Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

D. D.

—¿Me estás diciendo que eso te ha parecido normal? —preguntó D. D.

El sheriff Smithers acababa de llegar al Ayuntamiento de Niche. Apagó el motor y la miró fijamente.

—¿El qué?

—Esa chica. La forma en la que la tratan el alcalde y su mujer. No es más que una niña. Debería estar en el instituto, no trabajando de criada.

—En Georgia, la escuela es obligatoria desde los seis hasta los dieciséis años.

Yo diría que esa chica ya es mayorcita. Podría haberse graduado en algún centro especial, o haber recibido educación en casa.

No sabemos lo que no sabemos. Y el alcalde Howard y su mujer...

han hecho mucho por esta comunidad. No puedes pensar tan mal de ellos.

—Sí, sí que puedo —murmuró D. D. mientras abría la puerta.

No le gustaban el alcalde Howard ni su mujer.

Todo era demasiado perfecto. Siempre sospechaba de las personas cuyas casas parecían decorados más que hogares de verdad.

Y todo lo relacionado con ese gran alojamiento, desde el porche que lo rodeaba hasta la cubertería de plata...

, apestaba a mentiras. Céntrate aquí, no allí.

Admira las apariencias y sigue con lo tuyo, pero no mires debajo de la alfombra.

—Debe haber algún registro de la chica —dijo D. D., uniéndose al sheriff en las escaleras del ayuntamiento—. ¿Te das cuenta de que ni siquiera sabemos su nombre?

—Haré algunas averiguaciones —ofreció el sheriff—, pero te puedo decir desde ya que los Counsel están limpios.

Cualquier delito que constase en sus expedientes ya habría pasado por mi escritorio.

Ya puestos —el sheriff hizo un gesto con la cabeza hacia el edificio administrativo—, Dorothea, la secretaria municipal, lo sabe todo sobre todos.

Es más, le encanta presumir de que lo sabe todo sobre todos.

Si quieres más información sobre el alcalde y su mujer, ella es a quien debes preguntar.

D. D. se animó.

—Lo que significa que podemos matar dos pájaros de un tiro.

—Tarde o temprano nos tenía que salir algo bien.

El Ayuntamiento de Niche era pequeño. A D. D. le recordaba más a una casa prefabricada que a un edificio gubernamental, pero tal vez a un pueblo tan pequeño no le hiciera falta más que eso.

Llegaron al centro del reducido espacio.

A la derecha había una gran zona abierta con sillas alineadas contra la pared.

«Para las reuniones municipales», supuso D.

D. A su izquierda había un mostrador elevado que delimitaba el despacho de la secretaria.

Una mujer de cierta edad con gafas de montura plateada y un largo cordón brillante se levantó de su ordenador para saludarlos.

Llevaba un jersey de cuello alto rosa, aunque a D.

D. le parecía demasiado abrigado para esa época del año.

—Dorothea —dijo la sheriff, tendiéndole la mano.

La mujer pestañeó con sus ojos embadurnados en rímel. Tenía una melena rubia platino recogida en un moño francés y la complexión física de una mujer que se había pasado toda la vida renegando de los postres por mantener su figura juvenil.

D. D. le tendió la mano. No recibió la misma mirada coqueta que el sheriff, pero Dorothea le pareció bastante educada.

—Seguro que está al tanto de todo el alboroto de ayer —comenzó el sheriff.

Se había quitado el sombrero tan pronto entró por la puerta.

Ahora lo giraba entre las manos. D. D. empezaba a reconocer su rutina: al sheriff le gustaba abordar a sus vecinos tirando de encanto campechano.

Sombrero en mano, como si fuera uno más de ellos que solo quiere hacer unas cuantas preguntas.

Cuando Dorothea asintió, D. D. decidió que la estrategia del sheriff podría ser acertada. Se atrae a más moscas con miel que con vinagre, como se suele decir.

A ella nunca se le había dado especialmente bien ese tipo de acercamiento personal; su estilo era más directo y sin concesiones. Pero sonrió y se obligó a reducir el ritmo y a mirar a los ojos a la secretaria.

Dorothea se mostró incómoda un momento, así que tal vez la expresión de D. D. no era tan neutral como ella creía. Incluso los pequeños gestos, como las sonrisas, requerían práctica.

—Estamos buscando unos registros de propiedad —dijo el sheriff.

—Bueno, sheriff, por supuesto que quiero ayudarlo. Ya sabe que sí. Pero tengo una responsabilidad con este pueblo y con la privacidad de sus habitantes.

—Los registros fiscales son de dominio público, Dorothea.

No hay nada de qué preocuparse. Solo tenemos que poner algunos puntos sobre las íes.

Esta va a ser una investigación muy importante y queremos dar lo mejor de nosotros.

Tenemos que demostrarle a esta gente del norte —sonrió y le dio un codazo a D. D.— que sabemos lo que hacemos.

De modo que así iban a ser las cosas. Dorothea sonrió al sheriff. D. D. dejó de sonreír y volvió a su tradicional papel de poli mala. O, en ese caso, de policía seria del norte.

—¿Qué registros de propiedad, sheriff?

—Bueno, esa es la cuestión: no lo sabemos exactamente. Vamos a necesitar que lleve a cabo una de sus sofisticadas búsquedas en la base de datos. Pero seguro que no supone un problema para usted.

De hecho, Dorothea ya había vuelto a su ordenador y estaba con las manos suspendidas sobre el teclado.

—Queremos retroceder... diría que quince años. —El sheriff asintió, como si ese número le pareciera adecuado—. Pongamos fincas que tengan al menos un acre.

Dorothea lo miró con escepticismo. D. D. supuso que, en aquella zona rural, las propiedades de al menos un acre eran de lo más común.

—Pero aquí está el truco: nos interesan las propiedades que hayan cambiado de manos. Quizá el propietario falleciera, cosas así.

Asintió con la cabeza. Ahora sus dedos volaban sobre el teclado.

—¿Cuántas son? —preguntó el sheriff después de un minuto.

—Tengo más de veinte.

—¿Alguna propiedad que tenga una cabaña en lo profundo del bosque? ¿O alejada de sus vecinos?

Dorothea frunció el ceño al sheriff y consultó la lista.

—Una decena más o menos.

—¿Sabe qué? Mejor descárgueme la lista completa. Con eso nos apañamos.

El sheriff miró a D. D. Ella añadió: —¿Y las propiedades que han sido embargadas? Independientemente del tamaño del terreno y la ubicación.

—Tenemos cuatro o cinco más.

—También nos llevaremos esas direcciones.

Dorothea asintió y pulsó un botón. La impresora se puso en marcha.

—He oído que han encontrado cadáveres —susurró Dorothea por fin, mirando al sheriff y haciendo hincapié en la s final de la palabra.

—Restos óseos —confirmó el sheriff con sobriedad—. No hay nada de qué preocuparse por ahora. Pero un crimen violento es un crimen violento. Llegaremos al fondo de todo esto.

—Chicas jóvenes, ¿verdad? ¿Muchas?

—Todavía estamos llevando a cabo la investigación.

—¿Le suena de algo, Dorothea? —preguntó D. D., ya que vio un brillo en los ojos de la mujer. Los rumores del pueblo. Por supuesto que quería estar al tanto—. ¿Pasan muchas chicas por aquí?

Dorothea vaciló y miró al sheriff. Él asintió, como si le diera permiso para hablar con la forastera. Dorothea se dirigió a D. D.

—Durante la temporada de verano, este lugar se llena de caras nuevas, entre ellas muchas chicas que vienen para trabajar como camareras en hostelería y trabajos similares.

Pero, cuando llega el invierno, el trabajo cae en picado.

La mayoría de los negocios reducen su actividad y los jóvenes vuelven a sus estudios.

Durante el invierno, nos convertimos en un pueblo muy muy tranquilo.

Sin los excursionistas... —Se encogió de hombros.

—Cierto —coincidió el sheriff. Cogió la pila de registros que le había proporcionado Dorothea y la hojeó, como si ya estuviera aburrido.

—La calle principal es preciosa —comentó D. D.—. Lo que más me ha gustado es el hotel Mountain Laurel, regentado por el alcalde y su mujer. ¡Qué magnífico edificio victoriano!

—¡Es una de las joyas del pueblo! —exclamó Dorothea con entusiasmo—.

Esa propiedad se construyó en 1830 como residencia de verano de una familia rica de Atlanta.

Tenían cuatro hijas. Una de ellas, la tatarabuela de Martha Counsel, se casó con un hombre del pueblo y se quedó aquí.

¡Esa casa ha pertenecido a la familia durante generaciones!

D. D. asintió. Así que el hotel pertenecía a la mujer, no al marido. Interesante.

—Acabo de conocer al alcalde y a su mujer. Es una pena lo de su sobrina.

—Oh, la cuidan muy bien. Pobrecita. Sufrió un terrible accidente. La chiquilla quedó discapacitada, ya sabe.

—¿Cómo se llama? —preguntó D. D.

Dorothea parpadeó.

—Vaya, pues no lo recuerdo. Es muy callada y no es que se la vea mucho por ahí.

—¿No le permiten salir?

—¡Yo no he dicho eso! —Dorothea frunció el ceño ante D. D., molesta por su actitud—. La chica no puede hablar. No es la más adecuada para mandar a hacer los recados.

—Ya entiendo —admitió D. D.—. Es que me recuerda a alguien que conocí, eso es todo. Y tiene razón, es una tragedia. ¿Cuándo ocurrió el accidente?

—Hará unos diez años, más o menos.

—¿La chica lleva todo ese tiempo viviendo con los Counsel?

—Bueno, cuando yo la conocí, era un renacuajo. Y menuda cicatriz tenía entonces, cielo santo. Le ocupaba la mitad de la cabeza, pobrecita. —Dorothea miró a D. D. con reproche—. Se han portado muy bien con ella.

—La familia protege a la familia —coincidió D. D.

—Los Counsel cuidan de todo el pueblo, siempre lo han hecho.

Ustedes han llegado aquí en otoño. Es una buena temporada para el pueblo.

Hay muchos excursionistas, turistas, gente con ganas de gastar dinero.

Pero ¿diciembre, enero y febrero? Son meses difíciles.

No todas las familias tienen los recursos para sobrellevarlos.

Los Counsel lo saben. No presumen de ello, pero si se enteran de que alguien necesita un poco de ayuda...

Digamos que de vez en cuando les sale la compra gratis.

El pago de impuestos está al día, e incluso se liquidan las facturas médicas.

Por aquí, los vecinos se cuidan unos a otros. Y Howard y Martha son buenos vecinos.

—¿Conocía a la hermana de Martha? La que murió en el accidente.

—Oh, Martha no tiene hermana.

D. D. hizo una pausa.

—Creía que la chica era su sobrina.

—Bueno, eso es lo que ella dice. Martha es hija única. Se refiere a que la madre de la chica era como una hermana para ella. ¿O es que en el norte no existen esas cosas? —Dorothea esbozó una leve sonrisa.

«Un punto para la mujer mayor con el cordón brillante», pensó D. D. Aunque eso explicaría el origen hispano de la chica, mientras que Martha era tan blanca como la leche.

—¿Los Counsel tienen hijos?

—No —respondió Dorothea con tono pesaroso—. Aunque sé que lo intentaron con mucho ahínco al principio de su matrimonio. Simplemente no tuvieron suerte.

—Qué pena por ellos. Y qué suerte que estuvieran dispuestos a acoger a una niña huérfana.

Dorothea volvió a sonreír, complacida de que D. D. reconociera la bondad de los Counsel.

—¿Hay más trabajadores a tiempo completo en el hotel? —preguntó D. D.—. Solo por curiosidad.

—Una cocinera. Una asistenta. Tendrías que preguntárselo a ellos.

El sheriff carraspeó. D. D. captó la indirecta.

—Muchas gracias por su ayuda. Y por los registros —dijo D. D.

Por su parte, el sheriff añadió: —Un placer como siempre, Dorothea.

—Van a resolver esto, ¿verdad, sheriff? Me parte el corazón pensar que hay unas pobres almas enterradas en nuestro propio pueblo.

—Estamos en ello, Dorothea —le aseguró el sheriff—. Encontraremos las respuestas y les brindaremos justicia a esas chicas.

—Si necesita cualquier otra cosa...

—Por supuesto.

Dorothea se giró hacia D. D. con una expresión más severa.

—Somos una buena comunidad —dijo, como si desafiara a D. D. a negarlo.

Ella se limitó a sonreír y, empezando a comprender las reglas del juego, se marcó un tanto propio.

—Por supuesto. Pero pueden pasar cosas malas en cualquier parte. Y está claro que los bosques de por aquí no son tan seguros como parecen.