Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

FLORA

Keith y yo estamos agotados cuando regresamos al motel.

Ya ni siquiera sé qué hora es. ¿Las seis de la tarde?

¿Las siete? Deberíamos ducharnos y prepararnos para la reunión de la unidad.

No quiero ducharme. No quiero moverme. Quiero hundirme en la cama y mirar al techo hasta que mi visión se nuble y la realidad se desvanezca.

Después de nuestra excursión a la cabaña de Jacob, Walt nos ha llevado de vuelta a su propiedad y nos ha dado de comer: pescado fresco al horno de leña, cubierto con rodajas de limón y microvegetales.

Estaba mejor que cualquier cosa que haya comido en un restaurante.

Así que nos hemos sentado en el porche delantero, junto a la lavadora y la secadora, y hemos comido un plato del que cualquier chef de cinco estrellas se habría sentido orgulloso.

Keith ha repetido. Yo, que en ese momento estaba sufriendo una experiencia extracorporal, me he limitado a una ración.

—¿No te gusta? —me ha preguntado Walt con evidente nerviosismo.

—No como mucho.

—Deberías comer. Las mujeres tenéis que estar fuertes.

Eso, por supuesto, me ha quitado por completo el apetito.

Keith ha conseguido que Walt hablara. Sobre sus preciados microvegetales.

Sobre todo el tiempo que pasa en restaurantes de lujo de Atlanta y los secretos culinarios que ha aprendido por el camino.

Sobre sus planes de expansión, su paranoia con respecto a sus rivales.

No sabía nada de que Jacob hubiera estado en Niche quince años atrás ni en ningún otro momento antes de que se presentara en aquel bar. Cabe destacar que Walt tampoco es que salga mucho. A los habitantes del pueblo no les cae bien, y el sentimiento es mutuo.

¿Qué coche tenía Jacob la vez que Walt lo vio?

Walt ha tenido que pensarlo. Una camioneta, ha creído recordar. Nada del otro mundo, suficiente para circular por caminos de tierra.

¿La camioneta era de Jacob? ¿La había alquilado o se la habían prestado?

Walt se ha limitado a mirar a Keith. ¿Por qué demonios le hacía preguntas como esas?

Las matrículas, ha insistido Keith, ¿eran de Georgia o de otro estado? Walt cree que eran de Georgia. Y sí, sin duda eran de aquí.

Esto ha sido suficiente para sacarme de mi ensimismamiento.

—¿Cómo sabe que el vehículo de Jacob era de aquí?

—Por la pegatina del ayuntamiento en el parabrisas. Ya sabes, del vertedero.

Así que Jacob conducía una camioneta de alguien del pueblo.

¿Quizá la había robado? ¿O se la había prestado un amigo?

Keith me ha mirado y he sabido lo que estaba pensando: deberíamos sacar una foto del vehículo de Walt, y que se vieran bien las matrículas.

He asentido con la cabeza. Keith se ha disculpado y ha abandonado rápidamente el porche para cumplir su misión.

Keith es muy bueno con estas cosas.

Walt ha insistido en recoger la mesa después de la comida.

Yo he deambulado por la pequeña cabaña, buscando fotos, recuerdos personales, cualquier cosa que pudiera darme alguna pista.

No he dejado de estornudar por culpa de las gruesas capas de polvo y me he sentido cada vez más encerrada en ese espacio oscuro y mohoso.

Si Jacob vivió allí cuando era niño, no he encontrado ningún rastro de ello. Cualquier vestigio de la familia de Walt desapareció hace tiempo y lo único que queda de las fotos familiares son los contornos difusos donde alguna vez estuvieron colgadas en las paredes.

Keith ha regresado. Era hora de ponernos en marcha.

¿Qué le dices al padre del hombre que te secuestró?

¿Al padre que ha jurado que regresó para salvarte, solo para descubrir que era demasiado tarde?

¿Al padre que te ha recibido a punta de escopeta, ha revivido tu peor pesadilla y luego te ha alimentado como a una reina?

Me he conformado con un simple apretón de manos. Mi mente ha dejado de funcionar. He caído en una especie de agujero negro donde nada parece real.

Keith, como siempre, ha mantenido la compostura. Le ha dado las gracias a Walt por su tiempo, por la visita y por la comida. Le ha deseado lo mejor con sus microvegetales. ¿Por qué no? Ha mencionado que es posible que volvamos pronto y que quizá llevemos a un par de colegas, policías, por ejemplo.

Walt ha asentido con nerviosismo, limpiándose las manos una y otra vez en las perneras de sus vaqueros. Estaba de acuerdo con todo.

Nos hemos mirado durante un largo rato. He sabido que él ya no tenía más disculpas que ofrecer y yo ya no tenía más que perdonar, así que he supuesto que estábamos en paz.

—Gracias por el pescado —he logrado decir.

Luego he seguido a Keith a través de la puerta y he dejado que nos llevase de vuelta al hotel.

—Lo siento —dice el recepcionista del motel en cuanto entramos por la puerta del vestíbulo—. Tienen que marcharse.

Miro fijamente a Keith. Llevo horas sin estar en mi sano juicio, así que tal vez estoy oyendo mal.

Keith dice:

—¿Disculpe?

—No pueden seguir alojándose aquí. Deben marcharse.

El recepcionista es el mismo hombre de ayer. De baja estatura, complexión delgada, cabello oscuro y espeso y manos muy nerviosas. Ahora las abre y las cierra, como si no supiera muy bien qué hacer con ellas.

—Creía que teníamos las habitaciones reservadas para una semana —comenta Keith, tomando el mando.

—Sí, pero ha habido un cambio. Por favor, recojan sus cosas. Puedo proporcionarles una lista de otros establecimientos en los que hospedarse.

—¿Hay algún problema con nuestras habitaciones? —pregunta Keith.

—Sí. Eso es. —El hombrecillo se anima.

Lo miro fijamente. Es el peor embustero que he conocido nunca.

—Entonces, reservaremos otras habitaciones.

—No pueden.

—¿No podemos?

—El problema... —El hombre frunce los labios, esforzándose por pensar—. ¡El problema afecta a todas la habitaciones! —Sonrisa radiante. Cree que se ha salvado.

Me pregunto si habrá pajitas en el pequeño rincón del desayuno. Las he usado para matar antes. Estoy segura de que puedo volver a hacerlo.

Keith me coge de la mano, consciente de mi estado de ánimo.

—Entonces, ¿va a echar a todo el mundo? ¿A todos sus huéspedes?

—¡Sí!

—¿A todos los miembros de las fuerzas del orden que se alojan aquí? ¿A los agentes del FBI, a la policía del condado? ¿No quiere a estos excelentes y honrados agentes en su establecimiento?

Sus ojos oscuros se abren más y vacila un momento.

—El problema afecta a todas la habitaciones —repite el empleado. Su voz es chillona.

Keith, perfectamente sereno, dice: —Exijo hablar con el encargado.

Por fin, una reacción normal. El empleado se recompone y saca pecho.

—¡Yo soy el encargado!

—Entonces, exijo hablar con el propietario.

—¡Yo soy el propietario! ¡Este establecimiento es mío! Ahora, deben marcharse. ¡Váyanse!

A nuestra espalda, las puertas del vestíbulo se abren. Kimberly entra con paso firme junto a D. D. Una chica vestida de sirvienta las sigue. La chica cojea un poco, tiene el rostro caído y mira a su alrededor desconcertada.

—He conocido al padre de Jacob Ness —me oigo decir.

—El dueño del motel nos está echando —añade Keith al mismo tiempo.

Kimberly y D. D. se detienen. La chica me mira con los ojos muy abiertos.

—Dadme treinta segundos con este tipo —anuncio—, y recuperaremos nuestras habitaciones.

—D. D., ponle la correa a tu perra —ordena Kimberly con frialdad.

—Una palabra más —me informa D. D.—, y llamaré a tu madre.

Gruño por lo bajo. Es el sonido de la frustración. Pero ella me tiene en la palma de la mano y lo sabe. Porque entonces mi madre llamará al doctor Samuel Keynes. Y una vez que el especialista en víctimas del FBI se involucre en esto... las cosas se complicarán. D. D. es muy consciente de ello.

—Bueno, volviendo al tema de nuestras habitaciones.

—Kimberly se dirige hacia el encargado. Es capaz de suavizar la voz a voluntad, con un ligero acento del sur que lleva una década siendo su hogar.

D. D. y yo siempre seremos puras chicas del norte.

Kimberly, en cambio, sabe sacarle partido al encanto sureño—. ¿Cuál es el problema?

El hombrecillo está ansioso por hablar con ella. Aparta rápidamente la mirada de mí.

—Eh... es mecánico. Todas las habitaciones deben ser evacuadas. Todo el mundo... Todo el mundo tiene que marcharse.

—¿Aunque ya hayamos pagado una planta entera de habitaciones para toda la semana? ¿Y que encima la hayamos reservado través del Departamento del Sheriff del condado?

—Lo siento. Lo siento mucho. No se puede hacer nada. Todo el mundo debe marcharse.

—¿Tiene una lista de establecimientos en los que podamos hospedarnos?

—¡Sí!

—Aunque...

El encargado, propietario o lo que sea, se sonroja.

—Según recuerdo —dice Kimberly con calma—, este era uno de los únicos sitios con capacidad para alojar a un grupo como el nuestro.

Es más, teniendo en cuenta que está a punto de empezar un fin de semana de la ajetreada temporada de otoño, ¿qué posibilidades hay de que alguno de estos establecimientos tenga habitaciones disponibles?

—Quizá tengan suerte.

—No lo creo. Lo que creo es que está usted intentando echarnos del pueblo. Dividir a la unidad especial. O quizá obligarnos a volver a Atlanta. ¿Por qué querría hacer eso?

—El motel tiene un problema mecánico —vuelve a chillar el hombre.

—Y a usted le va a ocurrir lo mismo —murmuro.

D. D. me lanza una mirada amenazadora.

—¿Cuál es el problema exactamente? —Kimberly retoma la palabra.

—Eh... ¡No hay agua caliente! No podemos ofrecerles habitaciones sin agua caliente.

—Perfecto. Haré una llamada. Lo arreglaremos de inmediato. Considérelo una muestra de agradecimiento.

El encargado se queda plantado, estupefacto.

—Y... y... los ordenadores no funcionan. No puedo registrar a los clientes. Sin ordenadores, no hay servicio.

—Yo puedo arreglarle eso —interviene Keith.

El hombre parece a punto de llorar. O de huir. O ambas cosas.

—¿Por favor? —intenta.

—No.

D. D., que ha estado callada todo este tiempo, habla al fin: —¿Quién le ha pedido que nos eche?

El rostro del hombre se contrae. Retoma su angustioso movimiento de manos.

—No sé de qué está hablando.

—Entonces, considere esto como nuestra verdadera muestra de agradecimiento.

—Kimberly toca el brazo del hombre—. Lo vamos a dejar pasar, por ahora.

Dígale a quien nos quiere echar que la policía ha hecho valer su autoridad.

Que no ha podido hacer nada. Y dígale también a su jefe que si tiene algún problema con nuestra presencia, puede ponerse en contacto con nosotros.

Ahora, voy a darme una ducha. —Saca la llave de su habitación—.

Reunión informativa en una hora. —Centra la atención en mí—.

Perdona, ¿has dicho que has conocido al padre de Jacob Ness?

—Sí.

—Bueno, tendrás mucho que contar en la reunión.

—No me la perdería por nada del mundo —la informo.

Kimberly se dirige al pasillo. Espero a que D. D. la siga, pero ella y su nueva protegida se quedan mirándome.

—Tenéis habitaciones contiguas, ¿verdad? —nos pregunta a Keith y a mí.

Ella sabe de sobra que sí.

Keith asiente con la cabeza.

—Me las quedo. Para Bonita y para mí. Ella no puede estar sola. Es una testigo clave.

—¿Bonita? —pregunta Keith.

D. D. señala a la chica.

—Trabajaba en el hotel Mountain Laurel. Ahora está con nosotros.

—¿Y dónde nos metemos Keith y yo? —pregunto, asimilando todavía el cambio de aposento.

—Podéis quedaros con mi habitación. —Sonríe con complicidad. Listilla...

—Puedo pedir una cama supletoria —ofrece Keith.

—No, no, no —protesta enseguida el propietario—. Nada de camas supletorias. ¡Ni siquiera deberían tener habitaciones!

Que le den a Kimberly y a su comentario sobre la perra y la correa. Me agacho, saco mi navaja mariposa y hago gala de mis habilidades abriéndola y cerrándola unas cuantas veces.

—¡Vale, buscaré una cama supletoria! —grita el hombre.

Pero entonces miro a la joven criada. Tiene el rostro completamente pálido. Sus ojos desorbitados miran mi cuchillo con horror.

Lo guardo tan rápido como lo he sacado, pero antes veo cómo se toca el antebrazo; el puño de la manga se le ha subido, dejando a la vista un intrincado patrón de cicatrices que baila sobre su piel desnuda.

Ya no me siento fuerte.

Siento vergüenza.

Por ser lo que un monstruo hizo de mí.

Me dirijo al pasillo antes de que ninguno de ellos me vea llorar.