Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

FLORA

«Muerta».

La palabra que grita Walt Davies queda suspendida en el aire. Miro a Keith, que parece tan confundido como yo.

—¿Cómo habéis entrado aquí? —pregunta Davies ahora. Ya no nos apunta al pecho con la escopeta de corredera, pero la blande de una manera que no es mucho más segura.

—Nuestro quad...

—Entonces, habéis atravesado la alambrada. Tenía que haber puesto más cámaras. Maldito terreno, es demasiado grande. Pero mi bisabuelo se levantaría de su tumba si vendiera un solo centímetro. —Walt gira la cabeza hacia un lado.

Creo que de verdad podría estar hablando con su bisabuelo. Keith y yo pensábamos que nos habíamos metido en un lío, pero la realidad parece mucho peor.

—¿Quién os ha enviado? —pregunta Walt ahora.

De nuevo, miro a Keith. No sé muy bien cómo responder. ¿Que hemos venido por nuestra cuenta? ¿Eso tranquilizaría a este ermitaño o sellaría nuestro destino? Quizá deberíamos decir que la policía está a punto de llegar.

Siento una burbuja creciente de... algo.

¿Histeria? Yo no me pongo histérica. Soy Flora Dane, llevo una llave universal para esposas escondida en el pelo, una navaja mariposa en la parte superior de mi bota y un espray de pimienta casero en el bolsillo de mis pantalones. Es hora de acabar con esto...

—Señor —dice Keith—, ¿la reconoce?

Los ojos azules y llorosos de Walt se posan en mi rostro.

—Estás muerta —susurra.

—No, señor —interviene Keith antes de que yo tenga oportunidad de hablar—. Pero necesita su ayuda. Inmediatamente. Estamos en peligro. Vienen a por nosotros. Por favor. Ayúdenos.

¿Alimentando la paranoia? El enemigo de mi enemigo es mi amigo, y «Ellos» es un enemigo tan poderosos que debemos ser muy buenos amigos, ¿no?

—Rápido —dice Walt—. Seguidme.

Se dirige a zancadas hacia la cabaña de madera y, de repente, hemos pasado de ser sus víctimas a sus nuevos protegidos.

—¿Cómo lo sabías? —le susurro a Keith mientras corremos detrás de un lunático armado con una escopeta.

—Es lo mejor que se me ha ocurrido.

—Si tiene lámparas hechas con piel humana ahí dentro, voy a por él.

—Te seguiré de cerca.

—¿Esto es una cita? —le pregunto a Keith, mientras Walt se acerca ruidosamente a la puerta principal, agarra la mosquitera, que apenas se sostiene, y la abre de un tirón.

—Espero que sí —me responde Keith—. Porque seamos sinceros, esta es una historia increíble que contar a nuestros futuros hijos.

Cruzamos el umbral de la casa de Walt Davies, que puede que también sea nuestra tumba.

No hay luces encendidas. Dado que es un día soleado, esto no debería ser un problema, pero, como era de esperar, las ventanas están tapadas con unas gruesas cortinas polvorientas. Me golpeo la espinilla y luego la rodilla; hay trastos por todas partes.

Walt se aproxima a la ventana más cercana.

Corre el borde de la cortina, que parece estar hecha con retales de mantas militares, y echa un vistazo afuera.

Murmura algo y luego cruza rápidamente al otro lado de la abarrotada habitación.

Más vistazos al exterior, más murmullos.

Luego desaparece por el pasillo, dejándonos a Keith y a mí solos en la cabaña.

Ahora que mis ojos se están acostumbrando a la penumbra, puedo distinguir los detalles.

Estamos en la sala principal, que alberga una enorme chimenea de piedra justo enfrente de nosotros y una zona de comedor bastante más pequeña a nuestra derecha.

La cocina cuenta con un fregadero de bomba y una vieja hornilla de hierro fundido.

Parece que se instaló hace cien años y nunca se ha renovado desde entonces.

La cabaña tiene techos bajos, lo que, según tengo entendido, en otros tiempos facilitaba la calefacción del espacio.

Ahora me produce claustrofobia, sobre todo teniendo en cuenta que cada centímetro cuadrado está lleno de muebles rotos, montones desordenados de periódicos y, por supuesto, una enorme cabeza de ciervo apolillada colocada sobre la repisa de la chimenea.

— Te lo repito, como vea algo de piel humana ... —le susurro a Keith.

Él me aprieta la mano.

Walt regresa.

—No los veo. Por ahora, estamos a salvo. ¿Por qué estáis aquí? ¿Qué habéis visto? ¿Dónde habéis estado?

Sigue llevando la escopeta a un costado. Debería intentar desarmarlo, pero ya he lidiado antes con personas asustadas y con la fuerza que les confiere ese estado. No será fácil. Y por el momento, en vista de que somos nosotros contra ellos, quizá sea mejor seguirle el juego.

—Nos perseguían —digo vagamente—. Nuestro quad se ha quedado sin gasolina. Hemos venido hasta aquí corriendo en busca de ayuda.

Walt asiente con seriedad, como si todo eso tuviera sentido.

— Las montañas no son lugar para una chica — dice con gravedad — . Ni siquiera aunque vaya acompañada de su novio. Corren tiempos difíciles. Ya es bastante peligroso durante el día; será mejor que no te pille la noche.

—¿Qué ocurre por la noche? —pregunta Keith.

—Las colinas cobran vida —susurra Walt—. No es seguro. No es nada seguro.

Me mira con tanta intensidad que tengo que resistir el impulso de apartar la vista.

Despacio, extiende una mano manchada por la edad, como si fuera a acariciarme la mejilla.

O para asegurarse de que soy real y no un fantasma de su pasado.

Retrocedo automáticamente y golpeo la caja que hay detrás de mí, haciendo que la mitad del contenido de la habitación caiga al suelo como en una cadena de fichas de dominó.

Keith intenta recoger lo que puede. Yo sigo mirando a Walt Davies, que juraría que tiene lágrimas en los ojos.

—No importa —dice, mientras Keith intenta recogerlo todo—. Ya lo hago yo luego. Así tengo algo que hacer por la noche.

—¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí? —le pregunto.

—Toda mi vida.

—¿Tiene familia?

—Tenía una hermana. Ya no está. Tenía una mujer. Un hijo. Tampoco están. Estos bosques no son seguros.

—¿Por eso tiene esos focos nuevos?

—Nunca se es demasiado precavido.

—¿Cuándo fue la última vez que los vio... a ellos? —me atrevo a preguntar—. ¿Se acercaron a su propiedad?

Walt me mira entrecerrando los ojos. Hay una astucia especial en su mirada. Una vez más, siento una horrible sensación de déjà vu.

—¿Por qué debería decírtelo?

—¿Estoy muerta?

Ahora ya no hay duda: los ojos de Walt Davies se llenan de lágrimas. Dos de ellas recorren sus mejillas ásperas.

— Volví a por ti — dice con voz ronca — . ¡Lo juro!

Antes de que pueda siquiera pensarlo, digo: — Lo sé. — No entiendo lo que me está diciendo, pero su consternación me duele — . Debería haberlo esperado.

—Hice una promesa. Tenía intención de cumplirla.

—Señor Davies —interviene Keith—, ¿qué hay en el cobertizo? No he podido evitar fijarme... Menudo candado.

—¿Por qué? ¿Qué has oído? —Como si nada, la astucia desaparece y la sustituye una paranoia desenfrenada.

—Yo... Es que me preguntaba si ese podría ser un lugar más seguro para, ya sabe, esconderse. De ellos.

—Lo sabes ¿verdad? Alguien se fue de la lengua, alguien lo contó. Quieres lo que yo tengo. —Antes de que ninguno de los dos pueda pestañear, la escopeta apunta al pecho de Keith—. ¡No puedes tenerlo!

— ¡Por favor, Walt, por favor!

Sin pensarlo, poso la mano en su brazo y pongo una voz lo más aguda y femenina posible.

Funciona, su atención vuelve a centrarse en mí.

Soy alguien para él. No estoy segura de quién.

¿Hermana, mujer, novia? Pero soy alguien importante, tal vez incluso alguien a quien él amaba, que ha regresado de entre los muertos.

El principio más básico de la supervivencia: utiliza lo que tienes.

— Tengo miedo... — susurro. Me siento como la heroína ligera de ropa de una película de terror.

Walt se centra en mí mientras Keith respira entrecortadamente.

—Esto está muy oscuro —continúo—. No me gusta la oscuridad.

Walt duda, con la escopeta aún apuntando a Keith, pero con la atención puesta en mi rostro.

No puedo leer ninguno de los pensamientos que atraviesan sus ojos tristes, sus mejillas hundidas.

Me pregunto cuánto tiempo hace que se marcharon su mujer y su hijo.

Cuánto tiempo lleva solo en esta gigantesca propiedad, colocando alambre de púas, instalando focos y esperando a que las montañas ataquen.

Ya no le tengo miedo. Somos almas gemelas. Dos personas perdidas en las sombras, preparándose para lo peor. Nunca más volveremos a sentirnos seguros.

—Todos lo quieren —dice con seriedad—. Si te lo enseño..., no puedes contarlo. No puedes compartir lo que veas. Todos quieren mis secretos. Lo que hace que crezca tan rápido. Tan verde.

¿Crecer? Por fin lo entiendo. Lo que nos ha traído aquí en primer lugar. Walt cultiva marihuana. Es probable que eso sea lo que hay en el cobertizo, su plantación. Lo que también explicaría todos los caminos que salen de la propiedad, para los envíos en mitad de la noche.

Walt nos lleva a la puerta principal. Mira a un lado, mira al otro, y luego nos empuja a través del patio abierto hacia el enorme cobertizo.

Nos pegamos al costado del edificio, manteniéndonos fuera de la vista de...

¿Ellos? ¿De los drones? ¿Los fantasmas de las montañas?

Abre el candado con una llave que lleva en una larga cadena alrededor del cuello.

Tiene que dejar la escopeta para empujar la pesada puerta corredera. Ni Keith ni yo nos movemos. Contenemos la respiración, preparándonos para encontrarnos con una jungla de marihuana que solo contribuirá a que nuestro día sea todavía más surrealista.

Lo que hace que nada tenga sentido cuando Walt entra en el cobertizo, cálido y húmedo, enciende las luces del techo y declara con orgullo: —Sí, señor. Cultivo el producto más puro de toda Georgia. Contemplad los microvegetales de Davies.