CAPÍTULO 22 #3
No aparece ningún perro rabioso corriendo de la nada. No suena ninguna alarma estridente. No pasan balas volando junto a mi cabeza. Solo el sonido de la trituradora de madera, profundo y gutural, mientras tritura... algo.
Me late el corazón a toda velocidad. Tendríamos que haberle dejado un mensaje a D. D. O testamentos para nuestros seres queridos. Ahora ya es demasiado tarde.
Nos arrastramos hacia la primera estructura en ruinas. De nuevo, percibo un olor a descomposición. ¿Es eso lo que me provoca esa intensa sensación de familiaridad? Huele a tierra y a moho; el aroma del abandono, no de la muerte.
Damos la vuelta a la esquina. Una vez más, como si hiciéramos esto a diario, yo voy delante.
Keith se agazapa detrás de mí y abre rápidamente la cerradura de la puerta.
Tiene que forzarla con el hombro, y el chirrido de las bisagras oxidadas nos hace detenernos en seco.
Sea cual sea el uso que se le da a este edificio, está claro que lleva mucho tiempo sin utilizarse.
La trituradora de madera sigue zumbando en la distancia.
Keith se adentra en el cobertizo. Tengo la ropa empapada en sudor y estoy pensando en entrar corriendo detrás de él, navaja mariposa en mano, cuando regresa.
—No hay nada —susurra, y ambos nos pegamos a la pared del edificio.
—Define nada .
—Herramientas oxidadas. Botellas de vidrio antiguas. Cosas que les encantarían a nuestros abuelos. Está hasta arriba. Créeme, nadie va a esconder nada ahí dentro en mucho tiempo.
Lo miro con el ceño fruncido.
—¿Estamos tratando de encontrar a un asesino en serie y nos topamos con un Diógenes en potencia?
—Eh... más o menos.
El siguiente edificio al que nos acercamos no necesita más inspección.
Un gallinero, como Keith sospechaba. Eso nos deja los dos edificios más grandes.
El de nuestra derecha parece ser un viejo granero de dos pisos, de los que tienen una puerta corredera en la parte superior para cargar fardos de heno en el desván.
Mientras que, justo delante, se alza una cabaña de madera de baja altura que parece inclinarse algo hacia la derecha.
Tiene un porche delantero coronado por una lavadora destartalada y una secadora igualmente decrépita.
Junto al granero hay un tractor, el típico John Deere de color verde. Claramente es uno de los elementos más nuevos de la propiedad. Por lo demás, solo hay un terreno abierto entre nosotros y el granero. Vuelvo a fijarme en los focos, relativamente nuevos.
Tengo la sensación de que hay algo obvio que se me escapa. ¿Cámaras? ¿Trampas?
El granero parece tan deteriorado como los cobertizos. El techo está casi cubierto de musgo. Las pequeñas ventanas altas van a juego: suciedad y más suciedad.
A lo lejos, la trituradora de madera vuelve a rugir. Entonces, de repente, como si no pudiera dar otra mordida, el zumbido se detiene. El motor se apaga. Toda la propiedad queda en silencio.
Siento que Keith se estremece a mi lado. No lo culpo. El ruido de la trituradora era siniestro. Pero el silencio...
El silencio es peor.
¿Qué me he perdido? Soy imprudente y agresiva, pero también tengo experiencia. Y todos los instintos que me han mantenido viva hasta ahora están gritando. Abortad la misión. Retirada. Corred mientras podáis.
Sé que Keith siente lo mismo. Pero ¿a dónde podemos ir? Estamos escondidos en el único refugio disponible: el lado oculto de un cobertizo en ruinas. Entre nosotros y el bosque no hay nada más que campo abierto.
Pienso en el granero. Si pudiéramos meternos dentro, encontrar un lugar donde escondernos.
Entonces lo entiendo. Lo que he visto pero no he registrado. No solo la iluminación de los edificios es nueva: en los tiradores de las puertas del granero hay una cadena, gruesa y moderna, y un candado, ambos completamente desprovistos de óxido.
El granero no es nuestro refugio. El granero es exactamente lo que no debemos ver.
Sigo intentando calcular cómo salir de este lío cuando, de repente, juraría que el bosque cobra vida. En un momento estoy calculando la distancia entre el cobertizo y los árboles y al siguiente tengo ante mí a un hombre que parece un auténtico espantapájaros.
Alto, demacrado, con cabello gris ralo y despeinado y una fuerza nervuda que recorre sus extremidades demasiado delgadas.
Walt Davies, quien claramente se ha dado cuenta de que tenía compañía y ha recorrido el perímetro para acercarse con sigilo a nosotros.
Sostiene una escopeta, con la que nos apunta.
Levanto las manos. A mi lado, Keith hace lo propio.
Respiro hondo y salgo a la luz del día, avanzando un metro hacia él. Keith se mantiene a mi lado. Si vamos a morir, al menos lo haremos juntos.
—Lo siento —empiezo a balbucear—. Lo siento mucho. Nos hemos perdido, nuestro quad se ha quedado sin gasolina, por favor, señor, ¿podemos usar su teléfono?
El anciano responde de la manera más inesperada posible.
Baja el cañón de la escopeta. Me mira con los ojos desorbitados.
—¡No! —grita—. No puedes ser tú. ¡Estás muerta! ¡Muerta, lo juro! ¡Muerta, muerta, muerta!