Cuando me veas (Warren & Quincy 2) CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Al otro lado, el bosque es más abierto de lo que imaginaba. Los árboles se extienden, el suelo está cubierto por una mezcla de hojas, detrito, rocas y arbustos raquíticos que apenas reciben luz solar.

La tierra huele a arcilla. Me atrae. Recuerdos de la granja de mi madre, de una infancia corriendo por unos bosques no muy diferentes a este. Siempre me he sentido más a gusto en la naturaleza. Sin embargo, ha pasado mucho tiempo desde que me fui a las calles de Boston.

—Eh, probablemente deberíamos trazar una línea y seguirla —sugiere Keith—.

Yo digo que nos dirijamos hacia el oeste, atravesando nuestra cuadrícula.

Cuando lleguemos a las coordenadas del otro lado, nos desviaremos hacia el norte y luego volveremos hacia el este.

Como si pasáramos la aspiradora por una alfombra.

—Por mí está bien —dice D. D.—. Recordad, equipo Roomba: permaneced juntos.

Empezamos a caminar. Intento mirar arriba, abajo y a mi alrededor, todo al mismo tiempo, y como resultado no veo nada. Trato de volver a concentrarme. Primero, observo a la altura de mis ojos, buscando señales de nidos y actividad animal; luego, levanto la vista hacia arriba.

Esto me da cierta sensación de disciplina, pero no produce resultados inmediatos.

Keith encuentra dos nidos. D. D. revisa un tronco hueco. Nada.

—Sabéis que hay muchas posibilidades de que no encontremos nada —dice D. D. una hora más tarde, después de informarnos de que es el momento de hacer un descanso para hidratarnos. El día se está calentando. Aunque avanzamos a ritmo lento por el bosque, tengo la camiseta de algodón pegada a la piel.

«Estamos hablando de un puñado de huesos pequeños esparcidos por media montaña. La mayoría de los buscadores no encontrarán nada. Solo nos queda la esperanza de que alguien lo haga.

Asiento con la cabeza. Sé que lo que dice es cierto. Aun así, si hacemos todo esto y no encontramos nada... No puedo soportar la idea del fracaso. Por la expresión de Keith, sé que él piensa lo mismo. No se ha puesto ese ridículo equipo de running para volver a casa con las manos vacías.

Bebemos un poco más, cerramos las botellas y volvemos a la búsqueda.

Hay un gran árbol más adelante. Puedo ver que parte del tronco ha sido perforado, tal vez por un pájaro carpintero u otro animal.

Siento que se me acelera el pulso mientras me pongo de puntillas y, encendiendo la linterna de mi teléfono móvil, lo ilumino.

Ningún par de ojitos me devuelve la mirada.

Meto la mano y palpo ligeramente. Plumas suaves, hojas y algo un poco más consistente. Un montón de ramitas. ¿Huesos?

Se supone que no debemos tocar nada. Pero, por otra parte, no puedo señalar lo que no puedo inspeccionar.

Encuentro una ramita en el suelo y la uso para hurgar en el agujero hasta que encuentro eso que he sentido antes.

Con pulso firme y decidido, uso la ramita para arrastrar el objeto hacia mí. Cada vez más cerca...

Tiro con demasiada fuerza y cae desde la abertura del tronco al suelo. Dejo escapar un grito ahogado, salto hacia atrás y me agacho de inmediato. Parecen huesos. Muchos huesos diminutos.

Lo he conseguido. He encontrado...

—El esqueleto de un ratón —dice Keith.

Lo miro con enfado y sigo hurgando un poco más en los restos.

Maldita sea, los huesos son demasiado pequeños y, ahora que lo menciona, sí que tienen la forma de un ratón, más o menos.

—Probablemente sea la guarida de un búho —dice—. Parece que tuvo una buena cena.

Frunzo el ceño.

—¿Los búhos no se tragan a su presas enteras y luego expulsan bolitas con los restos o algo así?

Keith me mira, parpadeando.

—Ah. Puede que tengas razón.

—Un punto por mis conocimientos rurales —le digo—. Incluso toqué una de esas bolitas en un parque natural. El animal que haya dejado estos restos no era un búho. Pero tienes razón, parecen huesos de ratón.

En ese momento oímos algo. Ladridos en la distancia.

D. D. se acerca corriendo.

—Parece que los perros han descubierto algo.

Los ladridos continúan sin cesar.

—Parece algo gordo. —D. D. alcanza su teléfono justo cuando empieza a vibrar. Echa un vistazo a la pantalla—. Quincy —nos informa, y luego se lo lleva a la oreja—. Sí. Recibido. Los perros han dado con algo. ¿Qué? ¿Estás segura? Vale. Vamos para allá.

Cuelga la llamada y se gira hacia nosotros con una intensidad renovada.

—Los perros han encontrado los huesos desaparecidos —trata de adivinar Keith.

—No. Los perros han encontrado otro cadáver.

Durante un segundo, ninguno habla. Ninguno puede hablar.

—¿Hay más? —pregunto en voz baja.

—Al menos una tumba más. Quincy quiere que vayamos a ayudar.

—Es un vertedero —exclama Keith—. Hemos encontrado el vertedero de un asesino en serie. —Suena emocionado. Sé que no puede evitarlo.

Pero solo por un momento...

Me siento triste. Tengo miedo. Estoy perdida.

Vuelvo a ser una de esas chicas.

—Puedes regresar al motel si quieres —me dice D. D. con delicadeza.

Como si pudiera.

Niego con la cabeza. Me doy la vuelta hacia la dirección por la que hemos venido. Keith hace algunos ajustes en su brújula. Luego, como uno solo, nos dirigimos hacia el nuevo cadáver.