Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—Es mi hijo —anuncia Bill con orgullo, acercándose para entregarme mi casco—. Su primera presa.

—Ya veo —digo, porque, desde mi condición de cazadora, ¿quién soy yo para juzgar?

Keith se une a nosotros y mira la foto con más aprensión.

—¿Es tu familia? —pregunta, señalando la foto en la que posa una familia de tres.

El joven Bill está a la izquierda, su hijo en el medio, pero ahora es un adolescente larguirucho que le saca una cabeza a su padre. Por descarte, la mujer de cabello oscuro sentada en el sillón orejero frente a ellos debe ser la mujer y madre.

—Es muy guapa —le digo a Bill.

—Gracias —responde él—. Llevamos casados casi cuarenta años. Cómo pasa el tiempo.

Algo en su voz me hace mirarlo con cierta sospecha.

¿Melancolía? ¿Resignación? Vuelvo al retrato.

La mujer es muy guapa, tanto que casi resulta inquietante.

Ahora me doy cuenta de que no está mirando a la cámara, sino a través de ella.

Hay algo en sus ojos; parecen vacíos, como si estuviera posando para la sesión de fotos, pero sin estar realmente allí.

Me pregunto si fue idea suya contratar al fotógrafo, inmortalizar un último recuerdo antes de que su hijo adolescente abandonara el nido.

—¿Tu hijo también trabaja en la tienda? —pregunta Keith.

—No, no le interesa el negocio familiar.

Como la mayoría de los chavales de por aquí, se marchó en busca de pastos más verdes en cuanto tuvo la oportunidad.

El pueblo es demasiado pequeño, no hay suficientes oportunidades laborales a menos que quieras trabajar en turismo, turismo o turismo.

A los padres nos encanta criar a nuestros hijos en una comunidad tan unida.

Para los chicos, en cambio... —Bill se encoge de hombros con tristeza—.

Nuestros hijos se marchan a las grandes ciudades, mientras que nosotros contratamos a jóvenes de las grandes ciudades para trabajar en nuestros negocios. Es irónico, supongo.

—¿Quién es ese? —pregunto, señalando otra foto de Bill en la que estrecha la mano de un señor mayor con un traje verde menta.

—Es el alcalde. El alcalde Howard. Gané el premio al negocio del año hace cinco años. Él me entregó el galardón.

Keith y yo intercambiamos miradas. A juzgar por la expresión de Bill, aún no se ha enterado de la tragedia ocurrida en la casa del alcalde.

—¿El alcalde y tú sois buenos amigos? —pregunta Keith.

Encogimiento de hombros.

—Nos conocemos, claro. Creo que es un buen alcalde.

Él y Martha han hecho mucho por impulsar los negocios en nuestra comunidad.

Hace diez años pasamos por una época difícil.

Sufríamos en comparación con ciudades como Dahlonega, que mantiene el encanto de antaño, pero con la ventaja de los balnearios, las catas de vino y las visitas a las minas de oro.

Debo decir que llegué a pensar que tendríamos que cerrar.

Pero el alcalde Howard invirtió mucho dinero en reformar el Mountain Laurel, y transformó la posada histórica en un refugio de lujo para recién casados y ejecutivos.

Luego consiguió que Dorothea, la secretaria municipal, creara una página web completamente nueva del pueblo, por no hablar de la campaña que hizo en todas esas plataformas de redes sociales.

Una vez al mes, Dorothea visita los negocios y nos saca fotos espontáneas para atraer a más turistas.

Hablando de eso, ¿una foto? —Bill saca el móvil y nos mira, esperanzado.

—No, gracias.

Se encoge de hombros y se guarda el teléfono en el bolsillo.

—Bueno, para responder a tu pregunta, el alcalde ha hecho mucho por nuestra comunidad. Ahora viene mucha gente aquí. Es bueno para la economía, y para el pueblo.

Keith y yo asentimos y nos despedimos.

Según nuestro acuerdo, hoy le toca conducir a Keith.

Eso me deja a mí a cargo de la navegación, pero también, y lo que es más importante, de estar atenta a las cámaras de vigilancia y las trampas contra intrusos.

Ya hemos identificado una línea de crestas que recorre parte del límite de la propiedad y un barranco junto a otra parte de esta, lo que constituye una defensa natural.

Eso nos deja otras seis opciones, así que, como es evidente, vamos a optar por la séptima: aparcar justo en la linde de la propiedad, en el camino para quads, y atravesar el bosque a pie. Keith tiene su aplicación de brújula y está deseando usarla.

Diviso el primer obstáculo casi inmediatamente después de bajarnos del quad.

Alambre de púas, enredado entre los árboles sin orden ni concierto.

Está viejo y oxidado, pero sigue siendo muy afilado.

Llevo una navaja multiusos Leatherman en el bolsillo.

Inspecciono las ramas de los árboles sobre nuestras cabezas en busca de cámaras de vigilancia y los arbustos que nos rodean a la altura de las rodillas en busca de cámaras de caza sensibles al movimiento.

Descubro dos con un simple vistazo. Walt Davies está tan paranoico como sospechaba.

Hago un gesto con la mano, indicándole a Keith que debemos avanzar. Recorremos otros quince metros hasta un punto en el que un espeso arbusto nos dificulta la vista. Varios cortes con la Leatherman más tarde, superamos el primer obstáculo.

Caminamos en silencio. Keith mira la aplicación para determinar la dirección, yo voy delante.

Casi espero que una red oculta en el suelo nos eleve por los aires, que el suelo se abra y caigamos en un foso lleno de púas o incluso que alguna vieja trampa para osos nos arranque una extremidad.

En cambio, nos acercamos cada vez más, con el sudor goteando por nuestras frentes y empapando nuestras camisetas.

Al contrario que Keith, no llevo mochila, así que vuelvo a encomendarme a los innumerables bolsillos de mi sudadera y mis pantalones cargo.

Por desgracia, hace demasiado calor para llevar tantas capas y no tardo en envidiar a Keith y sus tejidos de alta tecnología que absorben la humedad.

Me detengo bruscamente y levanto un puño. Como si lleváramos años haciendo esto, Keith se detiene de inmediato y se agacha. Señalo a través de los árboles, donde podemos ver el primer edificio.

Un granero viejo y desgastado, podrido en la base y con un techo maltrecho. Las ventanas están tan cubiertas de suciedad que sería imposible ver el interior aunque estuviéramos justo al lado, y mucho menos desde esta distancia.

El edificio parece abandonado. Al verlo, me invade una sensación de déjà vu, aunque no sé muy bien por qué. Al igual que con el sótano enmohecido donde me retuvieron una vez, hay algo triste en este lugar, algo desamparado.

No me cuesta imaginarme a chicas secuestradas en este edificio. Puedo ver los cadáveres abandonados bajo esas tablas putrefactas. Puedo imaginar que esto fue lo último que vio alguien como Lilah Abenito.

La distancia entre la casa de Walt y las tumbas es de menos de diez kilómetros. Se puede recorrer fácilmente en un quad; además, hay tres senderos que conectan su propiedad con Laurel Lane.

Pero... ¿por qué iba a deshacerse de los cadáveres en la montaña cuando tiene tanto espacio privado a su disposición en su propio terreno privado? ¿Un terreno al que puede controlar el acceso y reducir las posibilidades de que alguien se tope por casualidad con su obra?

Siento que entiendo algo, pero no lo suficiente. Y por eso, claro, estamos aquí.

Reanudo mi inspección del perímetro, donde el bosque clarea y da paso a una mezcolanza de estructuras.

Diviso cuatro o cinco focos; supongo que son sensibles al movimiento, aunque no serán muy eficaces teniendo en cuenta la luz que irradia el sol de media mañana.

Lo que me llama la atención es que las luces parecen nuevas, con soportes metálicos relucientes que se han fijado a unas paredes que claramente se construyeron hace décadas.

Hago una pausa e inclino la cabeza hacia un lado. Oigo el rugido de un motor, seguido de un característico sonido chirriante.

Me giro con los ojos muy abiertos hacia Keith, justo a tiempo para que él asienta con la cabeza.

—Una trituradora de madera —murmura.

—Genial. Esto parece sacado de Fargo, joder .

Keith se encoge de hombros. ¿Estoicismo? ¿Fatalismo? Se me ocurre que esto es probablemente lo más estúpido que he hecho nunca, y teniendo en cuenta cómo he pasado los últimos seis o siete años, es mucho decir.

No veo más cámaras ni señales de vida. El ruido a lo lejos cubre nuestros movimientos, así que dejo atrás el bosque y entro en la propiedad.