CAPÍTULO 21
D. D.
D. D. se retiró a su habitación del motel para pasarse el resto de la noche investigando sobre lesiones cerebrales y trastornos del habla. Le pareció que apenas había conciliado el sueño cuando sonó su teléfono.
—Despierta —anunció Kimberly.
—¿Eh?
—Me acaba de llamar el sheriff. Tenemos otro cadáver.
—¿ Qué?
—La mujer del alcalde. Hablaste con ella ayer por la mañana, ¿verdad?
—¿Qué hora es?
—Algo más de las cuatro.
—¿De la mañana ?
—Nos vemos en el vestíbulo en quince minutos. Es imposible que la muerte de Martha Counsel no esté relacionada con nuestra investigación. Trae café. Date prisa. Nos espera un largo día.
El sheriff ya estaba esperando fuera cuando Kimberly y D. D. llegaron al hotel Mountain Laurel. Su uniforme estaba arrugado; D. D. apostaría a que había vuelto a pasar la noche en su despacho. Las saludó con un gesto sombrío y las condujo hasta la entrada principal.
—Según el alcalde, se ha despertado poco después de las tres y se ha encontrado la cama vacía. Ha ido a buscar a su mujer y ha llamado a emergencias en cuanto la ha encontrado. La central ha contactado conmigo directamente. He llegado el primero y he asegurado la escena. Nadie ha tocado nada.
El vestíbulo estaba iluminado con un montón de luces cuando accedieron a él.
Faltaba al menos una hora para el amanecer, según calculó D.
D., y el hotel aún conservaba el silencio de la madrugada.
Miró a su alrededor automáticamente en busca de la «sobrina» del alcalde, pero no vio ningún rastro de la chica por ninguna parte.
El alcalde Howard estaba sentado en la terraza acristalada, verde y amarilla, mirando fijamente la mesa con expresión ausente.
Llevaba un albornoz blanco con un monograma y parecía haber envejecido cien años.
Tenía los ojos enrojecidos y el rostro demacrado.
Si estaba actuando, a D. D. le pareció que era uno de los mejores actores que había visto nunca.
Mientras lo observaba, él fue a tomar un sorbo de café. La delicada taza de porcelana temblaba tanto en su mano que derramó la mitad del contenido antes de volver a dejarla sobre la mesa.
—Al fondo del pasillo, tercera habitación a la derecha —les indicó el sheriff a Kimberly y D. D.—. Yo me quedaré con él.
D. D. y Kimberly intercambiaron miradas y siguieron sus instrucciones. D. D. seguía sin entender lo que iban a ver, pero estaba claro que no era nada bueno.
La tercera puerta a la derecha resultó estar al final del pasillo. En el mapa mental que D. D. estaba creando en su cabeza, esa habitación ocupaba la esquina trasera derecha de la histórica vivienda. Quizá fuera el antiguo dormitorio principal, pensó mientras entraban en la amplia sala.
Una enorme cama con dosel ocupaba el centro de la habitación. Y allí, colgando de la parte superior del marco de madera, estaba Martha Counsel, vestida con un largo camisón blanco y una bata de seda roja abierta; su cuerpo se balanceaba ligeramente por una brisa imperceptible.
Ni Kimberly ni D. D. dijeron una palabra. Entraron en la habitación. Caminaron alrededor de la cama.
La cuerda usada para ahorcarse parecía ser una cinta de seda roja, probablemente el lazo de la bata de la mujer.
A juzgar por lo que veían, Martha se había hecho un nudo alrededor del cuello, había atado el otro extremo al marco de madera del dosel, luego se había subido a la cama de matrimonio y... ¿Qué? ¿Había saltado?
¿Se había agarrado a la seda cuando esta se tensó? ¿Luchó por recuperar el equilibrio en la cama para aliviar la presión?
D. D. se acercó lo suficiente para examinar las manos de la mujer sin tocarlas. No vio en ellas ninguna marca. Lo mismo ocurría con la cama, cuidadosamente hecha. El edredón verde bordado estaba perfectamente estirado.
Como si Martha no hubiera tenido dudas ni arrepentimientos. Simplemente se había levantado en mitad de la noche, había dejado a su marido en la cama y había ido allí para hacer lo que creía que debía hacer. Pero ¿por qué?
—Hay una nota —murmuró Kimberly, y asintió con la cabeza hacia la mesita de noche.
D. D. se acercó a donde ella estaba.
—»Perdóname por el daño que he causado» —leyó D. D. en voz alta—. «Fui egoísta al vivir a costa de otros. Que Dios se apiade de mi alma».
D. D. miró a Kimberly.
—¿Quién escribe una nota de suicidio a máquina?
—¿Alguien con mala letra? —Kimberly se encogió de hombros—. O alguien demasiado emocional para escribir.
—No me gusta.
—A mí tampoco me entusiasma. Por eso vamos a pedirle al forense que realice una investigación completa.
D. D. miró alrededor de la habitación.
—No hay señales de confrontamiento —murmuró—. Y no hay marcas en el cuerpo. Quiero decir, aparte de la soga de seda.
—Y los huéspedes del hotel siguen durmiendo en sus habitaciones. Lo que parece indicar que no hubo discusiones ruidosas ni disturbios violentos.
—Mira su cuello —dijo D. D., señalando el cadáver—. Se pueden ver algunos hematomas a lo largo de los bordes del cinturón de la bata, compatibles con un ahorcamiento.
Kimberly asintió; parecía tan indecisa como D. D.
Era un suicidio demasiado limpio y ordenado. Sin embargo, el examen superficial tanto de la habitación como del cuerpo no revelaba nada obvio que contradijera esa idea. A veces, la explicación más sencilla era la correcta. A los investigadores simplemente no les gustaba.
—¿Alguna vez te has encontrado con un ahorcamiento en el que un ser querido no haya intentado bajar el cuerpo? —preguntó Kimberly.
—No. El primer instinto siempre es bajar a la persona. Pero, por otra parte... —D. D. señaló el rostro hinchado y morado de Martha Counsel—. Es evidente que ya no hay nada que hacer.
Kimberly asintió, frunció los labios y volvió a recorrer la habitación.
—No me gusta. Pero no tengo ninguna razón válida para que no me guste.
—Pienso lo mismo.
—Me pregunto qué quería decir con que estaba mal vivir a costa de otros. —D. D. se encogió de hombros.
—Solo hay una forma de averiguarlo. Vamos, hablemos con el marido. —Kimberly se adelantó por el pasillo hacia la terraza acristalada.
D. D. creyó captar un movimiento por el rabillo del ojo, una persona que desaparecía por el pasillo, pero fue demasiado rápido como para estar segura. Volvió a preguntarse por la sobrina de Martha.
Por alguna razón, dudaba que el alcalde fuera el tipo de persona que sabía prepararse su propia taza de café.
Howard seguía sentado a la mesa. El sheriff estaba sentado frente a él. Ninguno de los dos hombres hablaba.
—¿Hay alguien a quien podamos llamar? —preguntó Kimberly, con una voz sorprendentemente amable teniendo en cuenta su tono escéptico unos instantes antes.
El alcalde levantó la vista con mirada confusa.
—Ella era mi mundo —dijo.
D. D. se acercó por detrás y le rozó el hombro. Le pareció percibir un ligero olor a whisky, pero no estaba segura.
—¿Café? —preguntó.
Él tuvo que girarse para responderle, lo que le dio a Kimberly la oportunidad de acercarse para inspeccionarlo. Divide y vencerás. El abecé de la policía.
—Estoy bien, gracias —dijo el alcalde. Su voz sonaba hueca, una pálida sombra del hombre seguro de sí mismo que había sido el día anterior.
—Llegará más gente —dijo D. D. con calma—. Agentes, técnicos forenses, el médico forense. Es solo cuestión de tiempo que sus huéspedes se despierten y empiecen a hacer preguntas también.
—¿Técnicos forenses? —repitió Howard.
—Quizá podría traer a su sobrina para que nos ayude. ¿En qué habitación...?
El alcalde se reanimó.
—No será necesario. Solo... hay un botón.
Basta con pulsarlo. —Se levantó bruscamente y cruzó hasta la pared del fondo, donde D.
D. vio entonces una puerta batiente que debía dar a la cocina.
Al lado había un panel para llamar al personal de servicio.
El alcalde pulsó un botón negro. Luego, sin decir palabra ni esperar respuesta, regresó a la mesa.
—¿Cree que su mujer se suicidó? —preguntó Kimberly en voz baja.
—No ha... No ha sido ella misma. No desde entonces. —El alcalde tragó saliva con dificultad. Cogió la taza de café. Una vez más, le temblaba la mano con tanta violencia que tuvo que volver a dejarla sobre la mesa—. No desde el descubrimiento de eso, hace un mes —susurró.
—¿El descubrimiento de la primera tumba? —aclaró Kimberly.
—Sí.
—¿En qué sentido dejó Martha de ser ella misma? —insistió el sheriff en voz baja.
—Parecía distraída, molesta. Y por las noches... solía tomarse una copa de jerez. Pero últimamente... sabía que algo la preocupaba. Intenté preguntarle. ¡De verdad que sí! —El alcalde levantó la vista bruscamente, con los ojos desorbitados—. ¡Pero ella no quería hablar conmigo! ¡Se negaba!
La puerta comunicante del otro extremo de la habitación se abrió de repente.
Apareció la chica, vestida con su uniforme azul de criada, llevando una cafetera de plata.
Sus ojos se posaron enseguida en D. D. Se detuvo durante una centésima de segundo, luego reanudó la marcha y siguió adelante como si no ocurriera nada.
Arrastraba un poco la pierna derecha y su rostro estaba tan pálido y demacrado como el del alcalde.
¿Había visto el cadáver? ¿Sabía lo que supuestamente había hecho su «tía»?
¿O acaso no era más que una simple empleada a la que llamaban cuando necesitaban algo y que había aprendido a no cuestionar las cosas?
Ahora, sin decir palabra, rellenó la taza de café del alcalde, evitando la mirada de D. D. Dejó la cafetera en el centro de la mesa y se volvió hacia la cocina.
—Pobrecita —dijo el alcalde, mirando a D. D.—. Primero, su madre y, ahora, esto.
—Queremos interrogar a todas las personas que estaban en la casa esta noche —comenzó D. D., antes de que la histérica risa del alcalde la interrumpiera.