Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

FLORA

Walt Davies es el padre de Jacob. La información me ha llegado como un mazazo.

Y, sin embargo, tiene todo el sentido del mundo.

La forma en la que los dos se mueven, cómo se arrastran.

Su paranoia compartida, así como sus aptitudes técnicas naturales.

Walt ha construido todo un imperio de microvegetales de última generación en un cobertizo abandonado, mientras que Jacob pasó años adaptando casas y camiones para esconder a las chicas que secuestraba.

Los dos son inteligentes; los dos están locos.

Soy consciente de que Keith me observa, esperando mi próximo movimiento. Mientras tanto, al otro lado del granero, Walt sigue revolviendo una bandeja de brotes diminutos. ¿Tiene miedo de mí, de lo que voy a hacer a continuación?

¿Dice la verdad cuando afirma que intentó volver a por mí? ¿Que creía que lo que hacía su hijo estaba mal y quería rescatarme?

Se trata de un hombre que asegura que los árboles gritan y que los bosques están llenos de fantasmas.

Aunque eso quizá sea cierto.

Sé lo que debe suceder a continuación. La verdadera razón por la que hemos venido a Georgia. Porque la única forma de avanzar es retroceder. Mi único final; donde todo comenzó hace ocho años.

—¿Sabe dónde me retuvo? —le pregunto a Walt.

Él asiente con la cabeza, sin dejar de acariciar los brotes de guisantes.

—¿Fue en esta propiedad?

—No. Ni siquiera sabía que andaba por la zona hasta que una noche me encontró en el Stickneys Pub.

—Lléveme allí —digo.

Él sabe que no me refiero al bar.

—No te gustará —dice en voz baja.

—Lléveme de todos modos.

No usamos la camioneta de Walt. Tal y como Keith y yo predijimos ayer, el medio de transporte preferido por la gente estas montañas son los senderos para quads.

Walt tiene el suyo propio, y nosotros cogemos el nuestro para seguirlo; el subterfugio de habernos quedado sin gasolina ya no es necesario.

Keith no media palabra mientras nos acercamos a nuestro vehículo, que todavía escondido entre los arbustos.

Justo antes de que se ponga el casco, lo detengo posándole una mano en el hombro.

Me inclino hacia delante. Esta vez, encuentro sus labios por mí misma.

Nos besamos larga y lentamente. Con ternura.

Me recuerda a los bosques de Maine. Vuelvo a ser una niña otra vez, con el sol calentando mis mejillas y un sinuoso sendero de montaña que se despliega ante mí. Es una promesa, una esperanza, un susurro de un futuro que una vez creí imposible.

Cuando me aparto, su mano envuelve la mía.

—Lo haremos juntos —dice, y sé lo que quiere decir.

Keith conduce hasta la propiedad de Walt. Probablemente debería llamar a D. D. y contarle lo que hemos descubierto y a dónde vamos, pero me siento frágil, el momento es demasiado irreal como para sobrevivir al hecho de expresarlo con palabras.

No estoy sola. Tengo a Keith. Y, además, sea lo que sea lo que descubramos sobre Walt, sobre Jacob, puede que siga sin tener ninguna relevancia para la unidad especial. Quizá solo sea otro capítulo más de mi historia, algo que yo debo escuchar primero.

Walt tiene la escopeta. La lleva atada a la parte trasera de su quad. Ya no me parece siniestra. Solo es una herramienta sin la que un cultivador de microvegetales paranoico nunca sale de casa.

Walt quita el candado de la verja principal y la abre lo justo para que salgamos al camino de tierra.

Vuelve a cerrar con llave cuando salimos, se sube a su quad y ruge a nuestro alrededor para ponerse delante.

Lo seguimos durante varios kilómetros, en los que tenemos que sortear profundos surcos.

Entonces aparece un sendero más pequeño, a la derecha, que se adentra en el bosque. Walt lo toma y Keith hace lo mismo.

Subimos. Estimo que debemos estar cerca de las dos tumbas, pero, al haber partido de la propiedad de Walt, me siento desorientada. No puedo estar segura.

El sendero boscoso nos lleva hasta otro un camino de tierra más reciente.

Reconozco el patrón del mapa que estudiamos ayer: el sistema de senderos para quads actúa como una serie de atajos, trazando líneas rectas a través de las montañas para conectar un camino con otro, de ahí que los lugareños prefieran desplazarse así.

Entonces, frente a nosotros, una silueta gigantesca e informe se materializa en un claro más adelante.

La cabaña que me destrozó.

La cabaña que me forjó.

No puedo evitarlo; siento que por fin he vuelto a casa.

—¿Por qué Jacob no tenía su apellido? —le pregunto a Walt mientras bajamos de nuestros vehículos.

Hemos aparcados en la linde del bosque. La estructura en ruinas se encuentra a varios cientos de metros, en un claro. No tengo dudas de que Walt reconocerá la zona antes de avanzar. Su paranoia, lo sé, es una forma de vida.

El anciano se encoge de hombros.

—Se apellidaba Davies cuando era niño. Pero su madre y yo nunca nos casamos. Solo fuimos dos personas que convivieron durante un tiempo. Nunca se me ocurrió preguntarme qué ponía en su certificado de nacimiento. O tal vez se lo cambió más tarde. No le pregunté.

—¿Cuántos años tenía cuando se separó de su madre? —pregunta Keith, quitándose el casco y sacudiéndose el pelo.

—Cuatro o cinco. Era un crío. Pero sabía disparar. Yo le enseñé.

—Después de que se marcharan, ¿no lo volvió a ver hasta que... él regresó? —pregunto.

—No.

—¿Nunca lo buscó?

—No.

—Simplemente... ¿apareció? ¿Cuánto, cuarenta años después? —No sé si termino de tragarme esto.

Walt me mira.

—Los caminos del Señor son inescrutables.

—¿Cómo sabía que era su hijo? —pregunta Keith.

—Un hombre reconoce a su propia sangre.

—Es su hijo —afirmo sin dudar—. Después de haberlos visto a los dos, queda claro. —Luego, mientras Walt desengancha la escopeta de su quad, pregunto—: ¿Sabe cómo murió?

—El FBI lo mató. Lo vi en la televisión.

—El FBI no lo mató.

Walt se detiene. Me observa durante un largo rato.

—¿Lo querías? —pregunta, lo cual no es en absoluto lo que me esperaba—. En mi experiencia, eso es lo que lleva a la mayoría de las mujeres a matar.

—No lo quería. Pensaba que era un monstruo. Pensaba que había que borrarlo de la faz de la tierra. Pero hacia el final... Quizá él me amara un poco. Si es que los monstruos son capaces de tal cosa.

Keith parpadea ante esta revelación.

—Los monstruos podemos amar —declara Walt—. Pero eso no cambia lo que somos.

Keith y yo nos situamos junto al padre de Jacob Ness y su escopeta, y lo seguimos hacia la cabaña.

Mis primeras impresiones son contradictorias.

La estructura no es una casa, como siempre había supuesto, sino más bien una chabola en ruinas.

Hay un pequeño porche de madera con el techo combado y el suelo podrido.

El primer escalón ya ni siquiera está sujeto, sino que yace a unos metros de distancia, casi perdido entre la hierba alta.

—¿De quién es esto? —pregunta Keith, mirando el edificio con recelo.

Walt se encoge de hombros.

—Jacob me dijo que tuvo que marcharse porque el propietario quería recuperarla —intervengo.

—No creo. Este lugar lleva décadas abandonado. Las montañas están llenas de chozas como esta, antiguas casas familiares que fueron abandonadas hace mucho tiempo. Nadie las toca. Pueden ser útiles para excursionistas perdidos, cazadores y demás.

—Pero recuerdo que había luz en el sótano. Y agua corriente.

—Hay un pozo —dice Walt, y señala a unos cien metros de distancia—. Jacob arregló la bomba. No es tan difícil de hacer.

—¿Y la electricidad?

—Se enganchó a una línea eléctrica o utilizó aparatos de batería. Yo no le presté mucha atención, pero ya te digo que no es difícil.

Eso lo dice el tipo que tiene toda una plantación en un cobertizo cochambroso.

—¿Por qué nadie se dio cuenta? —volvió a preguntar Keith—. Quiero decir, si se trata de una propiedad abandonada, ¿no debería haber notado alguien que se encendían las luces por la noche?

—¿Tú ves vecinos por aquí cerca?

Keith y yo miramos a nuestro alrededor. Vemos árboles y más árboles, y luego un camino de tierra ancho y lleno de baches que se aleja de la casa.

—Además —dice Walt—, Jacob no encendía las luces de la planta de arriba, solo las del sótano, al menos cuando me trajo aquí.

Asiento. No lo había pensado, pero todo el tiempo que estuvimos en esta casa permanecimos en el sótano, incluso Jacob. No se me había ocurrido que pudiera ser porque no quería revelar que estaba ocupando una casa abandonada.

Ahora también entiendo por qué el FBI nunca pudo encontrar la ubicación de este lugar. No cambió de propietario ni fue embargado, ni siquiera existe en el registro inmobiliario. Es solo una cabaña abandonada en mitad del bosque.

Inteligente y loco.

Walt sube con cautela al porche delantero, esquivando el enorme agujero del centro. Lidera la marcha con el pie derecho, probando cada tabla antes de apoyar todo su peso.

Yo lo sigo, muy consciente de que esto es el colmo de la estupidez; que una vez escapé de esta maldita prisión y ahora probablemente me precipite a mi perdición al pisar algún tablón podrido. Pero no puedo evitarlo. Esto no se parece en nada a lo que imaginaba, y a la vez es justo lo que esperaba.

El olor me golpea. Moho y humedad. Y así, de buenas a primeras, vuelvo a estar en el sótano. Me tambaleo ligeramente y extiendo una mano. Keith me sujeta mientras Walt se detiene más delante.

—¿Estás segura? —pregunta.

Lleva la escopeta colgada a su lado. No sé si es para protegerse de los bichos que anidan allí o para vengar la muerte de su hijo. Me siento mareada, una mujer en la cuerda floja contemplando la muerte segura que se extiende a sus pies y admirando las vistas.

Vuelvo a pensar que debería llamar a D. D. Y no por mi deber como investigadora, sino porque me daría una paliza por hacer esto, y ahora mismo su estilo de amor duro es justo lo que necesito.

En cambio, sigo a Walt a través del umbral.