CAPÍTULO 12
D. D.
A primera hora de la mañana, D. D. llevó a Flora y Keith a la comisaría del sheriff del condado.
La sala de juntas del edificio serviría como centro de mando para la unidad especial.
A raíz del descubrimiento del día anterior, se había establecido un puesto de mando móvil al inicio de la ruta de senderismo para coordinar a los expertos en huesos y otros especialistas forenses que peinarían la ladera de la montaña.
Kimberly y D. D. estuvieron hablando a última hora de la noche anterior.
Como el alcance de la investigación había aumentado considerablemente, Kimberly había pedido a D.
D. que colaborara con el sheriff Smithers interrogando a los lugareños, ya que ella tendría que supervisar la exhumación de la nueva fosa.
Era una gran petición y una muestra de confianza por parte de una agente federal hacia una policía que ni siquiera pertenecía a su jurisdicción.
A su vez, solo era una muestra más de lo escaso que era el personal de su unidad especial.
De hecho, D. D. sospechaba que Kimberly ya sabía que ella tenía la intención de interrogar a los lugareños de una forma u otra.
De esa manera, la agente probablemente pensaba que tendría cierto control sobre la situación.
Como si nadie hubiera intentado controlar a D. D. antes sin fracasar.
D. D. estaba de muy buen humor al entrar en el achaparrado edificio municipal. Flora, que la seguía arrastrando los pies, parecía no haber pegado ojo, al igual que Keith. Nada nuevo.
Personalmente, a D. D. le encantaba esa fase de las investigaciones importantes, prepararse para la batalla: «Esto es lo que sabemos; esto es lo que no sabemos. Es hora de reunir a las tropas y ponerse manos a la obra».
El sheriff no estaba en la sala de juntas.
D. D. reconoció a dos agentes del FBI de la primera reunión de la unidad especial.
Uno de ellos indicaba a los agentes locales las ubicaciones de distintos montones de papeles mientras colocaba un mapa gigante de rutas de senderismo en la pared principal, en el centro.
D. D. supuso que lo siguiente que coloraría serían mapas ampliados de Niche y las localidades circundantes.
Además de información sobre los asesinatos, fotos de cada víctima; todo lo que se sabía.
Luego, una pizarra básica para organizar el debate grupal.
El segundo agente del FBI parecía ser el encargado de los dispositivos tecnológicos.
Las mesas se habían dispuesto en una configuración en forma de U.
El agente estaba distribuyendo diferentes ordenadores portátiles a intervalos discretos mientras consultaba el suyo propio, en el que tecleaba frenéticamente.
Lo más probable era que estuviera estableciendo una red segura para todos los ordenadores del grupo, en lugar de utilizar el sistema del sheriff.
Era una forma más adecuada de gestionar todos los datos y garantizar la cadena de custodia de los documentos confidenciales.
Así era la nueva era de la policía, donde el problema no era obtener información, sino gestionar el aluvión de datos.
Declaraciones de testigos, registros de hoteles y recibos de tarjetas de crédito de restaurantes; al final del día estarían ahogados en documentos.
D. D. acogía de buena gana los trucos del FBI para gestionar toda esa locura, dada su experiencia en casos importantes.
D. D. saludó con la mano a los agentes sobrecargados de trabajo, y estos le devolvieron un breve gesto con la cabeza mientras seguían concentrados en sus tareas. Entonces, para alejarse del caos, salió de la sala —con Flora y Keith aún siguiéndola— y se dirigió al pasillo.
Si ella fuera la sheriff, se refugiaría en su propio despacho, lejos de la vorágine. Después de varios intentos, encontró el despacho.
—Sheriff Smithers.
Lo encontró recostado en su silla, con los pies en alto y los ojos cerrados. Al oírla, se enderezó de un respingo, dejando caer los pies al suelo con un golpe seco. El sombrero abandonó su cabeza.
—Oh, esto... —La reconoció, pero estaba demasiado aturdido como para recordar su nombre.
D. D. se compadeció del hombre exhausto.
—Sargento D. D. Warren, de la policía de Boston. Llámame D. D. Y recordarás a Flora Dane y Keith Edgar.
El despacho apenas podía dar cabida a los tres nuevos invitados debido a su reducido tamaño y las montañas de papeles. El sheriff miró a su alrededor como si quisiera ofrecerles un asiento, pero no supo cómo hacerlo.
Se rindió con un profundo suspiro.
—Ah, demonios.
—No pasa nada. Ahora mismo hay cosas más importantes que la limpieza de un despacho.
—Tienes razón.
—La agente especial Quincy me ha pedido que me reuniera contigo esta mañana para coordinar los interrogatorios.
—Sí, señora. Hablé con ella anoche.
El sheriff miró a Flora y Keith. Ninguno de los dos había dicho una sola palabra. ¿Falta de sueño? ¿Conmoción por culpa de un caso triste que había dado un giro aún más triste? D. D. no sabría decirlo, pero se giró y los miró expectante.
Keith logró extender la mano y murmurar un saludo. Flora se limitó a mirar al sheriff. La inexpresividad de su rostro no auguraba nada bueno. Se había encerrado en sí misma. Quizá fuera una medida de protección. Quizá estuviera afilando sus impulsos homicidas.
—Con el debido respeto —el sheriff miró a D. D.—, esos dos son civiles.
—Culpables —asintió D. D.
—Los civiles no pueden llevar a cabo interrogatorios oficiales.
—Así es. Por no mencionar que hablar no es precisamente el punto fuerte de Flora. —Arqueó una ceja a la silenciosa mujer. No obtuvo respuesta. Definitivamente, eso no era bueno—. ¿Quincy repasó contigo sus objetivos? —D. D. se dirigió al sheriff.
—Sí. Identificar a los líderes de la ciudad, a las personas influyentes...
—A los entrometidos —añadió D. D. para echar una mano.
—A los empresarios —continuó el sheriff con sequedad—, familiarizarse con el terreno.
—¿Hay vecinos que den mala espina? Los locos del pueblo, por así decirlo.
—Ya he recopilado los nombres de todos los que tienen antecedentes penales.
He enviado a varios agentes a visitarlos.
Claro que no resultará un interrogatorio fácil: «¿Qué estuvo haciendo usted hace quince años?
». Podemos mostrarles fotos de Jacob Ness, pero ¿quién va a admitir que conoce a un monstruo como ese?
—Probablemente no lo harán. Pero se puede preguntar a los vecinos si alguna vez vieron a alguien que se ajustara a la descripción de Jacob por la zona. También sería recomendable preguntar por su camión. Identificar un vehículo parece más seguro que involucrarse con un violador.
El sheriff asintió.
—¿Hay algún líder en el pueblo? ¿Un ministro, un alcalde o alguien que pueda ser un buen guía para el resto de los ciudadanos?
—Está el alcalde Howard. Eh, Howard Counsel. Él y su mujer, Martha, son propietarios del histórico hotel de Main Street, una de esas antiguas y majestuosas casas de verano. Es lo más parecido a un edificio de lujo que tenemos por aquí.
—¿Con un enorme porche y mecedoras por todas partes?
El sheriff asintió.
—Esa misma.
—Pues tendremos que ir de visita.
—¿Tendremos?
—Tú y yo. Si es el alcalde, querrá que le mostremos respeto.
Dos agentes uniformados haciéndole preguntas solo conseguirán irritarlo.
Por el contrario, dos líderes de la unidad especial, incluido el sheriff del condado, que acuden para charlar amistosamente y ponerlo al día sobre lo que está pasando en su pueblo... —D. D. hizo una pausa.
El sheriff asintió. Comprendió a lo que se refería su compañera.
—Agradecerá el gesto —concluyó D. D.— y, por supuesto, le haremos algunas preguntas mientras estamos allí.
—El alcalde Howard y su mujer... sus familias llevan generaciones en esta zona.
No sé hasta qué punto estarán dispuestos a hablar con forasteros, pero querrán que este asunto se resuelva cuanto antes.
Una serie de asesinatos tan sensacionalista es, bueno, indecoroso.
Además de malo para los negocios. No van a querer que nuestra unidad especial se quede por aquí más de lo necesario.
—Perfecto. ¿Son madrugadores?
El sheriff se encogió de hombros.
—No importa —decidió D. D.—. Después de toda la emoción de ayer, dudo que nadie pueda dormir. Vamos.
El sheriff parpadeó.
—¿Ahora?
—No hay mejor momento que el presente.
El sheriff se agachó para coger su sombrero, todavía con aspecto un tanto agotado.
—Me gustaría cambiarme la camisa —dijo.
D. D. se dio cuenta entonces de que las prendas del sheriff estaban bastante arrugadas. Como si hubiera dormido con el uniforme puesto. Pobre hombre.
—Te dejamos un momento. Voy a asignarles a Flora y Keith su misión. Luego, podremos ponernos manos a la obra.
—¿Tenemos una misión? —preguntó Keith.
—Por supuesto. —Los acompañó fuera, al pasillo.
—¿Cuál? —preguntó Keith mientras D. D. cerraba la puerta del despacho.
En respuesta, D. D. observó a Flora. Seguía mostrándose distante, pero tal vez volviera en sí si se le encomendaba una tarea.
—Ahora mismo, estamos dando vueltas en círculos. ¿Todo esto es obra de Jacob o no? Es cierto que podría haber asesinado a cuatro chicas, pero no podría haberse deshecho de los cadáveres en la montaña.
Flora asintió, todavía con la mirada perdida.
D. D. endureció el tono.
—Tenemos que saber de una vez por todas si Jacob estuvo en este pueblo. Una respuesta definitiva y concluyente: « Sí, él formaba parte de la comunidad».
—Ya te lo he dicho, me retuvo en una caja. Nunca llegué a ver...
—No viste nada, no oíste nada —interrumpió D. D. secamente—, pero algo harías, ¿no? Vamos, Flora, gánate el sueldo. No estás aquí de adorno.
Flora dilató las fosas nasales. Miró a D. D. con rebeldía, pero al menos había algo de fuego en sus ojos.
—No lo entiendo —dijo Keith.
D. D. mantuvo su atención en Flora.
—¿Qué hiciste cuando te mantuvieron cautiva? ¿Qué experimentaste? Piensa, Flora. Hace nueve meses, cuando hiciste el ejercicio de memoria, ¿qué utilizaste como desencadenante?
La mujer parpadeó de repente. Se enderezó, dando signos de estar viva por primera vez en toda la mañana.
—Comida —dijo en voz baja—. Jacob, cuando regresaba, siempre traía comida, mucha comida para llevar: costillas, alitas, hamburguesas, pizza. Cuanto más grasienta, mejor.
D. D. asintió con aprobación.
—Déjame decirte que me duele encomendarte esta tarea, aunque solo sea porque me gustaría poder hacerla yo misma, pero todos tenemos nuestra propia cruz.
Así que me portaré bien y me encargaré del alcalde mientras tú y Keith identificáis todos los restaurantes locales que han estado en funcionamiento durante los últimos diez años y luego...
coméis. Pedid todos los platos del menú si es necesario.
No dejéis de comer hasta que encontréis algo que, no sé, te encienda una bombilla.
Flora la miró fijamente.
—No basta con buscar establecimientos que lleven abiertos diez años —intervino Keith con brío—. Necesitamos que el jefe de cocina siga siendo el mismo, ya que los chefs influyen en el estilo de la comida que se prepara.
—Claro.
—Puedo buscar en Google una lista de restaurantes de Niche y las localidades cercanas, y luego preparar una hoja de cálculo con la antigüedad del local, la fecha de contratación del jefe de cocina y la fecha en la que lo adquirió el propietario actual.
—Genial.
—No estoy segura de que mi paladar sea tan refinado —intervino Flora—, ni de que mi memoria sea tan buena.
—No vas a tener que identificar el ingrediente secreto de la salsa especial, Flora. Solo tienes que buscar esa sensación de déjà vu.
Flora asintió. Su expresión impasible se había esfumado.
Ahora parecía... más joven, nerviosa. ¿Tenía miedo de probar un plato que le recordara a Jacob?
¿O le aterrorizaba más no encontrarlo y que lo que ese monstruo le había hecho a ella, lo que podría haber hecho a otras personas, siguiera siendo un misterio para siempre?
Ir a Georgia había sido una decisión valiente por parte de Flora. D. D. lo respetaba. Incluso sentía compasión por ella. Pero debía tratarla con mano firme y mantener sus expectativas claras. Mimarla nunca había funcionado. Por otro lado, darle un desafío imposible...
—Está bien —dijo Flora de repente—. Lo haremos. Comeremos por todo el pueblo. No puede ser muy difícil, ¿no?
Keith le apretó el hombro, lo cual fue respuesta suficiente.
Se abrió la puerta tras ellos. El sheriff apareció con una camisa limpia.
—Informadme al final del día —añadió D. D., e hizo un gesto con las manos para que se marcharan.
Flora y Keith se dieron la vuelta un momento después y se dirigieron hacia el pasillo.
—¿A dónde van? —preguntó el sheriff.
—¿Esos dos locos enamorados? ¿Quién sabe?