Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 20
40%

CAPÍTULO 20

Ha vuelto.

No necesito verlo para saber que el Hombre Malo ha llegado. La casa me lo dice. Contiene la respiración, agazapada en la creciente oscuridad, temiendo lo peor.

Me siento en el colchón de mi pequeña habitación, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos envolviendo con fuerza mis piernas. Me quedo mirando la puerta, vestida con mi viejo uniforme de verano, que deja completamente al descubierto mi antebrazo lleno de cicatrices.

Lo más bonito que tengo, me dijo mientras grababa el intrincado dibujo en mi piel.

Me pregunto si esta noche vendrá a por mí. Porque cuando el Hombre Malo viene de visita, alguien debe pagar el precio.

Pienso en la policía rubia que ha venido esta mañana.

Me ha hablado. Quería saber si estaba bien.

Incluso me ha puesto delante su brillante y reluciente teléfono móvil, como para ayudarme.

Sé lo que son los teléfonos. He visto a otras personas usarlos.

Incluso a niños pequeños; sus dedos vuelan sobre la pantalla, pulsando y organizando cuadros con líneas onduladas que tienen significado para todos menos para mí.

No entiendo las formas. Los niños pequeños sí, pero yo no.

Pasos. Golpes secos y pesados resuenan desde el frío pasillo de baldosas. Se mueven rápido, con determinación.

Aprieto las piernas con más fuerza.

La señora rubia me dijo que no tenía por qué quedarme aquí.

Pero ella no lo entiende y yo no tengo dedos suficientes para contárselo todo.

Ella y el sheriff de mirada amable están buscando a un hombre que, al parecer, ya ha venido y se ha ido.

Apenas pude reconocer su mirada malvada, o tal vez es que he visto a demasiados hombres como él, con expresiones que prometen dolor.

El hombre de la foto es un hombre malo. Pero no es el Hombre Malo.

No sé cómo decírselo a la policía rubia guapa, al igual que no sé cómo mover los labios y hacer funcionar la garganta para transmitir todo el horror de este lugar o enumerar a las otras chicas, que se fueron hace tiempo, pero que aún necesitan que lleve de vuelta sus nombres a sus familias.

Tengo un deber. Como mi madre. «Huye», intentó advertirme.

La ignoré. Pero aun así, lo intentó. Era fuerte y valiente.

Se enfrentó al Hombre Malo. Llevó a cabo un pequeño acto de rebeldía que lo condujo a nuestra casa aquella fatídica noche.

He pasado años dándole vueltas. Solía enfadarme: ¿por qué no pudo estarse quieta?

¿Por qué no pudimos continuar con nuestras pequeñas vidas en nuestra pequeña casa?

Pero ahora, a medida que se me agota el tiempo y me doy cuenta de que nunca saldré de este lugar, entiendo su necesidad de plantarle cara de alguna manera.

De sentirse, por un momento, como alguien importante.

Porque al Hombre Malo le encanta hacernos sentir inferiores.

Dibujar con su cuchillo sobre nuestra piel hasta que gritamos.

Luego sonríe y admira su obra. Y me deja gimoteando incluso a mí mientras me agarro el brazo destrozado.

Mi madre tenía un mosaico de cicatrices en la espalda. De niña, las recorría con el dedo. Ella nunca decía nada. Ahora, por supuesto, me siento culpable.

Pum. Pum. Pum. Los pasos suenan mucho más cerca ahora.

La casa contiene la respiración.

Está aquí. Justo al otro lado de mi puerta. Su mano se cierra sobre el pomo. Un giro de muñeca y la puerta se abrirá. Un paso. Se alzará ante mí, con la hoja a un costado y una sonrisa en el rostro.

Así, sin más, será mi turno.

Debería ofrecerle la cena, pienso descabelladamente. Prepararle un plato. ¿Recordará a mi madre? ¿Recordará aquella noche? ¿O para él todas somos iguales? ¿Simples chicas, simples objetos desechables?

Me recuerdo a mí misma que tengo que soportar el dolor.

Cerraré los ojos, apretaré los puños, gritaré si es necesario.

Y entonces... todo habrá terminado. Desapareceré.

Y mi alma... ¿será de color púrpura como la de Stacey o plateada como la de mi madre?

Se elevará, me llevará con mi mami y volveremos a ser una manada de dos.

Mamita y chiquita. Porque yo le pertenezco a ella y ella me pertenece a mí, y ni siquiera el Hombre Malo puede separarnos para siempre. Me obligo a creerlo.

Miro fijamente la puerta.

Soporta el dolor.

Soporta el dolor.

Soporta el...

Golpe. Golpe. Golpe.

Pasos. Empiezan de nuevo.

El hombre se aleja de mi puerta, sigue avanzando por el pasillo.

Dejo de balancearme. Me quedo completamente quieta. Si no soy yo, ¿entonces quién?

Vuelvo a pensar en mi madre.

Sé lo que tengo que hacer a continuación.

No puedo hablar ni contar historias ni susurrarle a una policía bienintencionada toda la verdad sobre lo que ocurre en esta casa.

Pero puedo deslizarme por el pasillo del sótano, silenciosa como un fantasma, arrastrando mi pierna mala detrás de mí.

No soy nada, me digo a mí misma. Solo una insignificante niña sin voz. Y, sin más, me desvanezco.

A estas horas de la noche, los huéspedes duermen, ajenos a todo, en los pisos superiores.

Solía extrañarme al ver sus rostros inocentes y sonrientes por la mañana.

Pero después de todos estos años, lo entiendo.

Nadie ve lo que no quiere ver. Y nadie —¿excepto quizá la señora rubia?

— ha querido ver nunca a una chica como yo.

Paso junto a puertas cerradas. Algunas de estas habitaciones pueden tener ocupantes, acurrucadas en las esquinas, mordiéndose los labios para contener el terror que las invade.

Hay al menos otra criada aquí abajo, Hélène, que a menudo trabaja conmigo.

Sin embargo, hay otras chicas que van y vienen.

No sé nada de ellas; ni siquiera sé si están aquí ahora.

El Hombre Malo desaparece tras la esquina.

Acelero el paso, sintiendo el frío tacto del suelo de piedra contra mis pies descalzos.

Mi uniforme gastado es demasiado fino para estos túneles mal iluminados y excavados en lo profundo de la tierra.

Esta es la parte de la casa que los huéspedes nunca visitan.

Es el reino de las cosas malas y las personas malas.

Los monstruos son reales y viven en las entrañas de la tierra, donde la oscuridad alimenta su apetito y aviva su ira. Pero no sé cuántos dedos tengo que levantar para decírselo a la policía rubia, así que hago esto en su lugar.

Una pesada puerta de madera se erige ante mí.

Vieja y sólida. Como esta casa, como estas montañas.

He estado en esta habitación antes. Sé que huele a cera de vela y a sangre.

Sé que es el núcleo de la casa y que la propia vivienda desearía que no existiera.

El día en el que el Hombre Malo me rajó el antebrazo y me dejó tirada en un charco de mi propia orina, soñé con sacar los leños ardientes de la monstruosa chimenea de piedra que hay dentro de esta habitación y esparcirlos por toda la casa.

Creo que la casa lo celebraría. Sonreiría mientras sus paredes se incendian. «Gracias», susurraría, a medida que se derrumbase y desapareciera para siempre.

Pero esta habitación está hecha con más piedra que madera. La casa podría desaparecer, pero esta horrible pieza central nunca arderá.

El Hombre Malo desaparece por la puerta entreabierta. Coloco la mano contra la pared que hay a mi lado. Obligo a mi cuerpo a desaparecer entre las sombras. Y, como la casa es mi amiga, puedo sentir cómo me envuelve, cómo me ofrece toda la protección de que es capaz.

Me quedo muy quieta y entonces oigo la voz del Hombre Malo.

—¿Qué diablos significa esto?

La voz que responde tiembla, pero luego se recompone. Es el alcalde Howard. El dueño de la casa. Claro que el Hombre Malo sabe que no es así.

—El sheriff ha venido hoy. También una policía de Boston. Están haciendo preguntas...

—Déjalos.

—No es seguro. —Ahora es una voz de mujer, la señora de la casa. Pero, una vez más, el Hombre Malo sabe que no es así.

—¿Han pedido registrar la casa?

—Por supuesto que no. No tienen motivos...

—Exacto.

—Pero nos han enseñado unas fotos. —El dueño de nuevo—. Jacob Ness, su camión. Se rumorea que su última víctima también está aquí: Flora Dane.

—Ness está muerto.

—Puede que la gente aún se acuerde...

—Entonces, pueden delatar a un hombre muerto. ¿A quién le importa?

—La policía está por todas partes —dice la señora con voz aguda—. Agentes federales, agentes locales. Hemos estado hablando con otros...

—¿Cómo dices?

La señora vacila.

—Solo estoy sugiriendo que... La policía ha descubierto al menos dos de las tumbas. Están revisando registros, interrogando a la gente, incluso investigando los senderos. Tenemos que parar, pensar...

—Cállate. Tú no piensas ni consultas a los demás. ¿Tengo que recordarte cómo funciona esto?

—Por favor —la voz del dueño, más baja, apaciguadora—, solo piénsalo. Ha sido un buen acuerdo. Para ti, para nosotros, para todos. Todo ha sido extremadamente fortuito...

—Rentable.

—Seguro que no pasa nada por tomarse un pequeño descanso. Solo hasta que se calmen las aguas.

Silencio. ¿El Hombre Malo está pensando? ¿El Hombre Malo está reflexionando?

—¿Y cuándo va a disminuir la atención de la policía?

—pregunta por fin. Hay cierto tono en su voz, una suavidad sedosa que de repente me eriza el vello de la nuca.

He oído ese tono antes, en otra habitación muy muy lejos de aquí—.

Como dices, el pueblo está lleno de investigadores.

Han encontrado cadáveres. No van a irse de un día para otro.

—Podríamos darles lo que queda de la cabaña. —La señora, menos estridente, más vacilante.

—No.

—Pero has dicho... que delatemos al muerto.

—No funcionará.

—¿Por qué no?

—Porque ella está aquí. Y, si la ve, podría recordar. Entonces dejaría de tratarse solo de un hombre muerto.

—He mencionado a Walt Davies. —El dueño otra vez—. Ya sabes cómo es. Dispara primero y pregunta después. Con un poco de suerte, lo llenarán de plomo y entonces podremos echarle toda la culpa a él.

—Idiota. Solo atraerá a más policías.

—Si pudiéramos tomarnos un descanso —suplica la señora—. Aunque solo fuera un par de semanas. Hasta que se calmen las cosas un poco.

—No funciona así, ya lo sabes. Pero creo que tienes razón. —Un pequeño crujido. El Hombre Malo moviéndose por la habitación—. La mejor manera de conseguir que la policía se vaya es darles la respuesta que buscan.

—No. —La voz es tan suave esta vez que no estoy segura de quién ha hablado. Un ruido. No sé de dónde viene. Luego, de nuevo—: No. Por favor, no.

—Están buscando a un monstruo —murmura el Hombre Malo—. Sí, por qué no. Vamos a darles uno.

Se me pone la piel de gallina. Estoy en la cocina de mi madre. Estoy en el pasillo del sótano. Soy una niña pequeña. Soy una sirvienta sin voz.

El terror por lo que va a suceder a continuación me paraliza.

—No, no...

—Shh...

—¡NO!

Un gorgoteo. Un sollozo. Ruido de arañazos, como de garras contra la piedra. La casa se mueve a mi alrededor, incómoda. Casi puedo oír su lamento cuando abandono las sombras y me obligo a avanzar hacia la pesada puerta de madera. Miro a través de la abertura hacia el interior de la habitación.

El Hombre Malo se yergue, una figura terrible y descomunal.

El dueño se encoge a sus pies.

La señora, por otro lado...

El Hombre Malo se ha colocado detrás de ella. Sostiene una cuerda de color rojo sangre en la mano. Una cinta, me doy cuenta, de la bata de seda bordada de la señora. Se la ha atado con fuerza alrededor del cuello, levantándola, levantándola muy alto, con el cuello en un ángulo imposible.

La miro fijamente. Veo cómo su cara se pone morada. Se retuerce, se sacude y tiembla, la increíble fuerza del Hombre Malo la eleva del suelo. No es humano. Nadie que pueda hacer eso es humano.

No aparto la mirada. Me obligo a ser testigo de esta atrocidad hasta que ella exhala un suspiro final. Su cabeza se inclina hacia delante. El monstruo la suelta y su cuerpo se desploma en el suelo.

El dueño sigue agachado, llorando lastimosamente.

Siento una curiosa sensación de alivio. De que ella se haya ido, de que el Hombre Malo finalmente se haya vuelto contra uno de los suyos. Sin embargo, tiemblo sin control.

La señora, la todopoderosa señora, está muerta. Y el Hombre Malo la ha matado con la misma facilidad con la que se parte una ramita.

—Levántate —le ordena el Hombre Malo al dueño.

¿Va a matar al dueño a continuación? Dios mío, ¿qué será del resto de nosotras si solo queda el Hombre Malo?

Entonces retrocedo. Me doy la vuelta y huyo torpemente hacia mi habitación, jadeando en busca de aire. Pero no es aire lo que necesito. Son palabras. Palabras, letras y sonidos. Algo, lo que sea que me permita comunicarme, porque la policía volverá, y esta vez...

Necesito pensar. Necesito un plan.

El final se acerca, pero no es como pensaba.

Corre. Oigo la voz de mi madre.

Quiero volver a ser una niña pequeña. Quiero extender los brazos y que mi madre me coja en volandas y me abrace fuerte. Quiero oír su voz susurrando mi nombre. Quiero que seamos una manada de dos, mamita y chiquita.

Quiero cosas que nunca podré tener.

Porque el Hombre Malo me las arrebató.

Me refugio en mi habitación justo a tiempo para oír cómo se abre con un chirrido la pesada puerta de madera; luego, los pasos vuelven a resonar en el pasillo. El Hombre Malo. Ni siquiera se detiene al pasar por mi puerta, se dirige escaleras arriba.

La casa se estremece en silencio.

Me quedo apoyada contra la pared de mi pequeña habitación, respirando con dificultad. Un dedo para indicar que sí. Dos para indicar que no. Tres para tal vez. ¿Y cuatro dedos? ¿Cinco?

Tiene que haber una forma de comunicarme. Tiene que haber una forma de confesárselo todo a la policía rubia que me ofreció ayuda. Debo encontrarla.

Porque el final se acerca. Y con nombre o sin nombre, con voz o sin voz, voy a hacer que el Hombre Malo pague.

O moriré en el intento.