Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 24 #3
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CAPÍTULO 24 #3

«Entonces... me dormí. Cuando desperté, tenía sed.

Estaba completamente seco. Pero no quería cerveza ni whisky.

Quería agua. Agua transparente, clara y limpia.

Así que salí de mi tumba y avancé a tientas hasta que, al final, llegué a un arroyo, donde bebí hasta saciarme.

Luego seguí ese arroyo hasta que me llevó a un sendero y encontré el camino a casa.

Había estado fuera seis días. Por las noches, las temperaturas bajaban por debajo de los cero grados. Pero sobreviví.

—Recobró la sobriedad —digo.

Walt asiente con la cabeza, pero no es un gesto triunfal. Tiene los hombros encorvados y ahora me doy cuenta de que tiene las mejillas húmedas por las lágrimas. ¿Las montañas lo salvaron o lo destruyeron? Me pregunto si él lo sabe siquiera.

Walt se aclara la garganta. Se ha acercado a un estante de microvegetales. Acaricia los brotes aterciopelados.

— Cuando volví — dice —, mi mujer se había ido.

Mi hijo también. Se habían marchado. Quizá pensaron que estaba muerto.

Quizá simplemente vieron una oportunidad de escapar y la aprovecharon.

No podía culparlos, yo también habría huido de mí.

Claro que no se puede escapar de uno mismo.

Así que me quedé. Tiré todo el alcohol. Hasta la última gota.

Lloré como un niño pequeño. Y empecé a caminar.

Todas las noches. Tenía que escuchar al bosque.

Necesitaba que los árboles me hablaran. Tenía que aprender lo que querían que decirme.

«Quizá me volví un poco loco. La gente del pueblo dice que lo estoy.

Se cruzan de acera cuando me ven. Los dueños de las tiendas aceptan mi dinero, pero mantienen las distancias.

Ahora estoy sobrio, llevo más de cuatro décadas sin beber.

Pero todo ese alcohol... es posible que me haya destrozado el cerebro.

No lo sé. Sigo oyendo al bosque por las noches.

Sigo caminando entre los árboles, escuchando al viento contar sus historias.

«Y a veces oigo gritos. Hay fantasmas en estas montañas, y no solo están en mi cabeza.

— ¿Qué oye, Walt? — le pregunto con delicadeza.

Porque, lo sepa él o no, está llorando de nuevo; lágrimas silenciosas surcan sus mejillas ajadas. Y hay algo tan triste en él que lamento haberle tenido miedo, y pese a todo me pregunto si esto no es solo un matiz diferente de su locura.

—Te oigo a ti —dice en voz baja. Tan baja que no estoy segura de haber oído bien. Levanta la vista—. Te oigo llorar en esa caja. Oigo todos mis pecados, todas las cosas que no puedo deshacer, incluido mi mayor pecado.

No puedo hablar. No puedo respirar. Keith se ha acercado a mí. Lo que dice Walt no tiene sentido y, sin embargo, sé que lo tiene.

Mi omnipresente sensación de déjà vu.

—Le dije que te dejara irte. Le dije que no estaba bien.

—¿A quién le dijo que la dejara irse? —pregunta Keith, con voz firme y tranquila, lo cual es bueno, porque yo voy a derrumbarme en cualquier momento.

—Fui un hijo de puta cruel. Las cosas que le hice a mi familia... Pero no comprendía el verdadero alcance de lo que había hecho. Hasta que él regresó. Uno recoge lo que siembra. No quiero volver a sentir ese tipo de ira nunca más.

Pruebo a abrir la boca, pero no sale nada.

— Le supliqué — murmura Walt — . Le supliqué que fuera mejor. Pero entonces me di cuenta. El alcohol, las drogas..., también lo tenían atrapado. O puede que esta familia simplemente esté maldita.

«Mi hijo regresó como un hombre adulto y se pavoneó por estos bosques. Si los árboles le gritaban, a él le gustaba. Si el viento le chillaba, él se lo devolvía. Pensaba que yo era un ser terrible, antinatural, malvado. Hasta que conocí a mi propio hijo.

Tengo que extender la mano. Encuentro una rejilla metálica y me agarro a ella con todas mis fuerzas. Keith está ahí, cogiéndome del brazo, sosteniéndome.

— Me llevó al sótano — susurra Walt — . Me enseñó lo que había hecho. Estaba orgulloso, muy orgulloso. Te oí llorar como un gatito. Una pobre chica destrozada que solo quería salir de allí. Lo siento. Lo siento mucho.

Niego con la cabeza. Al menos, eso creo. Sus palabras me sobrepasan, me traen de vuelta la implacable sensación de la dura madera contra mi cabeza, el hedor de la orina mientras yacía entre mis propios excrementos y el sonido burlón de la voz de Jacob.

—Regresé a por ti —dice Walt—. Sabía que él nunca te dejaría marchar.

No podía soportarlo. Sabía que no me bastaba con no hacer el mal.

Tenía que salvarte también a ti, o el bosque nunca me dejaría dormir por las noches.

Así que esperé a que se fuera. Salió de reparto con su camión.

Iba a rescatarte. Habría roto esa maldita caja con mis propias manos si hubiera sido necesario.

— Walt respiró hondo, con dificultad —. Pero ya era demasiado tarde.

El sótano estaba vacío. Tú, la caja, mi hijo... habíais desaparecido.

«No volví a verlo hasta que un día me enteré de que había muerto en una redada federal en un motel. No lloré. Ni entonces ni ahora. Crie al mal, mi mayor pecado, mi más profundo arrepentimiento. Mi propio hijo, Jacob, a quien convertí en el hijo de puta más cruel de todos.