CAPÍTULO 14
FLORA
—No puedo comer ni un bocado más. Sigue tú.
—¿Yo? No creo que eso nos ayude con nuestra misión.
—Por favor, te reto a que me digas si estas costillas tienen un sabor diferente a las anteriores... o a las de antes.
Miro a Keith con los ojos llenos de desprecio hasta que no le queda más remedio que aceptar el desafío.
—Así que me retas. Muy bien, veo que vas en serio. —Keith coge con valentía un cuchillo y un tenedor y corta un trozo de carne a la barbacoa.
—¿Quién come costillas con cuchillo y tenedor? Venga, hombre, vive la experiencia auténtica.
—Estás insoportable —me dice, pero deja los cubiertos y coge el hueso con los dedos.
—Tengo buenas razones para estarlo.
—¿Y de qué te sirve eso?
Lo miro con ira otra vez. Él se encoge de hombros y luego toma un delicado bocado de la costilla y lo mastica, pensativo.
—Diría que estas costillas tienen un sabor a vinagre más intenso que las anteriores. O tal vez sea un toque de clavo.
—¡Te lo estás inventando!
—Así es.
Keith deja el hueso sobre la mesa. No puedo evitarlo y dejo escapar el aire, mitad suspiro, mitad exasperación, lanzándome contra el respaldo del asiento.
—Odio esto.
—Lo sé.
—No lo recuerdo. Cuando me traía comida, la que fuera, estaba tan agradecida que ni le prestaba atención.
La devoraba, inhalando y masticando como un maldito animal.
No me fijaba en la salsa, en el sabor ni en las especias.
Me moría de hambre y comía como una mujer que se estaba muriendo de hambre, joder.
—Lo siento.
—Cállate, anda.
Otro encogimiento de hombros. Quiero gritar. O arrancarme el pelo o destrozar este local. Quiero correr lejos, muy rápido, tanto que esta horrible comida y estos espantosos recuerdos nunca puedan alcanzarme y no tenga que volver a pensar en Jacob.
Keith identificó dos restaurantes en Niche que conservaban los mismos propietarios desde hacía diez años, una cafetería y un pub, así que empezamos por ahí.
Los propietarios protestaron, diciendo que era demasiado temprano para servir comidas; yo, por mi parte, los miré fijamente hasta que, de repente, todo el menú pasó a estar disponible.
Era espeluznante lo fácil que resultaba seleccionar los platos.
«Mira, a Jacob le encantaría esto, a Jacob le gustaría lo otro».
Como elegir comida para un viejo amigo o un amante al que no ves desde hace mucho tiempo.
Lo que me trajo otros recuerdos: el perrito caliente con chile en Saint Louis, que explotó tras el primer bocado y le manchó toda la camisa.
No pude contenerme y me eché a reír. Luego me quedé paralizada, pensando que me daría una bofetada, pero él también se echó a reír.
Pidió dos más y nos los comimos con avidez en la estación de servicio, hablando de nada en particular, disfrutando del sol.
¿Quién podría pasarlo bien compartiendo una tarde soleada con su violador?
Pero ese también era Jacob. No era un monstruo todo el tiempo. O tal vez se diera cuenta de que los momentos normales hacían que su monstruosidad fuera aún más aterradora.
D. D. nos había prestado su coche de alquiler.
Después de visitar los dos establecimientos de Niche, nos dirigimos hacia el sur, a Dahlonega, donde había muchos más restaurantes.
Llevábamos comiendo, no sé, una eternidad.
Pedíamos plato tras plato mientras los demás comensales nos miraban extrañados.
Me dolía el estómago. Me dolía la cabeza.
Quería vomitar, aunque no sabía si era por la comida o por los recuerdos de Jacob...
—Remodelaron el instituto Columbine el verano posterior al tiroteo —comenta Keith.
Está moviendo las costillas en el plato con el tenedor—.
Los administradores sabían que era importante borrar cualquier huella de violencia para que el alumnado pudiera pasar página.
Y entendieron que eso no solo significaba tapar los agujeros de bala, sino llevar a cabo una reforma completa y, en especial, cambiar la biblioteca, donde murieron tantos estudiantes.
Asiento distraídamente. A Keith le gusta hablar. A veces le presto atención, otras veces no.
—Pero el director argumentó que un lavado de cara no era suficiente —continúa Keith—.
También tenían que cambiar el tono de la alarma de incendios, que había estado sonando durante horas ese día.
Con solo escuchar esas notas, tanto él como los estudiantes volvían a entrar en un estado de pánico.
—Keith hace una pausa—. También eliminaron la comida china del menú de la cafetería.
Me mira.
—Era lo que la cafetería había preparado para comer ese día: comida china. Nadie soportaba el olor. También provocaba ataques de pánico. Pobre comida china. Seguro que muchos de esos alumnos disfrutaban de esos platos.
Lo miro fijamente.
—Entiendo que estés abrumada —dice en voz baja—. Sé que pensar en Jacob, recordar cualquier cosa relacionada con él, debe ser insoportable.
No digo nada.
—Pero lo que dice la sargento Warren es cierto.
Procesamos la información a través de todos los sentidos.
Hacemos asociaciones a través de todos los sentidos.
Desde el diseño del edificio hasta las alarmas de incendio y la comida de la cafetería.
Puede que no vieras mucho cuando te secuestró, pero sí que experimentaste bastantes cosas.
Procesaste mucho más de lo que crees. Y con un poco de tiempo y paciencia...
—¿Sabré si ya he estado aquí antes por arte de magia?
—O podrás confirmar de una vez por todas que no has estado aquí.
—Mi memoria no es tan buena. Mis sentidos no son tan agudos.
—O tienes la guardia muy alta.
—¡No estoy tratando de evitar nada de esto!
—Flora, nadie te culpa por no querer revivir viejos recuerdos. La sargento Warren te está pidiendo algo imposible y ella lo sabe.
Me horroriza darme cuenta de que se me han llenado los ojos de lágrimas. Voy a llorar. Maldita sea, me niego a ser tan débil.
—¿Y si te dijera que todo lo que hemos probado encaja? ¿Y si te dijera que todos estos platos...? Sí, Jacob podría haberlos llevado al sótano. Es el tipo de comida que le habría gustado. Y lo sé porque viví con él tanto tiempo que llegué a conocerlo casi a la perfección.
—Muy bien —dice Keith.
—¿Muy bien? ¡Nada de esto está bien!
—Tú estás aquí. Él no. Tú ganaste. Él perdió. Todo eso está bien. —Keith se inclina sobre la mesa y me toma la mano—. Estás aquí conmigo. Y eso está muy bien.
Quiero decirle que se equivoca. Que nunca he sentido que hubiera ganado.
Que lo único que he hecho ha sido resistir, y también me odio por eso.
Por los días en los que no luché. Por todas las veces que acepté la comida que me ofrecía Jacob y la engullí sin pensármelo.
Vergüenza. Cada vez que pienso en Jacob, siento vergüenza.
Me persigue a todas partes, incluso ahora, sentada a la mesa de una taberna frente a unas costillas a la barbacoa.
—Vamos —dice Keith.
—¿A dónde? ¿No tenemos que ir a otro pub?
—Tú estás llena, y yo también. Hemos terminado.
Lo miro con curiosidad.
—¿Y ahora qué?
—Seguiremos el ejemplo de la sargento Warren: iniciaremos nuestra propia investigación.
—¿Qué vamos a investigar?
—Quads.
—¿Qué?
—Olvídate de Jacob por un momento. No hay nadie en el mundo que pueda cargar con cuatro cadáveres por la ladera de una montaña. Yo apenas fui capaz de subir ayer por ese sendero, y eso que puedo correr kilómetros.
Asiento con la cabeza.
—Lo que significa que tiene que haber otra forma de ascender, tal vez incluso un camino completamente diferente que aún no hemos descubierto.
Apuesto por un sendero apto para vehículos de cuatro ruedas.
Piénsalo: no se trata solo de llevar uno o varios cadáveres hasta la fosa, sino también palas, picos y otros suministros.
No se puede acceder a esa zona de la montaña con un camión, por lo que es probable que usara un quad.
Vuelvo a asentir. Yo he estado perdida en la parte más oscura de mi mente, pero Keith ha estado usando la cabeza, y su razonamiento tiene sentido.
—¿Por dónde empezamos? —pregunto.
—He buscado en Google empresas de alquiler de quads cercanas.
Deben tener mapas de los senderos, ¿no? Y seguro que conocen bien la zona.
Se me ocurre que puede que el sendero ya no exista, y por eso no hemos dado con él todavía.
Pero quizá hubiera un camino que la gente usara hace quince años y ya no, o algo por el estilo.
Guardo silencio por el momento. En lugar de responder, estudio a este hombre serio sentado frente a mí, con su atractivo físico al estilo Ted Bundy y su mente implacablemente curiosa. Me doy cuenta de que ya no estoy enfadada, ya no me siento avergonzada. Estoy intrigada.
Keith tiene razón. Tiene que haber otra forma de acceder a las tumbas que no sea andando. ¿Y quién mejor que nosotros para descubrirla?
Asiento con la cabeza en señal aprobación.
Cogidos de la mano, dejamos la mesa y nos dirigimos hacia la puerta del local.