Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

La abro de un tirón y, como siempre, lo primero que me golpea es el olor a descomposición. Mientras, la casa suspira agitada. Los edificios también tienen sentimientos, y lo que ha sucedido en los niveles inferiores la ha herido. Yo entiendo estas cosas, aunque hasta donde yo sé, los demás no.

Me arriesgo a mirar a la sargento. Su rostro es impasible. Si percibe el olor, si siente que la casa se retuerce nerviosa, no lo refleja. Quizá sea como los demás, insensible a estas cosas.

Quizá no haya nadie como yo.

La luz de la escalera está encendida. No pierdo ni un segundo. Siento una presión implacable acumulándose en mi pecho. Hélène. Algo va mal. Al llegar al final de las escaleras, tropiezo y casi me caigo.

La policía me sujeta.

—Tranquila —murmura.

Estoy tan alterada que creo que voy a vomitar.

Se acabó. Este es mi ataque final. Sin la ira asesina y el drama heroico que siempre había imaginado.

Iba a sentir cómo mi verdadero nombre se apoderaba de mí.

Iba a reunirme con el espíritu de mi madre.

Luego iba a estallar como una bomba atómica a través de la podredumbre negra de esta casa, quemando al alcalde, a su mujer, al Hombre Malo, reduciéndolos a cenizas.

Solo me queda una última carrera frenética.

Para encontrar a Hélène. Para encontrar algo, cualquier cosa, que pueda transmitir todas las palabras que yo no soy capaz de decir.

Si consigo que la sargento se plantee cosas, despertar sus sospechas sobre este lugar...

Ella es fuego, no se apaga con facilidad.

Puede que hoy se vaya, pero hará preguntas, recopilará más información.

Sabrá que no debe dejarse engañar por los modales refinados del alcalde.

Se irá después de esto. Entonces esperaré. Porque, tras este numerito, mi destino está sellado. Esta noche, el Hombre Malo volverá. Entrará en mi habitación, sacará su cuchillo y demostrará que tan solo soy Niña Estúpida.

Quizá mi muerte por fin le dé a la sargento rubia lo que necesita para hacer pagar al Hombre Malo.

Ella es fuego.

Y esta casa tiene que arder.

Empiezo a abrir puertas. Ni siquiera sé qué hay detrás de algunas de ellas. ¿El Hombre Malo? ¿Habitaciones con látigos, cadenas e instrumentos de tortura? Es lo que siempre he pensado que habría, por los sonidos que he escuchado durante todos estos años.

La sargento sigue sujetándome la mano, pero ahora me doy cuenta de que ha desabrochado la funda de la pistola. Asiento con la cabeza en señal de aprobación. Ella me aprieta los dedos.

Las primeras habitaciones están vacías. Camas desnudas, paredes blancas.

Son más grandes que la mía y tienen de dos a cuatro camas.

La habitación de Hélène está más adelante, al final del pasillo.

Es pequeña, como la mía. Antes compartía una habitación más grande con otras compañeras, pero, cuando ellas se fueron, la aislaron.

No habla de ello. Ninguna de las chicas habla de ello.

Durante las últimas semanas solo hemos estado ella, Stacey y yo.

Pero entonces Stacey encontró el cuchillo, y yo limpié el desastre, y ahora solo quedamos Hélène y yo.

Lo cual tampoco es bueno.

El sótano nunca permanece vacío durante mucho tiempo.

Llego a mi pequeña habitación, a la izquierda. Abro la puerta de golpe y entro a trompicones antes de que la sargento pueda detenerme. ¿Está aquí? ¿Está esperando?

Por un instante, creo ver su imponente figura erigiéndose delante de mí. Abro mucho los ojos. El Hombre Malo está aquí para matarme. Pero mi sargento y su fuego lo atraparán primero.

Pero, cuando caigo contra la pared, presa del pánico, el temido demonio resulta ser solo una sombra.

La sargento está a mi lado, respirando con dificultad. Se ha contagiado de mi miedo.

Intento recomponerme. Comunicar, comunicar... ¿Cómo puedo explicarlo?

Las imágenes que tengo debajo de mi colchón. Agarro el fino colchón y lo levanto. Debería tener uno o dos dibujos. Pero el suelo está vacío, los dibujos han desaparecido. El Hombre Malo llegó primero.

Gimo de pura frustración. Necesito hablar, necesito contarlo. Hélène, Hélène, Hélène.

Una vez más, creo que voy a vomitar.

—¿Es esta tu habitación? —pregunta la policía.

Asiento con la cabeza y me froto la frente. Me duele mucho. La cicatriz irregular se me antoja un atizador al rojo vivo que me quema el cráneo.

—¿Dónde está tu ropa?

Niego con la cabeza sin dejar de masajearme las sienes.

—¿No tienes ropa?

Señalo un pequeño montón azul junto al colchón, mi viejo y raído uniforme, el que uso por las noches.

—¿Y tus pertenencias personales?

Levanto dos dedos. No.

—Aquí abajo hace mucho frío.

Asiento con la cabeza.

—Bonita, esto no está bien. La forma en la que te tratan... Esto no es una familia que cuida de su familia.

La miro fijamente. Intento decirle con la mirada que ellos no son mi familia. Mi mamita era mi familia. Pero el Hombre Malo le disparó y la bala me alcanzó a mí, y cuando desperté, estaba aquí. Con el cráneo fracturado y la cara caída. Sin voz.

Recuerdo a la señora Counsel, de pie junto a mí.

—Es muy joven. ¿Seguro que no se le pasará con la edad?

El Hombre Malo, imponente detrás de ella.

—El médico dijo algo sobre afasia del habla; la bala dañó la zona del cerebro que se encarga del lenguaje. Nunca podrá hablar, leer ni escribir.

—Mmm. Una criada muda. No sé yo.

—Por favor, Martha. Es perfecta y lo sabes.

Intento comunicarle esto con la mirada. Me esfuerzo tanto como puedo por transmitirle mi historia desde mi cabeza a la suya.

La sargento me coge la mano de nuevo.

—Shhh —dice—. Tranquila.

Y me doy cuenta de que por fin estoy emitiendo un sonido, desde lo más profundo de mi pecho. Un gemido. Estoy gimiendo, agitándome y llorando por la niña que se fue antes de tener una oportunidad en la vida. Estoy llorando por la vida que he estado intentando recuperar desde entonces.

Necesito que la sargento lo entienda. Que alguien me vea. Que alguien me escuche, y todas las palabras que me robaron de la garganta.

—Vamos a volver arriba —dice.

Me aparto con brusquedad. Niego con la cabeza furiosamente. Hélène, debemos encontrar a Hélène.

Ella no lo entiende. Nadie lo entiende. Estoy sola.

Cojeo hacia el pasillo. Oigo un ruido en las escaleras detrás de nosotras. Los demás vienen a ayudar; o tal vez sea el alcalde, que ha ganado la batalla y viene a interrumpirnos. No puedo preocuparme por él ni por lo que hará. Hélène ya debería haber vuelto. Algo va mal y yo soy su única esperanza.

Stacey. Apenas llegamos a conocernos, pero la vi morir y, en ese instante, nos convertimos en hermanas. Me queda tan poca familia... Así que debo hacer esto por ella, por Hélène. Mis hermanas de muerte.

Más puertas. Las abro con violencia. No sé dónde está el Hombre Malo. Si aparece, espero que la sargento le dispare. Si no, cogeré su pistola y lo haré yo. Pero quizá Hélène esté en una de estas habitaciones. Está escondida, está asustada. Está muerta.

Ahora todo se me viene encima. Mi última batalla. Mi última oportunidad. Si no consigo que la sargento se dé cuenta de lo que está pasando...

Por favor, por favor, por favor...

La pesada puerta de madera al final del pasillo. Protegen la sala grande, la sala horrible. Azufre y sangre.

Tiemblo. Entonces agarro el pesado picaporte y tiro con todas mis fuerzas. Pero no se mueve. Está cerrada con llave. Pues claro. La habitación donde murió la señora Counsel. La habitación que nadie puede ver jamás.

Gimo de pura frustración.

—Tranquila, tranquila. —La sargento está a mi lado de nuevo—. No pasa nada. Puedo ayudarte. ¿Esta habitación es importante? ¿Necesitas entrar?

Asiento frenéticamente.

—Voy a buscar la llave. Esta casa es la escena de un crimen. Como investigadora, tengo derecho a registrarla.

Siento una nueva humedad en mis mejillas.

—¿Tienes miedo?

Asiento con la cabeza.

—¿Quieres volver arriba?

Niego con la cabeza.

Ella extiende la mano y me toca la mejilla. Sus ojos azules son claros; sus rasgos, duros. Sé que lo dice en serio cuando afirma:

—Nadie te va a hacer daño, Bonita.

No puedo evitarlo. Sonrío, expongo mi sonrisa torcida y horrible, la única que mi boca caída ha sido capaz de esbozar jamás.

Ella no lo entiende. Y yo sigo siendo solo una niña estúpida.

Le cojo la mano. La aprieto contra mi mejilla.

Dejo que sienta mis lágrimas. Me permito experimentar un momento de bondad humana. Probablemente sea todo lo que me queda.

Voy a morir esta noche. Temo por Hélène. Pero lloro por mí misma y por quien podría haber sido.

Entonces respiro hondo. Enderezo la espalda. Me aparto. Levanto dos dedos.

No. Ella no podrá salvarme. Nadie puede derrotar al Hombre Malo.

Vuelvo al pasillo y, arrastrando torpemente la pierna, continúo buscando a Hélène.