Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

El espacio principal es diminuto, con un rudimentario intento de cocina a la izquierda y un agujero gigante en la pared, justo enfrente, donde una vez hubo una chimenea.

Keith, que está a mi lado, estornuda sin parar.

El polvo se arremolina en nubes turbulentas.

Puede que Jacob ocupara la cabaña de forma ilegal, pero parece que nadie la ha reclamado desde entonces.

—¿Cuándo le trajo Jacob aquí? —le pregunto ahora a Walt.

Él se encoge de hombros.

—Hace años...

—¿En qué mes? —lo interrumpo.

Tiene que pensarlo.

—En agosto.

—¿Está seguro? ¿Fue la primera vez que vino a este lugar?

—Bastante seguro. —Se rasca la barba—. Es que no presto mucha atención al calendario.

—Yo llevaba aquí cinco o seis meses por entonces. ¿No lo sabía?

—No tenía ni idea de que mi hijo había vuelto a la zona, y mucho menos de que vivía en esta cabaña con una chica encerrada en el sótano. Como te he dicho, él me encontró. Se acercó y se presentó en el bar.

—¿Por qué? —pregunta Keith.

—Me dijo que quería conocer por fin a su viejo.

—¿Cómo estaba de humor? —pregunta Keith de nuevo.

—No lo sé. Me dio la mano y se ofreció a invitarme a cenar. No lo rechacé.

—Y así, sin más —intervengo—, ¿reaparece, lo invita a cenar y luego le enseña a su esclava sexual?

Walt me mira con el ceño fruncido.

—Lo vi unas cuantas veces más. Incluso lo llevé a la antigua granja.

Por aquel entonces, yo cultivaba marihuana.

A Jacob le gustaba. De tal palo tal astilla.

Con ese aspecto tan duro, era igual que su padre.

Se bebía y esnifaba todo lo que se le ponía por delante.

Intenté advertirle, pero él solo se rio y me dijo que no me preocupara.

—Walt se encoge de hombros de nuevo—. No soy quién para juzgar a otro hombre.

—¿Le dijo a qué se dedicaba? —pregunta Keith.

—Era camionero de larga distancia.

—¿Y su madre? —Me toca a mí—. ¿Le habló de ella?

—No. Y yo no le pregunté.

—Tenía una hija. ¿La mencionó?

Walt parece más incómodo.

—Apareció de la nada. Me invitó a cenar. Charlamos un poco. Lo llevé a casa. No estaba seguro de por qué había vuelto ni qué quería. Todavía estaba intentando averiguarlo cuando me trajo aquí una noche. Me dijo que quería enseñarme algo. Me dijo que estaría orgulloso de él.

Walt me mira fijamente.

—¿No lo recuerdas?

Con sinceridad, no estoy segura. ¿Varias voces en el sótano?

Me suena, pero no consigo recordarlo con claridad.

Me invade una increíble sensación de sed y hambre.

De oír pasos y pensar desesperadamente: « Por fin me dejará salir» .

Habría hamburguesas o alitas de pollo o lo que fuera que a Jacob se le hubiera antojado. Y agua. Necesitaba agua sea como sea.

Pero lo único que había eran voces. Al otro lado de la caja.

Muchas conversaciones. Yo lloriqueaba, arañando con mis dedos destrozados la tapa cerrada como un animal herido.

¿Por qué no abría el candado? ¿Por qué no me daba de comer?

Entonces, el crujido de las escaleras. Pasos que se alejaban.

Voces que se apagaban cada vez más, hasta que volví a quedarme sola y hambrienta en la oscuridad.

—Estaba orgulloso de lo que había logrado —dice Walt ahora—.

Preparar la habitación, construir la caja, conseguir una amiguita.

Me lo contó todo sobre ti; que todo el mundo te buscaba y que tu foto aparecía en todas las noticias.

Y, aun así, nadie sospechaba de él, nadie sabía lo que había ocurrido ni dónde buscar.

Como si hubiera robado un tesoro delante de las narices del mundo entero.

Supongo que pensó que yo también estaría orgulloso de él.

Porque eso era lo que recordaba de cuando era niño.

Eso era lo que le había dicho su madre. Que yo era ese tipo de hombre.

Walt ha dejado de mirarme.

—Aquella noche sentí vergüenza. Los árboles me gritaban y se enfurecieron conmigo. No me dejaron dormir. Fue entonces cuando supe lo que tenía que hacer. Pero ya era demasiado tarde.

—Quizá por eso le trajo aquí —sugiere Keith—. Ya tenía pensado marcharse. Solo quería presumir una última vez.

—Puede ser —dice Walt. Se gira hacia las escaleras del sótano.

—Un momento. —Levanto una mano—. ¿Jacob mencionó si había estado en la zona antes, digamos hace quince años?

Miro a Keith. La cronología de las otras tumbas y el asesinato de Lilah Abenito.

Walt vuelve a encogerse de hombros.

—Cuarenta años de pasado son demasiados años. Nos quedamos con el presente. Ya fue bastante difícil de por sí. —Baja las escaleras trastabillando hasta el sótano.

Yo lo sigo mucho más despacio, probando cada escalón, con la cabeza apoyada contra la fría pared para sostenerme.

Walt tiene razón sobre el sótano. Lo que yo consideraba un sótano no es más que una habitación oscura y mohosa.

Walt encuentra una linterna, la enciende y vuelvo a ver la infame alfombra marrón mierda.

Ahora me doy cuenta de que solo es un retal tirado sobre el suelo de tierra.

El sofá que tanto odiaba está empotrado contra una pared, el relleno se le sale por todas partes.

Recuerdo una mesa de café, barata, de madera aglomerada, pero no la veo por ninguna parte.

Quizá me la imaginé. Quizá algún excursionista perdido la rompió para usarla como leña. No lo sé.

El cuarto de baño de la esquina tiene apenas el tamaño de un armario y es tan repugnante como lo recordaba. Distingo a duras penas una pastilla de jabón mohosa. ¿La misma que Jacob me dejaba usar para lavarme el pelo? Parece una forma de vida aparte; ni siquiera me atrevo a tocarla.

En mi mente, este lugar es tan asqueroso, pestilente y horrible como lo recordaba.

Sin embargo, no puedo evitar pensar que era más grande, incluso más acogedor.

O tal vez esa era mi sensación después de estar encerrada en una caja de pino.

Joder, Jacob podría haberme metido en una letrina de madera después de estar en esa puta prisión y me habría parecido un baño de lujo.

Estoy temblando. No me doy cuenta hasta que Keith me rodea los hombros con el brazo. Tengo la piel de gallina y me agito sin control.

Walt, con la escopeta aún en la mano, me mira preocupado. ¿Cree que voy a ponerme a gritar como una loca, que voy a derrumbarme?

¿Voy a ponerme a gritar como una loca y a derrumbarme?

No puedo entenderlo. Por fin estoy aquí. En la zona cero. Y es lo mismo, pero diferente. Es igual de horrible y espantoso... y, sin embargo, también parece más pequeño, menos imponente, menos aterrador.

Ya no soy la chica de la caja.

Soy Flora Dane.

Salí de este lugar.

Sobreviví a Jacob Ness.

Y ahora mismo, si su padre intentara atacarme con esa escopeta, lo pondría bocabajo, contra el suelo, con su propia arma apuntándole a la nuca tan rápido que ni siquiera Keith se daría cuenta. Y, si se moviera, apretaría el gatillo sin pensarlo dos veces.

Algo de esto debe reflejarse en mi rostro, porque Walt da un paso atrás, nervioso.

Que le den a esta puta cabaña de mierda. Y gracias a Dios que Jacob Ness está ardiendo en el infierno.

—He terminado aquí —digo.

Entonces, sin esperar a que Walt o Keith respondan, subo por las escaleras desvencijadas, salgo de la cabaña en ruinas y me dirijo al centro del claro hasta que puedo sentir el viento en la cara.

Soy libre, me digo a mí misma.

Y, por primera vez en años, casi me lo creo.