CAPÍTULO 22
FLORA
Como no soy de las que duermen mucho, me paso la mayor parte de la noche dando vueltas.
Poco después de las cuatro de la madrugada, oigo un alboroto en el pasillo y salgo de mi habitación justo a tiempo para ver a D.
D. salir de la suya. Me pone al corriente de la situación en casa del alcalde.
Luego, ella y Kimberly desaparecen tras las puertas del motel para hacer su trabajo policial, dejándome atrás.
Tardo otra hora más en reunir el valor necesario.
Ojalá pudiera explicarlo, aunque fuera a mí misma, pero no puedo.
¿Enfrentarme a un violador? Hecho.
¿Adentrarme en un callejón oscuro donde un presunto depredador ataca a sus presas? Fácil.
¿Entrar corriendo en un edificio en llamas para enfrentarme a un asesino, salvar a una mujer embarazada y seguir la pista de un pirómano? Sin problema.
¿Llamar a la puerta del apuesto hombre que se aloja en la habitación contigua a la mía...?
Camino de un lado a otro por el vestíbulo desierto. Deambulo por el pequeño comedor, que a estas horas de la mañana está desprovisto de luces, café e incluso Pop-Tarts. Al final, vuelvo al pasillo y me digo a mí misma que soy valiente, que soy fuerte, que soy una superviviente.
Estoy temblando cuando me planto ante la puerta de Keith. Levanto la mano para llamar. Pienso en mi amiga Sarah, que ha vuelto a la universidad y ahora tiene novio. Pienso en cómo se le ilumina la cara cuando habla de su vida. De sobrevivir a prosperar.
Ella lo ha conseguido. Yo también puedo.
Sigo aquí de pie, paralizada, con el puño en el aire cuando la puerta se abre. Aparece Keith, completamente vestido y para nada sorprendido de verme.
—Kimberly y D. D. se han ido —dice.
Bajo la mano despacio.
—Ha habido una muerte. La mujer del alcalde. Se ha ahorcado.
—¿Suicidio o asesinato?
—Eso es lo que están tratando de averiguar.
Keith me mira con el ceño fruncido.
—¿Qué implica eso para nuestro plan de hoy?
Respiro hondo. ¿Pensará que estoy loca? Por otra parte, Keith se ha mostrado muy comprensivo hasta ahora.
—Quiero alquilar otro quad —le digo—. Quiero visitar al tipo del que hablaban anoche, el solitario. Walt Davies.
—¿El tipo que dispara a los policías nada más verlos?
—Nosotros no somos policías.
Keith arquea una ceja.
—Somos intrusos. Un tipo que no tiene reparo en disparar a un policía probablemente tampoco lo tenga para disparar a los intrusos.
—Entonces, seremos intrusos que tendrán que hablar muy muy rápido.
Keith no dice que no. En cambio, me mira pensativo durante un momento
—¿Por qué?
—No lo sé. Necesito hacer algo. Y esto... —Frunzo el ceño, no sé cómo expresarlo con palabras. Desde que oí el nombre de Walt Davies anoche, se me ha quedado grabado en la cabeza. ¿Porque lo he oído antes? ¿O porque tengo una fijación con los solitarios locos?
Al final, digo:
—Ayer, D. D. nos hizo probar la comida local por si sonaba la flauta. Pero Jacob tenía otras preferencias.
—Drogas y alcohol —completa Keith.
—Exacto. Si este tal Walt Davies vende alcohol ilegal y hierba, es muy probable que Jacob lo conociera. Sobre todo teniendo en cuenta su reputación de ermitaño. Mejor aún para Jacob.
—Tiene sentido. Pero el sheriff dijo que iba a enviar a dos de sus ayudantes para hablar con el tipo. Entonces, ¿por qué nosotros?
Lo miro.
—Eso fue antes de la sospechosa muerte de esta mañana.
Apuesto a que todos los agentes que han dormido más de dos horas están ahora asignados a ese caso.
Así que ¿por qué no nosotros? No podemos ayudar en el hotel; pero somos civiles, podríamos ser la opción adecuada para hablar con el esquizofrénico paranoico.
—Y, de repente, vuelvo a estar preocupado.
—¿Te apuntas o no?
Los dos sabemos la respuesta. Keith es Keith. Me seguiría a cualquier parte, incluso hasta una ruta de senderismo que conduce a una tumba en Georgia.
—El sitio de alquiler de quads no abrirá hasta dentro de unas horas —dice por fin.
—Entonces, iremos a un restaurante.
—¿Una última comida?
—Así se habla.
Él sonríe de forma fugaz, lo suficiente como para que no me dé tiempo de pensarlo: me estiro y lo beso en la mejilla. Él gira la cabeza lo justo para recibir mis labios con los suyos. No me aparto. Nos quedamos así, nuestros labios unidos, en una animación suspendida.
Poco a poco, me retiro. Sus ojos azules se han vuelto más oscuros, más difíciles de leer.
—Voy a por mi chaqueta —murmura.
Durante el desayuno, Keith hace su magia con su ordenador mientras yo me como un bol de yogur. Resulta fácil encontrar la dirección de Walt Davies y buscarla en Google Maps. A continuación, Keith consulta la red de senderos para vehículos todoterreno a fin de identificar la conexión más directa.
No consigo decidirme por la mejor estrategia para abordar a un hombre al que describen como un superviviente antigubernamental. ¿Acceder por el camino de entrada con las manos en alto? ¿O acercarse por detrás aprovechando el terreno?
Keith me mira con condescendencia y luego abre Google Earth.
—¿Quieres reconocer el terreno? Esto es reconocer el terreno.
Exclamo los preceptivos «ohs» y «halas» mientras la pantalla de su portátil se llena de imágenes. Valoro Internet como herramienta, pero yo soy una chica pragmática, más dada a mancharme las manos que a teclear. Aun así, Keith es bueno en lo suyo.
Lo primero que descubrimos es que Walt Davies no solo tiene una propiedad, sino que tiene una propiedad enorme.
El terreno parece tener más de ocho hectáreas, y se encuentra alejado de todo.
No solo tiene una casa, sino todo un complejo.
Distinguimos cuatro estructuras casi de inmediato.
Una cabaña de tamaño medio, que probablemente sea la residencia principal; un edificio independiente aún más grande, que podría ser un garaje o un granero; y dos pequeños puntos, que suponemos que son cobertizos.
—Es mucho espacio para un solo hombre —digo, estudiando la distribución de la propiedad mientras me obligo a tragar más yogur.
—Es un terreno familiar —responde Keith.
Tararea mientras sus dedos vuelan sobre el teclado, un friki en su salsa. Ha pedido otra tortilla de claras. Me pregunto si de verdad podría tener una relación con alguien que come comida tan irritablemente saludable.
Me pregunto si de verdad podría tener una relación siquiera.
—La cabaña principal data de 1905. Aquí tenemos el pozo.
—Toca un punto difuso en la vista aérea de la propiedad—.
También funciona como sistema séptico. Un generador.
—Amplía la imagen, desplazándose hacia la izquierda y luego hacia la derecha—.
Gallinas. Así que tal vez ese segundo edificio sea un recinto para cabras u otro ganado pequeño.
Tengo la sensación de que este tipo se enorgullece mucho de vivir fuera del sistema.
—¿Qué es eso?
Señalo una serie de líneas que zigzaguean a través del terreno poblado de árboles.
Aunque Google Earth es muy útil para obtener una visión general del terreno, la imagen se distorsiona cuando Keith la amplía.
Al menos a mí me lo parece. Una vez más, Keith está en su salsa.
Me pregunto si habrá buscado mi dirección en Google Earth, o si habrá utilizado Street View o cualquier otra herramienta con la que se puede espiar a otra persona sin moverse del sofá.
—Creo que son senderos —dice Keith, pensativo—. Quizá para quads, aunque algunos parecen bastante anchos. Quizá sean para tractores o maquinaria pesada.
—Llegan a todas partes. ¿Para transportar troncos? —supongo.
Pero, cuando Keith aleja la imagen, queda claro que no se han talado árboles, al menos no recientemente.
—¿Por qué hay tantos puntos de acceso a un conjunto de edificios? ¿Y por qué todos conducen a diferentes senderos y caminos secundarios? —Miro a Keith. Tiene el ceño fruncido. Prueba a ver el mapa desde diferentes ángulos, frunciendo aún más el ceño.
—No lo sé —dice por fin.
Yo tampoco lo sé, y eso me hace sospechar. Termino mi última cucharada de yogur, recordando las palabras de D. D. de que tengo que cuidarme.
—No quiero presentarme en la puerta principal —le digo a Keith.
Él espera.
—Este tipo vive aislado de la sociedad, ¿verdad? Aunque no nos dispare, si nos acercamos directamente, no va a dejar que dos completos desconocidos invadan su propiedad como si nada.
Quiero ver qué hay en esos edificios. Quiero entender a qué vienen todos esos caminos, entradas y salidas. Luego, quiero hablar con Walt Davies.
—Misión de sigilo. Muy bien, decidamos nuestro punto de entrada.
Bill Benson, el tipo de la tienda de quads, no hace preguntas al vernos por segundo día consecutivo.
Acepta la tarjeta de crédito de Keith, nos pregunta si necesitamos ayuda identificando más senderos y, ante nuestra negativa, parece decepcionado.
En un pueblo pequeño como este, es posible que disponer de información privilegiada sobre una investigación de asesinato sea un símbolo de estatus social.
O tal vez solo saber de primera mano lo que están tramando los forasteros.
No puedo evitar pensar que, en cuanto nos vayamos, se apresurará al bar del pueblo para contarlo todo.
Mientras Bill rebusca en las estanterías para seleccionar los cascos adecuados para nosotros, yo deambulo por el pequeño local de alquiler.
El clásico primer dólar enmarcado cuelga sobre el estante de folletos de atracciones locales, mientras que junto a él hay una selección desordenada de fotos más personales.
Una foto grupal de una decena de personas posando delante de sus quads.
Otra que parece ser de uno de los clubs de quads.
Puedo distinguir a una versión más joven de Bill, el segundo por la izquierda, pero nadie más me resulta familiar.
Luego está Bill posando con su atuendo completo de cazador, con el rifle en la mano, mientras sonríe junto al enorme ciervo que yace tendido en el suelo.
Un niño pequeño se arrodilla junto a la cabeza del ciervo, también con un rifle en las manos.