CAPÍTULO 24 #2
—El truco son las esteras de coco —explica Walt con orgullo—.
Ni sustratos ni pesticidas. Solo mucho amor y agua.
Tengo cuatro cultivos diferentes, desde plantones de mostaza hasta brotes de guisantes.
Recojo la cosecha cada diez o quince días.
Yo solo. La cargo y me dirijo a Atlanta.
Muchos de mis clientes son grandes chefs de restaurantes de lujo.
Los microvegetales son muy saludables, ¿sabéis?
Tienen un alto contenido en vitaminas y algunos incluso sirven para combatir el cáncer.
Sinceramente, no sé qué decir. Keith, que está a mi lado, parece igual de atónito. Estamos ante filas y filas de estanterías metálicas. Cada una contiene ocho bandejas poco profundas con diminutos brotes verdes apretujados, como un desfile de Chia Pets de los años ochenta.
Me acerco para inspeccionar la instalación. Hay tubos que salen de cada bandeja.
—Hidropónico —explica Walt—. Hace que crezcan más rápido.
Lo entiendo, es el sistema de riego. Del techo cuelgan enormes hileras de luces, que emiten un resplandor blanquecino.
—Iluminación led —vuelve a explicar Walt, derrochando orgullo—.
Proporciona el mejor equilibrio entre luz y calor.
La tengo programadas digitalmente. Cada etapa de crecimiento tiene necesidades diferentes.
No hay que complicarse demasiado, pero yo cuido mis cultivos.
Son los mejores microvegetales de Georgia — vuelve a presumir.
— ¿Cuánto tiempo lleva haciendo esto? — pregunta Keith. Al igual que yo, ha empezado a deambular por los pasillos.
—Tres años.
— ¿Cómo aprendió todo esto? — le pregunto, señalando con la mano las luces programadas, el sistema de riego automatizado...
Con el pelo revuelto, los vaqueros raídos y la camisa de franela manchada, Walt no parece un hombre sofisticado y, sin embargo, se trata claramente de una operación de alta tecnología.
Se encoge de hombros.
—Con el tiempo. Siempre se me ha dado bien el trabajo físico. Dirigir una granja, arreglar edificios, mantener el equipo... requiere más conocimientos de los que la gente cree.
—Ya veo.
—Además —añade con naturalidad—, cultivé marihuana durante años. Esto es más fácil, más rentable y no tengo que preocuparme por que me arresten.
—Por supuesto.
— No siempre fui una buena persona — dice Walt de repente.
Está cerca de la puerta. Me doy cuenta de que ya no sé dónde está la escopeta.
¿Sigue apoyada contra el exterior del cobertizo?
¿O la tiene escondida en algún lugar detrás de él?
Y ya que estamos, ¿hay alguna otra salida en este sitio?
O, si quisiera, ¿podría Walt dar tres pasos atrás, cerrar de golpe la pesada puerta corredera y encerrarnos con sus preciados microvegetales?
No sé por qué querría hacer algo así. Y, sin embargo, se me eriza el vello de la nuca. Más adelante, Keith se gira y me doy cuenta de que él también lo siente. Algo no va bien. Hay un cambio en el ambiente que no augura nada bueno.
Quizá un tipo como Walt no necesite un motivo. Quizá Keith y yo nos hemos dejado engañar por las bandejas de diminutos brotes verdes y hemos olvidado lo obvio: la locura es la locura, y Walt Davies lleva décadas ganándose a pulso la reputación de lunático del pueblo.
—He bebido —susurra Walt ahora.
¿Se ha movido? Cambio el peso ligeramente, tratando de calcular la distancia que me separa de la puerta abierta. Si salgo corriendo ahora, tal vez pueda interceptarlo.
—He fumado, he bebido y me he drogado durante toda mi vida.
Si había alguna sustancia química ilegal a mi alcance, me la pinchaba.
Si había una pelea, me metía en ella. Maltrataba a mi mujer.
Le pegaba a mi hijo. Luego les daba palizas por hacerme sentir mal por ello. Era un hijo de puta de cuidado.
Keith y yo no decimos nada. Walt ha dejado de prestarnos atención. Está contando su historia, y el tono confesional me hace temblar una vez más.
— Entonces, me perdí. En las montañas, en las mismas colinas donde había vivido toda mi vida. Salí a cazar y me llevé más alcohol que sentido común. Estaba en un sendero y, de repente, ya no. Llegó la noche y empezó a hacer frío.
«No sé cuánto tiempo estuve dando tumbos.
Día tras día. Hasta que se me acabó la cerveza y vacié la petaca.
Llevaba un bocadillo. Me lo comí la primera tarde.
Luego, cuando me quedé sin alcohol, empezaron los temblores.
No se puede cazar cuando no tienes fuerzas ni para para sostener el rifle.
Joder, ni siquiera podía encender una cerilla para hacer fuego.
Pero los sudores nocturnos, el hambre, la sed que me calaba hasta los huesos... Eso no fue lo peor.
—¿Qué fue lo peor? —Me acerco a la puerta abierta.
— El bosque. — Walt habla en un tono casi respetuoso — . Cobró vida. Los árboles me azotaban. Los arbustos me arañaban los pies. Y la noche gritaba. Por todos los errores que había cometido. Y eran muchos.
«Yo también grité aquella primera noche.
Agité los puños hacia la luna. Aullé como un maldito animal.
¿Las montañas querían acabar conmigo? Estaba enfadado y lleno de odio, y no iba a rendirme sin luchar.
Pero, cada vez que cerraba los ojos, los veía.
A todas las personas a las que había hecho daño.
Las maldades que había cometido. Los ojos magullados de mi hijo.
La mejilla destrozada de mi mujer. Los bosques me mostraron la oscuridad de mi alma.
Walt hace una pausa y nos mira por primera vez; sus ojos no parecen del todo cuerdos, pero el dolor que reflejan es real. Sé un par de cosas sobre la oscuridad del alma. Sobre pasar largas noches enfrentándote a tus pecados.
— Para la tercera noche, ya no me quedaba rabia.
Era un hombre roto, destruido por mis actos malvados.
Cavé un hoyo con mis propias manos. Ancho y profundo.
Temblando, sudando y fuera de mí por el puto dolor.
Preparé mi tumba y me dispuse a morir solo, con los árboles gritando como única compañía.
Me lo merecía. Dios sabe que me lo merecía.
«Recé esa última noche. No hay ateos en las trincheras, ¿verdad?
Me tumbé en la tierra, crucé los brazos sobre el pecho y, enloquecido por la falta de alcohol, supliqué y lloré como el tonto que era.
Una oportunidad más. Señor, dame una oportunidad más.
— Walt levantó la mirada hacia el cielo — . ¿Y sabéis qué pasó?
Keith y yo negamos con la cabeza.
— Nada. Lo pasé. La abstinencia, el dolor. Me tumbé en la tierra y temblé tanto que pensé que se me romperían los huesos.