CAPÍTULO 28 #2
Miró a su alrededor; la oficina había sido renovada no hacía mucho, tenía un ordenador, impresora y escáner. Todos los archivadores tenían cerraduras tradicionales, al igual que la puerta de la habitación.
Entonces se le ocurrió una idea. Sujetando la llave con fuerza, bajó al sótano.
Se encontró a D. D. con la niña.
D. D. estaba de pie frente a una pesada puerta de madera al final del largo y gélido pasillo. La niña se movía frenéticamente de una puerta a otra, y su agitación dejaba claro que, fuera lo que fuera lo que estaba buscando, no lo había encontrado todavía.
Kimberly sintió que se había adentrado en una mazmorra.
Si la planta superior del hotel era la majestuosa casa victoriana, entonces eso era el sótano, oscuro y húmedo, que habían reformado de aquella manera para añadir habitaciones para las trabajadoras.
El pasillo era estrecho, el suelo presentaba baldosas de piedra desgastadas por décadas de uso y las paredes estaban revestidas con lámparas antiguas que añadían más sombras de las que disipaban.
Bonita apareció delante de Kimberly. Tropezaba más de lo habitual, casi tambaleándose. Miró a Kimberly con las mejillas bañadas en lágrimas; luego la apartó de un empujón y agarró el pomo de la siguiente puerta.
Kimberly miró de reojo a D. D.
—Está buscando algo, pero no sé qué. —D. D. se encogió de hombros, tan desdichada como la chica.
Kimberly levantó la llave de latón.
—¿Esto te sería de ayuda?
La chica se puso delante de ella de un salto, con los ojos muy abiertos. Le quitó la llave de la mano y se precipitó por el pasillo hacia la pesada puerta de madera.
Incluso desde allí, Kimberly pudo ver que la llave encajaría perfectamente en la enorme cerradura de latón. La chica introdujo la vieja llave y la giró con fuerza. Un clic resonó en el estrecho pasillo.
La niña empujó la puerta con tanto ímpetu que casi se cayó dentro de la habitación. Una nueva ráfaga de aire frío les dio la bienvenida. Entonces D. D. y Kimberly entraron.
En comparación con el pasillo, la habitación era enorme. Antigua. Tenía el mismo suelo de piedra lisa, de un color entre gris y negro. Una enorme chimenea de piedra dominaba la pared lateral, construida con gigantescas losas de granito.
Kimberly podía oler la ceniza, lo que significaba que la chimenea se había utilizado recientemente, y menos mal. Tras sentir el frío que hacía allí, no podía imaginarse en esa habitación sin fuego en ninguna estación del año.
Estaban bajo tierra, por lo que no había ventanas.
Solo más lámparas antiguas, que encendió pulsando un interruptor.
Al fondo de la sala se alzaba una enorme mesa de roble, lo bastante grande como para acoger a doce, si no a dieciséis personas.
Delante había un largo sofá de cuero oscuro con media docena de sillones orejeros dispuestos a su alrededor en semicírculo.
Un espacio de reunión. Pero ¿para qué? Kimberly no veía ningún televisor ni ningún otro aparato electrónico. ¿Qué atraería a un grupo de doce personas hasta esa habitación en las entrañas de la tierra?
La chica se situó frente al sofá, señaló el suelo y dio varios pisotones.
D. D. se acercó a ella , se agachó e inspeccionó el suelo de piedra.
—No veo nada.
Otro pisotón. La niña estaba más que frustrada.
Kimberly intervino:
—Le diste a la sargento Warren un dibujo. De un demonio. ¿Lo hiciste tú?
Asintió frenéticamente.
—¿Ese demonio estaba aquí?
Ahora asintió muy rápido.
—Es un hombre —dijo D. D.
Sí, sí, sí, sí, sí.
—¿Está aquí ahora? —preguntó Kimberly.
Se encogió de hombros. El miedo se reflejaba en su rostro.
—¿Y anoche?
¡Sí!
—¿Con Martha y el alcalde Howard?
Sí, sí, sí, sí, sí.
—Bonita —dijo D. D. despacio—, ¿fue él quien le hizo daño a la señora Counsel?
¡Sí!
Kimberly se acercó. Miró el suelo y luego echó un vistazo a su alrededor.
No vio ningún signo evidente de sangre o violencia.
Por otra parte, la única forma de simular un ahorcamiento era estrangulando a la víctima.
Una muerte relativamente limpia. Tendría que llevar a un equipo para que buscara pruebas.
Había productos químicos con los que se podían revelar restos de sangre.
Claro que, cuanto más antigua era la residencia, más difícil era demostrar que la sangre era reciente.
Parecía que la mayoría de los edificios habían vivido episodios de violencia.
Recorrió el espacio, olisqueó la chimenea y extendió las manos en busca de calor residual.
Sin duda, se había utilizado hacía poco, aunque eso no probaba nada.
Y la información que les pudiera proporcionar Bonita en un interrogatorio no sería suficiente.
Tendrían que limitarse a preguntas de sí o no.
Técnicamente, se considerarían preguntas sugestivas y, puesto que también era menor de edad, no tendría validez en un tribunal.
Tendrían que llamar a algún tipo de especialista en interrogatorios forenses, porque aquello quedaba claramente fuera de su ámbito. Ellas solo estaban haciendo lo que hacían los buenos investigadores: improvisar sobre la marcha.
Kimberly miró la puerta. De roble, muy grande, muy pesada y muy sólida; permanecía cerrada en todo momento, y la llave estaba escondida en una caja fuerte. ¿Qué tenía esa habitación para exigir tanta seguridad?