Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

KIMBERLY

El alcalde Howard estaba muy nervioso.

—¡No puede bajar ahí! Yo soy el propietario. Le niego el permiso. Por el amor de Dios, mi mujer está muerta. ¡Yo soy la víctima aquí!

Intentó levantarse de su asiento. El sheriff Smithers utilizó su enorme mano para obligar al hombre a permanecer sentado.

—Si vuelve a interferir en nuestra investigación, lo arrestaré —informó Kimberly al alcalde, que estaba rojo como un tomate. Se giró hacia el sheriff Smithers—. ¿Te encargas de él?

—No va a ir a ninguna parte.

—Bien.

Kimberly no sabía a dónde llevaba la silenciosa criada a D. D., pero la mirada decidida de la joven le bastó para darse cuenta de que no iba a ser nada bueno. Sin embargo, D. D. podría manejarlo. Quedaba otro asunto que requería atención inmediata: la oficina de Martha Counsel.

Kimberly quería ser la primera en revisar toda la correspondencia, las agendas de trabajo y los documentos oficiales de la difunta mujer. Sobre todo los relacionados con su «sobrina» y sus otras trabajadoras.

Donde había un delito, solía haber muchos más. Eso es un hecho.

Básicamente, si Martha Counsel era el tipo de mujer dispuesta a aceptar un órgano ilegal y su marido era el tipo de hombre dispuesto a hacer la vista gorda ante una transgresión tan importante... ¿en qué más podrían estar involucrados?

Kimberly esperaba encontrar respuestas en la oficina de la mujer, ya que, al parecer, Martha Counsel había sido el cerebro de la operación, o al menos la administradora principal.

Se llevo una sorpresa al entrar en la habitación: alguien había llegado antes que ella. El cajón izquierdo del escritorio de madera de cerezo había sido abierto y los papeles estaban esparcido por la mesa y el suelo. Una inspección más detallada reveló que la cerradura había sido forzada.

Kimberly frunció el ceño, se puso los guantes y se arrodilló para examinar los daños.

El alcalde Howard había estado acompañado por el sheriff Smithers en todo momento, y el sheriff no había mencionado nada al respecto, lo que significaba que eso tenía que haber sucedido después de que terminaran de revisar el ordenador de la oficina.

A partir de ese momento, el alcalde había permanecido bajo custodia.

Por tanto, la cocinera estaba en la cocina sin supervisión.

Era posible que se hubiera escabullido por el pasillo.

O las criadas, Bonita y Hélène. Dado que Bonita parecía tener una tarea que solo D.

D. podía realizar, Kimberly consideró que era seguro descartarla como sospechosa.

A menos, claro está, que hubiera alguien más en la casa.

Kimberly sintió un cosquilleo en la nuca. Claro, habían estado tratando el ahorcamiento de Martha Counsel como una muerte sospechosa, pero no se habían planteado muy en serio la posibilidad de que los huéspedes fueran una amenaza.

Kimberly se levantó y regresó al salón principal. Sin quitarle la vista de encima al alcalde Howard, que permanecía sentado en un silencio abatido, llevó al sheriff Smithers a un lado.

—¿Cómo vamos con los interrogatorios a los huéspedes?

—Hay cuatro parejas. He enviado a un ayudante a buscarlas. Es muy temprano; se están vistiendo y luego bajarán.

—¿Hace cuánto ha sido eso?

—No lo sé. —Miró su reloj—. Hace unos treinta minutos.

—Nadie tarda treinta minutos en vestirse. Dile a tu ayudante que los traiga aquí ahora mismo. Verifica la identidad de todos y tómales las constantes vitales. Han robado en la oficina. Aquí está pasando algo más. O hay alguien más en este hotel.

El sheriff Smithers apretó los labios y asintió. Activó la radio que llevaba en el hombro, murmuró algunas instrucciones en voz baja para que el alcalde no las oyera y volvió a supervisar el comedor.

Kimberly regresó rápidamente a la oficina.

Entonces se fijó en una puerta entreabierta de la que salía una corriente de aire frío.

Se trataba de las escaleras que llevaban al sótano.

A eso era a lo que se refería el alcalde Howard.

No quería que fueran «ahí abajo». Bien por Bonita y D.

D. entonces. Kimberly esperaba que la chica le estuviera enseñando todos los secretos turbios y las maldades de la familia a D. D. Eso sería perfecto.

Mientras tanto, Kimberly se ocuparía de la oficina.

Cada uno de los archivos tirados por el suelo llevaba el nombre de un empleado. La documentación que contenían parecía estándar: copias de documentos fiscales, identificaciones, fotografías. Martha Counsel había dicho que la documentación estaba en regla y, a primera vista, no había mentido.

Pero entonces Kimberly se fijó en lo que faltaba.

La documentación de Hélène. Así como cualquier papel que identificara a su sobrina.

Además, había una carpeta vacía. En la parte superior ponía «Stacey Kasmer », pero Kimberly no encontró ningún documento de identidad, fotografías ni ningún otro tipo de papel identificativo.

A continuación, encendió el ordenador. Se necesitaba una contraseña para entrar.

Eso significaba que tendría que volver a pedirle información al alcalde, algo que no le apetecía hacer en ese momento, o esperar a Keith, que probablemente podría averiguar más en diez minutos con el ordenador que ella en diez horas.

Se preguntó qué estarían haciendo él y Flora.

Con suerte, no se estarían metiendo en líos.

Se dio la vuelta y se fijó en que uno de los volúmenes de la estantería estaba algo torcido. Kimberly pasó con cuidado los dedos por los lomos de los viejos libros de historia. Tiró de uno. El resto cayeron del estante, dejando al descubierto una pequeña caja fuerte negra que se ocultaba detrás.

Aproximadamente del tamaño de una caja fuerte de hotel estándar, aquel objeto rectangular no prometía contener grandes tesoros, sino más bien pasaportes, documentos, una confesión detallada de una operación de riñón de hacía quince años... Al menos eso esperaba Kimberly.

Pero ¿cómo podía averiguar la combinación?

Se balanceó sobre los talones, pensativa.

Las fechas de nacimiento siempre eran una posibilidad, pero también eran predecibles.

Según su experiencia... Inspeccionó el perímetro interior de la estantería, buscando una nota pegada con cinta adhesiva.

Al no encontrar nada, se metió debajo del escritorio, encendió su linterna de bolsillo y repitió el mismo minucioso escrutinio en la parte inferior del mueble. Tampoco hubo suerte.

El miedo a olvidar las contraseña nos impulsaba a dejarlas por escrito.

Además, lo más normal era guardarla en algún lugar cercano, pues nadie quería recorrer media casa en caso de que tuviera que consultarla.

Lo que significaba que la combinación tenía que estar en algún sitio.

Solo tenía que pensar como Martha Counsel.

Kimberly se sentó en la silla de escritorio.

Era de cuero negro, de estilo ejecutivo.

Demasiado grande para su esbelta figura, pero elegante.

Sintió una repentida oleada de autoridad corporativa.

Acercó la silla al escritorio y observó el conjunto.

El monitor del ordenador estaba en el centro, delante de ella.

El teclado, justo debajo. La alfombrilla del ratón, a la derecha.

Un poco más allá había tres fotos con marcos preciosos.

La foto de boda del alcalde y Martha. Luego, una foto antigua y descolorida, tal vez de la madre de Martha Counsel.

La última foto era de una mujer con una sonrisa brillante y un cabello negro y lustroso. Kimberly no la reconoció en absoluto.

Pero, en general, era un espacio ordenado. Todo estaba en su sitio.

Kimberly giró la silla hasta quedar de espaldas al escritorio y frente a la caja fuerte.

El código debía estar al alcance de la mano.

Estaba segura de ello. Martha era una mujer a la que claramente no le gustaba el desorden, y era demasiado eficiente como para perder el tiempo buscando una serie de números que no lograba recordad.

Elegante pero personal. Sutil pero de fácil acceso.

Entonces Kimberly lo entendió. Aquel primer volumen, un antiguo libro de historia de la zona. Kimberly lo cogió del suelo y descubrió tres números escritos a lápiz con trazos ligeros en la parte interior de la cubierta superior.

Kimberly giró el dial. Derecha. Izquierda. Derecha.

Clic.

Abrió la puerta.

La caja fuerte no era muy alta, pero era sorprendentemente profunda.

Lo primero que encontró Kimberly fue una caja dorada.

La sacó, la olisqueó y supo de inmediato lo que era: chocolate.

A juzgar por el envoltorio, era de muy alta calidad.

Y lo bastante valioso como para guardarlo en la caja fuerte, lejos de los codiciosos miembros del personal.

Kimberly no pudo evitar sonreír. Respetaba a una mujer que guardaba chocolates importados bajo llave.

Lo siguiente: un fajo de billetes de cien dólares, por un total de diez mil dólares. Estaba apilado sobre otros tres fajos y junto a una fila que se extendía hacia las profundidades de la caja fuerte.

Kimberly sacó cien mil dólares. Todo en efectivo. «Una cantidad considerable para la propietaria de un modesto hotel», pensó. Y otra prueba más de que nada en ese lugar era lo que parecía.

A continuación, encontró pasaportes: Martha Counsel y Howard Counsel. Luego, otro dos más, esta vez de Argentina. Las fotos eran las de Martha y Howard; los nombres no eran los mismos.

Dinero en efectivo y documentos de identidad falsos.

—Esto sí que es interesante —murmuró Kimberly.

Efectivo, pasaportes falsos..., lo siguiente sería un arma.

Pero en lugar de eso, al palpar en las oscuras profundidades, Kimberly sintió una forma completamente diferente.

De varios centímetros de longitud, plano, con ranuras estrechas y dientes serrados.

Adivinó lo que era justo cuando lo sacó de la caja fuerte forrada de fieltro: una llave de latón.

Vieja y pesada, como las que solían tener en los hoteles históricos y las grandes mansiones.