CAPÍTULO 16
FLORA
Esperaba encontrarme a un chaval en la empresa de alquiler de quads.
En cambio, es un tipo mayor con una camisa de franela verde, vaqueros gastados y unas robustas botas de montaña.
Levanta la vista cuando Keith y yo entramos por la puerta; observa con cautela las caras prendas de urbanita de Keith y hace unos rápidos cálculos.
Apuesto a que va a duplicar el precio de los alquileres para la adorable pareja de turistas.
Pensé que Keith abordaría el tema de los mapas de inmediato. En lugar de eso, sonríe, despliega su encanto e interpreta el papel de turista ingenuo con más dinero que sentido común.
La primera pregunta de Bill Benson, propietario del establecimiento, es si alguna vez hemos conducido un quad. Ambos negamos con la cabeza.
—Bien. ¿Un quad o dos? —Bill me mira con recelo.
Parece de la vieja escuela, de los que piensan que las mujeres deben ser vistas y no oídas, y que no tienen potestad suficiente para conducir ningún tipo de vehículo motorizado.
Keith quiere saber más información sobre los quads primero. Tamaños, modelos, si son cómodos para llevar a dos personas. ¿Y si quisiéramos llevar mantas o una cesta de pícnic? ¿Bill tiene algo con espacio de almacenamiento? Ese tipo de cosas.
Bill nos lleva a la parte de atrás para que veamos el inventario.
En un quad estándar pueden ir perfectamente dos pasajeros.
O, siguiendo la línea de pensamiento de Keith y mía, un conductor y otra persona maniatada detrás de este.
Tres personas me parece exagerado, y no tengo claro dónde se podría meter una pala, pero entonces veo un remolque compacto aparcado a un lado, pensado para acoplarse a la parte trasera de uno de los quads.
Probablemente esté ideado para transportar hojas, restos de poda, ese tipo de cosas.
Pero también es perfecto para llevar a cabo ciertas actividades con nocturnidad y alevosía.
Por la expresión de Keith, sé que está pensando lo mismo que yo.
Keith inspecciona cada uno de los vehículos todoterreno. Se decide por uno que, a mis ojos, es exactamente igual que los demás. Por último, pasamos al tema de a dónde ir.
Bill nos acompaña de vuelta al interior, donde despliega un mapa de los alrededores.
No solo hay senderos para quads, sino también para excursionistas a pie.
Decenas, si no cientos, que recorren el mapa de un lado a otro.
La miríada de líneas continuas y discontinuas me recuerda al mapa del metro de Boston, solo que mucho más complejo.
—Muy bien —dice Bill—, estas líneas discontinuas son solo para senderismo. No os metáis por ahí. No solo para evitar atropellar a nadie, sino porque la mayoría son demasiado estrechos. Podríais chocar contra un árbol y arruinaros el día.
—Los quads parecen bastante resistentes —dice Keith—. ¿Y si quisiéramos explorar un poco desviándonos de los senderos?
—Mis vehículos son más que resistentes, te lo aseguro.
Y en esta época del año no hay que preocuparse por el barro.
Pero, si os salís de los senderos y empezáis a destruir la vegetación...
, la gente se os echará encima. Además, la maleza de la zona es bastante densa.
Arbustos, laureles silvestres, árboles pequeños.
Es muy fácil quedarse atascado o perderse.
—En realidad, nos alojamos cerca de Niche, pero no he visto ninguna empresa de alquiler por allí.
—Tienes razón, somos los únicos proveedores de la zona.
—Digamos entonces que queremos alquilar el quad por un día para explorar cerca de nuestro hotel.
Bill mira a Keith con recelo. Yo permanezco en silencio, estudiando el mapa y deseando que tuviera más sentido.
Puede que haya crecido rodeada de bosques, pero nunca he usado ningún tipo de guía para recorrerlos.
Simplemente salía ahí fuera y seguía los caminos y las huellas que dejaban los animales.
Nunca supe a dónde iba y, pese a todo, nunca me perdía.
Cuanto más vagaba por los bosques, más me sentía en casa.
Por el contrario, esta vista aérea de la cordillera, con líneas continuas para los quads, discontinuas para los excursionistas y curvas para indicar el desnivel, parece un laberinto demasiado complicado, diseñado no para mostrar el camino, sino para conseguir que te pierdas.
Finalmente localizo Niche y luego identifico la línea discontinua que indica el sendero por el que ascendimos ayer hasta el primer cadáver.
La distancia que recorrimos siguiendo la línea discontinua y lo lejos que estaba el primer cadáver del sendero, unido a todo lo demás, me provocan una segunda oleada de confusión.
—¿Qué es este sendero para vehículos todoterreno? —pregunto de repente.
He encontrado una línea continua que discurre por una cresta justo por encima de donde encontramos los cadáveres. Vuelvo a estudiar la escala del mapa, tratando de discernir la distancia real entre un punto y otro.
—Es Laurel Lane. Hay unas vistas preciosas en primavera —dice Bill.
Me mira a mí, luego a Keith y vuelve a mí otra vez. Es imposible que no se haya enterado del descubrimiento de los cadáveres de ayer. Y teniendo en cuenta la ubicación de este sendero en relación con las labores de búsqueda...
—Formamos parte de la unidad especial —admito—. Llegamos ayer con el FBI para ayudar en la búsqueda.
A mi lado, Keith asiente con la cabeza.
—No parecéis del FBI.
—Soy analista informático —ofrece Keith—. Tengo experiencia calculando áreas de búsqueda.
Bill gruñe. Parece aceptar la descripción del trabajo de Keith. Luego vuelve a mirarme.
—Soy defensora de víctimas —digo.
—¿Defensora de víctimas? ¿Por unos huesos?
—Merecen tener voz tanto como cualquier otra persona.
Bill arquea una ceja.
Me inclino hacia delante y le susurro en voz baja:
—Como seguramente ya sabrás, ayer encontramos otra tumba.
Bill parece intrigado, muy a su pesar.
—¿Alguna vez has ido Laurel Lane disfrutando de un día soleado en uno de tus quads? ¿Alguna vez te has parado a pensar en lo que había en esos bosques? ¿En lo cerca que has estado de esos pobres cadáveres cada vez que pasabas por allí?
Bill traga saliva con dificultad.
—Recorrer estos senderos con un cadáver es difícil —dice Keith con naturalidad—. La unidad especial lo ha estado discutiendo, y hemos llegado a la conclusión de que lo más probable es que el asesino utilizara algún medio de transporte para llevar los cuerpos hasta las tumbas.
—¿Cuántas... cuántas chicas? —pregunta Bill con brusquedad. Baja la voz—. He oído que una docena.
—¿Conoces esta zona? —le pregunto.
—Sí. Como bien dices, he recorrido ese sendero muchas veces.
—¿Se puede circular con una camioneta por ese camino? —pregunta Keith.
—Es demasiado estrecho. Y la maleza es muy espesa por allí. Además, en algunas épocas del año está lleno de baches. Sería un viaje arriesgado.
—¿Está muy concurrido este camino? —pregunta Keith señalando Laurel Lane.
Bill se encoge de hombros.
—Los fines de semana, sí; a fin de cuentas, vivimos del turismo. Pero los días laborables son más tranquilos. Aunque nunca se sabe. Ir por ahí a plena luz del día —aventura— sería complicado para..., bueno, para lo que estáis comentando.
—Los quads tienen faros para circular de noche —dice Keith.
—Aunque no son los mejores. Cuando oscurece, la mayoría de los conductores llevan linternas frontales. También se pueden acoplar luces adicionales al vehículo. Si te sales del camino, necesitarás ayuda.
Keith coge el mapa. Tiene una mirada pensativa, como si todas esas líneas onduladas le hablaran. Está claro que no quiere revelar demasiada información sobre la ubicación de las tumbas, pero, al mismo tiempo, hay tantas cosas que nos podría decir el mapa...
—Parece que Laurel Lane forma parte de una red de caminos mayor. Se puede acceder a ella desde varios senderos diferentes. ¿Cómo suele ir la gente del pueblo? ¿Llevan los quads en remolque hasta una de estas zonas de aparcamiento y luego salen de ruta? —pregunta Keith.
—Es una posibilidad —responde Bill—. Pero mucha gente simplemente sale en quad desde su casa.
Hay caminos de tierra que no aparecen en este mapa y que conectan con el circuito de quads.
Hay gente que incluso ha abierto sus propios caminos personales a través de la maleza para llegar al circuito.
Casi todo el mundo tiene quads por aquí.
La gente quiere coger el quad y salir de ruta sin tener que complicarse con remolques e historias.
—Pero ¿podrías llevarnos en remolque? —pregunta Keith.
—Eso es lo que solemos hacer con los grupos. Tú eliges la zona, yo llevo los quads y sales desde allí. También puedo hacerte de guía, si quieres. —La voz ronca de Bill se anima. Puede que hablar de asesinatos le resulte incómodo, pero ante la oportunidad de formar parte de la acción...
—Entonces, ¿dices que este mapa no incluye todas las rutas? —insiste Keith—. ¿Hay caminos de tierra, senderos privados y otras opciones que solo conocen los lugareños?
—No nos gusta revelar todos nuestros secretos —responde Bill con tono impasible.
Parece que a Keith le cuesta encontrar la forma de preguntar lo que quiere saber a continuación. A mí también. Ayer estuvimos caminando durante horas por el bosque buscando madrigueras de animales y huesos dispersos. No vimos nada remotamente parecido a un sendero.
—Supongamos que hace tiempo había un camino, pongamos que tiene más de diez años —reflexiona Keith finalmente—, pero lleva bastante tiempo sin utilizarse. ¿Cómo podríamos encontrarlo?
—No podéis.
—¿No?
—La montaña recupera lo que es suyo. El bosque no quiere que lo talen ni lo poden.
Digo más, se necesitan cuatro clubs diferentes de vehículos todoterreno para que estos senderos señalizados sigan siendo accesibles.
Trabajamos constantemente. Pregúntale a cualquiera que tenga campo.
Si quieres mantener tu jardín, tienes que cuidarlo .
—Entonces, un sendero antiguo..., ¿se habría integrado en la naturaleza?
—Así es.
En otras palabras, la teoría de Keith sobre un antiguo sendero que solo usaran los lugareños podría ser acertada.
O tal vez incluso fuera algo más privado: un sendero que creó en su día una sola persona y que solo lo conociera dicha persona.
Excepto que esta sección del sendero de los Apalaches forma parte del Bosque Nacional Chattahoochee; no es una propiedad privada.
Por lo tanto, se necesitaría tener acceso al bosque para crear un camino privado que se alejara de los senderos registrados.
¿Quizá un guardabosques o un guía local?
Tengo la sensación de que cuanta más información conseguimos, más se aleja la verdad.
—¿Qué opinas? —me pregunta Keith.
Entiendo cuál es el problema. No podemos seguir haciendo preguntas sin revelar demasiado. ¿Se puede acceder a las tumbas desde Laurel Lane en un quad? Solo hay una forma de averiguarlo.
—Yo conduzco —digo.
—Trato hecho. —Keith saca la cartera—. Nos gustaría alquilar un quad con transporte a Niche. También necesitaremos un mapa y cascos. Ah, y un seguro médico. El mejor que tengas.