pero quizá ella sí —concluyó Alex.
—Tiene sentido. Al menos nos servirá para empezar.
—Inclinó la cabeza, pensativa—. ¿Cómo se lleva a cabo un interrogatorio policial a una menor utilizando solo imágenes?
Primero, hay que determinar las capacidades de la chica.
Dame un ejemplo de una verdad; dame un ejemplo de una mentira.
Por otra parte, tengo que cuidarme de no influir en sus respuestas, lo que significa que no puedo hacer preguntas de sí o no.
Así que... ¿cómo hago eso cuando las imágenes son la única forma de comunicación?
—Me temo que no puedo ayudarte con eso, cariño.
Para ello vas a necesitar a un experto. Pero recuerda que hay muchas formas de utilizar el testimonio de un testigo.
Es posible que, dadas las limitaciones, sea imposible realizar un interrogatorio que cumpla con los requisitos legales de un testimonio que se pueda usar en un juicio.
Pero ella no será la primera testigo que, por cualquier motivo, no puede hacerlo.
Es posible que un juez esté dispuesto a aceptar respuestas de sí o no de un testigo sin capacidad para hablar como motivo suficiente para, por ejemplo, emitir una orden de registro. Algo por el estilo.
—Lo que podría llevarnos a descubrir pruebas que podríamos utilizar ante un tribunal. —De acuerdo. D. D. empezaba a trazar un plan en su mente—. ¿Cómo va todo en casa? —preguntó con nostalgia, al tiempo que se escuchaba otro estruendo de fondo.
—Más o menos igual que siempre —observó Alex.
—Siento estar fuera tanto tiempo.
—¿Bromeas? ¿Y todo el tiempo de calidad que estoy pasando con el pequeño salvaje? Me complace informarte de que Jack y yo hemos perfeccionado los eructos y hemos pasado a los pedos. Alégrate de estar lejos.
—Bueno, si me lo pintas así...
—Parece que estás tras algo importante —dijo Alex en voz más baja.
—Creo que sí. Sin duda, es mucho más que un simple caso sin resolver relacionado con un solo depredador.
—¿Has dicho que ha habido un nuevo asesinato?
—Anoche.
—En otras palabras, tu investigación está empezando a asustar a alguien.
—Diría que a más de una persona. —D. D. recorrió la habitación con la mirada, esa misma en la que el dueño del motel ya no quería que se quedara.
Por alguna razón que no podía explicar, se le erizó el vello de la nuca—.
No sé lo que está pasando aquí, pero creo que lleva mucho tiempo sucediendo, quizá incluso más de quince años.
Y no es Jacob Ness. O, al menos, no es solo Jacob Ness.
Implica a toda la comunidad de una forma u otra.
En un pueblo tan pequeño, incluso aquellos que dicen no saber nada, saben algo.
—Simplemente no han querido verlo —concluyó Alex por ella—. Pero ahora hay un grupo de policías de fuera removiendo el avispero.
—Exacto.
—Ten cuidado —le advirtió él.
—Siempre.
—Vuelve a casa sana y salva.
—Siempre.
—Te quiero.
Se despidieron. D. D. colgó el teléfono. Pero se descubrió observando las sombras de la esquina de la habitación y estremeciéndose.