Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Podía sentir los brazos de la chica temblar bajo sus dedos, pero esta no dijo ni una palabra. ¿O es que acaso no podía?

Por curiosidad, D. D. retiró la mano una vez que salieron de la habitación y esperó a ver qué hacía la chica. No echó a correr. En lugar de eso, giró a la izquierda, entró en el pasillo de detrás de la escalera y, un momento después, cojeó hasta una puerta marcada con el letrero «Señoras» .

D. D. observó a la joven criada. La chica podía entender las cosas, solo que no era capaz de comunicarse. Eso hizo pensar a D. D. que su discapacidad no era tan grave como la habían pintado los Counsel.

—¿Te tratan bien aquí? —preguntó D. D. en voz baja.

La chica fijó la mirada en un punto más allá del hombro de D. D. No dijo nada.

—¿Puedes hablar?

La chica frunció los labios. Por un momento, dio la sensación de que estuviera intentando silbar, hacer algún ruido. Pero no salió nada. Volvió a fijar la mirada en la pared.

—¿Puedes escribir? —Impulsivamente, D. D. sacó su móvil y abrió la aplicación de mensajes de texto. Le señaló las pequeñas letras—. Elige una. Escribe lo que quieras decir.

La niña miró el teléfono, luego lo tomó con cuidado de las manos de D. D. y le dio la vuelta. Parecía genuinamente sorprendida. Observó las letras, el cursor parpadeante. Sus dedos revolotearon por la pantalla, casi con nostalgia. Luego sacudió la cabeza, frustrada, y le devolvió el teléfono.

Había pasado un minuto entero. Si tardaban mucho más, Martha aparecería para ver por qué tardaban tanto.

—Creo que sabes cosas —intentó D. D. de nuevo—. Mucho más de lo que aparentas.

La chica inhaló ligeramente, lo que D. D. interpretó como un sí.

—Cuando vuelva, les haremos algunas preguntas a los Counsel. También me gustaría saber tus respuestas.

Los ojos marrones de la chica se abrieron con alarma.

—No, no, no hay nada que temer. Esto es lo que vamos a hacer. Ponte donde sueles ponerte, con los brazos a los costados. Cuando haga las preguntas, estira un dedo para decir que sí —D. D. levantó un dedo— y dos para decir que no. ¿Cómo me dirás que sí?

Temblando, la niña levantó un solo dedo.

—¿No?

Dos dedos. D. D. lo sabía. La niña era inteligente. Su «familia» se estaba aprovechando de ella.

—¿Te hacen daño? —preguntó D. D. con delicadeza.

La niña no se movió.

—¿Tienes miedo?

Nada.

—No tiene por qué ser así. Aunque sean tu familia y te hayan dicho que no tienes otro lugar al que ir, eso no es cierto. Puedo ayudarte a buscar otras opciones.

Siendo sinceros, D. D. no estaba segura de cuáles eran esas opciones.

No tenía jurisdicción alguna allí, y mucho menos conocía los recursos disponibles para los niños huérfanos.

Pero ver a una chica tan joven obligada a llevar una vida de servidumbre por culpa de...

¿una lesión infantil? La policía que había en D.

D. se sintió ofendida, pero más aún la madre que tenía dentro.

Casi como si le leyera el pensamiento, la niña levantó lentamente dos dedos. A continuación, sacudió la cabeza. Había algo en los ojos de la niña. No era miedo, pensó D. D. Era más bien terquedad.

Escucharon el sonido de unos tacones resonando en el vestíbulo de mármol. D. D. se guardó rápidamente el teléfono en el bolsillo. Ella y la chica se giraron al unísono y se dirigieron de nuevo al pasillo, donde Martha las estaba esperando.

La mujer miró a D. D. con recelo. La mirada que le dedicó a la niña era todavía más dura. Como ninguna dijo nada, giró sobre sus talones y las condujo de vuelta a la sala en donde estaban celebrando la reunión.

El sheriff seguía hablando con el alcalde, haciendo comentarios breves.

D. D. retiró su silla, como una yanqui maleducada que no sabía sentarse como una dama a la mesa.

Desde esa posición, tenía una vista clara del alcalde, su mujer y su sobrina, que una vez más estaba de pie, firme, contra la pared.

Era el momento de las preguntas importantes.

—En casos como este —dijo el sheriff—, es mejor mantener la mente abierta. No queremos adelantarnos a los acontecimientos.

El alcalde y su mujer asintieron con ánimo, como si entendieran que estaban a punto de ser testigos de una gran revelación.

—Huelga decir que tenemos una sospecha.

Más asentimientos.

—¿Reconocen ustedes a este hombre? —El sheriff Smithers sacó una foto de Jacob Ness.

No era la mejor foto, pensó D. D., ya que había sido tomada durante su primer arresto por maltratar a su mujer hacía más de veinte años.

Incluso entonces tenía un aspecto bastante demacrado para sus treinta años.

Era evidente que había sido fumador, bebedor y drogadicto toda su vida.

Miraba con aire desafiante a la cámara de la policía, con los labios curvados en una leve mueca de desprecio.

Martha contuvo un grito ahogado.

—Pero si es Jacob Ness. Por supuesto que lo reconocemos. Secuestró a esa estudiante universitaria. ¿Cuándo fue, hace cinco años? ¡Es un monstruo!

—La estudiante universitaria era de Boston —añadió el alcalde, mirando a D. D. con renovado interés.

D. D. tomó la foto de manos de Smithers y, haciendo un gesto un tanto aparatoso, la colocó sobre su rodilla, donde casualmente quedó orientada hacia la pared.

—¿Lo han visto por aquí?

—¿No está muerto? —preguntó Martha—. Creía que la policía lo había matado. ¿Está diciendo que él es el culpable de todo esto?

—Howard, Martha —el sheriff levantó una mano tranquilizadora para recuperar su atención—, estas tumbas llevan ahí mucho tiempo.

Sea lo que sea lo que haya ocurrido aquí, no hay motivo para alarmarse ahora mismo.

Dicho esto, algo terrible ha ocurrido en su pueblo y necesitamos respuestas.

Les debemos a las víctimas que se haga justicia.

—¿Recuerdan haber visto alguna vez a este hombre por la zona? —insistió D. D.—. No importa si fue hace siete, diez o quince años. ¿Alguna vez ha estado aquí?