CAPÍTULO 21 #2
—¿Quiere hacerle preguntas? No puede responder.
¿Cómo puede ser tan cruel? Además, ella no sabe nada.
Cuando he encontrado el cuerpo..., he empezado a gritar.
Ella ha venido. La cocinera también. Puede que sean empleadas, pero también somos una familia.
Todos necesitamos tiempo para llorar nuestra pérdida.
Con los ojos del alcalde clavados en ella, D.
D. no tuvo más remedio que asentir. Le habría encantado seguir presionando, seguir a la chica a la cocina y jugar a su juego particular de un dedo para sí, dos dedos para no.
Pero la realidad era que la chica era menor de edad y su tío era, al parecer, su tutor legal.
D. D. no tenía permiso para seguir adelante con el asunto sin el consentimiento explícito del alcalde Howard.
La chica desapareció tras la puerta batiente. Había colocado la mano izquierda a un lado del cuerpo, pero D. D. no pudo distinguir si estaba estirando algún dedo o no. Con todas las miradas puestas en ella, D. D. se obligó a centrarse una vez más en el alcalde Howard.
—¿Por qué cree usted que había cambiado el ánimo de su mujer?
El alcalde tardó un momento en responder; se quedó mirando el humo que se elevaba desde su taza de café.
—Martha nació con un solo riñón —dijo al cabo de un rato con voz severa—. Hace veinte años, ese riñón empezó a fallar. Martha entró en la lista de espera de trasplantes, pero ya saben cómo va esto. Hay tanta gente que necesita órganos y tan pocos disponibles...
Frente al alcalde, el sheriff asintió con la cabeza para animarlo.
—Buscamos... —El alcalde carraspeó y levantó la vista—. Buscamos opciones en el extranjero. Viajar a otros países donde, por un precio, se pueden realizar este tipo de cirugías. Pero, al poco tiempo, Martha estaba demasiado enferma incluso para eso.
El sheriff volvió a asentir.
—Martha conocía a un médico de la zona, un amigo de la infancia. El doctor Gregory Hatch. Tenía una clínica en Atlanta. Dijo que podía ayudarla.
—¿Cómo? —insistió Kimberly.
El alcalde acarició su taza de café. Ya no los miraba a ninguno.
—Martha me dijo que no hiciera demasiadas preguntas, que era mejor que yo no lo supiera —susurró—.
Pero Gregory recibía un trato de favor en la clínica de salud que hay al norte de aquí.
Martha le hizo una serie de visitas. Pruebas.
Muchas pruebas. —El alcalde sonrió con tristeza—.
Eso no se puede ocultar. Luego, se fue durante un mes.
A un centro de bienestar, según dijo. Los dos sabíamos que estaba mintiendo.
«Pero era mi mujer y la quería. Y quería que viviera. Así que cuando me dio un montón de papeles en los que constaba como «donante», no me lo pensé.
—¿Le donó un riñón a su mujer? —interrumpió Kimberly.
—Firmé unos papeles que decían que iba a donarle un riñón a mi mujer —dijo el alcalde—, pero no pude, no era compatible. Yo lo sabía. Ella lo sabía. En cuanto a los papeles...
—Su mujer recibió un riñón —añadió D. D.—. El doctor Hatch realizó la operación.
El alcalde los miró por fin, con los ojos enrojecidos y agotados.
—Volvió a casa con medicamentos, muchos medicamentos. Los encontrarán en el baño. Medicamentos antirrechazo. Todavía se los tomaba religiosamente. Y desde entonces ha estado sana.
Nadie habló durante un momento. Finalmente, Kimberly tomó la palabra.
—Alcalde Howard, ¿quién le donó el riñón a su mujer?
—No lo sé.
—Pero no fue usted.
—No fui yo.
—Sin embargo, le hicieron un trasplante, realizado por el doctor Hatch.
—Él le salvó la vida.
—Recuerdo a Gregory Hatch —intervino el sheriff—. ¿No falleció...?
—Murió hace ocho años —añadió el alcalde.
—¿Cuándo realizó la operación? —insistió Kimberly.
—Hace unos quince años.
D. D. miró a Kimberly. Según la doctora Jackson, Lilah Abenito había sido asesinada hacía quince años.
Luego estaba la fosa común, que incluía al menos un esqueleto con signos de haber recibido atención médica.
El día anterior, D. D. y el sheriff le habían dicho al alcalde y a su mujer que la sombra que amenazaba su comunidad llevaba bastante tiempo enterrada.
Incluso habían mencionado que los restos estaban esqueletizados.
Pero nunca llegaron a desvelar un detalle específico: que la primera tumba databa de hacía quince años.
Ese era el tipo de detalle que las unidades especiales se guardaban.
Es decir, que si Martha había unido los puntos que conectaban su trasplante y las fosas en el bosque, tendría que haberse hecho alguna idea de dónde provenía su riñón. O, como mínimo, de qué le había sucedido a la persona donante.
«Fui egoísta al vivir a costa de otros».
¿Era eso lo que habían descubierto? ¿Una red ilegal de trasplantes de órganos? Esas cosas ocurrían. Como había apuntado el alcalde, la demanda de órganos era alta y la oferta, baja. Los mercados negros habían surgido por menos que eso.
—Mi esposa era una buena mujer —declaró ahora el alcalde—.
Se preocupaba por la comunidad. Pasara lo que pasara, hiciera lo que hiciera...
El miedo puede llevar a una persona a la desesperación.
Hizo todo lo posible por expiar su pecado.
Pueden preguntarle a cualquiera. Hizo tantas buenas obras, ayudó a tantas familias durante los tiempos difíciles, dio tanto sin esperar nada a cambio...
La voz del alcalde se quebró. Sobre la mesa, sus manos temblaban con intensidad.
El sheriff se acercó y le dio una torpe palmada en el hombro. D. D. no sabía qué más decir. Se alejó de la mesa y volvió a fijar la mirada en la puerta batiente que daba a la cocina. Se fijó en lo que parecía ser un pequeño trozo de papel. ¿Acaso lo había dejado caer la chica cuando trajo el café?
D. D. se acercó a la puerta. Se dio cuenta de que el alcalde había centrado su atención en ella y la estaba observando.
Estaba claro que no quería que se acercara más de lo necesario a su sobrina, eso era evidente.
Y también sospechoso, a su parecer. D. D.
se apoyó contra la pared y fingió buscar una postura más cómoda.
Solo era una investigadora cargada de trabajo que llevaba demasiado tiempo de pie y aún no eran ni las seis de la mañana.
El sheriff tomó la palabra. Tan pronto como el alcalde se centró en él...
D. D. se agachó, cogió el papel doblado y luego disimuló la maniobra atándose los cordones con esmero. Cuando se incorporó, el alcalde la miraba con el ceño fruncido, pero no parecía haber notado nada.
Un ruido provino de la parte delantera del edificio. La furgoneta del forense por fin había llegado. D. D. se apartó de la pared para hacer los honores.
Esperó hasta estar de vuelta en el vestíbulo, al resguardo de la vista del alcalde, antes de inspeccionar su hallazgo.
El trozo de papel era diminuto; había sido arrancado de una hoja más grande y doblado varias veces.
Al alisarlo con la palma de la mano, D. D.
pudo distinguir lo que parecía ser un simple dibujo.
Una sola imagen. Negra. Distorsionada. Ominosa. Con ojos de fuego rojo y hombros descomunales.
Un monstruo.
La niña había dibujado un demonio y luego lo había dejado caer al suelo para que D. D. lo encontrara.
¿Qué significaba eso?
El forense y su asistente llamaron a la puerta. Aún desconcertada, D. D. los condujo al dormitorio, donde se encontraba el cadáver de una mujer que había hecho su última confesión.