Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

D. D.

Cocinera resultó ser una mujer corpulenta ataviada con un delantal salpicado de grasa y una redecilla para el pelo.

Había reunido a las otras dos trabajadoras: la sobrina del alcalde Howard, con su uniforme de criada azul claro, y otra joven de rasgos exóticos y precioso cabello castaño.

La segunda chica también llevaba un uniforme de criada y mantenía la mirada clavada en un punto fijo justo por encima del hombro de D. D.

—Esta es Hélène —dijo la cocinera, señalando a la belleza de piel oscura.

D. D. calculó que la edad de la criada oscilaba entre los dieciocho y los veintitrés años. No era tan joven como la sobrina, pero aun así...

—Esta es Niña. —La cocinera señaló a la sobrina del alcalde.

—¿Niña? —interrumpió D. D.—. ¿La llaman Niña?

—A ella no le importa —respondió la cocinera, mirando fijamente a D. D.

Tenía los gruesos brazos cruzados sobre el pecho, en una muestra de agresividad. Además, ella permanecía de pie, mientras que había mandado sentarse a sus jóvenes ayudantes. Una muestra de poder. Ella estaba al mando y quería que todas las presentes lo supieran.

Junto a D. D., Kimberly se aclaró la garganta, indicándole sutilmente a esta que siguiera adelante. ¿Qué sentido tenía empezar una guerra abierta cuando se podía cocinar la tensión a fuego lento?

D. D. sacó su pequeña libreta.

—Voy a necesitar sus nombres completos y sus documentos de identidad.

—¿Por qué? —preguntó Cocinera.

—Porque lo digo yo.

—Tengo que preparar el desayuno.

—No se preocupe, cuando los huéspedes se enteren de la noticia, perderán el apetito.

La cocinera miró a D. D. con ira. Las dos chicas jóvenes permanecieron sentadas en silencio en el banco de madera.

A D. D. no le gustó. Según su experiencia, los empleados tendían a hablar.

Sobre todo las generaciones más jóvenes, que apenas guardaban respeto por las figuras de autoridad y tenían mucho que decir sobre cualquiera que se creyera superior a ellos.

Aquello... le ponía los vellos de punta.

Kimberly se alejó de D. D. Avanzó despacio junto al borde de la enorme mesa de trabajo de acero inoxidable, cubierta de harina y un pálido montículo de masa.

La agente del FBI realizó una breve inspección de la pesada puerta de la cámara frigorífica, seguida de un examen superficial del lavavajillas industrial, equipado con una campana de acero inoxidable y una cinta transportadora de poliuretano para que las filas de platos sucios pasaran rápida y eficientemente bajo un chorro de agua hirviendo.

Estaba desviando la atención, consiguiendo que la cocinera y sus jóvenes subordinadas no supieran bien dónde poner el foco.

—Nombre completo —dijo D. D. con severidad. Clavó la mirada en la cocinera. Era la jefa, y las chicas harían lo que hiciera ella.

—Me gusta Cocinera. He sido Cocinera durante treinta años y cuatro matrimonios, que Dios se apiade de sus miserables almas.

«Cuatro matrimonios», pensó D. D. ¿Cuatro hombres habían disfrutado de esa personalidad encantadora?

—Muy bien, Cocinera, he oído que en la cárcel del condado siempre viene bien una mano. Aunque no creo que empiece al mando de la cocina. Tendrá que trabajar mucho para conseguir el puesto. Es posible que el proceso de selección le resulte... diferente... a lo que está acostumbrada.

La cocinera la miró llena de rabia.

—Tengo todo el día. ¿Y usted?

—¡Mary! —dijo ella por fin—. Mi nombre completo es Mary Theresa Josephina Smith.

—¿En serio?

—¡Cállese!

La criada más mayor, Hélène, se movió ligeramente. Era la primera muestra de estar viva que daba la chica. ¿Reprimía una risita a costa de su jefa o se estremecía por miedo a futuras represalias? Era difícil saberlo.

—¿Un documento de identidad con foto? —exigió D. D.

—Lo tengo en mi habitación. Lo traeré más tarde.

D. D. se giró hacia la sobrina del alcalde Howard.

—¿Nombre?

—No puede hablar —dijo Cocinera.

—¿Tiene un documento de identidad? —A D. D. no le agradaba nada tener que volver a dirigir sus preguntas a la cocinera. Le parecía una falta de respeto, sobre todo porque estaba convencida de que la chica lo entendía todo perfectamente.

La cocinera se encogió de hombros.

—No sabe conducir, así que no tiene carné.

Pero debería tener un certificado de nacimiento.

La señora Counsel... —Por primera vez, la cocinera vaciló.

Si D. D. no hubiera creído que la mujer era de granito, lo habría interpretado como un gesto de tristeza—.

La señora Counsel llevaba un registro de ese tipo de cosas. Cuidaba de nosotras.

D. D. no sabía muy bien qué pensar de eso. ¿Se preocupaba por sus empleadas de verdad? ¿O trataba de controlarlas? Que los empleados no tuvieran acceso a su propia identificación hacía saltar todas las alarmas en el mundo policial.

—Ella tiene mis papeles —intervino Hélène de repente. Su voz era ronca, como si no la usara mucho.

D. D. se dio cuenta de que la sobrina del alcalde Howard se había girado ligeramente y le tocaba la mano a Hélène. ¿Para darle fuerzas? ¿Para mostrar unidad? D. D. volvió a fijar su atención en el rostro de Hélène para no delatarlas.

—¿Sabe dónde los guarda? —preguntó D. D.

—No. Mi nombre completo es Hélène Tellier —respondió la mujer con un acento exótico que evocaba tierras lejanas y playas cálidas y arenosas.

—¿Por qué guardaba sus papeles la señora Counsel? —intervino Kimberly.

Se había colocado detrás de ellas, obligando a las tres interrogadas a girarse con torpeza. La cocinera frunció el ceño, molesta ante el uso de esos trucos en su propia cocina.

—Nuestras habitaciones... —Hélène no parecía saber bien qué decir. Miró tímidamente a la cocinera—. Nuestras habitaciones son sencillas. No tenemos ningún sitio donde guardar... objetos de valor.

—¿Sus habitaciones no son seguras? —insistió D. D.

Hélène negó con la cabeza, luego se rindió y bajó la vista a sus pies. Otro pequeño movimiento de la sobrina, que cubrió con su mano la mano temblorosa de la criada.

—Está bien. —D. D. se agachó hasta quedar a la altura de los ojos de la silenciosa sobrina—. No te voy a llamar Niña. ¿Tienes nombre? Quizá lo encontremos en los papeles de la señora Counsel.

La niña se encogió de hombros, como si la suposición de D. D. fuera tan buena como cualquier otra.

—¿Recuerdas a tu familia? —preguntó D. D. en voz baja—. ¿A tu madre, a tu padre?

Otro pequeño encogimiento de hombros. D. D. miró al punto donde descansaban las manos de la niña, sobre el banco, pero esta no levantó ningún dedo a modo de respuesta codificada. Tenía un aspecto triste y desesperanzado. Una niña resignada con su destino.

—Bonita —dijo D. D. en voz baja—. Es una palabra que significa «hermosa». ¿Qué te parece? Te llamaré Bonita.

Otro gruñido por parte de la cocinera.

La niña mantuvo la mirada fija en D. D. Levantó la mano y se tocó suavemente la cara, pasando los dedos por la cicatriz que le surcaba la línea del cabello, luego por el párpado izquierdo caído y el labio flácido.

D. D. no necesitó ningún código para entender lo que la niña intentaba decir. Le cogió la mano entre las suyas.

—Bonita —dijo con firmeza, y sostuvo la mirada de la niña hasta que esta asintió con la cabeza.

D. D. se enderezó y se puso de pie.

—Necesitaré ver los registros que la señora Counsel tenía sobre ustedes. Se trata de una investigación por asesinato. Todos los detalles son importantes.

—¿Investigación por asesinato? —La cocinera dejó caer los brazos a los lados, conmocionada—. Pero el alcalde....

—¿Qué escuchó anoche? —Kimberly atacó por sorpresa desde la retaguardia.

—Nada, en absoluto...

—¿El alcalde y su mujer se pelearon?

—No, nunca. Se quieren mucho...

—¿Sabía usted lo del trasplante de riñón? Háblenos sobre el trasplante de riñón de la señora Counsel —dijo Kimberly con voz severa.

—¿Qué? Bueno, claro que lo sabía. La operación fue hace mucho tiempo.

Tras esta, la señora Counsel y yo preparamos una dieta adecuada para sus riñones.

Sin pesticidas, sin carnes rojas, sin sales ni azúcares añadidos —recitó la cocinera, como si estuviera marcando cada elemento con los dedos—.

Alta en fibra, muchas legumbres y verduras de hoja verde.

Soy una cocinera de verdad, ¿vale? Tengo un título de una escuela culinaria y todo.

Podría trabajar en un restaurante caro si quisiera.

Pero me gusta estar aquí. Y el alcalde y la señora Counsel cuidan de los suyos.

—Entonces, ¿no escuchó nada anoche? —preguntó D. D., obligando a la cocinera a darse la vuelta para responderle—. ¿Ningún ruido extraño, algún altercado?

—No, claro que no.

D. D. percibió un movimiento con el rabillo del ojo. La chica, Bonita, por fin había movido la mano para mostrar un dedo. Lo que significaba que sí. ¿Sí..., la cocinera había escuchado algo y estaba mintiendo? ¿O sí, Bonita tampoco había oído nada?

Para que ese sistema funcionara, D. D. tendría que formular mejor sus preguntas.

—¿Notó algún cambio en el comportamiento de la señora Counsel durante las últimas semanas? —le preguntó a la cocinera.

—No —respondió la mujer.

Sí, indicó Bonita con un dedo.

—¿Estaba despierta anoche?

—No —declaró la cocinera.

Sí, volvió a indicar Bonita.

—¿A qué hora se acostó? —presionó D. D. a la mujer.

—A las nueve de la noche. Me levanto temprano para preparar el desayuno para los huéspedes.

Bonita dudó. Quizá no supiera a qué hora se había acostado la cocinera.

—¿A qué hora se ha levantado? —continuó D. D. con suavidad.

—Cuando he oído las sirenas. A las cuatro de la mañana o algo así.

—Y antes de eso, ¿a qué hora ha escuchado el alboroto?

—A las dos de la mañana... —La cocinera se detuvo. Demasiado tarde; había caído en la trampa de D. D.—. Tengo el sueño ligero —corrigió rápidamente—. Quizá algo me despertara alrededor de las dos. Pero no oí nada más. Fui al baño y regresé a la cama.

—Parece que usted era muy amiga de la señora Counsel. Que le importaba.

—Ella y su marido son buenas personas. Pregúntele a cualquiera.

Bonita permaneció quieta.

—¿Sospechaba que podía suicidarse? —preguntó D. D.

—Para nada.