Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

KIMBERLY

Esa noche no había lasaña ni pastel de chocolate de las señoras de la iglesia.

En su lugar, la sala de juntas del sheriff contaba con bandejas de sándwiches empaquetados, un par de ensaladas con pinta cuestionable y una mesa llena de bebidas variadas, la mayoría con alto contenido en cafeína.

Franny se afanaba en recoger los platos vacíos y colocarlos en una bandeja gigante, que llevaba sin esfuerzo de mesa en mesa, mientras sonreía tan alegremente que parecía una mezcla entre June Cleaver y una paciente psiquiátrica.

Alrededor de las mesas, dispuestas en forma de U, los investigadores encendieron sus ordenadores mientras se atiborraban de comida.

Kimberly se tomó un momento para evaluar el estado de ánimo general.

«Cansados pero concentrados», decidió. Atravesó la puerta, seguida de Flora y Keith.

Se sirvió un sándwich de pavo, un puñado de ensalada verde y una Coca-Cola Light.

Luego ocupó la silla libre junto al sheriff Smithers.

De todos ellos, él era el que peor aspecto tenía.

Kimberly y su equipo no tenían ningún vínculo con esa comunidad, pero para el sheriff todo aquello era algo personal.

Él la saludó con un gesto de la cabeza y masticó distraídamente.

—¿Howard Counsel está más tranquilo? —murmuró Kimberly.

—Lo tengo en una celda, con un agente vigilándolo.

—Lo siento —dijo ella.

El sheriff la miró.

—Están pasando cosas malas por aquí, cosas terribles . Tengo la sensación de que ya no conozco este lugar.

—Lo resolveremos.

—El teléfono no para de sonar. La gente quiere garantías de que la comunidad está a salvo y de que el problema se ha resuelto. Joder, tengo aún más dudas que ayer, aunque no puedo decirles eso, claro.

—Mentir es parte del trabajo policial —le aseguró Kimberly.

—Solo que yo también quiero saber que mi condado está a salvo. Es solo cuestión de tiempo que llegue la prensa. No puedo creer que hayamos tenido tanta suerte hasta ahora.

—La forense se dirige de vuelta a Atlanta con tres cadáveres más; probablemente se nos esté acabando el tiempo —coincidió Kimberly.

El sheriff cerró los ojos.

—¿De verdad crees que Martha Counsel se ha ahorcado?

—No.

—Lo ha hecho otra persona. No ha sido su marido. No me lo creo ni en broma. Lo que significa que hay otra amenaza ahí fuera. Una que aún no hemos identificado.

Kimberly miró al hombre con sincera simpatía. Comprendía el estrés y la tensión a la que estaba sometido. Su situación había pasado de un cadáver a cinco, de un caso sin resolver a un asesinato reciente. Nada de aquello era positivo, sobre todo para la autoridad local.

Impulsivamente, se acercó y le apretó la carnosa mano al sheriff.

—Vamos a resolverlo.

Él no parecía convencido, pero al menos le devolvió el apretón.

Percibió movimiento en la puerta. Llegaron los compañeros de Kimberly del ERP, con la ropa aún manchada de tierra. Con la doctora Jackson de camino a Atlanta con los restos óseos recuperados, el equipo se encargaría de ponerlos al corriente sobre las tumbas.

Kimberly saludó con la mano a Harold, cuya figura larguirucha se alzaba por encima de sus compañeros.

Como siempre, su líder, Rachel, encabezaba la marcha.

Saludó a Kimberly con un gesto de la cabeza, con el rostro quemado por el sol y manchado de sudor y suciedad.

Franklin y Maggie entraron tras sus compañeros y todos fueron directamente a por comida y agua.

Harold, tras un momento de duda, se sirvió tres sándwiches diferentes.

Ese hombre tenía la complexión de un palo de escoba, pero comía como un luchador de sumo.

Flora y Keith ya se habían sentado: la primera, con una botella de agua y el segundo, con una ensalada de pasta. Kimberly dejó que el Equipo de Recogida de Pruebas ocupara sus puestos; entonces, llegó el momento de empezar. Se levantó y se dirigió al frente de la sala.

—Hoy ha sido un día clave. Me parece que muchos de nosotros tenemos noticias importantes. Voy a empezar con la llamada que hemos recibido a primera hora de la mañana a propósito de una muerte sospechosa en el hotel Mountain Laurel.

Resumió el descubrimiento del cuerpo de Martha Counsel, la nota de suicidio que lo acompañaba y la revelación del alcalde Howard de que su mujer había recibido un trasplante ilegal de riñón aproximadamente quince años atrás.

Se dio cuenta de que Franny había dejado de revolotear alrededor de las mesas de comida y se había quedado quieta, en silencio, con una tristeza palpable en el rostro.

Al igual que el sheriff, era probable que conociera personalmente a los Counsel.

Nada en esa comunidad volvería a ser igual.

Rachel levantó la mano.

—Un momento. Hemos recuperado material médico de uno de los cadáveres de la fosa común. ¿Estás insinuando que esa víctima podría haber sido la donante del riñón ilegal?

—Aún no lo sabemos. El médico que realizó la operación falleció hace ocho años.

Estamos tratando de localizar a su antigua recepcionista para acceder a sus expedientes.

Pero el hecho de que una miembro de esta comunidad se sometiera a un procedimiento médico ilegal justo en el momento en el que se enterraron cuatro cadáveres en el bosque no parece una coincidencia.

—Lo que significa que podría haber otros vecinos que hubieran visitado al mismo médico —dijo Rachel con serenidad.

Kimberly asintió.

—No se descarta.

Más manos se levantaron, pero ella las aplacó con la suya.

—Esperad —dijo—. También nos hemos enterado de otras noticias en el Mountain Laurel.

Al parecer, al menos parte del personal que trabaja allí no tiene la documentación necesaria.

Y, dado que la mayoría son mujeres jóvenes, es muy posible que nuestras cuatro víctimas del bosque tengan alguna conexión con el hotel.

Por desgracia, como no todas tenían documentación, no sé muy bien cómo podríamos retroceder quince años y averiguar sus identidades.

Pero, como mínimo, sabemos que en el Mountain Laurel se está produciendo algún tipo de tráfico de personas, ya sea para obtener mano de obra barata o, lo que es peor, para conseguir posible donantes de órganos.

La revelación causó revuelo en la sala.

—El alcalde Howard ha sido detenido por ahora y está bajo vigilancia por riesgo de suicidio.

También tenemos una... —Dudó. No quería revelar mucho sobre la nueva protegida de D.

D., Bonita. La chica estaba sola, no podía hablar y era vulnerable—.

Tenemos una fuente —dijo Kimberly por fin— que nos ha llevado a creer que hay otra persona implicada en esta operación.

Un hombre a quien no hemos identificado; eso es todo cuando puedo contaros por el momento.

Es muy posible que él haya matado a Martha Counsel, así que, sea quien sea, está claro que tiene algo que ver en todo esto.

«También creemos que la cocinera puede ser cómplice, y ha desaparecido.

El sheriff Smithers ha emitido una orden de búsqueda con su descripción.

También ha desaparecido otra trabajadora, Hélène Tellier.

Tenemos motivos para creer que su vida está en peligro.

Es posible que la propia cocinera o el varón no identificado la hayan secuestrado.

La sala se llenó de rostros conmocionados. Al oírlo en voz alta, incluso Kimberly se sorprendió por todo lo que había sucedido en las últimas doce horas.

Uno de sus compañeros del FBI levantó la mano.

—Tenemos noticias que podrían ser relevantes.

—Adelante.

—Hemos estado investigando los antecedentes de todos los huéspedes del hotel que hemos podido recopilar de los últimos dieciséis años, buscando delincuentes sexuales registrados, personas con antecedentes penales, etcétera.

Kimberly asintió.

—Entre el diez y el quince por ciento de los nombres registrados en los hoteles locales no existen.

Los nombres parecen ser seudónimos. Tampoco hemos encontrado cargos en tarjetas de crédito relacionados con estas reservas, lo que sugiere que pagaron en efectivo.

Hemos cotejado los nombres con los recibos de tarjetas de crédito de restaurantes de la zona, y tampoco hemos encontramos nada.

Tenemos bastantes reservas de habitaciones en múltiples establecimientos hoteleros que parecen pertenecer a fantasmas.

El sheriff Smithers se movió incómodo.

—¿Entre el diez y el quince por ciento? —preguntó.

El agente asintió.

—Estamos hablando de decenas de personas al año, desde hace una década.

—Siempre hay gente que prefiere pagar en efectivo, pero esa cifra es inusualmente elevada. ¿Son todas personas solas? ¿Hombres, mujeres? —preguntó el sheriff.

—No hay un patrón claro. Algunas reservas son para parejas, otras para hombres, otras para mujeres. Algunos nombres sugieren un origen étnico, pero no hay nada claro.

—¿De qué época del año estamos hablando? —insistió Kimberly.

—Temporada alta. La mayoría de los nombres falsos están registrados en verano, cuando Niche está más concurrido. También los fines de semana de otoño, ese tipo de cosas.

—Así que nuestros turistas fantasmas llegan con todos los demás. Se mezclan con el resto.

—Correcto.

—¿Y en múltiples establecimientos hoteleros?

—También correcto. —El agente dudó un momento—. Aunque vale la pena señalar que no obtuvimos ningún nombre falso del Mountain Laurel. Afirmaron que su sistema informático no tenía información de hace tanto tiempo. Ahora me pregunto si...

—Si hubieras tenido acceso a esos registros, cuántos «fantasmas» más se añadirían a la lista —terminó Kimberly por él.

El agente asintió.

—¿Qué atraería a decenas de personas a un pequeño pueblo año tras año, todas operando bajo nombres falsos? —preguntó Kimberly.

Miró al sheriff, pero fue Keith quien respondió.