Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 28 #3
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CAPÍTULO 28 #3

Ante todo, pensó que era fría, y las corrientes de aire no ayudaban. Además, incluso con el mobiliario, era demasiado lúgubre para que los turistas pudieran disfrutar de la estancia. ¿Un lugar para celebrar cenas temáticas? Pero entonces, ¿por qué era necesario cerrar el decorado con llave?

Bonita tiraba del brazo de D. D., muy agitada.

—¿Estás buscando al hombre demonio? —preguntó D. D.

Rápidamente respondió que no, con los ojos muy abiertos por el miedo.

—Pero ¿estás buscando a alguien?

Sí.

—¿A un huésped?

No.

Una pausa. D. D. estaba tratando de averiguar cómo formular la siguiente pregunta de la manera más eficaz.

—¿Es alguien a quien conozco?

Sí.

—El alcalde Howard sigue arriba con el sheriff Smithers —informó Kimberly—.

La cocinera está en la cocina. Los ayudantes de Smithers están reuniendo a los huéspedes.

Alguien se ha colado en la oficina de Martha Counsel.

Estoy empezando a pensar que aquí hay gato encerrado.

O, tal vez —consideró, mirando a la chica—, un demonio.

La chica suspiró. Volvió a tirar del brazo de D. D.

—¡Hélène! —exclamó D. D. de repente—. La otra criada.

¡Sí, sí, sí, sí, sí!

—¿Estás preocupada por ella?

¡Sí!

—¿Crees que le ha pasado algo malo?

Asintió furiosamente con la cabeza.

—¿El demonio?

Más asentimientos.

Kimberly y D. D. intercambiaron una mirada.

—El expediente personal de Hélène ha desaparecido de la oficina de Martha Counsel —murmuró Kimberly.

—Tenemos que registrarlo todo de arriba abajo. La casa entera. Entre una muerte sospechosa y ahora una mujer desaparecida, tenemos motivos de sobra. Pongamos este lugar patas arriba.

—El alcalde se va a poner furioso —dijo Kimberly.

D. D. sonrió con aire perverso.

—Mira tú qué problema.

Tomó la mano de Bonita.

—Quédate conmigo, ¿de acuerdo? Somos un equipo. Donde yo vaya, vienes tú. No te separes de mi lado; yo no me separaré del tuyo.

La niña la miró. En las sombras, su expresión era difícil de leer. «Una mezcla entre anhelo y desaliento», pensó Kimberly. Y, como madre, ver esa expresión en el rostro de una niña le partía el corazón.

—No te vas a quedar aquí —dijo Kimberly.

La chica se sobresaltó. Era evidente que no se lo esperaba.

—A partir de ahora, eres una testigo. Te vendrás con nosotras y te mantendremos a salvo.

De nuevo, esa mirada: deseaba creerla, pero albergar demasiadas esperanzas la aterrorizaba.

—Bonita —dijo D. D. en voz baja—, nosotras te cuidaremos. Te lo juro. Te cuidaremos.

La chica respiró hondo y asintió. Pero, mientras seguía a D. D. hacia la puerta, aún aferrada a su mano, Kimberly no pudo ver más que miedo en los hombros hundidos de la chica.

Subieron las escaleras del sótano hasta el vestíbulo principal.

D. D. llevó a Bonita a una habitación separada para que la niña no tuviera que estar expuesta al alcalde ni a la cocinera ni un minuto más.

Mientras tanto, Kimberly le indicó al sheriff Smithers que ordenara a sus agentes registrar el hotel.

De esa manera, Kimberly quedó a cargo de interrogar a los huéspedes: cuatro parejas de aspecto corriente que no tenían ni idea de lo que estaba pasando y que estaban perdiendo rápidamente cualquier atisbo de emoción que les pudiera haber provocado toda aquella situación.

El alcalde estaba sentado en una esquina, encorvado, perdido en un abismo de dolor y culpa.

No encontraron a Hélène.

Y, al final de la tarde, la cocinera también había desaparecido.

Kimberly declaró todo el hotel como escena del crimen.

Los huéspedes hicieron las maletas y fueron trasladados a otros hoteles una vez que los agentes hubieron comprobado sus documentos de identidad y sus datos personales.

Tras un breve debate, el sheriff Smithers tomó la decisión de detener al alcalde, acusado de negarse a proporcionar la documentación pertinente sobre sus empleadas.

Lo más probable era que el alcalde saliera bajo fianza a la mañana siguiente, pero su detención mantendría el hotel despejado durante la noche, permitiendo que los técnicos de la escena del crimen llevaran a cabo un examen mucho más minucioso.

También les dio un motivo para ordenarle al alcalde que no abandonara el pueblo.

El alcalde Howard no respondió. Desprovisto de la bravuconería de esa mañana, se había sumergido en algún lugar remoto en lo más profundo de sí mismo. El sheriff Smithers informó a Kimberly de que pondría vigilancia al alcalde por riesgo de suicidio. Kimberly pensó que era una excelente decisión.

Eso fue todo. El hotel Mountain Laurel quedó vacío, sin huéspedes ni personal. Un grupo de investigadores se marchó y otro, que incluía a técnicos forenses, llegó. Por su parte, los vecinos que se habían reunido allí terminaron por aburrirse del espectáculo.

Kimberly y D. D. acompañaron a Bonita por las escaleras de la entrada. Esperaron pacientemente a que la niña se orientara; se había quedado en medio de la acera y miraba a su alrededor, aturdida. ¿Alguna vez le habían permitido salir de la casa?

El día había sido largo. Todos estaban agotados y aún les quedaba enfrentarse a la reunión informativa de la unidad especial.

Subieron a Bonita al coche de Kimberly y se dirigieron al motel del equipo sin percatarse de la sombra que se ocultaba en la ventana al otro lado de la calle.