CAPÍTULO 15
D. D.
Howard y Martha Counsel eran los propietarios del hotel Mountain Laurel, que llevaban ellos también.
La casa victoriana de color lavanda se encontraba en la esquina de Main Street, con un amplio porche decorado con exuberantes macetas colgantes y media docena de mecedoras.
En aquella hermosa mañana de septiembre, la terraza parecía el lugar perfecto para sentarse con una taza de café en una mano y un libro en la otra.
Y precisamente por eso resultaba tan curioso que el porche estuviera desierto. Aunque solo eran poco más de las ocho. El crimen tenía la tendencia de sacar de la cama temprano a personas como D. D. A veces, se olvidaba de cómo vivía el resto del mundo.
El sheriff Smithers subió los escalones de la entrada, agarró el pomo de bronce de la puerta y le indicó a D.
D. que entrara primero. La puerta principal daba paso a un gran recibidor, con una amplia escalera al frente y una preciosa terraza acristalada de color verde claro y amarillo a la izquierda.
Una campana tintineante anunció su llegada.
Entonces una mujer mayor, elegantemente vestida con una falda gris paloma y una bonita blusa a rayas, apareció desde un pasillo situado detrás de la escalera.
Sus tacones repiqueteaban contra el suelo de mármol mientras se dirigía con rapidez hacia el enorme escritorio de madera de cerezo que servía para registrar a los invitados.
Cuando vio al sheriff y a D. D., aminoró el paso.
—Sheriff Smithers. —La mujer se detuvo frente a ellos, con los ojos azules llenos de curiosidad.
El sheriff, que sostenía el sombrero contra el pecho, extendió una mano a modo de saludo.
—Señora Counsel. Buenos días. Lamento molestarla tan temprano. Esta es la sargento D. D. Warren, miembro de la unidad especial encargada de investigar los restos encontrados en las montañas. Como sin duda habrá oído...
—Ayer encontraron otro cadáver —respondió la señora Counsel por él—. Puede que más incluso, si los rumores son ciertos.
El sheriff no confirmó ni desmintió a su interlocutora.
Por ahora, intentaban mantener la noticia en secreto para evitar que los medios de comunicación se abalanzaran sobre ellos.
Ninguno sabría decir cuánto tiempo funcionaría esa estrategia.
Pero en toda investigación existe la esperanza de tener un poco de suerte.
—¿Está Howard? —preguntó el sheriff—. Hemos pensado que al alcalde le gustaría estar al tanto de las novedades.
—Por supuesto —respondió la señora Counsel, tendiendo la mano a D.
D.—. Por favor, llámeme Martha. Voy a buscar a mi marido.
Podemos reunirnos en la sala principal. —Señaló la sala de la izquierda.
Las paredes estaban cubiertas con un papel pintado con un diseño de celosía de color verde claro, mientras que el suelo estaba coronado por una alfombra verde salvia con rosas amarillas mantequilla.
Una ecléctica mezcla de mesas antiguas ocupaba el espacio; sin duda, era allí donde los huéspedes del hotel disfrutaban del desayuno, el té de la tarde y el brandy a última hora de la noche.
—¿Café, té? —preguntó Martha, a la vez que los conducía a una mesa más grande en la esquina.
La sala estaba vacía en ese momento, lo que a D. D. le pareció interesante. Para ser una ciudad turística, el hotel parecía carecer de visitantes.
—¿Tienen muchos huéspedes? —preguntó cuando llegaron a la mesa y el sheriff le acercó una silla.
—Ahora mismo tenemos cuatro parejas. Pero estamos a mitad de semana.
En esta época del año, los fines de semana son más concurridos.
La temporada de excursionistas ya ha pasado y las familias están ocupadas con el colegio.
Sin embargo, los fines de semana recibimos muchas parejas, excursionistas y algunas familias.
Voy a buscar a Howard. Ahora vuelvo. ¿Café? —preguntó de nuevo.
—Se lo agradecería —dijo D. D., mientras el sheriff asentía.
—¿Alguna vez has estado en una unidad especial tan grande? —le preguntó D. D. al sheriff Smithers mientras Martha salía de la habitación.
—No.
—Vete a casa esta noche y duerme en tu propia cama. Esto va a ser una maratón, no una carrera a contrarreloj.
Una niña hispana apareció en la puerta. Llevaba un uniforme de sirvienta azul claro, con una falda recatada por debajo de las rodillas y mangas que le llegaban hasta las muñecas.
Tenía el oscuro pelo recogido en un moño apretado y, sobre el hombro, equilibraba una enorme bandeja con un juego de café de plata.
La chica cruzó la habitación poco a poco.
Caminaba con una ligera cojera, como si arrastrara la pierna derecha.
A medida que se acercaba, D. D. pudo distinguir una brillante cicatriz en la línea del cabello de la chica y notó que la mitad izquierda de su cara estaba algo caída, como si hubiera sufrido un derrame cerebral.
La niña se detuvo junto a su mesa. Dejó la bandeja con cuidado y, sin mediar palabra, se dispuso a servir el café de la cafetera de plata en dos tazas de porcelana con delicados motivos florales.
—Buenos días —dijo D. D.
La chica levantó ligeramente la vista. Su mirada se posó en el uniforme del sheriff y sus ojos se dilataron. No dijo nada, solo siguió sirviendo el café. Deslizó la primera taza delante de D. D. y la segunda delante del sheriff. Luego colocó el azúcar y la leche en el centro de la mesa.
—Veo que han conocido a nuestra sobrina —resonó una nueva voz en la habitación.
Un caballero mayor, de aspecto distinguido, con un traje de lino color crema y una pajarita verde menta, entró en la sala con Martha a su lado. «El alcalde Howard», supuso D. D.
En ese momento, la camarera dio un paso atrás, se colocó contra la pared y fijó la mirada en el suelo.
—No habla —explicó Martha, con el brazo entrelazado con el del alcalde—. Sufrió un terrible accidente de tráfico cuando era pequeña. Su madre murió y esta pobre quedó muda y con daño cerebral.
—¿No debería estar estudiando? —preguntó D. D., aún desconcertada por la imagen de una chica tan joven vestida de criada.
—No valdría para nada —dijo el alcalde con desdén—. No sabe leer ni escribir. La zona del cerebro que procesa el lenguaje está dañada de forma irreparable. Los médicos fueron muy claros al respecto. No hay nada que se pueda hacer. Pero la hemos acogido, por supuesto. La familia es la familia.
«Y es difícil encontrar ayuda gratuita», pensó D. D. cínicamente. Miró hacia la pared, donde la niña permanecía inexpresiva. Era difícil saber si había registrado la conversación, y mucho menos si la había entendido.
El alcalde alcanzó una silla para su mujer y la colocó junto al sheriff. Él rodeó la mesa para sentarse junto a D. D., desde donde podía mirar al sheriff a los ojos.
—Entiendo que los rumores son ciertos y ayer encontraron otro cadáver —dijo por fin el alcalde con voz pesada.
D. D. dio un sorbo a su café y dejó que el sheriff llevara la conversación.
—Sí, señor. Encontramos más restos, no muy lejos de los hallados en un principio.
—Dios mío. —Martha se tapó la boca con la mano y miró a su marido con preocupación.
El alcalde Howard suspiró.
—¿Otra chica? Es terrible. Una tragedia.
—¿Cómo sabe que es una chica? —preguntó D. D.
—Siempre es una chica, ¿no? —respondió él con mirada inocente.
D. D. no conseguía descifrar a aquel hombre.
—¿De dónde es usted, querida? —le preguntó entonces.
—De Boston.
—Pero está aquí, como parte de una unidad especial, registrando mi bosque. ¿Cómo ha sucedido eso? ¿Una sargento de Boston en una unidad especial en el sur?
—Tengo experiencia relevante —dijo D. D. con despreocupación.
La mujer del alcalde la salvó de tener que dar más explicaciones.
—Este nuevo cadáver... ¿también era un esqueleto? —Susurró la última palabra, como si fuera algo impactante y horrible de decir. Quizá lo era y D. D. llevaba demasiado tiempo haciendo aquello.
—Seguimos investigando, señora. La antropóloga forense está trabajando en ello en estos momentos.
—Ay, Dios mío. Y pensar que algo tan terrible está pasando aquí mismo, en nuestro adorable pueblo. —Martha miró a su marido, angustiada—. Y justo a tiempo para la campaña de senderismo de otoño. Ay, Dios mío, ay, Dios mío.
—¿Han averiguado algo más sobre la primera chica? —preguntó el alcalde al sheriff Smithers.
—Solo que llevaba allí bastante tiempo.
—¿Cuánto tiempo hace que es usted alcalde? —preguntó D. D.
—Los últimos diez años —respondió Howard con serenidad.
—¿Y antes de eso?
—Mi padre lo era. Los Counsel tenemos una larga trayectoria de servicio a esta comunidad.
—¿Contratan a muchas chicas jóvenes? —preguntó D. D. mirando a la «sobrina», que seguía inmóvil junto a la pared.
—Por supuesto —respondió Martha con cierta irritación—.
Sobre todo para la ajetreada campaña de verano.
Como puede ver, nuestro pueblo es pequeño.
Durante las temporadas altas, no nos queda otra que traer trabajadores de fuera.
Pero todos nuestros empleados son legales, si eso es a lo que se refiere, y tenemos la documentación que lo demuestra.
D. D. asintió pensativa. Lo que decían los Counsel tenía sentido.
Por un lado, Niche era un pueblecito pintoresco donde los residentes probablemente se conocían todos entre sí.
Por otro lado, durante buena parte del año, la mano de obra era temporal y la zona se llenaba de turistas.
Localizar a todas esas personas, máxime remontándose quince años atrás, no sería tarea fácil.
Por lo que pensó en centrarse en la población local, un punto de partida tan bueno como cualquier otro. Se levantó abruptamente.
—Disculpen, necesito ir al baño.
—Se lo mostraré...
—No hace falta. Seguro que su sobrina sabe indicarme dónde está.
Antes de que nadie pudiera objetar, D. D. ya había cogido a la chica por el codo y la estaba alejando de la pared para sacarla de la sala. La muchacha trastabilló, y D. D. se obligó a reducir la velocidad y caminar con calma. Solo era un mujer cualquiera en busca de un baño.