Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

KIMBERLY

—Las cosas no han salido exactamente como esperábamos —dice Kimberly Quincy por teléfono.

Eran las nueve de la noche. Por fin había vuelto a su habitación del motel tras uno de los días más largos de su carrera.

Había pasado las últimas horas conversando con su supervisor y con la unidad especial.

Ahora, necesitaba quince minutos de reposo mental antes de afrontar la siguiente ronda de planificación logística.

A través del teléfono, podía oír a sus niñas jugando de fondo.

Las nueve de la noche era su hora de acostarse.

Sin duda, estaban aprovechando los despistes de Mac para correr la última aventura del día.

Los sonidos de la vida real. Kimberly no era capaz de decidir si esa normalidad era el ruido más hermoso o más desconcertante después de un día como ese.

—¿Habéis encontrado más huesos? —preguntó Mac desde su casa en Atlanta.

—Cadáveres. Hemos encontrado más cadáveres.

Una pausa.

—Niñas —les dijo a sus hijas—, id a buscar algo para leer. Vuelvo en un momento.

—La última vez que probaste esa técnica, se dieron una paliza mutua con los libros.

—Pero se cansaron —replicó Mac.

Oyó un clic. Una puerta cerrándose. Mac se retiraba de las habitaciones contiguas de las niñas para dirigirse al dormitorio principal en busca de un momento de intimidad.

Kimberly cerró los ojos. Se permitió imaginar la escena.

Su modesta casa estilo rancho con su sala de estar abierta, su sofá mullido, su suelo lleno de trastos.

Un dormitorio de color púrpura —el de Eliza—.

Una segunda habitación decorada en tonos azules —la de Macey—.

Ambas llenas de múltiples trofeos deportivos, peluches y libros manoseados.

Luego estaba el espacio que compartían ella y Mac, donde la cama nunca se hacía, las fotos familiares cubrían la mayoría de las superficies y la cinta de correr reposaba en una esquina; se usaba durante los días calurosos y húmedos del verano, pero servía como perchero adicional durante el resto del año.

Ella llevaba un buen tiempo queriendo pintar una de las paredes de su habitación.

Y organizar el armario y ordenar el baño principal.

Pero la verdad era que nunca tenía tiempo para eso, y probablemente ni siquiera fuera ese tipo de persona.

Ella y Mac vivían por y para su familia y sus trabajos.

Y a ella le gustaba pensar que eso los hacía perfectos el uno para el otro.

—Explícamelo todo —dijo Mac.

—Los perros rastreadores han encontrado tres cadáveres más.

—¿Tres ?

—Como mínimo. Hemos exhumado tres cráneos, pero nos retiramos a la espera de la antropóloga forense, la doctora Jackson.

¿Hay más cuerpos enterrados? No lo sé. Lo único que pudimos ver fue un amasijo de huesos.

—La mano de Kimberly que sostenía el teléfono móvil temblaba ligeramente—.

Una fosa común, Mac. ¿Cuándo fue la última vez que oíste hablar de un asesino en serie que enterrara a tres víctimas a la vez?

Mac no respondió de inmediato. Ella no esperaba que lo hiciera. Aún no sabía qué pensar del descubrimiento del día y había tenido horas para reflexionar sobre ello.

—¿Qué antigüedad tiene la fosa?

—Los restos están completamente esqueletizados.

Tendremos que esperar a que la doctora Jackson y su equipo nos den más detalles.

Me llama la atención que estén enterrados a tan poca profundidad.

Normalmente, si quieres mantener algo en secreto, lo entierras tan profundo como puedes.

Pero estos cuatro cadáveres estaban prácticamente en la superficie.

¿Significa eso que el autor conoce bien la zona y estaba seguro de que no descubrirían las tumbas?

¿O que no tuvo tiempo o fuerzas para cavar una fosa más profunda?

Flora afirma que Jacob Ness no era precisamente el tipo más en forma del mundo. No lo sé.

—¿Los nuevos cadáveres también son de mujeres?

—Tenemos que esperar a la doctora Jackson para realizar la exhumación según mandan los cánones.

Ha insistido en que su equipo, y nadie más, se encargue de manipular los restos.

A estas alturas, los sedimentos, los exoesqueletos de insectos, la flora y la fauna...

, todo estos detalles son importantes. Nosotros no estamos cualificados para realizar esa tarea.

—Pero apuestas a que son de mujeres —supuso Mac.

—Los cráneos son pequeños, por lo que podrían ser femeninos.

Además, debemos suponer que esta fosa está relacionada con la de Lilah Abenito, y ella era una adolescente.

No lo sé. ¿Estamos viendo lo que queremos ver?

¿He abordado este caso de forma equivocada desde el principio?

Sinceramente, nunca me he sentido tan estúpida, y se supone que soy la líder de esta unidad especial.

Kimberly volvió a suspirar. Sentada en el borde de la cama, se frotó las sienes. Empezaba a sentir un dolor de cabeza incipiente.

—¿Has pedido refuerzos? —preguntó Mac.

—Marshall ha accedido a activar al Equipo de Recogida de Pruebas.

Marshall era su jefe, y el Equipo de Recogida de Pruebas, el ERP, era el grupo de especialistas de élite del FBI que ayudaba en la recopilación de pruebas especialmente complejas.

La propia Kimberly era miembro del equipo.

A veces, los ERP prestaban ayuda en jurisdicciones que no podían permitirse tener sus propios técnicos forenses o que carecían de los sofisticados juguetes del FBI.

Otras situaciones, como accidentes aéreos o sucesos con víctimas múltiples, simplemente requerían mayores recursos.

Al equipo de Kimberly de Atlanta lo habían convocado para trabajar en el Pentágono tras el 11-S.

Uno de sus instructores le contó que pasaron días rebuscando entre los escombros solo para recuperar una simple alianza de oro.

La mirada en el rostro de la viuda, dijo, cuando pudieron devolverle ese último vestigio de su marido...

El instructor de Kimberly falleció cinco años después. De cáncer. Todo apuntaba a que lo había provocado la exposición a sustancias químicas peligrosas. Los agentes del FBI solían hablar de una «vocación de servicio». Muy pocos civiles entendían lo que eso significaba.

—¿Estás bien? —preguntó Mac en voz baja.

—Me está costando —admitió Kimberly—. Manejar todo este desastre: la cantidad de gente a la que supervisar, la presión por obtener respuestas inmediatas a preguntas horribles...

—¿Crees que las tumbas son obra de Jacob Ness?

—Creo que tendríamos suerte si esa fuera la respuesta. El viejo vertedero de un depredador fallecido.

—Encaja con las expectativas y minimiza el miedo. Y, dado que no habéis encontrado restos recientes, encaja con la cronología de un tipo que está muerto.

—Sabemos que los asesinos en serie no dejan de actuar porque sí —consideró Kimberly en voz alta—.

Y puesto que todos los cadáveres que hemos encontrado hasta ahora están completamente esqueletizados, supongo que hemos hecho un nuevo descubrimiento relacionado con un antiguo crimen.

Eso encaja con la cronología de Ness, al tiempo que constituye una narrativa convincente: Ness comenzó secuestrando chicas cerca de su ruta de reparto.

Las traía a la relativa tranquilidad de las montañas y luego se deshacía de los cadáveres.

Hasta que acumuló la confianza y los recursos necesarios para llevar a cabo secuestros a largo plazo, como en el caso de Flora.

—¿Qué opina Flora de los nuevos descubrimientos?

—Está... consternada. ¿Ness podría haber matado y enterrado a cuatro mujeres jóvenes? Por supuesto. Pero el hecho de que Jacob subiera una montaña y vagara por el bosque con un cadáver a cuestas... Según ella, esa idea queda descartada. Era el secuestrador menos atlético que jamás haya existido.

—¿Crees que Jacob podría haber conducido hasta una ruta situada a más altura y luego haber bajado hasta donde encontrasteis los cadáveres?

—Buena pregunta. No hemos tenido tiempo de explorar toda la red de senderos que hay aquí arriba. Por supuesto, ahora todo el mundo quiere respuestas inmediatas. Ojalá fuera tan sencillo.

—Pues sí.

Ambos se quedaron en silencio por un momento.

Kimberly apoyó la cabeza contra la pared y se concentró en el ritmo constante de la respiración de su marido, tan familiar como la suya propia.

Ya no oía a sus hijas, lo que significaba que Eliza y Macey se habían acostado o, más probablemente, estaban tramando algún tipo de fechoría.

Debería colgar y dejar que Mac volviera a sus responsabilidades mientras ella se ocupaba de las suyas.

Pero aún no estaba preparada. Necesitaba eso, un momento de calma en medio de la tormenta.

—Jacob Ness era un tipo de muchos excesos, ¿no? —preguntó Mac por fin—. Alcohol, drogas, ese tipo de cosas.

—Sí.

—¿Podría ser eso lo que representan las tres chicas? ¿Una racha de asesinatos? El propio Ted Bundy tuvo su infame episodio en el que atacó a toda una hermandad femenina.

—Bundy estaba fuera de sí esa noche. Atacó y siguió adelante. Eso es más fácil que transportar tres cadáveres y tirarlos en una fosa.

—Lo que nos lleva de nuevo a preguntarnos si hubo un cómplice. Alguien de la zona con quien Jacob tuviera algún vínculo. En ese supuesto, tres chicas no es tan inverosímil.

—¿Quieres venir a Niche, Georgia? La gente del pueblo nos mira con recelo y las montañas están llenas de restos óseos, pero, quitando eso, todo lo demás es encantador.

—No hace falta, lo tienes todo bajo control. Además, todos los casos empeoran antes de mejorar. Es el curso natural.

—Cierto. —Sacudió los hombros y se irguió. Era hora de ponerse manos a la obra.

—Llámame si necesitas hablar. Incluso en mitad de la noche. No me importa.

—Tenemos trabajos fantásticos.

—Son la clave de nuestro matrimonio —corrigió Mac con delicadeza.

Kimberly sonrió.

—Te quiero.

—Yo también te quiero.

—Mac, las chicas te han dejado solo durante mucho tiempo...

—Reza por mí —convino él.

Kimberly volvió a sonreír. Se llevó dos dedos a los labios, como si pudiera enviarle un beso a su marido a través de las torres de telefonía móvil. Como si pudiera sentir el roce de sus labios devolviéndole el beso.

Luego, volvió al trabajo.