CAPÍTULO 17
KIMBERLY
Kimberly aprendió rápidamente que excavar una fosa común era como vaciar una bañera a cucharadas, manteniendo el nivel del agua mientras lo bajabas poco a poco.
A la doctora Jackson le gustaba hablar mientras trabajaba.
—Ahora bien, si esto fuera un yacimiento arqueológico, empezaríamos por los bordes y avanzaríamos hacia dentro.
Pero, cuando se trabaja con una fosa, hay que proteger la tumba en sí, incluidas las paredes de la excavación original, que pueden presentar marcas de herramientas que nos servirán como pruebas más adelante.
Así que lo que vamos a hacer es empezar justo en el centro.
«Sacaremos pequeñas cantidades de tierra usando los cubos.
Después, verteremos el contenido de los cubos en un tamiz grueso y, luego, en uno fino.
Con suerte, daremos con algunos hallazgos interesantes: botones, joyas, trozos de tela.
Un casquillo de bala estaría bien. Pero también queremos encontrar flora, fauna, semillas.
No sabemos lo que no sabemos, así que, en esta fase de la investigación, cualquier cosa que quede en el tamiz se considerará una prueba.
Kimberly asintió y organizó a su pequeño equipo para formar una cadena humana.
La doctora Jackson tomó la iniciativa, retirando pacientemente capas superficiales de tierra.
Kimberly adoptó el siguiente eslabón, sosteniendo el cubo para recibir la tierra.
Los cubos llenos se pasaban para tamizarlos.
Los cubos vacíos se devolvían para rellenarlos.
Maggie deambulaba entre ellos. Instalaba la estación total en diferentes puntos y recopilaba datos, para luego transportar el juguete al siguiente sitio, con un ángulo diferente.
El trabajo era tedioso y hacía calor. Al poco tiempo, Kimberly ya podía sentir el sudor perlándose en su frente.
Tuvo que tomarse un descanso y atarse un pañuelo alrededor de la línea del cabello.
Dejar caer fluidos corporales en la escena del crimen sería poco profesional.
Notó que el resto del equipo tuvo que parar para hacer lo mismo.
Al igual que la primera, esa tumba no era demasiado profunda.
Tampoco resultó ser muy ancha. En cuestión de horas, la doctora Jackson dejó al descubierto un enredado enigma de huesos.
Sin los cráneos, Kimberly no habría podido confirmar que se encontraba ante tres cadáveres.
Podrían haber sido seis, o puede que diez.
Era... desgarrador. Tres personas reducidas a un mero montón de huesos.
La doctora Jackson anunció un descanso para beber agua. La antropóloga llevaba pañuelos alrededor de la cabeza y el cuello, ambos empapados de sudor. Cuando se enderezó, Kimberly pudo oír cómo le crujía la espalda a medida que se estremecía.
—Esto no es lo mismo que el laboratorio —dijo la doctora con severidad, mientras salía con cuidado de la fosa.
—¿Ha trabajado antes en una fosa común? —le preguntó Kimberly mientras se dirigían hacia los árboles, donde el resto del equipo ya se había cobijado a la sombra y bebía con avidez.
—Demasiadas veces. Ruanda. Centroamérica.
Muchos antropólogos forenses donan su tiempo para trabajar en casos internacionales.
A menudo, los países donde se producen los peores genocidios no tienen los recursos necesarios para procesar sus propios yacimientos; dependen de la ayuda de la comunidad internacional.
—Pensaba... Pensaba que sería más fácil distinguir los cadáveres —dijo Kimberly, y se dio cuenta de que los demás estaban escuchando descaradamente su conversación.
La doctora Jackson negó con la cabeza.
—A los asesinos en masa no les gusta trabajar más de lo necesario.
Algunos incluso obligan a las víctimas a cavar sus propias tumbas.
En este caso, todo apunta a que se cavó una pequeña zanja en la tierra.
Y eso, en vista de la cantidad de arbustos y raíces de árboles, no debió ser una tarea fácil.
Luego, se arrojaron los cadáveres. Con el paso del tiempo, los esqueletos acabaron formando el amasijo desordenado que vemos aquí.
«Ahora bien, hay algunos factores que debemos tener en cuenta. Hemos retirado la mayor parte de la tierra y aún no hay rastro de ropa.
—Como en la primera tumba —dijo Kimberly.
—Exacto. También he podido observar la primera pelvis. Femenina, sin duda. A simple vista, diría que todos los cadáveres lo son. —La antropóloga forense suspiró.
Kimberly asintió. Dio otro trago de agua y sintió que esas palabras se le hundían en el pecho. Cuatro chicas, asesinadas. Todas, abandonadas en la ladera de una montaña hacía tanto tiempo que ni siquiera quedaba un leve recuerdo de su carne. «Dios mío, ¿qué pasó aquí?».
—No puedo decir cuánto tiempo hace que murieron.
Para eso necesitaré pasar un buen rato con mi espectrómetro de masas en el laboratorio.
Estos restos son más antiguos que los de la primera tumba, pero no sabría determinar si hay un lustro de diferencia, unos pocos años o unos cuantos meses... Eso requerirá un análisis más profundo.
—Acumular tres cadáveres en una misma fosa es inusual para un depredador en serie.
—No he visto nada como esto antes. Pero ya hemos encontrado algo interesante en el primer tamizado.
Kimberly no había participado en ese proceso, así que miró a la doctora con expectación.
—Parece ser un pequeño trozo de un tubo de plástico —explicó la doctora Jackson—. El tamaño y el diámetro me recuerdan a un instrumento médico, como una cánula utilizada para una vía intravenosa.
—¿En serio?
—Como digo, es pronto para sacar conclusiones, pero también hemos encontrado una tira adhesiva cubierta de tierra. Como las que se utilizan para pegar una vía intravenosa a la mano del paciente.
—¿Hay suministros médicos en esta fosa? No hay ropa ni restos de ataduras, pero ¿sí suministros médicos ?
—Vuelvo a lo mismo: tendría que analizarlo en el laboratorio.
Kimberly se quedó mirando a la doctora. Sinceramente, no sabía qué pensar de esos hallazgos. Una fosa común ya era bastante extraña de por sí. Pero ¿una fosa común en la que una de las víctimas podría haber recibido tratamiento médico?
Kimberly oyó un ruido a lo lejos. Un leve balbuceo que se convertía en un gruñido gutural a medida que se acercaba. Al instante, tanto ella como el resto del equipo se pusieron de pie.
Cada vez más cerca. Cada vez más fuerte. Un rugido. Un vehículo se acercaba por una zona en la que no debería haber ningún vehículo.
Kimberly desenfundó el arma.
Un quad atravesó los arbustos. Los dos pasajeros, ambos con casco, se inclinaron hacia delante cuando el vehículo se desvió hacia un lado y se detuvo con brusquedad.
Kimberly apuntó con su SIG Sauer al conductor justo cuando este abrió la visera.
Se sorprendió al ver que su arma apuntaba directamente a la frente de Flora Dane.