CAPÍTULO 23
KIMBERLY
Después de hablar con el alcalde Howard sobre el supuesto trasplante ilegal de riñón de su mujer, Kimberly fue al baño principal, donde, en efecto, encontró una fila de frascos de medicamentos con el nombre de Martha Counsel.
Una rápida búsqueda en Internet reveló que la mayoría de las pastillas eran medicamentos antirrechazo, que debían tomarse «siempre que el órgano trasplantado siguiera en funcionamiento».
Kimberly regresó a la habitación en la que la mujer se había ahorcado.
D. D. seguía allí, supervisando el levantamiento del cuerpo por parte del equipo forense.
Como en todos los ahorcamientos, el forense había dejado la soga en su sitio.
El análisis del nudo sería una parte importante del informe final, ya que ayudaría a determinar si la muerte había sido un suicidio o un asesinato.
Por el momento, Kimberly tenía una muerte sospechosa, que técnicamente era competencia del sheriff, no de la unidad especial federal.
Sin embargo, dudaba que el sheriff Smithers fuera a rechazar la ayuda externa en ese caso, sobre todo porque la muerte de Martha Counsel tenía que estar relacionada con los cadáveres que habían recuperado. Era imposible pensar lo contrario.
D. D. le presentó al médico forense, el doctor Dale Cabot, y luego a su delgado asistente, Arnold Cabot. Al parecer, el negocio forense quedaba en familia.
—¿Qué me puede decir? —preguntó Kimberly, mostrando su credencial.
—Puedo decirle que tomarse una taza de café cada mañana es estupendo para la salud —respondió el doctor Cabot con ironía, mientras ayudaba a su hijo a bajar lentamente a Martha Counsel a la camilla que la esperaba—. Y estoy deseando tomarme una.
Se lo merecía por pedirle una opinión antes incluso de que el cuerpo estuviera en la camilla. Aun así, Kimberly levantó una mano.
—Espere un momento.
Se detuvo junto a la camilla. La bata de seda bordada de Martha permanecía abierta por delante, pero el chico, Cabot junior , le había alisado respetuosamente el largo camisón blanco. No había una forma delicada de hacer lo que iba a hacer.
—Nos han asegurado que a esta mujer le hicieron un trasplante de riñón —dijo Kimberly—. Dadas las circunstancias, tengo que comprobarlo.
El doctor Cabot dio un paso atrás, indicándole con un gesto que hiciera lo que debiera. Su hijo, por su parte, la miró con los ojos muy abiertos.
A Kimberly nunca le había gustado esa parte.
Le parecía intrusivo ponerse un par de guantes para luego levantar el dobladillo del camisón de una mujer fallecida para inspeccionar mejor el cuerpo.
Se disculpó mentalmente mientras subía el camisón de Martha por encima de sus muslos, dejando al descubierto una sencilla ropa interior blanca con discretos bordes de encaje y, finalmente, su torso desnudo.
Allí, en el lado izquierdo, había una gran cicatriz quirúrgica, todavía arrugada y de color rosa oscuro después de todos esos años.
—¿Esa cicatriz encaja con un trasplante de riñón? —preguntó Kimberly.
—Eso parece. Podré decirle más una vez que la abra.
Kimberly asintió y le mostró la foto que había tomado con su teléfono móvil de los frascos de medicamentos.
—¿Y estos medicamentos?
El forense tomó el teléfono y amplió la foto hasta que distinguió todas las etiquetas.
—Todos son medicamentos comunes para prevenir un rechazo, compatibles con alguien que ha recibido un trasplante de órgano.
Le devolvió el teléfono.
—¿Conocía a un tal doctor Gregory Hatch? —preguntó D. D., acercándose a ellos.
—¿El doctor Hatch? Falleció hace años.
—¿Habría estado cualificado para realizar un trasplante de riñón?
—Como cirujano general, sí, pero la UNOS, la Red Unida para Compartir Órganos, podría darle más información. Debería tener un informe completo.
—Suponiendo que el órgano procediera de la UNOS —dijo D. D. con tono tranquilo.
El doctor Cabot las miró fijamente. Luego volvió a mirar el cadáver, con la cinta roja de la bata anudada alrededor del cuello.
—No comprendo por qué alguien se habría tomado tantas molestias para vivir —dijo—, solo para rendirse ahora.
—¿Culpa? —sugirió Kimberly.
—El doctor Hatch que yo conocía... Yo no sacaría conclusiones precipitadas. Sobre todo teniendo en cuenta que el hombre ya ni siquiera puede defenderse.
—¿Quién podría tener acceso a su historial médico? —preguntó Kimberly.
—El doctor Hatch era un médico privado. Tras su muerte, se debió informar a sus pacientes y se les tuvo que dar la oportunidad de transferir sus historiales a un nuevo médico de su elección.
Kimberly intercambió una mirada con D. D. ¿Guardaría un médico los historiales de una cirugía ilegal? Y, sin embargo, Martha seguía necesitando cuidados continuos, así como medicamentos.
—¿Quién se habría encargado de transferir los historiales? —preguntó D. D.
—La asistente del doctor Hatch. Lo siento. La conozco, pero no consigo recordar su nombre.
—Amy Frankel —respondió su hijo.
Kimberly y D. D. lo miraron.
—Rubia, guapa —dijo el chico—. ¿Cómo no iba a recordarla?
«Tiene sentido», pensó Kimberly. D. D. ya estaba anotando el nombre. Kimberly volvió a la foto de los medicamentos de Martha Counsel. Allí, en la etiqueta inferior izquierda, vio el nombre del médico que los había recetado.
—Doctor Dean Hathaway —leyó—. ¿Lo conoce?
—No. Pero mantener la salud del riñón trasplantado era de vital importancia, por lo que es muy posible que la señora Counsel estuviera viendo a un nefrólogo de fuera de Atlanta.
Kimberly asintió y pasó a la cinta de seda roja que seguía atada al cuello de Martha.
Distinguía unos hematomas por encima de la tela, causados por la presión del ahorcamiento en el cuello.
Kimberly había visto casos en los que alguien había estrangulado con sus manos a una víctima y luego había intentado encubrirlo simulando un ahorcamiento.
Sin embargo, en esos casos, los dedos del atacante dejaban un patrón distintivo en la garganta de la víctima que siempre terminaban por delatar al asesino.
Por el momento, no veía nada parecido. Claro que podría ver más una vez que se retirara la cinta.
Si esa muerte parecía a todas luces un suicidio, ¿por qué se sentía tan inquieta?
Se alejó de la camilla, agradeció al forense su tiempo y le indicó que tanto él como su hijo podían marcharse.
—No me gusta —dijo D. D. en cuanto desaparecieron por el pasillo.
—Nos han entrenado para ser desconfiadas —dijo Kimberly—. Eso no significa que todo el mundo intente engañarnos.
—Sí, bueno, pero mi nueva amiga ha dejado caer esto. —D. D. mostró un trozo de papel.
Kimberly miró el dibujo. Era un boceto apresurado de una figura negra y corpulenta con ojos rojos brillantes.
—Eso es... ¿qué? ¿El hombre del saco?
—Creo que es un monstruo.
—¿La niña te ha dado un dibujo de un monstruo? ¿La sobrina del alcalde?
—Lo ha tirado al suelo cuando él no miraba. No puede hablar, pero está intentando decirnos algo.
—¿Que lo hizo el hombre del saco?
—O su amigo, el diablo.
Kimberly reflexionó sobre el asunto. No entendía el dibujo y, en vista de la corta edad de la chica y de la lesión cerebral que padecía, ni siquiera estaba segura de que pudiera considerarse una testigo creíble. Por otro lado, tampoco es que tuvieran mejores hilos de los que tirar.
—De acuerdo, hablemos con ella.
Kimberly se giró hacia la puerta. D. D. la agarró del brazo.
—Espera. Es menor de edad. Necesitamos el permiso del alcalde para interrogarla.
—Se lo pediremos. Si se niega, parecerá sospechoso. Ya sabes cómo va esto: cuando se ven en apuros, muchos culpables acceden a cosas que no deberían.
—No quiero involucrar a la chica más de la cuenta. No creo que sepamos todo lo que está pasando aquí.
—No me digas.
—La imagen transmite miedo. Puede que no lo entendamos, pero tenemos que respetarlo.
Solo Dios sabía lo cansada que estaba Kimberly. Se frotó las sienes y deseó estar de nuevo al teléfono, hablando con su marido, poniéndose al día con sus hijas. Respiró hondo. Ese era su trabajo y le encantaba. Casi todo el tiempo.
—De acuerdo. Entonces, nuestra mejor baza es... interrogarla sin ponerla en el foco.
—¿Cuál es el plan?
—Informaremos al alcalde Howard de que necesitamos interrogar a todas las personas que estaban en el edificio anoche. Invitados, personal, a todos. Le pediré al sheriff Smithers que se encargue de los invitados, mientras que tú y yo nos ocupamos del personal.
D. D. asintió.
—No sé si el alcalde Howard nos dará permiso para hablar con su sobrina a solas. Supongo que se escudará en que ella no puede hablar y en que él debe estar presente para ayudarla a comunicarse.
—Reuniremos al personal y hablaremos con ellos en grupo.
Así, la amenaza parecerá menor y al alcalde Howard le resultará más difícil negarse sin llamar la atención innecesariamente.
Su sobrina no estará sola; además, el resto del personal debe ser capaz de comunicarse con ella de alguna manera.
De lo contrario, ¿cómo habrían podido trabajar juntos todos estos años?
Yo haré las preguntas. Tú estate atenta a sus dedos en caso de que use tu sistema de codificación especial y veremos qué conseguimos.
—Me gusta.
—Por supuesto. Soy brillante. Por eso nos llevamos tan bien.
—Y por eso vamos a atrapar al hijo de puta que está dejando un rastro de mujeres muertas por todo el pueblo —asintió D. D.
Al alcalde Howard no le entusiasmaba la idea de que tuvieran que interrogar a todas las personas presentes en el hotel durante la noche anterior.
Intentó defender el derecho a la privacidad de sus huéspedes y la necesidad del personal y la suya propia de llorar su pérdida.
Sin embargo, el sheriff se mantuvo firme y, al verse privado del apoyo de la autoridad local, el alcalde no tuvo otra opción que aceptar.
El sheriff Smithers envió a un agente a despertar a las cuatro parejas que habían pasado la noche allí.
Kimberly anunció que ella y D. D. se encargarían de interrogar al personal, que se encontraba reunido en la cocina, esperando noticias.
Mientras tanto, necesitaba que el alcalde identificara qué ordenador o tablet podría haber utilizado su mujer para escribir su nota de suicidio.
La petición provocó otro intenso escalofrío en el encorvado cuerpo del alcalde. Este inclinó la cabeza y volvió a luchar por recuperar el aliento. El hombre parecía realmente angustiado. Como si fuera la peor noche de su vida. Como si aún no pudiera creer que su mujer estuviera muerta.
—Se ha ido —dijo—. Martha, mi mujer, mi compañera, mi mejor amiga. Treinta años... Ahora no me queda ninguna esperanza.
Su tono era tan fatalista que a Kimberly se le heló la sangre.
Ella se arrodilló junto a la mesa, a su lado.
—Siento mucho su pérdida.
—La quería.
—Lo entiendo.
—Hice lo que ella quería.
—Lo sé.
—Solo quería que estuviera sana. Y lo estaba. Y, por Dios, no hice ninguna pregunta. Nunca pensé lo que costaría. Si yo no pude donárselo, ¿cómo consiguió el riñón al final?
—Alcalde Howard, necesito que vaya con el sheriff Smithers. Él lo ayudará a encontrar el ordenador de su mujer. Es importante. Necesitamos su colaboración para concluir nuestra investigación. Sé que es difícil. Solo una o dos horas más y nos marcharemos. ¿Quién está a cargo del personal?
—Mi mujer... —El alcalde se detuvo—. Cocinera. Ahora está en la cocina. Preparando el desayuno, seguro.
Kimberly se puso de pie.
—Sheriff —lo instó, indicándole que era hora de llevarse al alcalde.
Smithers lo entendió. Puso la mano en el hombro del alcalde; ambos parecían igual de derrotados.
Kimberly lo comprendía. Smithers era el sheriff del condado, no el sheriff del pueblo, pero esa seguía siendo su gente.
Era obvio que conocía personalmente al alcalde y a Martha Counsel.
Ese tipo de casos, en los que los problemas te afectaban tan de cerca, nunca eran fáciles.
El alcalde Howard se puso de pie temblorosamente y siguió al sheriff fuera de la sala de desayuno.
Junto a Kimberly, D. D. asintió, reconociendo el trabajo bien hecho.
Y, sin embargo, ¿cómo podía explicar Kimberly la sensación de inquietud que se apoderaba de ella?
Tenían una confesión: una mujer que se había suicidado porque se arrepentía de haber aceptado un riñón que era probable que se le hubiera sustraído a una de las víctimas encontradas en el bosque.
Habían encontrado material médico en la fosa común —la vía intravenosa— que respaldaba aún más esa teoría.
Tenían cuatro víctimas. Quizá todas ellas habían sido utilizadas de la misma manera: donantes involuntarias en cirugías ilegales realizadas por un médico fallecido hacía ocho años.
La cirugía ilegal explicaba los cadáveres, explicaba sus cronologías.
Probablemente incluso explicaba la fosa común: tres operaciones realizadas a la vez.
¿En qué convertía eso a las víctimas, en residuos médicos?
La naturaleza humana nunca dejaba de decepcionar. Cuando creías que lo habías visto todo, siempre aparecía alguien que había hecho algo peor.
Pero las palabras del forense la atormentaban: esa mujer deseaba tanto vivir que había recurrido a una cirugía ilegal. ¿Por qué habría decidido acabar con todo ahora de repente?
—¿Preparada? —preguntó D. D.
—Todo lo que se puede estar.
D. D. señaló la puerta batiente que conectaba con la cocina.
—No hay mejor momento que el presente. —Atravesó las puertas con decisión. Kimberly le iba a la zaga.
—Hola, Cocinera. Tenemos algunas preguntas para ti.