CAPÍTULO 27
Bonita, así me ha llamado la mujer rubia. Lo repito en mi cabeza. Espero oír la voz de mi madre susurrándomelo. No me siento bonita con la cabeza llena de cicatrices, la cara flácida y el pie tullido. ¿Acaso puede una niña estúpida ser bonita?
Me siento honrada de que la mujer rubia me haya dado ese regalo, pero también asustada.
Soy Niña Estúpida. No puedo mover los labios ni la lengua para decirle a la sargento lo que necesita saber. Soy demasiado débil para enfrentarme a Cocinera, que nos lo hará pagar a Hélène y a mí por hablar con la policía.
No soy nada. Bonita, Niña... ambas cosas son lo mismo. Estoy rota. Aunque, gracias a que soy diferente, sé algunas cosas que los demás no saben. Que la casa tiene memoria, siente dolor. Que los colores no solo son lápices, sino estados de ánimo y expresiones poderosas por sí mismos.
Que mi madre está a mi lado ahora mismo. Siento su presencia con tanta intensidad como el aroma de las galletas que sale del horno. Mi madre está aquí, un destello de plata que aparece y desaparece en la luz. Viene cuando más la necesito. Cuando está a punto de suceder lo peor.
Contengo la respiración, extiendo más masa de galletas y la corto en círculos para colocarlos en la bandeja que está esperando. Al igual que Cocinera, finjo no oír la discusión que se libra al otro lado de la puerta de la cocina.
—¿Tiene la documentación de sus criadas? —pregunta la policía rubia.
—¿Qué quiere decir? —El alcalde Howard. Su voz suena hueca, cargada de culpa.
Si tuviera que dibujarlo, usaría rojos y dorados, con un núcleo oscuro como la noche. Amaba a su mujer, pero eso no pudo salvarlos de la ambición corrupta que amenazaba su matrimonio.
El Hombre Malo es negro puro. El alcalde Howard... tiene más color, aunque el resultado final no es tan diferente.
—El certificado de nacimiento de Bonita...
—¿Quién es Bonita?
—Lo siento, su sobrina.
—¿Se llama Bonita? —pregunta el alcalde, confundido.
—No lo sé —responde la sargento con brusquedad—. Pero estoy segura de que en su certificado de nacimiento no figura como Niña .
Silencio. Suena el temporizador del horno. Cocinera está removiendo la salsa en la cocina de gas mientras escucha descaradamente. Está distraída. Me pongo los guantes de cocina y compruebo las galletas.
Están esponjosas y doradas por encima. Saco la bandeja del horno y la coloco en la encimera para que se enfríe.
No puedo hablar. No puedo leer. Todo lo que hay más allá de esta casa me da miedo.
Pero quizá, si alguna vez me marchara, podría ser como mi propia madre y conseguir que la gente suspirara de felicidad gracias a mis platos de comida.
Cocinera me ha enseñado lo suficiente y quizá, después de todo, haya algo de mi madre en mí.
Vuelvo a sentirla, acariciándome el hombro. ¿Le gusta el nombre Bonita? Quizá podría usarlo a partir de ahora.
Me arden los ojos, aunque soy demasiado mayor para llorar.
Desde el otro lado de la puerta se escuchan voces:
—Por supuesto que tenemos los papeles. Mi mujer... —El alcalde suena emocionado y enfadado—. ¡Mi mujer acaba de morir! Por el amor de Dios, ahora no tengo tiempo para esto. ¿Es que no tiene compasión?
Otra voz masculina. El sheriff. Lo dibujaría en tonos morados, azules y rojos oscuros.
Grande, como el Hombre Malo, pero con los contornos más difuminados.
Más profundo. Para bien o para mal, aún no estoy segura.
Pero me gusta su voz. Suena como una manta cálida, y nuestras habitaciones en el sótano son mucho más frías de lo que la gente cree.
—Quizá podríamos esperar —comienza ahora el sheriff—. Hemos encontrado la nota de suicidio en el ordenador de la oficina. Aquí...
—No. —La sargento rubia vuelve a intervenir. Es una explosión de naranjas, amarillos y rojos. No hay oscuridad en ella. Solo una luz abrasadora que ciega o salva. Su presencia me da miedo, pero me siento atraída por su llama.
Mi madre me vuelve a frotar el hombro. Hoy está nerviosa.
Algo peor se avecina. La mujer del alcalde está muerta, la policía sigue aquí y más personas pagarán por ello. Porque no puedo decir la verdad sobre el Hombre Malo; lo que en realidad le sucedió a la mujer del alcalde, lo que nos sucede a todas nosotras.
No soy Bonita.
Soy Niña Estúpida una vez más.
La otra voz femenina habla. No entiendo a las dos policías.
La rubia que conocí primero tiene un acento duro, del norte.
Esta tiene una voz más suave, de vocales más redondeadas.
Es de por aquí, pero no exactamente de aquí.
La pintaría con los tonos del bosque, con destellos de luciérnagas.
Ella es de la tierra. Más tranquila, pero brillante a su manera.
—Alcalde Howard —dice ahora la otra policía—, entendemos que es un momento difícil, pero ha mencionado un trasplante ilegal de órganos. No me importa cuántos años hayan pasado; la seguridad de su personal se convierte en nuestra principal preocupación.
Silencio total. Corto apresuradamente más galletas. En el fuego, Cocinera está tan concentrada en la conversación que se ha olvidado de remover la salsa. Yo noto que se quema antes que ella. O tal vez no le importe.
Hélène se ha ido. Debe estar haciendo las camas, empezando con la limpieza diaria. O ha cometido el error de volver a su habitación, en cuyo caso, el Hombre Malo probablemente ya la habrá atrapado y estará jugando con su cuchillo, surcándole el cuello.
Cuando se pinta, el negro no es la ausencia de color. Es la presencia de muchos colores. Lo que hace que el mal puro sea difícil de predecir.
—¿Su mujer tiene una oficina personal, además de la del hotel? —pregunta la rubia de nuevo, como si le estuviera ofreciendo un respiro al alcalde.
—No. Solo tenemos esta. Para el negocio.
—Muy bien. La revisaré yo misma. Encontraremos la documentación de su personal y podremos dejarle tranquilo.
—Les pido que se vayan. La noche ha sido lo bastante larga y dura. Los huéspedes están bajando. Tengo que poner las cosas en orden.
—Con el debido respeto, señor —dice la otra policía—, esa no es una opción.
—Mi mujer se ha suicidado...
—Su mujer ha muerto en circunstancias sospechosas.
—¿Qué? —pregunta el alcalde, desconcertado.
—De momento, así es —dice la policía sureña—.
No puede considerarse suicidio hasta que tengamos una confirmación oficial.
El forense aún no se ha pronunciado. Lo que significa que, por ahora, su mujer ha muerto en circunstancias sospechosas y su establecimiento es la escena de un crimen.
Alégrese de que la sargento Warren solo le esté pidiendo documentación.
Otra pausa. Luego, un sonido que no entiendo del todo. Un sollozo reprimido. El alcalde Howard está llorando. En todos los años que llevo aquí, con todo lo que ha pasado...
La muerte de su mujer le ha causado mucho sufrimiento. ¿Eso me hace feliz, alivia mi dolor?
La salsa está humeando.
No me importa que el alcalde esté llorando. He oído llorar a tantas chicas... ¿Y qué han conseguido con ello? Me alegro de que él sufra, tanto que golpeo con fuerza la masa de galletas con mi cortador redondo y sacudo la mesa de preparación.
Cocinera me mira con dureza ante esta inesperada muestra de emoción, y entonces parece darse cuenta de que ha descuidado sus propias tareas culinarias. Ya tarde, agarra la sartén de hierro fundido del fogón y suelta una retahíla de palabrotas.
Sonrío maliciosamente a sus espaldas.
Mi madre, mi hermosa mamita, me acaricia el hombro de nuevo.
—Chiquita —casi puedo oírla susurrar, como si tratara de tranquilizarme.
Si me dibujara a mí, ¿qué colores usaría? ¿Fuego como la investigadora rubia? ¿Tierra como la otra policía? ¿O me he convertido en lo que me hizo ser como soy, brillante y resplandeciente por fuera, pero con un núcleo oscuro y sin alma?
No tengo la respuesta.
Vuelvo a preocuparme por Hélène. ¿Dónde está?
¿Por qué no ha vuelto? Debería estar tan ansiosa como Cocinera y yo por saber qué va a pasar a continuación.
Estirar unas sábanas no lleva tanto tiempo.
Y no puede encender la aspiradora hasta que todos los huéspedes se hayan levantado.
Lo que significa que ya debería estar de vuelta en la cocina, inventándose tareas para entretenerse mientras escucha a hurtadillas a las policías interrogando al alcalde.
A menos que haya bajado las escaleras.
A menos que el Hombre Malo haya aprovechado la oportunidad para silenciar a otro eslabón débil.
Algo terrible: eso es lo que siempre significa la presencia de mi mami. Peligro a la vista.
No puedo más. Dejo el cortador de galletas y, con las manos y el delantal cubiertos de harina, cojeo decidida hacia la puerta batiente.
Detrás de mí, Cocinera emite un sonido ahogado. Siento cómo se mueve el aire. Quizá intente agarrarme. Quizá el espíritu plateado de mi madre se lo impida. No miro atrás. No hay tiempo para mirar atrás.
Entro corriendo en la sala de desayunos.
No le presto atención al alcalde, al fornido sheriff ni a la agente del FBI. Agarro la mano de la policía rubia.
Juego con fuego.
La arrastro sin decir palabra; la saco de la estancia en dirección a las dependencias del servicio, abajo.
El caos se desata detrás de nosotras. El alcalde empuja su silla y se apresura a seguirnos.
—¡Espere! ¡Alto!
La policía sureña dice:
—Esto es la escena de un crimen.
El sheriff, morado, añade:
—Alcalde Howard, siéntese. ¡Ahora mismo!
No me detengo. Voy despacio, arrastrando la pierna derecha, pero también rebosante de energía.
La policía rubia no hace preguntas. Me agarra la mano con tanta fuerza como yo la suya.
La conduzco hasta una pequeña puerta al final del pasillo trasero.
Las pocas habitaciones de esta sección son administrativas: la oficina de la señora Counsel, la sala de archivos, los suministros de limpieza.
Pero esta puerta, esta puerta sin marcas ni distintivos...